Semanario de Prensa Libre • No. 126• 03 de Diciembre de 2006

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D cultura

Monet, el pintor de la luz
Su trayectoria proclamó la libertad del artista en un mundo apegado a los cánones clásicos. Ochenta años después de su muerte su legado sigue fascinando por la plácida belleza de su rebeldía.

Por Gemma Gil
Foto Carlos Sebastián

“Quiero lo intangible. Otros artistas pintan un puente, una casa, un bote y ese es su fin (…) Yo quiero pintar el aire que rodea el puente, la casa o el bote, la belleza del aire en la que esos objetos están situados”, decía Claude Monet, el más pertinaz representante del impresionismo.

Había nacido en 1840, en un París convulsionado por las luchas de poder entre la emergente clase burguesa y los baluartes del antiguo régimen nostálgicos del pasado, y , como un espejo de esa realidad, este hijo de una familia comerciante llegó para revolucionar con su mirada el lenguaje estético vigente. .

Desde los cinco hasta los 18 años vivió en Le Havre, en el noroeste de Francia. Una adoptiva patria chica donde se manifestó su desamor por los libros y su amor por pasear frente al mar, donde dibujó sus primeras caricaturas, donde descubrió la pasión por pintar al aire libre bajo el tutelaje de Eugène Bodin y donde, en cierto modo, se fraguó el apelativo con el que pasó a la historia aquel grupo que reivindicaba la libertad del artista frente al clasicismo academicista.

Un atardecer realizado precisamente en la ciudad normanda, Impresiones, sol naciente, fue el pretexto para reunir a aquellos pintores bajo el nombre de “impresionistas”. Cuando en 1873 el lienzo fue presentado en la I Exposición de la Cooperativa Anónima de Artistas Pintores, Escultores y Grabadores, el crítico Louis Leroy afirmó: “Al contemplar la obra pensé que mis anteojos estaban sucios, ¿qué representa esta tela?.. El cuadro no tenía derecho ni revés ..., ¡Impresión! Desde luego produce impresión..., el papel pintado en estado embrionario está más hecho que esta marina”.

La segunda exposición organizada por el grupo no corrió mejor suerte en las tribunas de la crítica. Albert Wolff llegó a afirmar desde las páginas de Le Figaro que “cinco o seis locos se han encontrado aquí, obcecados por sus aspiraciones de exponer sus obras. Mucha gente se desternilla de risa por estas chapuzas”.

Poco sospechaban estos expertos que un par de décadas más tarde Monet, al igual que sus amigos Auguste Renoir, Paul Cézanne o Alfred Sisley, conocerían el aplauso de un público y una crítica que cayó rendida ante su propuesta vanguardista: habían abolido la esclavitud del dibujo para proclamar la monarquía del color, habían salido de los talleres para pintar al aire libre, habían llenado sus lienzos de luz y momentaneidad, habían jaspeado sus telas con una miríada de colores y habían descompuesto las sombras que dejaron de ser negras y los blancos que dejaron de ser blancos. La revolución del arte pictórico había comenzado. Sin embargo, el camino para llegar hasta ahí no resultó nada fácil.

Pasión y carestía

Cuando en 1859 Claude Monet abandonó Le Havre para buscarse la vida en París lo hizo en contra de la opinión paterna y, una vez allí, demasiado deseoso de libertad, se resistió a seguir una formación académica tradicional. Mientras trataba de abrirse camino fue llamado a prestar servicio militar en Argelia, donde habría pasado siete años si no hubiera contraído tifus.

Al regresar a la capital, en 1867, presentó Mujeres en el jardín al Salón de París, muestra oficial de la Academia de Bellas Artes. Pero el cuadro fue rechazado. El fracaso coincidió con el nacimiento de su primer hijo. Un niño que su familia se negó a reconocer por ser fruto de su relación con Camille Doncieux, quien había servido de modelo para las cuatro damas que aparecen en Mujeres en el jardín. Entonces, el joven Monet se sintió en un callejón sin salida, hasta el punto de que, sin apoyo familiar y acosado por la penuria económica, intentó suicidarse.

Pero tocar fondo no le impidió remontar el vuelo y, como otros muchos pintores y literatos de la época, la falta de bonanza económica no mermó el frenesí creativo. Los meses que sucedieron al intento de acabar con su vida vieron nacer escenas como las de La Grenouillère (1969), que pintó junto con su amigo Renoir y que ya anticipaban las características del impresionismo en las pinceladas largas, los contrastes y el movimiento con el que intenta captar la fugacidad del momento.

El estallido de la guerra franco-prusiana y la necesidad de emigrar a Inglaterra para evadir ser llamado a filas dio un nuevo impulso a la definición de su estilo. Claude y Camille, con la que se había casado poco tiempo antes, sólo estuvieron en Londres seis meses, pero allí tuvieron la oportunidad de conocer la obra de John.

Constable y William Turner y de descubrir la singular atmósfera de la ciudad. Las brumas del Támesis le fascinaron de tal modo que el pintor llegó a afirmar que sin la niebla, Londres no sería hermosa.

La capital británica marcó otro factor de vital importancia en su vida: el encuentro con su ángel de la guarda, el galerista Durant-Ruel, de quien el propio pintor afirmó, en 1900 en el periódico Le Temps: “se convirtió en nuestro salvador. Por más de 15 años, mis pinturas, al igual que las de Renoir, Sisley y Pisarro, no tuvieron otro mercado que a través de él”.

El fallecimiento de su padre, en 1871, vino a insuflar una burbuja de aire en la maltrecha economía familiar, y en los años siguientes Monet viajó por el norte y el sur de Europa, preocupado por desentrañar el misterio del color efímero y cambiante. Progresivamente, su pintura se llenó de una luminosidad que, como el naciente arte de la fotografía, aspiraba a capturar la esencia del instante. Sin embargo, los problemas económicos reaparecieron para cumplir con su destino y llevarle a los brazos de la segunda mujer de su vida: Alice.

Cuando se conocieron, en 1876, ella estaba casada con Ernest Hoschedé, mecenas de jóvenes artistas. No obstante, dos años más tarde la acomodada pareja se encontraba en bancarrota por lo que Claude y Camille, quien tenía la salud muy debilitada tras el nacimiento de su segundo hijo, y Ernest y Alice acabaron compartiendo vivienda durante un año en Vétheuil. Un año que acabaría siendo muy intenso en emociones no sólo por la muerte de Camille sino también por el creciente distanciamiento entre el pintor y Ernest, quien acabó por marcharse a París dejando a su familia con Monet. Pronto lo que no empezó más que como una situación incómoda entre ambas familias acabó convirtiéndose en una unión de hecho entre Alice y el artista.

El descanso del guerrero

La década de los 80 trajo la disolución del grupo de los impresionistas entre los que cada vez había más fracturas. El propio Claude dijo: “Siempre me han espantado las teorías… Sólo tengo el mérito de haber pintado directamente de la naturaleza, tratando de dar mis impresiones ante los efectos más fugitivos, y estoy desolado de haber sido la causa del nombre dado a un grupo cuya mayor parte no tenía nada de impresionista”.

El ocaso del siglo también brindó una tregua a la economía de la familia Monet, ampliada con la llegada de los seis hijos de Alice. En 1989 una de sus obras fue vendida en la nada desdeñable cantidad de 10 mil francos. El mundo había aceptado la mirada impresionista y como él mismo afirmó en Le Temps: “Hoy todo el mundo quiere conocernos”.

El renombre y la solvencia económica aumentaron lo suficiente como para permitir que el pintor viajara por Italia, la costa normanda, Holanda e Inglaterra y, lo más importante, para que compara una casa en Giverny. Allí, el hombre que se había pasado la vida huyendo de las deudas y la rigidez de la crítica encontró el descanso del guerrero.

Monet invirtió todo su dinero en sembrar un exquisito jardín, con un estanque cuajado de nenúfares y un puente de estilo japonés. Este íntimo rincón natural se convirtió en el refugio de su pasión y en el motivo inacabable de sus obras, hasta el punto de que el pintor lo llegó a calificar de su verdadera “obra maestra”.

Al encuentro con su paraíso íntimo se sumó la posibilidad de regularizar su situación con Alice, tras la muerte de Ernest, en 1891, y en ese periodo de madura serenidad fue cuando ahondó en los principios del impresionismo. Abandonó la figura humana para concentrarse en la reflexión de la luz al extremo de llegar a afirmar que “el color es mi obsesión diaria, mi gozo y mi tormento”.

A finales de la centuria se dedicó a retratar una y otra vez los mismos motivos para capturar la fugacidad del momento. El pintor debía darse prisa en su trabajo porque en un segundo todo se transformaba. La forma fue perdiendo importancia. Es entonces cuando ejecutó la famosa serie de la catedral de Rouen, con sus trazos disueltos, como una anticipación de la pintura abstracta.

La mirada nublada

“Es el ojo, el maravilloso ojo (…) Es el mejor impresionista. Es el ojo único, la mano única, el único al que obedece el crepúsculo con sus diáfanos matices y sus colores bien ajustados”, dijo Cézanne del maestro de la observación, pero ese ojo, el ojo, comenzó a nublarse a causa de las cataratas. En 1911, el mismo año de la muerte de Alice, Monet escribió a un amigo: “Hace tres días que me di cuenta con terror de que ya no veo con mi ojo derecho”. Desde entonces hasta su muerte, el 6 de diciembre de 1926, inició un camino irreversible hacia la ceguera. A sus problemas de visión se sumó, en 1914, el fallecimiento de su hijo mayor, por lo que los últimos años de su vida estuvieron marcados por el aislamiento en su refugio de Giverny.

Hacia 1922, a duras penas veía con el ojo izquierdo. Su amigo Georges Clemenceau le convenció para que se operara, pero el temor a quedarse totalmente ciego propició que sólo accediera a operarse del ojo derecho . “Ya no veo el rojo, ni el amarillo, esto me molesta terriblemente, porque sé que esos colores existen, porque sé que hay rojo, amarillo, un verde especial y un púrpura muy particular en mi paleta; ya no los veo como solía verlos en el pasado y sin embargo me acuerdo muy bien de cómo eran”, dijo al final de su existencia, cuando, a pesar de vivir en tinieblas, seguía celebrando sobre sus lienzos el triunfo de la luz.

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