Semanario de Prensa Libre • No. 110 • 13 de Agosto de 2006

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D números

Breve historia del cero, el vacío y la nada
Un signo lleno de vacío
El cero pasó de ser un espacio en blanco, a un punto, a un círculo, hasta que tardíamente llegó a ser un óvalo.

Por Francis Vandenberg

Hoy nos parece fácil pasar de la enumeración de objetos a la numeración en sí: de contar 10 estrellas al concepto más abstracto de 10. Sin embargo, este salto hacia la abstracción tardó mucho en hacerse. Por miles de años, la humanidad usó para contar los dedos de las manos, marcas en troncos o rayones en piedras. Imaginemos lo difícil que resultó llegar al número cero, tan sutil que su misma función es, aisladamente, señalar la totalidad de lo que no está ahí, pero que agregado a la derecha de cualquier otro número decuplica su valor.

Dios de la muerte, en una estela de Piedras Negras. El símbolo de “cero” lo lleva en el brazo y antebrazo.

Los sumerios empezaron a usarlo, en Mesopotamia, hace 5 mil años. Los sumerios crearon el primer tipo de escritura, conocida como cuneiforme, porque usaban “cuñas” sobre tablas de arcilla húmeda, que luego dejaban endurecer al sol o en hornos. En estas tablas se encuentran no sólo palabras, sino también números que eran sumados en columnas. Algunas de estas columnas eran dejadas intencionalmente en blanco, sugiriendo así la presencia de un cero.

Los astrónomos mayas, por aparte, desarrollaron su propio concepto del cero, pero esta noción no fue la que llegó hasta nosotros. El cero sólo era usado dentro de uno de los tantos calendarios que tenían para contar, precisamente, el tiempo. El cero designaba un día, el del comienzo y el del fin, y a un dios muy temido, el dios de la muerte. Es clara la diferencia, ya que nuestro calendario gregoriano no contempla un día cero al principio del mes, y menos aún un año cero para dar inicio a nuestra era, que pasa del -1 a. C. al 1 d. C.

Es probable que los griegos se encontraran con el cero al invadir la ya decadente Babilonia, con Alejandro Magno en 331 a. C. Para ese entonces, el cero era representado como un punto y a veces como un círculo. Se cree que la razón de esto fue que los griegos usaban contadores de cajas con arena. Ahí ponían piedras redondeadas para sumar. La oquedad o vacío dejado en la arena al sustraer las piedras pudo haberle dado su forma al cero.

Los griegos llegan a la India en 326 a. C., con Alejandro Magno, y el cero transita constantemente por las posteriores rutas de comercio desde Alejandría, en Egipto. En la India se le representa igualmente como un círculo, y llamado sunya tendrá desarrollos ingeniosos y complejos que después serán tomados por los árabes. Los árabes lo denominan sifr, que significa vacío, y lo introducen a la España morisca junto con su representación de los números, de ahí que se les conozca como números arábigos. Con ellos se hace posible contar cualquier cantidad, por grande que sea, con sólo 10 signos: del 0 al 9.

Para los árabes el cero señalaba la posición de vacío entre decenas, centenas y miles. Con los sumerios se hubiera dejado dos espacios en blanco entre, por ejemplo, el 2 y el 6 en donde van las centenas y las decenas; el cero es el signo que recuerda esa ausencia, pues no es lo mismo 2 6 que 2006.

Un proceso paulatino

Cuesta creer que en el resto de Europa pocos aceptaran las nuevas representaciones, debido al uso extendido de la numeración romana, basada en letras; pero basta intentar sumas o restas de cantidades por arriba de un millón para probar su ineficiencia. Los pocos que usaban los números arábigos en la Edad Media eran los comerciantes, y fue gracias a un mercader italiano, Fibonacci, que terminaron por popularizarse. Él escribió en 1202 una obra que paradójicamente se titulaba El libro del ábaco.

Un vacío no tan vacío
> Cero significa vacío, pero tanto el símbolo como el concepto no tienen una historia fácil. El mismo Alejandro Magno, quien posibilitó que los griegos tomaran el cero de los babilonios, tuvo de maestro a Aristóteles, quien negaba la existencia del vacío. En su libro cuarto de la Física, Aristóteles afirma que el mundo es un lugar saturado del ser, pues hasta en los lugares aparentemente más desocupados se puede encontrar sonido o luz. Esto lo llevaría, junto con muchos otros pensadores posteriores, a concluir que si el sonido se propaga en el aire, entonces, fuera de la atmósfera (“esfera de aire”, en griego) debía de haber un medio de propagación para la luz, un fluido menos visible que el aire: el éter.

> Aristóteles fue llevado a la teología de la Edad Media por santo Tomás de Aquino, y la negación del vacío permaneció. Natura abhorret vacui: “la naturaleza aborrece el vacío”, es la expresión que condensa el dogma impuesto en esa época, no por razones físicas, sino metafísicas. En el siglo XVII Torriccelli probó que el vacío era posible, consiguiéndolo parcialmente con un tubo de mercurio invertido. Crearía así un instrumento que sería usado para medir la presión del aire: el barómetro. Pero aún se seguía creyendo que el universo estaba totalmente lleno, del éter. Luego de Newton se calcularía muchas veces el espacio que ocupa la materia en el universo, determinando que la mayor parte del universo está vacía. Pero ya no sólo el macroscópico, sino también el subatómico. Ernest Rutherford, a principios del siglo XX, demostraría que hasta los átomos que conforman la materia poseen, en su escala, grandes porciones de vacío. Aquel éter lumínico e hipotético sería finalmente desechado por la Teoría de la Relatividad de Einstein, mediante la demostración de que la luz no necesita ningún fluido para propagarse.

En el Renacimiento crecerá la necesidad, sobre todo a causa de la astronomía, de nuevos métodos para manipular cantidades cada vez más ínfimas o cada vez más grandes. Poco después, entre 1600 y 1700, aparecerán con la solución Napier, Newton, Leibniz, los logaritmos y el cálculo infinitesimal, imposibles de concebir sin el cero, como imposible sería el lenguaje binario que en la actualidad usan las computadoras: una sucesión de ceros y unos en la que se conserva cualquier tipo de información.

 

Nada de nada
Aunque se la niegue, allí está. Es más, si decimos “no hay nada”, ella crece.

“De lo que no se puede hablar es mejor callarse”, dijo Wittgenstein, pero de la nada algo puede hablarse, pues por más que se niegue, se la afirma, al ser ella misma una negación. Regularmente se le antepone un “no” o cualquier otro elemento negativo, “jamás, nadie, nunca”, y esa doble negación cae lógicamente en una afirmación. La nada viene de la expresión latina res natus, cosa nacida. Tremenda curiosidad etimológica que remite a los relatos sagrados sobre el origen. Recuerda a la Biblia, al Corán o al Popol Vuh cuando hacen alusión a la nada como un estado anterior al nacimiento de todas las cosas por voluntad divina.

La colindancia entre la nada y el nacimiento tendrá su interpretación más radical en la mística cristiana de la Edad Media. Esto se muestra claramente en san Juan de la Cruz, en santa Teresa de Jesús y superlativamente en Meinster Eckhart. Mientras los teólogos se esfuerzan por hacer distingos y definiciones lógicas, los místicos, a través de la poesía, se dejan fascinar por la paradoja, el éxtasis y la revelación. Es el primer intento de definir la nada más allá del “no ser” que algunos filósofos, desde la antigüedad, habían tratado de expulsar a la periferia de la razón. “Nada puede venir de la nada”, reza el aforismo de Epicuro, que repetirán Platón y Aristóteles. Heráclito, afirmará la contradictoria capacidad del “ser” de “no ser” a la vez. Pirrón será aún más extremo, pues predicará una duda tan absoluta como para descreer de todo.

Estos pensamientos que giran entorno a la nada, volverán a emerger muchos siglos después en Rusia y se aglutinarán bajo el título de nihilismo, cuya raíz latina es nihil: nada. El primer personaje de esta especie es para muchos Bázarov, en la novela Padres e hijos, que Iván Turguéniev escribiera en 1862. Luego vendrán Kirilov y Stragovin en Los demonios de Dostoyevsky. Pero la más rotunda definición será la de Nietzsche: “es un sentimiento de falta de valor” donde se cree que “no existe ni espíritu, ni razón, ni pensamiento, ni conciencia, ni alma, ni verdad: todo son ficciones inservibles.” De las sucesivas interpretaciones, por Heidegger o Sartre, se verá que la nada no existe en un sentido físico, lógico y positivo, pero sí puede ser revelada mediante la angustia o como la sensación de pérdida, caída o absurdo.


   

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