Semanario de Prensa Libre • No. 62 • 11 de Septiembre de 2005    


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Opinión

Deseo, luego existo
El deseo se vincula de una manera necesaria con la angustia por algo que nos falta.

Por: Carlos Seijas

Desear es acaso la actitud más permanente que tenemos en cuanto seres humanos. El deseo nos pone en obra, nos moviliza, nos empuja, nos dirige, nos coloca en la situación de búsqueda. El deseo es, en ese sentido, el reconocimiento de la incompletud humana, de la falta, de la ausencia, de que carecemos de algo que nos resulta importante por algún motivo.

Decía Locke en uno de sus ensayos más famosos que llamamos “deseo” al malestar que provoca en un ser humano la experiencia de la ausencia, de la carencia de algo cuya posesión actual se le representa como un deleite, como una satisfacción. Mediante la vivencia de ese algo que falta somos capaces de entrar en contacto con lo otro, con lo que nos es ajeno y quisiéramos que nos fuera propio y también con lo que no lo será nunca. Lo otro se torna, así, límite de lo posible y también el único espacio donde lograr la satisfacción del deseo.

La angustia surge ante la posibilidad del fracaso. El deseo se vincula doblemente con el fracaso. Por un lado el deseo puede no alcanzar nada de lo que pretende. La persona que ama puede no recibir más que el desprecio de quien es la depositaria de sus anhelos; el atleta puede sufrir una lesión que lo desplace de la competencia para la que se preparó tan esforzadamente; puede que ocurra que luego de comprar los pasajes para un apetecido viaje con una persona querida nos enteremos que esa persona acaba de fallecer.

Consideramos un síntoma de salud mental comportarnos como si fuera a ocurrir lo que tiene más probabilidades de ocurrir. Sin embargo, el deseo se vincula de una manera necesaria con la angustia. Hay una sensación de fracaso que es inherente a cualquier intento de satisfacer nuestros deseos. En ese sentido nada nos colma nunca plenamente. Ningún logro es suficiente, ningún éxito es bastante. Toda sensación de saciedad está marcada por la fugacidad. El deseo, poseedor de un hambre infinita, nos obliga una y otra vez a engullirnos la presa de sus anhelos. El deseo parece necesitar una eternidad para saciarse. Sin embargo, la realización del deseo no puede hacerse más que en el mundo de la temporalidad, donde todo está signado por la fugacidad. Ni uno ni mil besos agotan el deseo de besar; ni uno ni mil atardeceres maravillosos logran hacernos desistir del deseo de ver caer el sol sobre el horizonte.

Quizá los artistas sean quienes más puedan dar fe de este fracaso. Una y otra vez vuelven a crear sobre las mismas obsesiones, sobre las mismas ganas de decir, porque hay algo que no han podido plasmar enteramente. Así se vuelve una y otra vez a acometer, a embestir, a intentar, como aquel personaje de una de las novelas de Albert Camus que hace y rehace numerosas e infructuosas veces el primer párrafo de una novela que nunca culminará. Esta suerte de tarea cíclica, perpetua, nunca culminada, fue expresada por ese autor mediante El Mito de Sísifo. Según cuentan antiguas leyendas griegas, este tal Sísifo, de oficio ladrón, se granjeó la ira de los dioses que le castigaron con tener que llevar una enorme piedra hasta la cima de una montaña. Al intentar colocarla en lo alto, sin importar el cuidado con que se hiciera la tarea, la piedra rodaría ladera abajo y Sísifo tendría que volver a empezar una y otra vez, a pesar de lo imposible de cumplir con la tarea.

Parece haber algo de absurdo en ese obrar del deseo, que nos condena a intentar satisfacerlo una y otra vez, sin conseguirlo nunca plenamente. Y así, volvemos a recoger nuestra piedra del pie de la montaña y volvemos a intentarlo. No ha faltado en la humanidad los que han intentado evitar estos rasgos de angustia inherente a la vida humana. Y lo han pretendido hacer recetando la quietud del deseo, el desinvolucrarse respecto del deseo. No hablo de la gente que como Plotino, filósofo griego del siglo II de nuestra era, para quien había que vivir la vida propia del alma, desligándola de toda pasión corporal pues el alma debía querer unirse a la Divinidad. Allí, con todos los problemas y alienaciones del caso, aún hay deseo de algún tipo.

Hablo de gente como los estoicos en Occidente o el Budismo en Oriente. En ambos casos, si consideramos las versiones más radicales, ambos propugnan la muerte del sujeto mediante la eliminación del deseo. El deseo siempre se vio como algo delicado, complejo, lleno de peligros. Sin embargo, si sólo se quedara en esa imposibilidad de desear, entonces sí el mundo sólo podría ser concebido no sólo como un absurdo, sino como un absurdo que no merece ser soportado. Pero el deseo nos pone en la posibilidad de ser, en el lugar de la esperanza.

 
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