Nikko, la maravilla
Un santuario del Lejano Oriente, descrito por el cronista Enrique Gómez Carrillo en Japón heroico y galante (1912).
“He entrado por la Puerta Divina. Sin detenerme en las ciudades laboriosas, he venido desde el corazón mismo del país, con objeto de oír, en la excelsa paz de estas tardes estivales, las voces milenarias de la selva, de las leyendas y los torrentes. La casita en que me hospedo está suspendida en el espacio, cual uno de aquellos nidos que en los cuadros de Hokusai se mantienen en equilibrio increíble en los muros carcomidos.
Cuando corro mis ventanillas de papel, el perfume de los lirios penetra en la estancia, entre cantos de cigarra y murmullos de arboledas. Muy abajo, muy abajo, un torrente llena la hondonada de espuma celeste. ¡Pero qué digo uno! Cada cien pasos se descubre un salto de agua.
Los poetas han dejado en las piedras de esta comarca numerosos versos en honor de las cascasas. ‘Parece (dice una inscripción) que fueran vacíos azules entre dos rocas, de tal modo son claras’. ‘Cuando me refresco las sienes en estas aguas (dice otro) todas mis penas se desvanecen’. Los japoneses juran que quien no ha visto Nikko no sabe lo que es la belleza. Aún los que, como Kipling y Loti vinieron con ánimo hostil, tuvieron que confesar que se hallaban en el más bello santuario artístico de la tierra.
Al penetrar en el recinto sagrado, una impresión sobrenatural se apodera del alma. La suntuosidad en la delicadeza es alucinadora. Y como los templos japoneses no son inmensos cual las catedrales cristianas, ni están hechos para multitudes sino para aristocracias reducidas, la vista abarca desde luego los detalles. Por todas partes oros, lacas, marfiles, jades, bronces, sedas, filigranas. Las maderas preciosas que forman la arquitectura propiamente dicha, están labradas aun en sus más ocultas superficies. Los dragones tutelares se estiran en los frisos, suben por los pilares, se arrastran por las partes inferiores de las paredes formando misteriosos grupos: parecen, con sus ojos de fuego, los guardianes de tantos tesoros, los pastores de tantos rebaños. En los capiteles, legiones de serpientes multicéfalas, de cuerpos triangulares, se enroscan y bajan formando columnatas salomónicas”.
Más sobre Nikko
A unas dos horas de Tokio, se encuentra el santuario sintoísta de Nikko, construido hace unos 350 años.
En el siglo XVII el shogun Tokugawa Ieyasu decidió construir su mausoleo en Nikko, pero fue su nieto quien llevó a cabo la construcción. El trabajo que se aprecia en el santuario es considerado como la esencia del arte japonés: tallas de animales y seres mitológicos, paredes decoradas y trabajos de madera lacada.
En total hay 103 edificios en todo el complejo, rodeados por jardines y cascadas. El Santuario de Nikko fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1999.
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