Semanario de Prensa Libre • No. 69 • 30 de Octubre de 2005    


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Opinión

Muerte inmigrante
Ni las bardas vigiladas, ni las muertes en el camino detendrán a quienes buscan una mejor vida

Por: Sergio Muñoz Bata
Ilustración: Juan Fernando Rodríguez

En un año de tribulaciones sin fin, entre tsunamis, atentados terroristas, huracanes y terremotos, las imágenes del drama mortal de los inmigrantes subsaharianos que armados con piedras y palos hace apenas unas semanas intentaron tomar por asalto las ciudades de Ceuta y Melilla, hoy han pasado a segundo plano.

Alguien dirá que el olvido es justificado pues no es comparable el número de víctimas causado por el terremoto del sábado en Pakistán o los huracanes que recién devastaron a varios países en América Central y en Estados Unidos, con un incidente fronterizo en el que unas 14 personas perdieron la vida.

En realidad, el drama de los inmigrantes subsaharianos ni empezó la semana pasada ni ha terminado. Con distintos matices y en circunstancias diversas, los africanos viven el mismo calvario que sufren los inmigrantes latinoamericanos que intentan llegar al primer mundo sin papeles.

Poco vale que el eje central de la cuestión migratoria sea la necesidad que tienen los países del primer mundo de atraer trabajadores extranjeros y los países del tercer mundo de expulsarlos. Dados sus bajos índices de natalidad, en los próximos 50 años los países europeos necesitarán unos 50 millones de trabajadores extranjeros. Pero ni Europa ni Estados Unidos han podido concebir un sistema migratorio legal que satisfaga y regule la oferta y la demanda. Nadie sabe el número exacto de personas que se encuentran ilegalmente en Europa aunque se calcula que anualmente podría rebasar el medio millón.

Tradicionalmente, los africanos arriban ilegalmente a la costa europea cruzando el mediterráneo en frágiles balsas y miles perecen en la travesía. Quienes no tienen dinero para pagarle al contrabandista buscan poner el pie en Ceuta o Melilla y ganarse un hipotético certificado de deportación que, por lo general, significa un pasaporte a la península donde se les dejaba libres al no poder precisar su país de origen.

La laxitud de la práctica y la fama de la generosa política migratoria española que recién en el año 2000 les concedió amnistía a unos 250,000 inmigrantes ilegales, han hecho de España un destino ideal para los inmigrantes.

El asalto a Ceuta y Melilla ha tenido consecuencias desastrosas. El gobierno español ha cambiado su humanitaria política ha expulsado a Marruecos a los inmigrantes y Rabat, quien no sólo tiene que tolerar la presencia colonial española en su territorio, ahora ha tenido que asumir el papel de gendarme de la vecindad recibiendo y trasladando esposados a los inmigrantes a sus países de origen. Tarea que ha hecho sin apego a los derechos humanos de los inmigrantes, abandonándolos a su suerte en el desierto o en improvisados campamentos.

Ni las bardas ni las muertes detendrán la inmigración de quienes no tienen porvenir en sus países y saben que encontrarán trabajo en los países desarrollados.

A mediano plazo, Europa debe formular una política migratoria que disminuya el cruce ilegal, permita mantener vigente el derecho de asilo y le resuelva sus necesidades de mano de obra legal calificada y barata.

A largo plazo, la solución es tan evidente como complicada. La única manera de disminuir la inmigración de los pobres a los países ricos es mitigando la desigualdad económica en sus países de origen creando oportunidades de trabajo allá.

Todas las ideas expuestas en los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de su autor.
 
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