Nostalgia del imperio
Werfel plantea una historia rápida,
en la que su protagonista reproduce las características
del héroe de la novela decimonónica.
Por Alexánder Sequén-Mónchez
A primera vista calificamos de sencilla la anécdota.
Karl Fiala, antiguo servidor de la Austria imperial, decide remediar
las penurias de su familia suscribiendo un seguro de vida. Creyó cortar,
de esta manera, el terrible lazo de Marie con su maléfica
hermana Clara. Franzl no purgará la epilepsia en ningún
asilo. Era lo que esperaba. Era lo prometido por Schlesinger, el
incisivo agente que le había hecho firmar la póliza.
Para que Tutelia -la compañía aseguradora- desembolsara
el “200, 500, 1 mil por ciento” de intereses, Fiala
debe morir pasados los sesenta y cinco. Falta justo un año.
Es allí donde de la nada brotan terribles enfermedades y
empieza una lucha a muerte por la dignidad.
Quizá ese aparente facilismo literario fuera el motivo para
que Elías
Canetti detestara sin miramientos a Franz Werfel. Raramente se menciona su
nombre entre los mejores escritores del siglo XX. Kafka, su compatriota, anotó: “Odio
a W., no porque le envidie, aunque también lo envidio”. Hijo mimado,
Werfel tenía aptitud y dinero, buen colmillo además, no para
los negocios (que en sus manos se venían abajo como naipes) sino para
promover libros y descubrir talentos. Intervino a favor del mismo Kafka y de
Robert Musil. A pesar de esa indiscutible bondad, solía arrastrar una
nube, si no de polvo, de oprobio.
Una época encendida en la que Werfel, casado con la célebre Alma
Mahler, conquistó posiciones importantes. Algún poemario suyo
vendió miles de copias en un lapso breve; ocurrió igual con varias
de sus novelas. Pocos para gozar de semejante influencia y ser blanco de burlas.
Sin embargo, tenía en común con enemigos y admiradores la escisión
de su sensibilidad: No existía más el imperio Austro-Húngaro.
Stefan Sweig rememora que su tierra “era un tronco cercenado, sangrando
por todas las venas”. Y aún faltaba 1938, año en que Hitler
anexa Austria al Tercer Reich. En la década de 1920 apenas creían
recuperarse de la destructividad alcanzada en la Primera Guerra Mundial. Aquellos
hombres pensaban que lo habían visto todo: la miseria, la mentira, la
sangre rebalsando las conciencias. El fin de la matanza trajo consigo a los
buitres diplomáticos que repartieron a Europa. Muchos no se repusieron
del derrumbe geográfico y moral. Werfel escribió desde esa herida,
que lejos de cicatrizar se expandió mortalmente después del nazismo.
En el ensayo que encabeza El crepúsculo del mundo, una selección
de sus cuentos y novelas cortas, nos da las claves para comprender su condición: “Pertenecer
no solamente a dos épocas, sino también a dos mundos, eso creo
que es el legado único de los que nacieron hijos de aquel mundo muerto
sobre el cual escribo”. Ese lugar destrozado por los nacionalismos, no
es más que el imperio asentado en veinticuatro países y trece
pueblos, una diversidad conciliada por la lengua alemana y el espíritu
de la cultura. ¿Exagera Werfel? Si lo hace muestra la compleja raíz
de su escritura: “¿Qué mundo era éste entonces?
Llevaba un gran nombre, y sin embargo, era más grande aún que
el nombre que llevaba”.
Ésa es la incertidumbre que agobia La
muerte del pequeño
burgués. Al contemplar una fotografía de antaño,
Fiala no piensa únicamente en él, en la salud, en
lo que supuso era la felicidad. Recuerda la grandeza imperial a
la que servía como guardia de la oficina del Crédito
Agrícola. Un empleo modesto que, en la práctica,
significaba orgullo, disciplina, servicio. Escombro todo lo que
antes estuvo de pie. Fiala refleja al súbdito que se sentía
parte de una tierra y de un poder. Para colmo de males, viejo como
es, debe lidiar con Clara, su cuñada, una arpía neurótica.
Pero eso puede soportarlo, lo que quisiera remediar es la situación
en que se encuentra Franzl. Ya no es un muchacho y nadie pude confiarle
la mínima responsabilidad. Esto lo lleva a tomar una decisión
definitiva: si el emperador Francisco José no pudo sostener
el Imperio, uno de sus fieles tendrá que batallar con el
destino.
Werfel plantea una historia rápida,
en la que su protagonista reproduce las características
del héroe de la novela decimonónica.
Completamente lineal, la narración nos informa de penas y más
penas. Lo que no esperábamos es que, enfermando de súbito,
Fiala tuviera que resistirse a la muerte antes del cinco de enero, fecha
en la que cumpliría la edad que permite cobrar el seguro. Tendido
en una cama de hospital, sus ojos miran pasar doctores camino a la humillación.
Para algunos el gesto del moribundo —que ensancha su antesala al fin— es
intrascendente, pura gana de ocupar un espacio, una experiencia que puede
incluso desprestigiar a la medicina.
Por un momento, dado que en alguna parte del texto se nos dice
que nunca volvió a
saberse de Schlesinger, suponemos que se trata de una estafa. Werfel se las
arregla para mandar directo a la agonía al vendedor. Como “buen
judío” ha fumado en exceso y ya no le sale más aire de
los pulmones. Schlesinger vino a parar junto a Fiala. Ambos morirán,
pero este último tiene fuerzas para calcular la rigurosidad de las cláusulas.
En efecto, su compañero de suerte le grita que no verá un centavo
si fallece antes de lo pactado. Es así que Fiala supera por dos días
la fecha fatídica. ¿A quién vence? A la muerte por supuesto
que no. ¿A quienes sentenciaron “de esta no sale”? Ha logrado
una revancha ante la vida, un ajuste de cuentas, siempre modesto, con los despojos
imperiales. Él, simple portero, hombre frustrado y políticamente
malherido, ha logrado lo que el emperador no pudo o no quiso hacer: quedarse
hasta que no estuviera en sus manos la defensa del orgullo.
Werfel encarna una derrota compartida
por una generación de creadores
que, de la noche a la mañana, perdieron el horizonte. Fue él
quien dijo que los austriacos, no teniendo hogar, residen en la propiedad
de lo que ya no poseen. Y de esa nostalgia es que salieron muchas y colosales
páginas. La mayoría ha sido devorada, pero La muerte del pequeño
burgués, con no ser una novela de largo aliento a la manera de Los
cuarenta días del Musa Dagh —en la que recuerda el genocidio
armenio—,
constituye una verdadera obra maestra. Síntesis y dominio literario;
lo que no puede dejarnos inconmovibles es el tormento que ha de pasar el
señor
Fiala, quien seguro de redimir glorias empobrecidas, termina dándole
un sentido a su existencia. Triste que esa última —y quizá única— satisfacción
la consiga muriendo el día esperado. Lo trágico, con ser personal,
trae no pocas veces la felicidad ajena. |