La tempestad benéfica
Las consecuencias del huracán pulverizan la inescrupulosidad nacionalista. El dolor decayó en tanto juguete político.
"Nueva Orleáns, una auténtica agencia mortuoria..."
Truman Capote, 1946.
Por Alexander Sequén-Mónchez
Pálida morenez. Rubor o hipocresía, Condoleezza Rice regresó a Alabama acarreando latas. Faena entre paisanos que reciben suspicaces los alimentos. Kilómetros a la redonda, emerge la muerte empozada: pedazos de niño o de perro, migas ciudadanas despachadas incluso a balazos. Ella, habiendo descrito el tsunami como una “maravillosa oportunidad económica”, balbucea frases que absuelvan la indolencia gubernamental. El mismísimo presidente tuvo que colgar las botas de fantoche y cowboy. Adiós a las vacaciones tejanas y al festín onomástico del 11-S.
Buena parte del sur fue anegada por Katrina, un huracán más devastador que Camille (1969) y Andrew (1992). A sabiendas no sólo de los avisos meteorológicos sino del informe que advirtió, cuatro años atrás, una tragedia inminente, George W. Bush cruzó los brazos. Contradicciones del imperio: rapaces a lo lejos, enceguecidos mortalmente en las proximidades. Luisiana, Misisipi y Alabama albergaron la saña atmosférica. Sobre todo Nueva Orleáns. Sin importar que su partido ganó en dichos estados, la Casa Blanca recortó el presupuesto que reforzaría los diques. Ni oídos ni dinero. La cabeza del país resucitó, atolondrado y belicoso, cuando el caos cumplió tres días.
¿Qué motivos existieron para la demora? Los damnificados alegan que, tratándose de negritud y pobreza, Washington jamás pierde el sueño. Por irónico que parezca, la Oficina de Censo acababa de anunciar que la carestía norteamericana aumentó por cuarta vez consecutiva. En el renglón de los desfavorecidos brilla Nueva Orleáns.
Acechando un territorio rodeado por el agua y habitado menesterosamente, Katrina hizo que la gobernadora Kathleen Blanco cundiera la voz de alarma. Muy pocos cobraron conciencia de la amenaza ¿Habrá supuesto Bush que eran berrinches demócratas? Pero el ojo conservador demuestra sensibilidad —o cinismo— para dimensionar el impacto. Mientras sobrevolaba las ruinas, Haley Barbour, gobernador de Misisipi y ex presidente del Comité Nacional Republicano, dijo: “Sólo puedo imaginar que esto es lo que Hiroshima parecía hace sesenta años”. El desastre, además de exhibir las debilidades sistémicas de Estados Unidos, valida la vigencia del Protocolo de Kioto, comprometido en reducir el efecto invernadero. Sin embargo, son las economías que generan mayor contaminación las que lo rechazan. Bush evade responsabilidades en el calentamiento del planeta. Esto a pesar de que su riqueza involucra la destrucción ecológica. De hecho, —pienso en las investigaciones de Kerry Emmanuel— Katrina no nació únicamente en el mar: hay que ubicar sus vientos en el aumento de las emisiones del dióxido de carbono. Dado que el plan de los halcones es apoderarse del suelo iraquí, constituye una petición de peras al olmo exigirles que racionalicen el comercio petrolero.
Las secuelas de esta catástrofe implican desordenes superlativos. Temo que la administración Bush perdió el caballo de batalla. Desbordando el número de inmolados de 2001, su carácter natural veda el izamiento de banderas. Tampoco puede desplegarse el masoquismo de la demagogia histriónica: la calamidad carece de interés ideológico. Este desdén sugiere la factura por cobrar. A nadie persuade la torpeza de que su seguridad deba instalarse fronteras afuera. Abocados al dominio extranjero y consumiendo fuertes tajadas fiscales, no están cuando se les necesita, y eso, en una democracia, es imperdonable.
A los detractores buscheanos —sal en la llaga— les bastará recriminar que su gobierno, engolosinado con el poder global, menospreció la vida de los contribuyentes. Asediarán a un régimen que, disponiendo de información privilegiada, optó, como ayer, por hacerse de la vista gorda. Al paso que vamos, no faltarán reproches acerca de la rigidez burocrática que impidió la ayuda externa, incluyendo la entrada de los mil quinientos médicos convocados por Fidel Castro —ah taimado— ¡que se anticipó al propio Bush en la oferta asistencial! California, siempre a la expectativa sísmica, no querrá, en circunstancias adversas, lidiar con la dejadez oficial. Y así el descrédito y la antipatía se manifestarán electoralmente.
No es gratuita la demarcación Norte y Sur. Más allá de las refriegas racistas a flor de piel, este último horizonte agrupa un alud de miseria. Los conflictos epidémicos (el Golfo de México fungió de desagüe) y el golpe emocional a gran escala, auguran un abrupto cambio en la conducción política. ¿Recesión económica? Cólera, desplazamiento urbano y litigios civiles; hepatitis, desempleo y vandalismo; dengue, asesinatos y violaciones por esclarecerse. De tripas corazón: ¿expulsar a los migrantes latinos o, ante los desafíos de la reconstrucción, abrirles la puerta? Los $100 mil millones calculados en pérdidas, y de los cuales las aseguradoras pagarán un porcentaje mínimo, requieren decisiones determinantes. Tendrán que elegir entre el gigantismo militar y la cobertura de los daños.
¿Servirá Katrina para desdramatizar los excesos totémicos del 11-S? Ojalá. El huracán no es superior al atentado. Son distintos aunque ambos produzcan terror. Si Rice declaró en la debacle asiática que no hay mal que por bien no venga —especulando una ventaja comparativa que convierta la desventura en negocio—, la sociedad deberá rebatir la coacción psicológica y asumir la beligerancia: más pan y menos circo. No sería raro que Bush neceara riesgos de una ofensiva bioquímica a causa de la vulnerabilidad sanitaria. Una desvergüenza como ésta obliga a descubrir cuánto gato encerrado ocultan. Es tiempo de que despabilen la inercia victimizante y los fuegos de artificio del patriotismo.
El significado del Katrina reconfigura el duelo colectivo del 11-S. De ahí que en mi artículo anterior sumara, mediante un simple ardid, tres años desde 2001. La evocación del 11-S, tal como la teatralizó el gobierno, sucumbió en 2004. Mi hipótesis es que las consecuencias del huracán pulverizan la inescrupulosidad nacionalista. El dolor decayó en tanto juguete político y, para remanso de los deudos, se cristaliza como un recuerdo personal, falseado por Bush y compañía. Cualquier manipulación de pontificar Nueva York con la simbología mártir, lastimaría la desgracia permanente de los sureños. El quiebre histórico lo proporciona 2005. La incertidumbre climática depende de erradicar la guerra como industria y el estilo de vida americano como indicador de desarrollo. Ésa es la verdadera lucha contra el terrorismo.
¿Qué sigue? ¿Un ataque a Los Ángeles por aquello de que un suceso nuevo liquida cataclismos precedentes? ¿Cuándo sacarán a Osama bin Laden del closet? Distante del tira y encoge, flota un estropeado saxofón. Acaso alguien lo pesque antes que a su insepulto y anónimo juglar. |