Semanario de Prensa Libre • No. 64 • 25 de Septiembre de 2005    


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Editorial

A propósito
Cuando seas viejo

Es triste y a la vez indignante. Es absurdo y al mismo tiempo real. Es un problema que lleva años de existir pero que en lugar de desaparecer, se multiplica: el abandono que sufre un creciente número de ancianos, una condición de edad que para todos es, irónicamente, una simple cuenta hacia adelante en el tiempo.

Gustavo Adolfo Montenegro
Coeditor

Hay gente ilusa que parece creer que va a vivir igual toda la vida: con las mismas energía, los mismos sueños y las mismas facultades físicas. Esta gente llega a ver ancianos a sus padres y no les conmueven sus canas, sus arrugas, sus crecientes fatigas y achaques. Los tratan mal, les dan comida como si se tratara de un favor (y no de un deber filial) e incluso los despojan de las propiedades que lograron hacer durante la plenitud física de sus años.

Si bien es un problema observable en el ámbito urbano, en donde los cambiantes valores y el ritmo de vida llevan a valorar la juventud por encima de la experiencia, la sensualidad sobre la virtud y la modernidad a costa de la tradición, también se ha empezado a ver que en áreas rurales, en donde la edad avanzada solía ser un símbolo de respeto y consideración, ahora ser viejo es prácticamente una condena al olvido.

Empieza a hacerse cada vez más común el caso de ancianos campesinos que siguen trabajando o bien, ya carentes de fuerza física, se dedican a mendigar por las calles de las cabeceras departamentales.

A todos estos hijos que se hacen indiferentes al destino de sus padres, cabría recordarles una historia trilladísima que, a pesar de ser tan repetida y difundida, no deja de mostrar el destino que les aguarda: La del niño que con un filoso cuchillo intentaba darle forma a una rueda de madera. Su padre, un importante ejecutivo (que igual podría ser un comerciante, un campesino o un profesional) le pregunta para qué está jugando con eso. El niño había sido silencioso testigo del trato que su papá le daba a su abuelo, a quien mantenía encerrado en un cuarto y había empezado a tallar una rústica escudilla de madera igual a aquella en la cual le pasaban su ración diaria de comida al anciano. Gemma Gil investigó las penurias que pasan muchos ancianos de algunas áreas rurales de Guatemala.

 
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