Semanario de Prensa Libre • No. 126• 03 de Diciembre de 2006

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D fondo

Braseros de la frontera
Desde niños, los jóvenes del altiplano integran las cuadrillas que recolectan cosechas en las fincas del sur de Chiapas.

Por: Francisco Mauricio Martínez

Foto: Carlos Sebastián

¡El Paraíso!, es el grito que se escucha, a cada rato, en medio de la impaciente multitud que abarrota el parque de Tecún Umán, San Marcos. Es la voz de uno de los tantos contratistas que camina de un lado a otro “enganchando” mozos.

Mientras, algunos de los campesinos se arremolinan en grupos y matan el ocio hablando de cualquier cosa... de vez en cuando se escuchan algunas carcajadas. Sentadas sobre las bancas de la plazoleta, algunas madres amamantan o dan de comer a sus hijos. Los trastes con frijoles y los rimeros de tortillas se ven en todos lados..

El parque de Tecún Umán, San Marcos, es uno de los puntos de partida.

Es lunes, y como de costumbre, cientos de campesinos guatemaltecos, sobre todo del altiplano, buscan ser contratados, por algunas semanas, para trabajar en una de las fincas de Chiapas, México. Entre la muchedumbre resalta la figura menuda de decenas de niños y niñas que con su mochila a la espalda esperan ser elegidos y así emprender una travesía que los llevará a formar parte de las cuadrillas de cortadores de café y papaya.

El único documento que llevan en sus manos para conseguir el trabajo es la certificación de su partida de nacimiento.
Los ranchos, fincas y ejidos de dicho lugar son desde hace decenas de años el destino de miles de infantes guatemaltecos que buscan ganarse algunos quetzales que les permitan subsistir y así colaborar con la economía familiar. Marta Luz Wiesner y Hugo Ángeles Cruz, en su investigación La frontera de Chiapas con Guatemala como región de destino de migrantes internacionales, explica que “este mercado laboral temporal data de finales del siglo XIX”.

Las estadísticas del Instituto Nacional de Migración de México, publicadas en febrero de 2006, indican que durante los años 2000 y 2005 ingresaron oficialmente a su territorio 347 mil 990 trabajadores agrícolas guatemaltecos. Este número, sin embargo, podría ser mayor debido a que “no todos pasan por Migración”, afirma Miriam de Celada, coordinadora nacional de la Organización Internacional del Trabajo, OIT.

“Para el estreno”

El flujo migratorio que se anota durante estos días tiene otro objetivo, aparte del de siempre: reunir algunos centavitos para celebrar la Navidad. Ignacio Robledo, de 14 años, dice que espera regresar a mediados de este mes (se fue el 20 de noviembre) con unos mil quetzales en el bolsillo. “Voy a comprar mi estreno (ropa) y el resto se lo daré a mi mamá para celebrar la Nochebuena”, afirma el menor, que no recuerda cuándo fue la primera vez que atravesó la frontera con sus padres.

Este fenómeno migratorio no es exclusivo de esta época, ya que se repite durante todo el año, pero con mayor fuerza entre los meses de febrero a marzo y entre septiembre y noviembre. Santos Bartolón, de 16 años, dice que el dinero que ganarán él y su hermano Casimiro servirá para solventar la economía familiar, sobre todo cuando su padre no tenga trabajo. “Otro poco será para lo que yo quiera o cuando alguien se enferme”, indica.

Durante estos días es común observar en las aldeas y caseríos del altiplano algunas casas abandonadas, debido a que las familias que las habitan viajan al territorio mexicano. El “Diagnóstico de Trabajadores Agrícolas Temporales en Chiapas, México, con énfasis en menores de edad y mujeres”, cita que el 93 por ciento de los infantes viaja acompañado de sus padres, primos o amigos y solamente el 7 “va solo”.

Este, aparentemente reducido grupo, es el que enfrenta con mayor fuerza algunos problemas, por ejemplo, no recibir la cantidad ofrecida como pago y trabajar más de las horas estipuladas (seis) según las leyes mexicanas que regulan el trabajo de menores, entre otras. “Emplearse sin respaldo de un adulto los hace vulnerables en sus derechos laborales”, dice Walter Arreaga, coordinador ejecutivo del área de derechos humanos de la Casa del Migrante de Tecún Umán, una de las responsables del diagnóstico.

Algunos menores se marchan al país del norte durante épocas específicas, mientras que para otros la dinámica se ha vuelto una constante, ya que sólo regresan a Guatemala a ver a sus familiares una o dos semanas. La mayoría se emplea en fincas donde ya ha trabajado, porque tienen la confianza de que serán bien tratados, aunque esta percepción se debe a que “desconocen sus derechos”, describe el informe.

A trabajar se ha dicho

Aunque la mayoría de estos adolescentes van acompañados por sus padres, en las fincas mexicanas son registrados como trabajadores independientes y, por lo tanto, deben cumplir con el contrato verbal que aceptan al contratista. Fulgencio Chilel, de 15 años y originario de Tacaná, San Marcos, dice que esta vez le ofrecieron $85 (pesos mexicanos, Q65) diarios. “Pero de esto me van a descontar Q18 por los tres tiempos de comida”.

Algunos padres registran a sus hijos como “acompañantes”, esto significa que el trabajo de los menores servirá, únicamente para aumentar la productividad de sus tutores. Según el citado estudio, que también fue apoyado por la Mesa Nacional de las Migraciones de Guatemala, Menamig, solamente el 9 por ciento viaja con esta condición y, regularmente, están comprendidos entre las edades de 6 y 12 años.

Belisario Cobón, quien cuando era niño viajaba con sus padres y ahora hace lo mismo con su familia, explica que se trata de jornadas “muy duras”. “Imagínese... yo voy con mis tres hijos (menores de 12 años) y mi esposa. En algunos ranchos no dan tres tiempos de comida, sino sólo dos. Lo que nos dan lo tenemos que dividir con mis hijos y si queremos más debemos comprarlo”.

No obstante, Cobón dice sentirse satisfecho con la calidad (no la cantidad) de la comida que recibe en la finca. Cuenta que en el desayuno le ofrecen frijoles con huevo o queso, tortillas y café. El menú del almuerzo, regularmente es pollo frito o carne de res, un vaso de fresco y ocho tortillas. “Está bien”, comenta el campesino.

San Marcos es el mayor proveedor

> El 41 por ciento de los migrantes que ingresó a México por Tecún Umán, según informe de marzo 2006, eran originarios de San Marcos, y el 25 de Quetzaltenango.

> El 12 por ciento provenía de Retalhuleu; el 10 de Suchitepéquez; el seis de Huehuetenango; el cuatro Escuintla y el dos de Chiquimula.

> Las estadísticas de la frontera del Carmen remarcan San Marcos como el principal proveedor de mano de obra infantil en las fincas del sur de Chiapas.

> En este lugar está registrado que el 78 por ciento provenía de San Marcos y el ocho de Suchitepéquez.

> Quetzaltenango ocupa el tercer lugar con seis por ciento y Retalhuleu con y Huehuetenango con cuatro.

> Nuevo Progreso, San Pablo y La Reforma, San Marcos, son los municipios de donde más migran los adolescentes guatemaltecos.

Lejos de la educación

La historia de Cobón parece ser un caso más del círculo de la pobreza, el cual no muestra indicios de finalizar. Estanislao Ávila, de 17 años, recuerda que únicamente estudió hasta segundo de primaria en una escuela rural de Nuevo San Carlos, Retalhuleu. “Ya no seguí porque mi papá me traía a la finca”, explica.

El caso de Ávila es como papel al calco de la mayoría de trabajadores temporales de las fincas chiapanecas. Esto se refleja en el estudio de la Casa del Migrante y Menamig, el cual resalta que el 83 por ciento de los menores entrevistados contestó que ingresaron a la escuela, pero la abandonaron. La mayoría sólo alcanzó a cursar el tercer año de primaria, y sólo el 7 por ciento respondió que ingresó al nivel básico, pero no lo concluyó. “El 10 por ciento es analfabeta”, sentencia el informe.

La deserción escolar es el monstruo apocalíptico de estos menores trabajadores, ya que, según el mismo documento, el 96 por ciento dejo los libros hace varios años y el resto ha estudiado, pero se ven obligados a abandonarlo temporalmente corriendo el riesgo de no regresar a la escuela.

En este ir y venir, a través de la línea divisoria entre Guatemala y México, transcurre la vida de estos menores que lejos están de pensar que existen leyes nacionales y convenios internacionales que los protegen. Esto lo desconocen y, además, no les importa, porque poco tienen para elegir: trabajar o morir de hambre.

Leyes

Existen leyes que prohiben el trabajo infantil, pero la pobreza es más fuerte

Miriam Marila de Prins, jefa del departamento de migraciones laborales del Ministerio de Trabajo, comenta que existen fundamentos legales que prohiben el trabajo de los menores, pero que también hay contradicciones.

¿Cuál es el fundamento que regula el trabajo de los menores?

Está contenido en el Código Laboral vigente y estipula prohibiciones específicas en cuanto al trabajo para menores. El artículo 35, por ejemplo, dice que el Ministerio de Trabajo no debe autorizar los contratos que se estipulan en el artículo anterior (34 el cual regula a los trabajadores que salen del país). Sin embargo, este mismo cuerpo legal contiene contradicciones.

¿Dónde se observa esto?

Se refleja en las artículos que van del 147 al 155, y que regulan el trabajo de mujeres y menores de edad de 14 a 17 años.

Y la contradicción, ¿cuál es?

Aquí se menciona que bajo condiciones especiales a los niños se les puede autorizar laborar siempre y cuando vayan a trabajar en vías de aprendizaje o tengan la necesidad de cooperar con la economía familiar. También dice que se puede autorizar el trabajo infantil por la extrema pobreza de sus padres, o porque tengan a cargo a otras personas.

En términos reales, ¿se respeta el ordenamiento legal del trabajo para menores?

Realmente, muchos de los niños no van en situación de aprendizaje, porque van y vienen por sus problemas económicos. Lo que pasa en Guatemala es muy difícil.

¿Sólo este Código regula este tipo de trabajo?

Hay más. También está el acuerdo gubernativo 112-2006 el cual contiene algunas prohibiciones. El artículo 1, por ejemplo, se refiere a la vigilancia y protección de los derechos de los niños, niñas y adolescentes.


   

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