Semanario de Prensa Libre • No. 62 • 11 de Septiembre de 2005    


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La psicología del terror
La tortura es una práctica utilizada en Guatemala desde la conquista hasta nuestros días.

Texto Liliana Pellicer
Fotos Esbin García
Ilustraciones Ángel García

“Lo único que recuerdo es que mientras uno tenía relaciones conmigo, verdad, algunos otros se masturbaban, otros me sobaban, verdad, (me) ponían las manos en los pechos y yo perdí varias veces el conocimiento. Allí me golpeaban, me daban golpes en la cara y otros me ponían cigarros en el pecho y cada vez que yo lograba tener algún sentido, yo veía a otro hombre encima mío, pues, recuerdo que cuando ya no tuve esa sensación de que estaba alguien conmigo, estaba en un charco de orines, de semen, pienso que tal vez de sangre también, verdad, fue realmente una cosa muy humillante, sumamente humillante”.

“La guerrilla nunca realizó torturas, pero esta actividad sí formó parte de la política represiva del Estado”.

Héctor Nuila,
presidente de la URNG


“La tortura no fue producto de una política militar ni de un plan de gobierno. Si hubo, fueron técnicas usadas ilegalmente”.

Julio Balconi Turcios,
General del Ejército guatemalteco
y ex Ministro de la Defensa


“Algunas personas nos acusan de tortura para evitar la condena. Es posible que el interrogador no vea como tortura lo que hace, pero el interrogado sí”.

Erwin Sperisen,
director de la Policía Nacional Civil

Yolanda Aguilar Urízar fue torturada en octubre de 1979. Secuestrada, aislada, amenazada y aterrorizada, sufrió violaciones, golpes, quemaduras y asfixia porque, según los servicios de seguridad nacional de aquella época, poseía información esencial para la lucha contrainsurgente. En la época del conflicto armado otros muchos sufrieron tortura, pero lo cierto es que éste es un método usado por el poder en Guatemala desde la colonización hasta la actualidad. Hoy mismo, un reo podría estar siendo torturado y, lo peor, es que la mayoría d ela gente lo percibe como normal.

“La tortura nos acompaña como una herramienta del poder político desde la conquista. Sin embargo, su uso se agudizó durante la época del conflicto armado y aún hoy se utiliza aunque ya no a nivel político sino de la policía y del sistema penitenciario”, analiza Marco Antonio Garavito, director de la Liga Guatemalteca de Higiene Mental.

Antonio*, un ex miembro de la M18, recuerda el trato que le propinó la Policía Nacional Civil tras una detención: “Me agarraron por el pelo y me pusieron sobre una pieza de cemento. Me desnudaron y me tocaron mis partes. Me pusieron una bolsa en la cabeza y me pegaban en el pecho. Estuve tres horas amarrado y soportando sus golpes”.

En los años 80 o en la actualidad; provenientes del Ejército o de la Policía Nacional Civil; en Guatemala o en otros muchos países del mundo, no importa cuando ni donde, los métodos y los objetivos de la tortura se repiten.

Herramienta del poder

Se entiende como tortura cuando un trabajador público infringe a otros daños físicos o mentales agudos, normalmente, con el objetivo de conseguir información, una confesión o “dar ejemplo” a un sector de la sociedad. “La tortura política es un acto de terror ejemplificante con el que se pretende paralizar a la sociedad”, explica Garavito. Tanto las masacres durante el conflicto como los mareros que aparecen muertos con marcas evidentes de tortura son ejemplos de ello. “Hace unos días la policía se llevó a uno de la M18, toda la colonia vio que eran policías. A los días apareció muerto con pedazos de orejas cortadas, con pegamento en los ojos y boca. Le habían prendido fuego. Eso no lo hacen los mareros, nosotros pegamos un tiro y ya”, comenta Haroldo*.

Similar saña se vio en las terribles imágenes que veían las personas cuando llegaban a los lugares de las masacres en la década de los 80. “En Dos Erres encontraron a una mujer sentada apoyada en un árbol con la cabeza cortada, en sus brazos llevaba una niña, también con la cabeza cortada que, a su vez, sostenía una muñeca”, relata Garavito.

El hecho de que estas acciones hayan sido cometidas por el poder político convierte a la tortura en una de las peores formas de violencia pues la víctima es agredida por su propio Estado que, en teoría, debería velar por su seguridad.

Métodos crueles

“Se usan formas imaginables e inimaginables para demostrar al torturado que está vivo porque el torturador quiere”, explica Marina de Villagrán, directora de la maestría de Violencia Política de la Facultad de Psicología de la Universidad San Carlos de Guatemala. “El objetivo es reducir al ser humano a la etapa instintiva: que todo su esfuerzo se concentre en sobrevivir”, añade Villagrán.

Este tipo de violencia pretende crear sentimientos de indefensión y deshumanizar al individuo. Para conseguirlo, lo primero que suele hacerse al prisionero es desnudarlo. De esa manera, solo, sin ropa, en un entorno desconocido y frente a varias personas que tienen poder absoluto sobre él, el prisionero se siente mucho más vulnerable. Una vez comienzan los interrogatorios se usan agresiones físicas como golpes, toques de electricidad, asfixia, alfileres bajo las uñas, uñas arrancadas, colgaduras de los pies o de los testículos, cortes en la lengua, ataduras en posiciones extrañas o incómodas…

Dañar la mente

A esta violencia se le suman los maltratos psicológicos cuyo objetivo es destrozar la estabilidad emocional del retenido y que se manifiesta en, por ejemplo, aislar en hoyos profundos, no alimentar, no permitir el sueño, alternar sonidos estridentes con silencios absolutos, obligar a presenciar cómo se tortura a otros o amenazar con herir o matar a hijos u otros familiares.

“‘Tu hijo está bien. Una persona lo está cuidando. Está comiendo galletas, está bien’, me dijo. Me sentí aterrorizada y preocupadísima sobre mi hijito, sentí que iba a enloquecer de preocupación. Me mostraron fotos horribles de personas muertas. Los cadáveres habían sido torturados y mutilados. Las fotos eran espantosas y me trastornaron mucho. Me dijeron que lo mismo me podía pasar si no cooperaba con ellos”. Este testimonio, recogido en el informe de la comisión de Recuperación de la Memoria Histórica (Remhi) Guatemala Nunca Más, pertenece a Maritza Urrutia, secuestrada el 22 de julio de 1992 por un comando del Estado Mayor Presidencial (EMP) por estar vinculada al Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP).

Consecuencias

Son pocas las víctimas de tortura durante el conflicto armado que sobrevivieron, no obstante, algunas sí vivieron para contarlo y para intentar superarlo. “Yo pensaba hasta hace poco que se podían superar todos los traumas, pero la memoria es impresionante. Puedes pasar períodos bien, pero nunca se supera del todo”, explica Yolanda Urízar Aguilar. “La tortura es llegar ante la muerte, verla cara a cara una y otra vez, pero volver a la vida. Al final, se llega a desear la muerte para evitar el sufrimiento”, explica Mario Polanco, director del Grupo de Ayuda Mutua (GAM).

A nivel individual, se sufre estrés postraumático, experimentación repetida de los hechos, síntomas de evitación, alcoholismo, hipervigilancia (por ejemplo, cierran cien veces la puerta), insomnio… “Mi hija desapareció, se la llevaron y nunca supe que pasó. Dicen que eso es tortura psicológica, yo no sé, sólo sé que yo no soy la misma.

Tengo alterados los nervios, me agarran fuertes dolores de cabeza, no puedo dormir, me pongo a llorar de repente. Se me va la cabeza, todo se me confunde”, cuenta Jacoba Santalucía.

La tortura pretende, a través de un daño individual, dañar al grupo de pertenencia, por ello, estas personas sufren asimismo consecuencias en sus familias y su grupo social. “Cuando un torturado vuelve a casa no puede contar lo que le sucedió por que siente vergüenza y culpa y, por ello, la confianza con su familia se pierde y se pueden afectar los vínculos afectivos”, explica Olga Alicia Paz, psicóloga de la Universidad San Carlos de Guatemala y autora del libro La tortura. Efectos y afrontamiento. “A nivel grupal, sus compañeros sienten desconfianza: ‘si regresó vivo es porque dio información’, pensarán, y marginarán a la víctima”, añade.

Tipos y grabados
Según la Organización de Naciones Unidas, se entiende por tortura todo acto en el cual se infringan a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentalescon el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla o intimidarla o coaccionarla, cuando dichos sufrimientos sean infringidos por un funcionario público o con su conocimiento. Se distinguen diferentes grados:

- Tratos degradantes: suceden, por ejemplo, cuando se mantiene a los prisioneros hacinados o sin comida.

- Penas crueles: en casos como mantener aislado o encerrado en una jaula al detenido.

- Tortura: cuando hay gran intensidad en el dolor y responde a un objetivo como obtener información.

Tipos
- Física: también conocida como finita, es aquella que daña el cuerpo del interrogado.

- Psicológica o infinita: daña la mente o intenta desequilibrar emocionalmente a la víctima.

- Sexual: algunos psicólogos, como Elizabeth Lira y Eugenia Weinstein en su trabajo La tortura. Conceptualización psicológica y proceso terapéutico, diferencian este tipo de tortura que consiste en agresiones sexuales, tanto heterosexuales como homosexuales, así como los manoseos o la introducción de objetos en los genitales.

Superar este tipo de trauma es difícil. Hay quien recuerda constantemente y vive con el temor permanente, otros ponen distancia y olvidan, pero hay otros que aprenden a vivir con ello. “Es importante tener un entorno de apoyo y cariño, reconocer qué pasó y reconstruirse como persona, tener un proyecto de vida es esencial”, recomienda Yolanda Urízar. Para empezar el proceso de recuperación muchos psicólogos aconsejan hablar sobre ello. “Mis hijos siempre me dicen que ya están cansados de escuchar la misma historia, pero yo he aprendido que el primer paso para superarlo es compartirlo”, comenta Diego Ventura, un antiguo ex patrullero civil (PAC) que fue confundido por sus compañeros como guerrillero y torturado en junio de 1983.

Sociedad torturada

La tortura a personas individuales también afecta al total de la sociedad. “La heridas de la tortura son también psicosociales, se pierde el sentido de la humanidad y se justifica”, explica Garavito. La ciudadanía se ha acostumbrado tanto a estas prácticas que incluso las avalan. Esto genera un concepto deshumanizador, la vida pierde valor. “Así, hoy vemos niños atados a las camas, mujeres maltratadas brutalmente y, aunque estos actos no pueden considerarse tortura en la acepción legal del término, sí están unidos a una sociedad acostumbrada a ella”, añade.

Aunque es considerado un delito de lesa humanidad en el artículo 7 del Estatuto de la Corte Penal Internacional, el hecho es que ningún caso de tortura ha llegado a los tribunales, convirtiéndose así en un medio usual para la resolución de conflictos en Guatemala. “La impunidad es generalizada. Muchos de los casos ni siquiera llegan a investigarse pues los mismos torturadores son los que deben investigar las torturas”, explica Gerardo Pérez, coordinador del área penal del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales de Guatemala. “En los juzgados guatemaltecos hay miles de casos de tortura que probablemente nunca serán investigados”, añade.

Tirso Román Valenzuela, condenado a la pena de muerte por el asesinato de la Fiscal Silvia Anabella Romero de Herrera, dice haber sufrido en dos ocasiones este tipo de violencia. La primera durante su detención, cuando, según su testimonio ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos “le colocaron la pieza de hule (material utilizado para torturar por asfixia) por varias veces, lo que le causó varios desmayos. Después de esta sesión lo llevaron al baño y ahí le torturaron, introduciéndole un bastón con grasa en el ano. La torturaron de esta forma hasta que la víctima quedó inconsciente”. La segunda ocasión fue el 17 de junio de 2001 tras un intento de fuga de la cárcel Centro de Detención Preventiva para Hombres de la zona 18.

A pesar de que ambas acciones quedaron impunes en Guatemala, cuando las vías penales nacionales se han agotado sin haber conseguido una condena contra los torturadores, se puede llevar el caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Actualmente, este caso está siendo estudiado por la Comisión de dicha corte.

El hecho es que, al utilizarse la tortura como método de investigación, las pruebas suelen ser testimoniales y no científicas. “La policía se ha acostumbrado a torturar y no a investigar, sobre todo en delitos de alto impacto como el secuestro o asesinato”, explica Gerardo Pérez. “Para evitar esto sería necesario capacitarles, pero implicaría un cambio cultural en la Policía”, añade. Al no haber investigaciones basadas en hechos reales y concretos sino en testimonios e informaciones, en ocasiones, arrancadas por la fuerza, el sistema de justicia se vuelve defectuoso.

Los incontables testimonios que existen demuestran que esta práctica se ha utilizado y se utiliza en Guatemala. Sus consecuencias son nefastas para el individuo, pero también para toda la sociedad que, acostumbrada a la violencia, no se asombra de que este crimen esté impune. Como dice Yolanda Urízar: “La masividad de las violaciones de los derechos humanos y la impunidad han generado una sociedad enferma y torturada incapaz de tener esperanza”.

 

No nace, se hace
Los torturadores no son enfermos mentales

A pesar de que se tiende a pensar que alguien capaz de infringir dolor agudo a otro es un psicópata o un enfermo, lo cierto es que los torturadores son personas normales, entrenadas para realizar ese trabajo.

“El torturador no está loco. Su acción está planificada y organizada por sus superiores y él ha recibido capacitación específica para realizar esta tarea”, explica Villagrán. Normalmente se selecciona a los mejores, a aquellos que no tienen trastornos mentales ni antecedentes delictivos. El objetivo no es matar a la víctima, sino conseguir que, a pesar de todas las agresiones que recibe, continúe viva.

Capacitación

La formación de estos expertos en tortura comprende diferentes elementos: la deshumanización del enemigo, la habitualización a la crueldad, la oferta de impunidad o de poder y la obediencia automática.

Algunos estudios psicológicos como el de S. Milgram indican que las personas comunes, por el hecho de realizar tareas que le son encomendadas, pueden convertirse en parte de procesos muy destructivos. De ese modo, trasladarían su responsabilidad moral a las personas que les ordenaran que realizaran esos actos violentos y se concentrarían en realizar eficazmente su trabajo.

Unido a esto existen otros métodos para evitar que estos victimarios sientan culpa como realizar el acto de tortura entre varias personas, así pensarán: “si yo sólo le amarré” o “yo sólo la manoseé”.

Existen diferentes denuncias de existencia de manuales y escuelas de tortura, como el caso de la estadounidense Escuela de las Américas que, desde 1963, enseña este tipo de tácticas a militares de América Latina y Estados Unidos, según documentos desclasificados de la CIA. “En el caso de Guatemala, los interrogatorios, presiones y torturas fueron parte de los cursos y prácticas de entrenamiento de los miembros de los servicios de inteligencia. Estos procedimientos se encontraban estandarizados y existían normas internas y manuales”, se apunta en La tortura. Efectos y afrontamiento, de Olga Alicia Paz.

 
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