Premios resbalosos
Afamados premios literarios son acusados de estar previamente
arreglados, de seleccionar un ganador “comercial” e
incluso de premiar a obras con poco valor estético.
Texto y foto Gustavo Adolfo Montenegro
Por supuesto: el que no ganó el concurso,
querrá justificarse de alguna manera, sin embargo, en
ocasiones, esta reacción ha llevado a descubrir auténticas
componendas que han sido bendecidas y santificadas por un jurado
ideal. Hace pocos días, la Corte Suprema de Argentina
ratificó un fallo de 2003 en contra del escritor Ricardo
Piglia, el agente literario Guillermo Schavelzon y la editorial
Planeta, a quienes se señala de haber manipulado el resultado
del concurso Planeta de Novela 1997.

Nunca se pudo comprobar, pero quedó una
mancha en la historia del Nobel de Literatura Camilo José Cela. |
Piglia fue el ganador del concurso aquel año,
con la novela Plata Quemada. El jurado era impresionante: Mario
Benedetti, María Esther De Miguel, Tomás Eloy Martínez
y Augusto Roa Bastos. De hecho, ellos quedaron fuera de la querella,
pues el demandante Gustavo Nielsen, primer finalista del concurso,
reconoció que había sido manipulada su buena fe
al entregarles una selección previa de obras.
Nielsen basó su alegato en que meses antes
de ser convocado el concurso había leído una entrevista
en la que Piglia hablaba de su próxima novela a ser publicada
con la misma editorial. La novela descrita tenía muchos
puntos en común con Plata Quemada y una de las cláusulas
del certamen señalaba que no podía participar una
obra que ya estuviera en proceso de edición.
Pero había más: el plazo de recepción
de obras se extendió. ¿Fue para que Piglia terminara
la novela que ¡oh fortuna”! iba a ser la ganadora?
La Corte sentenció a cada uno de los acusados a pagar
US$10 mil dólares más intereses al demandante,
tomando en cuenta que el monto del premio ascendía a US$40
mil dólares, además de ser uno de los más
prestigiosos de Argentina. Ahora la pregunta es: ¿sobrevivirá el
prestigio?
Estrategia de mercadeo
Así reconocen varios autores la principal
motivación de los concursos literarios convocados por
diversas editoriales. “Todos tenemos la sensación
cada vez más nítida de que la mayoría de
los premios están dirigidos o apalabrados”, dijo
el escritor español Javier Marías, quien acusó de
complicidad a los medios de comunicación, que hacen eco
de sus resultados.
Por su parte, la escritora Isabel Pérez
Montalbán, en una entrevista señala que hay “ muchos
tipos de premios” y aunque es necesario presentar una obra
digna, puede tratarse de “cuestión de suerte” y
quizá para consolar a tantos que nunca han ganado concluye
diciendo: “Los premios siempre, siempre, son injustos”.
¿A dónde van las letras?
“Nunca han sido ni son un índice
de calidad literaria. El valor de una obra se conoce no porque
gane un concurso sino por sobrevivir en el tiempo”, comenta
el escritor y catedrático de literatura Ronald Flores.
“Hay premios negociados, dados con antelación;
otros, que se dan a una mala obra en virtud de la trayectoria
del autor” afirma el autor, que ganó el certamen
Monteforte de Novela en 1999.
Al referirse al plano guatemalteco señaló la
necesidad de “transparentar” el otorgamiento de premios: “Hasta
ahora nunca se exteriorizan los criterios de seleccion del jurado,
ni se dan a conocer otras obras finalistas. Los premios literarios
en Guatemala son como los tribunales de fuero especial: no sabes
quién te juzga y si ellos te conocen, te prejuzgan”.
No se queda bien
Otra polémica reciente es la conceción
del 14 Premio de Novela Rómulo Gallegos, de Venezuela,
la novela El vano ayer de Isaac Rosa. “Si algo tenía
el Rómulo Gallegos es que no cualquiera debía ganarlo.
El vano ayer no tiene gran cosa qué hacer en un listado
donde están libros como La casa verde, Cien años
de soledad, Terra nostra, Los detectives salvajes”, acusa
el crítico mexicano Christopher Domínguez, quien
integró el jurado de dicho certamen en 2003 y ahora denuncia
la politización del certamen, por presiones del gobierno.
Sin embargo, lo más grave para Domínguez no son
las ideas políticas de Isaac Rosa “sino el fin de
una institución literaria cuya liberalidad honraba al
mundo de habla hispana”.
Ya lo dijo el famoso editor argentino Mario Muchnik: “Un
premio literario es una operación puramente comercial
y no literaria, incluso el premio Nobel son operaciones comerciales
que no descubren valores nuevos, que no ayudan a los escritores,
que sí le dan un poco de dinero al premiado, un poquitín
menos al finalista y ahí se terminó la cosa, y
lo que si es una gran feria de vanidades”.
En algunas ocasiones el criterio empresarial se
ha hecho evidente e incluso ha ido en contra de la decisión
del jurado. Así ocurrió en
1996 con el concurso El Novelista Joven de la Fundación Fortabat de
Argentina. Carlos Federico Andahazi fue declarado ganador con la novela El
Anatomista, de temática erótica.
Aunque le fueron entregados
los US$ 15 mil dólares no hubo ceremonia deentrega, pues la fundación
aclaró que tenía diferencias de “criterio” con
el “el
discernimiento” del jurado. Es más, dijeron que: “La obra
premiada no contribuye a exaltar los valores más elevados del espíritu
humano”.
Ante estas situaciones, tiene razón Munchnik
al decir: “Lo primero
es olvidarse de los premios literarios, escribir e intentar publicar; si
tiene valor, tarde o temprano será reconocido”,
en todo caso, para él,
la sola acción de publicar un texto a un autor es ya una suerte
de premio.
Descontento literario
Hace algunas semanas, Knut Ahnlund, miembro de
la Academia Sueca que elige al Premio Nobel de Literatura, sacudió las
bases de esta entidad al renunciar. La gota que colmó el
vaso de Ahnlund fue la elección
de la escritora Elfride Jelinek como merecedora del galardón en
2004, pues acusó a los otros jurados de haber leído “trocitos” de
su obra, a la cual considera simplemente pornográfica.
“El
Premio Nobel del año pasado no sólo ha causado un daño
irreparable a todas las fuerzas progresistas, sino que ha confundido la
visión general
de la literatura como arte”, escribió Ahnlund, de 82 años.
Casos espinosos
Nunca se pudo comprobar, pero quedó una
mancha en la historia del Nobel de Literatura Camilo José Cela.
En 1994 Cela ganó el Premio Planeta con
la novela La Cruz de San Andrés.
Todo bien. Sin embargo, María del CArmen Formuso una desconocida escritora
gallega acusó a Cela de haber plagiado una obra suya. Ella decía
haber mandado su novela Carmen, Carmela, Carmiña, al mismo certamen.
De
ahí no hubiera pasado nada pero la escritora había registrado
su texto en el registro de la propiedad intelectual, de manera que fue posible
cotejar ambos textos, lo cual demostró el asombroso (acusador) parecido
entre ambas obras: idéntico argumento y estructura, parecidos personajes
e incluso frases enteras reproducidas textualmente lo atestiguan. ¿Una
desafortunada coincidencia?
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