Semanario de Prensa Libre • No. 110 • 13 de Agosto de 2006

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Crónicas de migrante

¿Habrá valido la pena?
Tengo un relativo éxito a un alto costo de afectos

Por creer que la hierba estaba más verde del otro lado, me aventuré con mi esposa a cruzar la frontera. Claro que en aquel tiempo los estadounidenses aún confiaban en los hispanohablantes. Eso se fue acabando debido al vandalismo y al mal comportamiento de numerosos connacionales. En verdad, no era tan difícil obtener la residencia legal por aquellos días; sin embargo, fue una cuestión de perseverancia y finalmente obtuve una residencia legal.

A pesar de haber empezado con el pie derecho, recuerdo muy bien la primera etapa de adaptación que nos tocó vivir. En la escuela mis hijos eran los únicos hispanos, y el desdén hacia ellos era patente, no sólo entre los alumnos, sino también entre los maestros, que un día llegaron al colmo de pedir a los muchachos de la clase que dijeran si mis hijos eran bienvenidos o no. Todos levantaron la mano diciendo que no, a excepción de uno.

Otro suplicio fue enfrentarnos a un idioma que no era el nuestro. El sentirnos tan desamparados e inútiles, como si no hubiéramos sabido leer ni escribir. Hasta el más sencillo trámite administrativo era un verdadero dolor de cabeza. La ausencia del terruño, unido a la familia y amigos que uno ha dejado atrás, merece capítulo aparte.

Recuerdo que después de la faena diaria, el subconsciente comenzaba a extrañar a los hermanos, a los padres, a los amigos. Las calles de la capital o del pueblito donde uno ha nacido, como que adquieren una importancia que hasta entonces no tenían, y una amarga nostalgia se va apoderando de cada miembro de la familia. El simple hecho de escuchar música de marimba provocaba que todos termináramos llorando amargamente, deseando retornar al instante a nuestra amada Guatemala. Con el tiempo, mis hijos e hijas se casaron y hoy somos algo así como las Naciones Unidas. Tengo nietos mejicanos, gringos y hasta colombianos.

Me jubilé hace algunos años, y por más que hice por convencer a mis hijos y a mi esposa de que regresaran al terruño, al final me fue imposible. De alguna manera, todos echaron raíces en los Estados Unidos. Por mi parte, al terminar mi etapa productiva, sólo soñaba con regresar a mi amada tierra del quetzal y disfrutar de sus bellezas en el ocaso de la vida. Fue así como construí una amplia y cómoda casita en un bello rincón de Santiago Sacatepéquez, con la esperanza de que mi familia deseara ocuparla algún día, pero todo ello resultó ser un sueño imposible de realizar.

Creo que mi historia, para decirlo de alguna manera, tiene sabor a un relativo éxito económico, pero un fracaso total en cuanto a los tiernos afectos del corazón, que al final de cuentas son los que tienen más valor que cualquier otra cosa.

Felicito a todos aquellos paisanos y paisanas que aún con la tentación o la necesidad de ver más verde el pasto del otro lado de la cerca, como la vaca de la fábula, se han abstenido de dar el salto sobre la alambrada para llegar a Estados Unidos. Porque los frijolitos con olor a olla de barro chapín, chilito y tortillas hechas con amor por manos guatemaltecas, son más sabrosos si estamos rodeados de toda la familia, comparado con la amarga separación.

Arturo


Cuéntenos su historia: ¿cómo llegó a Estados Unidos?
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revistad@prensalibre.com.gt o por correo tradicional a
13 calle 9-31 zona 1, 9o. piso, ciudad de Guatemala, Guatemala.


   

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