Semanario de Prensa Libre • No. 64 • 25 de Septiembre de 2005    


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Claroscuro

Un dia en la 'pisca'
Me acuerdo de ellos cuando veo un ticket verde que se quedó en el bolsillo de mi pantalón.

Por: Claudia Munaiz

Todavía era de noche cuando llegamos a la Plaza Fiesta de Inmokalee, al sur de Florida. Allí se reúnen a diario inmigrantes centroamericanos y mexicanos esperando subirse a un bus para ir a las fincas de la zona.

El único estadounidense que vimos fue el que me preguntó por qué quería piscar tomates, extrañado tal vez por el color de mi piel o por el color claro de mi pelo.

Como periodistas, necesitábamos entrar en las fincas para comprobar in situ las condiciones en las que trabajan miles de inmigrantes hispanos. Nos costó ser contratados por los caporales, incrédulos por mi solicitud. Al fin y al cabo, los jornaleros están curtidos por el sol y sus manos levantan cada día kilos de tomates, pepinos o sandías. Y eso se nota.

Al final conseguimos viajar hacia la finca El Palmero, a dos horas de Inmokalee. Para no olvidar su origen, corridos mexicanos y guatemaltecos sonaban a todo volumen en el bus. Letras de indocumentados, mojados y fronteras. La oda al inmigrante.

Al llegar me tocó el surco número ocho. Empezamos la dura jornada a sabiendas de que ésta llegaría a su fin. Nuestro objetivo era conseguir la información. No así el de los trabajadores, para quienes un día de ‘pisca’ es un día con almuerzo y cena.

Iniciamos la recolecta en la plantación. El caporal se paseaba vigilante por los surcos. A mi derecha José, un mexicano de 15 años, me ayudaba llenando mi recipiente. Pedro, guatemalteco de Huehuetenango, me recomendaba jalar el tomate desde más abajo. Otros llevaban mi cubeta hasta el camión, ante la mirada de desdén de la esposa de un caporal, irónicamente, de origen hispano.

Cuanto más corras, más ganas porque te dan un ticket verde de 50 centavos de dólar por cada libra. Conseguí juntar 18 tickets en dos horas. Dejamos de laborar e iniciamos la toma de fotografías. En calidad de estudiantes dijimos que realizábamos una tesis sobre el cultivo de hortalizas en Florida. Patronos y caporales nos creyeron. Al concluir, decidimos entregar nuestros tickets a los inmigrantes. No eran muchos, pero pecado era irnos con ellos. Para nosotros eran sólo papel; para ellos, un plato de arroz y una lata de frijoles.

Me despedí de mis compañeros. Al darles la mano, deslicé entre sus dedos el papel moneda y me alejé de allí con una satisfacción un poco amarga. No lograba comprender cómo, ahogados por la necesidad y empapados en sudor, todos y cada uno de ellos nos ayudaron en la ‘pisca’ del tomate.

Estábamos en el surco número 10 cerca de la salida de la finca cuando de pronto una mujer alta y rubia nos profirió un grito en inglés desde lo alto de un camión.

“¡¡Los tickets de ellos son de otro color. No les servirán de nada!!”, dijo. Ya no recuerdo si lo hizo con una sonrisa maliciosa. Pero lo que nunca olvidaré es la sonrisa de agradecimiento que me dedicaron los inmigrantes, sin saber que los centavos de dólar que me gané, los gané gracias a ellos. Y de ellos me acuerdo cada vez que hoy veo uno de esos cartoncitos verdes que se quedó en el bolsillo de mi pantalón.

 
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