Semanario de Prensa Libre • No. 64 • 25 de Septiembre de 2005    


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Opinión

El agujero de las vanidades
Las catástrofes “naturales” de septiembre nos confrontan.

Por: Carlos Seijas

La moral está baja, nos dicen. Estamos pesimistas y la confianza no se restablece. El afecto depresivo vuelve sensible la presencia de múltiples amenazas en registros de diverso alcance. Las catástrofes “naturales” de comienzos de septiembre nos confrontan a millares de muertes que hubieran podido ser evitadas.

Durante todo el verano, los tifones en China y Japón, el monzón en la India, produjeron daños considerables. Se habló poco de esto en Europa, que estaba muy ocupada con sus fuegos y sus inundaciones. Después vino la catástrofe de Nueva Orleáns, cuyo alcance escapó a muchos. El director de la Agencia encargada de la gestión de las catástrofes civiles en Estados Unidos (FEMA) declaró que se enteró de la presencia de refugiados en el Palacio de los Congresos de Nueva Orleáns tres días después del paso del huracán. Sin embargo la televisión mostraba al resto del mundo imágenes de los refugiados en dicho Palacio. El Presidente declaró que nadie podía prever que los diques cedieran, cuando los informes que lo anunciaban con precisión se acumulaban. El descenso de las aguas negras del caldo de cultivo en el que se convirtió Nueva Orleáns revelará, dentro de poco, nuevos horrores.

Los fantasmas de inmortalidad por clonación de quienes no carecen de nada se entrecruzan con las vidas quebradas de una población profundamente carenciada. Ya es posible representarse lo que pasará en la evacuación de una megalópoli cualquiera en caso de catástrofe, natural o provocada. Por el lado de los libros, Michel Houellebecq anuncia un mundo donde la clonación se habría convertido en una práctica común. Él anticipa lo que podría ser la vida si el hombre no estuviera seguro de morir. Houellebecq no es ni el primero ni el único en tratar este tema. El blockbuster fallido de Michael Bay, La Isla, también imagina un mundo de clones. La extraña sincronización a ambos lados del Atlántico de ficciones narrativas para todo público sobre la clonación es un efecto de la globalización de los fantasmas engendrados por las proezas de la biología.

Henos aquí confrontados a tres modalidades de la desaparición: la desaparición de lo que constituye la humanidad en la especie, el escándalo de las muertes anunciadas, el anhelo de muerte de la palabra de los sujetos. Ellas están anudadas por el silencio que cada una hace escuchar a su manera.

El poder que se muestra sordo a la adversidad pone de manifiesto una voluntad no solo de ignorar sino de hacer callar a una humanidad sufriente, demasiado sufriente. El fantasma de clonación autoriza la esperanza de reemplazarla por otra cosa. Fuera de los momentos de catástrofe, la ignorancia de las quejas y las demandas se obtiene reduciéndolas a necesidades definidas “objetivamente”. La retórica de la evaluación es convocada en este punto para obtener la transmutación de la demanda en silencio. La ideología de la evaluación consiste en la voluntad de que toda actividad social se le torne transparente. Es una auto-observación permanente, parásita, gran consumidora de tiempo. En el sistema más evaluado del mundo, los EEUU, los gastos administrativos de la evaluación llegan a absorber casi un tercio (31 por ciento) de los gastos de salud, según un estudio reciente de la Harvard Medical School.

A pesar de las múltiples evaluaciones, las decisiones no fueron tomadas en los EEUU. Una catástrofe cuyas causas son enteramente humanas nos da una razón. El avión chipriota se estrelló cuando acababa de ser dotado de un nuevo sistema de registro de los datos de vuelo. La evaluación retroactiva nos permite saber con una gran riqueza de detalles el encadenamiento de errores humanos que condujeron a la catástrofe. Lo que sorprende es como los mejores protocolos de evaluación no sirven para tomar precauciones. ¿Cómo el mantenimiento pudo olvidar colocar una válvula que controla la presurización? ¿Cómo los pilotos pudieron confundir hasta ese punto las alarmas? El factor decisivo, nos dicen, es que los pilotos no hablaban ninguna lengua común mas allá del inglés técnico suficiente para la rutina de los procedimientos. En la situación de angustia vivida ante señales contradictorias e incomprensibles, el no poder hablar les impidió actuar. Tal vez la decisiones gubernamentales no se toman cuando ya no hay lengua común entre gobernantes y gobernados. Ellos no comparten más que un silencio entrecortado por la lengua estereotipada que sirve para el intercambio en los medios.

 
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