Tiro al blanco
en un polígono de espejos
El odio hace germinar un árbol torcido.
Por Alexander Sequén-Mónchez
La furia que siguió al derrumbe de las moles neoyorquinas repercutió en un frente de guerra. Estados Unidos echó mano a Bagdad, porque esa “fortaleza maligna” nutría riesgos planetarios, que iban del depósito uránico al amancebamiento terrorista. Más temprano que tarde, el teatro cayó en seco: el cuento de que habían tomado la batuta con tal de “salvarnos” era un chantaje para camuflar afanes petroleros. En pocas palabras, se trató de un despliegue geopolítico de aliento corporativista.
Ya que estaban allí, los filantrópicos republicanos decidieron enmendarle la plana a la cultura. Showtime! Si no hallaron el pábulo de su cacería —exceptuando la publicitada captura de Hussein—, bien valía la pena comprometerse con la “democratización” del país. Eso toma su tiempo y requiere sacrificios... Según el Oxford Research Group, cerca de 25 mil civiles han perecido en Irak. Dos años bastaron para merodear la mitad de bajas gringas que, en casi una década, produjo Vietnam. Las treinta y cuatro personas que pierden la vida a diario no abonan la tierra del régimen constitucional. Pero la maledicencia norteamericana ganó cómplices, que es lo propio. Los tuvo desde que anunció el desquite militar hasta el momento en que fue insostenible ocultar su demencial objetivo. En España, cautivado por las alianzas de altos vuelos, Aznar salió por la puerta trasera, pero George W. Bush y Tony Blair se mantienen en sus trece, aunque raquíticamente, pues su saldo electoral —con repetirles el mandato— implica una contabilidad roja. El apoyo votante se limita al ardor patriota, dispuesto a apurar la píldora. Al enrolarse, la juvenil carne de cañón mordió el anzuelo —o la indulgencia migratoria— sin saber que protegen ambiciones antagónicas a la humanidad. A tres años de que Nueva York blandiera los fuegos del infierno, las secuelas provocaron una atmósfera anímica y un patrón ideológico. Por un lado, el miedo urbano, que podría evadir el termómetro de sus manipuladores. De otra parte, la maniobra reaccionaria continúa socavando los principios democráticos. El círculo vicioso que ensanchan secreta paranoia, desconfianza y racismo. La violencia, coronada de potestad ilegítima, avasalla la dignidad de las multitudes (residentes y migrantes). Lo execrable es que su origen tiene ambos pies en la mentira. Así, nos asumimos blancos potenciales de una ficción criminal en que los intereses son traficados de la peor forma posible. Al margen de la demagogia, lo que de veras preocupa es la radicalización de la mentira, no sólo como instrumento de control, también y sobre todo en su calidad de matriz del poder, que custodiado por el aparato militar, procede falsificando mentalidades. Pésima terapéutica: es más endemoniadamente insufrible el remedio a la enfermedad. Para “rescatarnos” del terrorismo —prescribe la jactanciosa receta— hay que exasperar el pánico universal y empantanarse en un baño de sangre prolongado a conveniencia. Estados Unidos dispara al enemigo a sabiendas de que constituye un reflejo, bizarro y consanguíneo, de su oscuridad sin rostro. Hemos retrocedido a una Roma imperial que —soliviantando su farsa puritana— manda un desbordamiento patológico. De ahí que nos organicen las ilusiones sin tomarse la molestia de atar los cabos sueltos. Abundan el desprecio y la histeria prepotente. Habiendo adecuado el engendro con partículas de verdad y enajenamientos inverosímiles, estructuraron una mentira colectiva capaz de persuadir la débil lucidez. Y dueños del golpe mediático, se dan el lujo de reeditar la aberración impune de Robert McNamara y de Henry Kissinger: infligir el tormento a distancia. Éste elemento exalta la tragedia de escenificar la incertidumbre ventajosa. ¿Volveremos a creer en la política? Aquel desventurado 11-S agilizó un militarismo sin escrúpulos que ha envilecido el derecho internacional. La anuencia diplomática ante el arrase de Irak es contundente en el sentido de que importan más los vínculos clientelistas a los deberes morales y jurídicos. Nadie —salvo aquellos estados concientes de su potencia como el ruso o el chino— quiere desobedecer esa voz. Sólo la Casa Blanca ostenta el desparpajo de rebasar predicamentos ecológicos y tribunales que castigan crímenes de guerra. El “Proyecto para el Nuevo Siglo Americano” —búsquese la derecha de la derecha— exige una ley común del diente al labio, ciega y servil, cuando comprometen el futuro mundial. ¿Reclamarán la sujeción debida sin eufemismos legalistas?
El ethos de la preventive war se desdobla en la peligrosísima práctica del shoot to kill. Si Washington coloca en la mira a Oriente pretextando ataques defensivos, Scotland Yard lleva permiso para asestarle una ráfaga a Jean Charles de Menezes, el transeúnte al que negaron la chance de cumplir treinta años o de regresar siquiera a Brasil. Adiós a la sensatez policial —a la estética árabe— y a las mínimas garantías penales. Estamos conminados a demostrar, cargando una mochila camino al trabajo, que no somos secuaces de Al Qaeda. Para socializar hay que afeitarse, sonreír a fuerzas y cruzar los dedos.
Jack Straw, ministro de Asuntos Exteriores, aplastó el legendario sentido común inglés rechazando, ¡indignado!, cualquier nexo entre la actitud pronorteamericana con la sacudida que sangró a Londres. Para él, esa dinamita infame pudo haber estallado en París o en Berlín. ¿Los Andes quizá? El hecho de que Blair cerrara filas a favor del plan militar de Bush, sin que hubiera una amenaza armamentística factible, vulneró —y quién sabe por cuánto tiempo— la paz de su pueblo. Por cierto, llama la atención esa casualidad, un tanto quisquillosa, del Ejército Republicado Irlandés —IRA— renunciando a las armas. Comprensible la suspicacia según la estrategia de achacar al islamismo equis o ye atentado. No la tiene fácil el ciudadano común. Tampoco el creyente que, ajeno al fanatismo y estereotipado, pasó a ser el utilísimo chivo expiatorio del nacionalismo: cúlpese de los errores domésticos al extranjero y vivamos felices.
Yerran los apologistas de la intervención estadounidense: ninguna democracia cuesta lo que una vida y su turbulento habituarse a la zozobra. ¿Para quién, entonces, el nuevo y occidental sistema? ¿Para quiénes esa memoria redimida brutalmente? Donde pisa la intolerancia, el odio germina un árbol torcido. Imposible segarlo mientras impere la veneración del fin que justifica los medios. Un dolor general —corrompido por el discurso y los acontecimientos— es un dolor de nadie. Cientos murieron en el Trade World Center, miles van ausentándose en los metros o en las calles atrincheradas. Y pocas cosas remuerden menos al poder que la desgracia denigrada en la abstracción. Ya no digamos la inocencia o la libertad puestas en el tablero de la “gran política”. |