¿Habrá valido la pena?
Tengo un relativo éxito a un alto costo de afectos
Por creer que la hierba estaba más verde
del otro lado, me aventuré con mi esposa a cruzar la frontera.
Claro que en aquel tiempo los estadounidenses aún confiaban
en los hispanohablantes. Eso se fue acabando debido al vandalismo
y al mal comportamiento de numerosos connacionales. En verdad,
no era tan difícil obtener la residencia legal por aquellos
días; sin embargo, fue una cuestión de perseverancia
y finalmente obtuve una residencia legal.
A pesar de haber empezado con el pie derecho, recuerdo muy bien
la primera etapa de adaptación que nos tocó vivir.
En la escuela mis hijos eran los únicos hispanos, y el desdén
hacia ellos era patente, no sólo entre los alumnos, sino
también entre los maestros, que un día llegaron al
colmo de pedir a los muchachos de la clase que dijeran si mis hijos
eran bienvenidos o no. Todos levantaron la mano diciendo que no,
a excepción de uno.
Otro suplicio fue enfrentarnos a un idioma que no era el nuestro.
El sentirnos tan desamparados e inútiles, como si no hubiéramos
sabido leer ni escribir. Hasta el más sencillo trámite
administrativo era un verdadero dolor de cabeza. La ausencia del
terruño, unido a la familia y amigos que uno ha dejado atrás,
merece capítulo aparte.
Recuerdo que después de la
faena diaria, el subconsciente comenzaba a extrañar a los
hermanos, a los padres, a los amigos. Las calles de la capital
o del pueblito donde uno ha nacido, como que adquieren una importancia
que hasta entonces no tenían, y una amarga nostalgia se
va apoderando de cada miembro de la familia. El simple hecho de
escuchar música de marimba provocaba que todos termináramos
llorando amargamente, deseando retornar al instante a nuestra amada
Guatemala. Con el tiempo, mis hijos e hijas se casaron y hoy somos
algo así como las Naciones Unidas. Tengo nietos mejicanos,
gringos y hasta colombianos. Me jubilé hace algunos años, y por más que
hice por convencer a mis hijos y a mi esposa de que regresaran
al terruño, al final me fue imposible. De alguna manera,
todos echaron raíces en los Estados Unidos. Por mi parte,
al terminar mi etapa productiva, sólo soñaba con
regresar a mi amada tierra del quetzal y disfrutar de sus bellezas
en el ocaso de la vida. Fue así como construí una
amplia y cómoda casita en un bello rincón de Santiago
Sacatepéquez, con la esperanza de que mi familia deseara
ocuparla algún día, pero todo ello resultó ser
un sueño imposible de realizar.
Creo que mi historia, para
decirlo de alguna manera, tiene sabor a un relativo éxito
económico, pero un fracaso total en cuanto a los tiernos
afectos del corazón, que al final de cuentas son los que
tienen más valor que cualquier otra cosa. Felicito a todos aquellos paisanos
y paisanas que aún con
la tentación o la necesidad de ver más verde el pasto
del otro lado de la cerca, como la vaca de la fábula, se
han abstenido de dar el salto sobre la alambrada para llegar a
Estados Unidos. Porque los frijolitos con olor a olla de barro
chapín, chilito y tortillas hechas con amor por manos guatemaltecas,
son más sabrosos si estamos rodeados de toda la familia,
comparado con la amarga separación.
Arturo
Cuéntenos
su historia: ¿cómo llegó a Estados Unidos?
Envíela a revistad@prensalibre.com.gt o
por correo tradicional a
13 calle 9-31 zona 1, 9o. piso, ciudad
de Guatemala, Guatemala.
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