Semanario de Prensa Libre • No. 62 • 11 de Septiembre de 2005    


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D cultura

¿Hasta dónde restaurar?
Los especialistas no se ponen de acuerdo sobre hasta qué punto intervenir en los yacimientos arqueológicos del país.

Por Gemma Gil Flores

¿Qué prefiere ver, un templo maya restaurado o un montículo de tierra y raíces sobre los restos de un edificio? La pregunta puede parecer superflua, pero debajo de ella existe un debate de fondo sobre cómo y hasta dónde se deben intervenir las ciudades mayas. El trabajo de arqueólogos, restauradores y arquitectos en Guatemala se divide en dos visiones. Una considera más apropiado restaurar los edificios para que se muestren de la forma más completa posible, aunque ello implique reconstruir secciones completas, con la finalidad de frenar su deterioro. La segunda postura es la de la conservación, es decir, limitar la intervención al mínimo, y trabajar las partes expuestas, sin destapar las ocultas bajo los montículos.

Templo II de Tikal visto desde el Templo I en 1895 (foto superior) y en 1967 (inferior).

“Una restauración total es muy vistosa para el visitante, pero puede ser una forma de falsear la historia, la cultura y el legado de una civilización” afirma el arquitecto Alejandro Flores.

Este tipo de intervención “total” es el que, según las fuentes consultadas, se ha venido practicando en México, donde la búsqueda de una identidad precolombina y el deseo de explotación turística ha conducido a la reconstrucción completa de edificios. Es el caso de algunos monumentos de Chichén Itzá, en el área maya, o de Teotihuacán, en el centro del país, donde los monumentos son espectaculares, aunque en su restauración se hayan empleado técnicas y materiales contemporáneos, como el cemento.

Si bien la política adoptada por México es frecuentemente cuestionada, no faltan profesionales que apunten a las bondades de la resturación.

“Para que el edificio subsista tiene que contar con las características estructurales que tenía cuando lo hicieron los mayas”, afirma Aracely Avendaño, directora del proyecto de restauración en Yaxhá (Petén). Para esta arquitecta y restauradora, “no existen recetas a la hora de trabajar un edificio. Lo importante es evaluar qué es lo mejor para el monumento”. No obstante, este sitio es señalado, por especialistas, como un ejemplo de intervención excesiva.

“El templo 1 de Yaxhá está totalmente reconstruido y era un edificio que se ha completado sin contar con todas las líneas de lectura necesarias para saber cómo era el original”, apunta Flores.

Por su parte, Avendaño, sostiene que su equipo no se ha “inventado” ninguna parte del templo y que la restauración completa del edificio ha estado motivada por los daños estructurales ocasionados por los túneles de investigación abiertos en el pasado.

Fieles al pasado

“No podemos menospreciar el consejo de Ruskin, cuando dijo: ‘...hacedlo honradamente, no lo reemplacéis por una mentira...’ En otras palabras, lo más importante en cualquier trabajo de restauración deberá ser la honestidad, la autenticidad y la verdad”, opina el experto Rudy Larios en su informe Criterios de Restauración Arquitectónica en el Área Maya.

Cada vez que se interviene un edificio, éste pierde la pátina dejada en sus piedras por el paso del tiempo, lo que para el trabajo arqueológico supone una pérdida valiosa de información.

Por otro lado, para muchos restauradores (una rama de estudio muy joven en el país) una buena intervención facilita el mantenimiento del monumento y permite detener el deterioro e incluso el derrumbe de un edificio.

“Si hubiéramos dejado muchos sitios tal como los encontramos, ya se nos habrían caído”, explica Glenda Rodríguez, directora del Instituto de Antropología e Historia (IDAEH). Para esta arquitecta, arqueóloga y restauradora es imprescindible consolidar la base de las estructuras para evitar que colapsen, ya que, a menudo, los edificios cuentan con túneles, realizados por los propios arqueólogos o por saqueadores, que amenazan su estabilidad. “El debate no es si restaurar o no, sino tocar o no tocar, porque una vez que se excava, hay que restaurar”, afirma Rodríguez.

El quid de la cuestión radica en hasta dónde intervenir. Algunos arqueólogos son partidarios de una restauración parcial, que permita conservar partes del monumento intactas para el futuro. Esta opción, podría consistir, por ejemplo, en desenterrar sólo una cara del edificio. El problema es que cuando se destapa sólo la fachada o la parte superior del edificio, se generan cargas y presiones en las otras partes de la estructura que pueden ocasionar inestabilidad o derrumbres de algunas partes.

“Se trata de arreglar la fachada para la foto y es como si sellaras una parte del edificio. El resto de los muros, aunque estén bajo tierra, sufren la carga y se deterioran; por eso, a largo plazo, una restauración parcial lleva a una total”, afirma el arqueólogo Óscar Quintana.

Para el turista

Sea total o parcial, para algunos especialistas la verdadera cuestión de debate gira en torno a los criterios que están inspirando las intervenciones.

“Un montículo sin problemas estructurales no se debe destapar, porque hay muchos otros que ya están excavados y requieren atención”, afirma Quintana. En este sentido, el también arqueólogo Arthur Demarest señala cómo, sin mantenimiento, la restauración no tiene sentido, ya que la humedad de la selva ataca la piedra caliza continuamente. “El ejemplo es Tikal, que está deshaciéndose porque están restaurando más edificios, en vez de mantener los que ya tienen”, señala.

Lo cierto es que la política estatal, en los últimos años, se ha orientado a trabajar en la restauración de más edificios a fin de explotar turísticamente los sitios arqueológicos.

“El gobierno no piensa cómo proteger y conservar el patrimonio a largo plazo; sólo quieren edificios enteros para que el público se entretenga, pero eso no es educar a la gente sobre la cultura maya”, afirma el arqueólogo Juan Antonio Valdés.

Es indudable que la mayoría de turistas encuentra más atractivo un edificio restaurado que un montículo sin explorar. Sin embargo, no faltan arqueólogos que consideran que todo es una cuestión de educación y que el sello de marca de Guatemala, frente a los sitios de países vecinos, puede basarse en mostrar algunas partes de los yacimientos y dejar otras a la imaginación. En este sentido, Demarest señala que los montículos pueden ir acompañados de rótulos con gráficos, dibujos y textos explicativos, porque “dar al turista todo restaurado sería como convertir los parques arqueológicos guatemaltecos en una especie de Disneyland”, agrega.

Por su parte, el gremio de restauradores exige que se evite el “deterioro por omisión” y que los criterios profesionales primen sobre las ideas románticas.

Sin embargo, como afirma Valdés “lo que nos fascina de la civilización maya es su misterio. Cuando uno va a Tikal y ve esas pirámides en medio de la selva, es como si retrocediera al siglo XIX y al retirar la vegetación estuviera descubriendo algo por primera vez. Si se restaurara todo por completo, el sitio perdería parte de su magia”.

¿Restaurar o conservar? Quizá, como dijo Aristóteles la virtud esté en un término medio.

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