Muerte inmigrante
Ni las bardas vigiladas, ni las
muertes en el camino detendrán
a quienes buscan una mejor vida
Por: Sergio Muñoz Bata
Ilustración: Juan Fernando Rodríguez
En un año de tribulaciones sin fin, entre tsunamis, atentados terroristas,
huracanes y terremotos, las imágenes del drama mortal de los inmigrantes
subsaharianos que armados con piedras y palos hace apenas unas semanas intentaron
tomar por asalto las ciudades de Ceuta y Melilla, hoy han pasado a segundo plano.
Alguien dirá que el olvido es justificado pues no es comparable
el número de víctimas causado por el terremoto del
sábado en Pakistán o los huracanes que recién
devastaron a varios países en América Central y en
Estados Unidos, con un incidente fronterizo en el que unas 14 personas
perdieron la vida.
En realidad, el drama de los inmigrantes subsaharianos ni empezó la
semana pasada ni ha terminado. Con distintos matices y en circunstancias
diversas, los africanos viven el mismo calvario que sufren los
inmigrantes latinoamericanos que intentan llegar al primer mundo
sin papeles.
Poco vale que el eje central de la cuestión migratoria sea
la necesidad que tienen los países del primer mundo de atraer
trabajadores extranjeros y los países del tercer mundo de
expulsarlos. Dados sus bajos índices de natalidad, en los
próximos 50 años los países europeos necesitarán
unos 50 millones de trabajadores extranjeros. Pero ni Europa ni
Estados Unidos han podido concebir un sistema migratorio legal
que satisfaga y regule la oferta y la demanda. Nadie sabe el número
exacto de personas que se encuentran ilegalmente en Europa aunque
se calcula que anualmente podría rebasar el medio millón.
Tradicionalmente, los africanos arriban ilegalmente a la costa
europea cruzando el mediterráneo en frágiles balsas y miles perecen en la travesía.
Quienes no tienen dinero para pagarle al contrabandista buscan poner el pie en
Ceuta o Melilla y ganarse un hipotético certificado de deportación
que, por lo general, significa un pasaporte a la península donde se les
dejaba libres al no poder precisar su país de origen.
La laxitud de la práctica y la fama de la generosa política migratoria
española que recién en el año 2000 les concedió amnistía
a unos 250,000 inmigrantes ilegales, han hecho de España un destino ideal
para los inmigrantes.
El asalto a Ceuta y Melilla ha tenido consecuencias desastrosas.
El gobierno español ha cambiado su humanitaria política ha expulsado a Marruecos
a los inmigrantes y Rabat, quien no sólo tiene que tolerar la presencia
colonial española en su territorio, ahora ha tenido que asumir el papel
de gendarme de la vecindad recibiendo y trasladando esposados a los inmigrantes
a sus países de origen. Tarea que ha hecho sin apego a los derechos humanos
de los inmigrantes, abandonándolos a su suerte en el desierto o en improvisados
campamentos.
Ni las bardas ni las muertes detendrán la inmigración de quienes
no tienen porvenir en sus países y saben que encontrarán trabajo
en los países desarrollados.
A mediano plazo, Europa debe formular una política migratoria que disminuya
el cruce ilegal, permita mantener vigente el derecho de asilo y le resuelva sus
necesidades de mano de obra legal calificada y barata. A largo plazo, la solución es tan evidente como complicada. La única
manera de disminuir la inmigración de los pobres a los países ricos
es mitigando la desigualdad económica en sus países de origen creando
oportunidades de trabajo allá.
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