Monet, el pintor de la luz
Su trayectoria proclamó la libertad del artista en un mundo apegado a
los cánones clásicos. Ochenta años después de su
muerte su legado sigue fascinando por la plácida belleza de su rebeldía.
Por Gemma Gil
Foto Carlos Sebastián
“Quiero lo intangible. Otros artistas pintan
un puente, una casa, un bote y ese es su fin (…) Yo quiero
pintar el aire que rodea el puente, la casa o el bote, la belleza
del aire en la que esos objetos están situados”, decía
Claude Monet, el más pertinaz representante del impresionismo.
Había nacido en 1840, en un París convulsionado por las luchas
de poder entre la emergente clase burguesa y los baluartes del antiguo régimen
nostálgicos del pasado, y , como un espejo de esa realidad, este hijo
de una familia comerciante llegó para revolucionar con su mirada el lenguaje
estético vigente. .
Desde los cinco hasta los 18 años vivió en Le Havre,
en el noroeste de Francia. Una adoptiva patria chica donde se manifestó su
desamor por los libros y su amor por pasear frente al mar, donde
dibujó sus primeras caricaturas, donde descubrió la
pasión por pintar al aire libre bajo el tutelaje de Eugène
Bodin y donde, en cierto modo, se fraguó el apelativo con
el que pasó a la historia aquel grupo que reivindicaba la
libertad del artista frente al clasicismo academicista.
Un atardecer
realizado precisamente en la ciudad normanda, Impresiones, sol
naciente, fue el pretexto para reunir a aquellos pintores bajo
el nombre de “impresionistas”. Cuando en 1873 el lienzo
fue presentado en la I Exposición de la Cooperativa Anónima
de Artistas Pintores, Escultores y Grabadores, el crítico
Louis Leroy afirmó: “Al contemplar la obra pensé que
mis anteojos estaban sucios, ¿qué representa esta
tela?.. El cuadro no tenía derecho ni revés ..., ¡Impresión!
Desde luego produce impresión..., el papel pintado en estado
embrionario está más hecho que esta marina”.
La segunda exposición organizada por el
grupo no corrió mejor
suerte en las tribunas de la crítica. Albert Wolff llegó a
afirmar desde las páginas de Le Figaro que “cinco
o seis locos se han encontrado aquí, obcecados por sus aspiraciones
de exponer sus obras. Mucha gente se desternilla de risa por estas
chapuzas”.
Poco sospechaban estos expertos que un par de décadas más
tarde Monet, al igual que sus amigos Auguste Renoir, Paul Cézanne
o Alfred Sisley, conocerían el aplauso de un público
y una crítica que cayó rendida ante su propuesta
vanguardista: habían abolido la esclavitud del dibujo para
proclamar la monarquía del color, habían salido de
los talleres para pintar al aire libre, habían llenado sus
lienzos de luz y momentaneidad, habían jaspeado sus telas
con una miríada de colores y habían descompuesto
las sombras que dejaron de ser negras y los blancos que dejaron
de ser blancos. La revolución del arte pictórico
había comenzado. Sin embargo, el camino para llegar hasta
ahí no resultó nada fácil.
Pasión y carestía
Cuando en 1859 Claude
Monet abandonó Le Havre para buscarse
la vida en París lo hizo en contra de la opinión
paterna y, una vez allí,
demasiado deseoso de libertad, se resistió a seguir una formación
académica tradicional. Mientras trataba de abrirse camino fue llamado
a prestar servicio militar en Argelia, donde habría pasado siete años
si no hubiera contraído tifus.
Al regresar a la capital, en 1867, presentó Mujeres en el jardín
al Salón de París, muestra oficial de la Academia de Bellas Artes.
Pero el cuadro fue rechazado. El fracaso coincidió con el nacimiento de
su primer hijo. Un niño que su familia se negó a reconocer por
ser fruto de su relación con Camille Doncieux, quien había servido
de modelo para las cuatro damas que aparecen en Mujeres en el jardín.
Entonces, el joven Monet se sintió en un callejón sin salida, hasta
el punto de que, sin apoyo familiar y acosado por la penuria económica,
intentó suicidarse.
Pero tocar fondo no le impidió remontar el vuelo y, como otros muchos
pintores y literatos de la época, la falta de bonanza económica
no mermó el frenesí creativo. Los meses que sucedieron al intento
de acabar con su vida vieron nacer escenas como las de La Grenouillère
(1969), que pintó junto con su amigo Renoir y que ya anticipaban las características
del impresionismo en las pinceladas largas, los contrastes y el movimiento
con el que intenta captar la fugacidad del momento.
El estallido de la guerra franco-prusiana y la
necesidad de emigrar a Inglaterra para evadir ser llamado a filas
dio un nuevo impulso a la definición de
su estilo. Claude y Camille, con la que se había casado poco tiempo antes,
sólo estuvieron en Londres seis meses, pero allí tuvieron
la oportunidad de conocer la obra de John.
Constable y William Turner y de descubrir la singular
atmósfera de la ciudad. Las brumas del Támesis le
fascinaron de tal modo que el pintor llegó a afirmar que
sin la niebla, Londres no sería hermosa.
La capital británica marcó otro factor
de vital importancia en su vida: el encuentro con su ángel
de la guarda, el galerista Durant-Ruel, de quien el propio pintor
afirmó, en 1900 en
el periódico Le Temps: “se convirtió en nuestro
salvador. Por más de 15 años, mis pinturas, al igual
que las de Renoir, Sisley y Pisarro, no tuvieron otro mercado que
a través de él”.
El fallecimiento de su padre, en 1871, vino a insuflar
una burbuja de aire en la maltrecha economía familiar, y en los años
siguientes Monet viajó por el norte y el sur de Europa,
preocupado por desentrañar el misterio del color efímero
y cambiante. Progresivamente, su pintura se llenó de una
luminosidad que, como el naciente arte de la fotografía,
aspiraba a capturar la esencia del instante. Sin embargo, los problemas
económicos reaparecieron para cumplir con su destino y llevarle
a los brazos de la segunda mujer de su vida: Alice.
Cuando se conocieron, en 1876, ella estaba casada
con Ernest Hoschedé,
mecenas de jóvenes artistas. No obstante, dos años
más tarde la acomodada pareja se encontraba en bancarrota
por lo que Claude y Camille, quien tenía la salud muy debilitada
tras el nacimiento de su segundo hijo, y Ernest y Alice acabaron
compartiendo vivienda durante un año en Vétheuil.
Un año que acabaría siendo muy intenso en emociones
no sólo por la muerte de Camille sino también por
el creciente distanciamiento entre el pintor y Ernest, quien acabó por
marcharse a París dejando a su familia con Monet. Pronto
lo que no empezó más que como una situación
incómoda entre ambas familias acabó convirtiéndose
en una unión de hecho entre Alice y el artista.
El descanso del guerrero
La década de los 80 trajo la disolución
del grupo de los impresionistas entre los que cada vez había
más fracturas. El propio Claude dijo: “Siempre
me han espantado las teorías… Sólo tengo el mérito
de haber pintado directamente de la naturaleza, tratando de dar mis impresiones
ante los efectos más fugitivos, y estoy desolado de haber sido la causa
del nombre dado a un grupo cuya mayor parte no tenía nada de impresionista”.
El ocaso del siglo también brindó una tregua a la economía
de la familia Monet, ampliada con la llegada de los seis hijos de Alice. En
1989 una de sus obras fue vendida en la nada desdeñable cantidad de
10 mil francos. El mundo había aceptado la mirada impresionista y como él
mismo afirmó en Le Temps: “Hoy todo el mundo quiere conocernos”.
El renombre y la solvencia económica aumentaron lo suficiente como para
permitir que el pintor viajara por Italia, la costa normanda, Holanda e Inglaterra
y, lo más importante, para que compara una casa en Giverny. Allí,
el hombre que se había pasado la vida huyendo de las deudas y la rigidez
de la crítica encontró el descanso del guerrero.
Monet invirtió todo su dinero en sembrar un exquisito jardín, con
un estanque cuajado de nenúfares y un puente de estilo japonés.
Este íntimo rincón natural se convirtió en el refugio de
su pasión y en el motivo inacabable de sus obras, hasta el punto de que
el pintor lo llegó a calificar de su verdadera “obra maestra”.
Al encuentro con su paraíso íntimo se sumó la posibilidad
de regularizar su situación con Alice, tras la muerte de Ernest, en 1891,
y en ese periodo de madura serenidad fue cuando ahondó en los principios
del impresionismo. Abandonó la figura humana para concentrarse en la reflexión
de la luz al extremo de llegar a afirmar que “el color es mi obsesión
diaria, mi gozo y mi tormento”.
A finales de la centuria se dedicó a retratar una y otra vez los mismos
motivos para capturar la fugacidad del momento. El pintor debía darse
prisa en su trabajo porque en un segundo todo se transformaba. La forma fue perdiendo
importancia. Es entonces cuando ejecutó la famosa serie de la catedral
de Rouen, con sus trazos disueltos, como una anticipación
de la pintura abstracta.
La mirada nublada
“Es el ojo, el maravilloso ojo (…) Es el mejor impresionista. Es
el ojo único, la mano única, el único al que obedece el
crepúsculo con sus diáfanos matices y sus colores bien ajustados”,
dijo Cézanne del maestro de la observación, pero ese ojo, el ojo,
comenzó a nublarse a causa de las cataratas. En 1911, el mismo año
de la muerte de Alice, Monet escribió a un amigo: “Hace tres días
que me di cuenta con terror de que ya no veo con mi ojo derecho”. Desde
entonces hasta su muerte, el 6 de diciembre de 1926, inició un camino
irreversible hacia la ceguera. A sus problemas de visión se sumó,
en 1914, el fallecimiento de su hijo mayor, por lo que los últimos años
de su vida estuvieron marcados por el aislamiento en su refugio
de Giverny.
Hacia 1922, a duras penas veía con el ojo izquierdo. Su amigo Georges
Clemenceau le convenció para que se operara, pero el temor a quedarse
totalmente ciego propició que sólo accediera a operarse del ojo
derecho . “Ya no veo el rojo, ni el amarillo, esto me molesta terriblemente,
porque sé que esos colores existen, porque sé que hay rojo, amarillo,
un verde especial y un púrpura muy particular en mi paleta; ya no los
veo como solía verlos en el pasado y sin embargo me acuerdo muy bien de
cómo eran”, dijo al final de su existencia, cuando, a pesar de vivir
en tinieblas, seguía celebrando sobre sus lienzos el triunfo de la luz.
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