Semanario de Prensa Libre • No. 93 • 16 de Abril de 2006    


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Punto final

Nostalgia del imperio
Werfel plantea una historia rápida, en la que su protagonista reproduce las características del héroe de la novela decimonónica.

Por Alexánder Sequén-Mónchez

A primera vista calificamos de sencilla la anécdota. Karl Fiala, antiguo servidor de la Austria imperial, decide remediar las penurias de su familia suscribiendo un seguro de vida. Creyó cortar, de esta manera, el terrible lazo de Marie con su maléfica hermana Clara. Franzl no purgará la epilepsia en ningún asilo. Era lo que esperaba. Era lo prometido por Schlesinger, el incisivo agente que le había hecho firmar la póliza. Para que Tutelia -la compañía aseguradora- desembolsara el “200, 500, 1 mil por ciento” de intereses, Fiala debe morir pasados los sesenta y cinco. Falta justo un año. Es allí donde de la nada brotan terribles enfermedades y empieza una lucha a muerte por la dignidad.

Quizá ese aparente facilismo literario fuera el motivo para que Elías Canetti detestara sin miramientos a Franz Werfel. Raramente se menciona su nombre entre los mejores escritores del siglo XX. Kafka, su compatriota, anotó: “Odio a W., no porque le envidie, aunque también lo envidio”. Hijo mimado, Werfel tenía aptitud y dinero, buen colmillo además, no para los negocios (que en sus manos se venían abajo como naipes) sino para promover libros y descubrir talentos. Intervino a favor del mismo Kafka y de Robert Musil. A pesar de esa indiscutible bondad, solía arrastrar una nube, si no de polvo, de oprobio.

Una época encendida en la que Werfel, casado con la célebre Alma Mahler, conquistó posiciones importantes. Algún poemario suyo vendió miles de copias en un lapso breve; ocurrió igual con varias de sus novelas. Pocos para gozar de semejante influencia y ser blanco de burlas. Sin embargo, tenía en común con enemigos y admiradores la escisión de su sensibilidad: No existía más el imperio Austro-Húngaro.

Stefan Sweig rememora que su tierra “era un tronco cercenado, sangrando por todas las venas”. Y aún faltaba 1938, año en que Hitler anexa Austria al Tercer Reich. En la década de 1920 apenas creían recuperarse de la destructividad alcanzada en la Primera Guerra Mundial. Aquellos hombres pensaban que lo habían visto todo: la miseria, la mentira, la sangre rebalsando las conciencias. El fin de la matanza trajo consigo a los buitres diplomáticos que repartieron a Europa. Muchos no se repusieron del derrumbe geográfico y moral. Werfel escribió desde esa herida, que lejos de cicatrizar se expandió mortalmente después del nazismo.

En el ensayo que encabeza El crepúsculo del mundo, una selección de sus cuentos y novelas cortas, nos da las claves para comprender su condición: “Pertenecer no solamente a dos épocas, sino también a dos mundos, eso creo que es el legado único de los que nacieron hijos de aquel mundo muerto sobre el cual escribo”. Ese lugar destrozado por los nacionalismos, no es más que el imperio asentado en veinticuatro países y trece pueblos, una diversidad conciliada por la lengua alemana y el espíritu de la cultura. ¿Exagera Werfel? Si lo hace muestra la compleja raíz de su escritura: “¿Qué mundo era éste entonces? Llevaba un gran nombre, y sin embargo, era más grande aún que el nombre que llevaba”.

Ésa es la incertidumbre que agobia La muerte del pequeño burgués. Al contemplar una fotografía de antaño, Fiala no piensa únicamente en él, en la salud, en lo que supuso era la felicidad. Recuerda la grandeza imperial a la que servía como guardia de la oficina del Crédito Agrícola. Un empleo modesto que, en la práctica, significaba orgullo, disciplina, servicio. Escombro todo lo que antes estuvo de pie. Fiala refleja al súbdito que se sentía parte de una tierra y de un poder. Para colmo de males, viejo como es, debe lidiar con Clara, su cuñada, una arpía neurótica. Pero eso puede soportarlo, lo que quisiera remediar es la situación en que se encuentra Franzl. Ya no es un muchacho y nadie pude confiarle la mínima responsabilidad. Esto lo lleva a tomar una decisión definitiva: si el emperador Francisco José no pudo sostener el Imperio, uno de sus fieles tendrá que batallar con el destino.

Werfel plantea una historia rápida, en la que su protagonista reproduce las características del héroe de la novela decimonónica. Completamente lineal, la narración nos informa de penas y más penas. Lo que no esperábamos es que, enfermando de súbito, Fiala tuviera que resistirse a la muerte antes del cinco de enero, fecha en la que cumpliría la edad que permite cobrar el seguro. Tendido en una cama de hospital, sus ojos miran pasar doctores camino a la humillación. Para algunos el gesto del moribundo —que ensancha su antesala al fin— es intrascendente, pura gana de ocupar un espacio, una experiencia que puede incluso desprestigiar a la medicina.

Por un momento, dado que en alguna parte del texto se nos dice que nunca volvió a saberse de Schlesinger, suponemos que se trata de una estafa. Werfel se las arregla para mandar directo a la agonía al vendedor. Como “buen judío” ha fumado en exceso y ya no le sale más aire de los pulmones. Schlesinger vino a parar junto a Fiala. Ambos morirán, pero este último tiene fuerzas para calcular la rigurosidad de las cláusulas. En efecto, su compañero de suerte le grita que no verá un centavo si fallece antes de lo pactado. Es así que Fiala supera por dos días la fecha fatídica. ¿A quién vence? A la muerte por supuesto que no. ¿A quienes sentenciaron “de esta no sale”? Ha logrado una revancha ante la vida, un ajuste de cuentas, siempre modesto, con los despojos imperiales. Él, simple portero, hombre frustrado y políticamente malherido, ha logrado lo que el emperador no pudo o no quiso hacer: quedarse hasta que no estuviera en sus manos la defensa del orgullo.

Werfel encarna una derrota compartida por una generación de creadores que, de la noche a la mañana, perdieron el horizonte. Fue él quien dijo que los austriacos, no teniendo hogar, residen en la propiedad de lo que ya no poseen. Y de esa nostalgia es que salieron muchas y colosales páginas. La mayoría ha sido devorada, pero La muerte del pequeño burgués, con no ser una novela de largo aliento a la manera de Los cuarenta días del Musa Dagh —en la que recuerda el genocidio armenio—, constituye una verdadera obra maestra. Síntesis y dominio literario; lo que no puede dejarnos inconmovibles es el tormento que ha de pasar el señor Fiala, quien seguro de redimir glorias empobrecidas, termina dándole un sentido a su existencia. Triste que esa última —y quizá única— satisfacción la consiga muriendo el día esperado. Lo trágico, con ser personal, trae no pocas veces la felicidad ajena.

 
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