Semanario de Prensa Libre • No. 126• 03 de Diciembre de 2006

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D música

Cuerdas locales
Unos artesanales y otros más elaborados, los instrumentos de cuerdas han sido adoptados por los guatemaltecos y fabricados aquí en distintas etapas de su historia

Por Ingrid Roldán Martínez

Foto Carlos Sebastián

Una de las formas que los españoles utilizaron para conquistar el área de las verapaces fue la música. Trajeron nuevos instrumentos, algunos de cuerdas como los rabés (del árabe rabel, antecesor del violín), arpas y vihuelas.

Para los frailes dominicos, ésta fue su estrategia de conversión, pues buscaron dentro de las comunidades a quienes tenían facilidad para interpretar instrumentos. El legado permanece hasta nuestros días. .

Feiga Siedler sostiene en sus manos el primer violín que fabricó entre los años 2003 y 2004.

Las comunidades indígenas no sólo adoptaron el nuevo tipo de música sino que se apropiaron de ella y le imprimieron características propias.

Según un estudio acerca de la música q’eqchi’ hecho por Alfonso Arrivillaga, en el proceso también surgieron los que fabricaban instrumentos. Copiaban los diseños europeos y los hacían con maderas locales y pegamentos naturales.

De esa cuenta, la información se fue pasando de padres a hijos, de generación en generación. “Los primeros violines vinieron con los españoles y a nivel local empezaron a copiarlos y arrastraron cierto grado de error. Son parecidos a los europeos sólo que hechos con maderas americanas”, comenta Marco Barrios, violinista y restaurador de instrumentos de cuerda.

En las verapaces, estos instrumentos pasaron a formar parte importante de las comunidades. Desde el siglo XVI los q’eqchi’ que establecieron grupos integrados por arpa, violín y guitarrilla como se les conoce en la actualidad.

Con respecto a la construcción en el seno de ese grupo étnico, quienes hacen el trabajo tienen conocimientos de ejecución y algunas veces guardan patrones de diapasones para las escalas. Los hay también quienes sólo han fabricado uno, el suyo.

Tradicionalmente, las maderas utilizadas deben ser cortadas en “luna tierna”. Según lo anota Arrivillaga, esto da más vida a la madera y mejor sonido al instrumento. “Por supuesto que para derribar el árbol que proporcionará la madera se debe pedir licencia al zultakaj. El corte del árbol se hace con hacha y el trabajo de la madera con machete”, agrega.

En el caso de los violines, la caja se construye con cedro, aunque también han utilizado un tipo de madera denominado San Juan. La tapa es de un árbol conocido como Palo de Sangre. “Algunos clavijeros también llevan incluidos diseños zoomorfos que, al igual que en las arpas, representan al protector del instrumento”, anota.

Antiguamente, las cuerdas se hacían de tripa de coche (intestino de marrano) entorchada que le daba un sonido más pastoso y menos agudo que las cuerdas metálicas o de nailon. Según el investigador, en la actualidad es muy difícil encontrarlas, aunque Arrivillaga afirma que todavía se usaban en la década de los años 70.

Una alternativa que los fabricantes encontraron fue utilizar hilo de pescar de varios tipos, el cual recientemente ha sido sustituido por cuerdas industriales. Para el arco utilizaban crin de caballo o fibras de maguey.

No se sabe con certeza cuántas personas se dedican en la actualidad a fabricar instrumentos de forma artesanal. Se tiene conocimiento de los hermanos Jorge Alfonso y Urbano Vásquez, en Salcajá, Quetzaltenango.

Es probable que también haya en algunas comunidades de Huehuetenango y probablemente en Rabinal. “Con eso de que sólo se destaca la marimba, se ha ido dejando en el olvido otras expresiones musicales; yo diría que las cuerdas están olvidadas comenta, Arrivillaga.

La Ramona y don Manuel

Cuentan que don Manuel Solís bautizaba cada violín o viola que fabricaba con el nombre del santo del día que lo terminaba. De tal cuenta nombró a uno de estos como Ramona, porque lo terminó el día de San Ramón.

En los años 70 era un anciano conocido por la calidad de los instrumentos que creaba. Su hermano, Huberto Solís, fue un famoso imaginero. Marco Barrios los conoció antes del terremoto de 1976, cuando era estudiante del Conservatorio. Aprendió en ese taller algunas técnicas de fabricación y restauración.

Manuel Solís había aprendido de forma autodidacta cómo era la estructura de los instrumentos valiosos al desarmarlos y volverlos a armar. Con el tiempo logró afinar sus procedimientos. “Lo que hizo con sus violas era tan bueno que son comparables con las de otros artistas internacionales, con otra experiencia y otra formación”, comenta Barrios.

Su trabajo era de muy alta calidad. Usaba maderas locales como el laurel, que es equivalente al arce utilizado en otros países para el fondo y los costados.

Barrios, quien en la actualidad ocupa parte de su tiempo en la restauración de instrumentos de cuerdas (violas, violines y violonchelos) sabe de la existencia de uno hecho por Solís en 1920, es probable que sea el primero.

Dos de las violas que fabricó son utilizadas en la actualidad por músicos de la Sinfónica Nacional, así como dos violines que pertenecen a otros artistas.

Con patrón europeo

Entre los años 2003 y 2004, Feiga Siedler fabricó su primer violín. El año pasado hizo el segundo y ahora tiene otro más en proceso. Probablemente es de las pocas guatemaltecas que ha hecho este tipo de trabajo.

Hace 14 años aprendió la talla en madera (trabajo en relieve) de forma autodidacta. A raíz de un programa que vio en la televisión sobre el proceso de hacer violines investigó y el resto lo ha aprendido en la marcha. Fabricar el primero le llevó un año; en el segundo ocupó menos tiempo.

Ahora importa las maderas de Canadá. Su idea es dedicarse de lleno a esta labor y venderlos en el mercado internacional.


   

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