A una década de la Firma
El 29 de diciembre
se cumplen 10 años de los acuerdos
que pusieron fin a 36 años de conflicto armado
Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián
Se conmemoran 10 años del alto el fuego permanente.
Un tiempo en el que Guatemala ha optado por un sistema formalmente
democrático y ha logrado incrementar levemente su índice
de desarrollo humano. Sin embargo, aún quedan muchas cuentas
pendientes, al menos así lo sienten los protagonistas de
las siguientes siete historias. Siete perfiles que dibujan el mosaico
de esta década de paz.
Las
víctimas del ejército
Olegario Villagrán,
ex militar y discapacitado
Cuando le recriminan el papel del ejército
en el conflicto, Olegario Villagrán no niega las conclusiones
publicadas por el proyecto de Remhi: el 90.53 por ciento de las
violaciones de los derechos humanos fueron responsabilidad oficial,
pero, como señala, una guerra es una guerra. “El 10
por ciento las cometió la izquierda… algún
guerrillero puso la bomba que me dejó sin pierna y nadie
lo señala con el dedo”, se defiende Villagrán
en tono conciliador.

Olegario Villagrán
(centro), Víctor Aguilar (izq.) y Juan González,
en la sede de Adegua. |
Tras reincorporarse a la vida civil en 1987, formó una familia,
montó un taller de zapatero y se alzó como representante
de la Asociación de Discapacitados del Ejército de
Guatemala (Adegua). Obtener una pensión para los ex soldados
con minusvalías ha sido su lucha durante la última
década. Es lo menos que pueden reclamar a un Estado al que
entregaron su juventud y su ingenuidad. Al menos él pensaba
que cumplía con su deber con la patria cuando a los 18 años
dejó San Marcos para unirse al ejército. En definitiva, “era
cuestión de tiempo que unos u otros te agarraran”.
Con el paso de los años ha asumido que todos fueron “utilizados” por
la derecha o por la izquierda. “Éramos campesinos
contra campesinos, defendiendo los intereses económicos
de los que siempre han explotado a los pobres”, dice. A su
lado, su compañero Víctor Hugo Aguilar interviene: “Cuando
me uní al ejército, me mandaron a cuidar fincas,
estaba allí protegiendo al finquero, al rico. Yo tenía
16 años y recuerdo que en un momento hasta me pregunté si
era verdad que existía la guerrilla. Después tuve
oportunidad de descubrir que sí. Me balearon un fémur”. Ninguno de los miembros de la organización va a conmemorar
este décimo aniversario. Sus ojos prefieren mirar a enero
de 2007, cuando esperan que el congreso responda a su solicitud
de revisar el caso de los más de mil compañeros discapacitados
que no reciben pensión.
La visión militarista
Antonio Rodas, ex patrullero
Parece la encarnación de la canción
Las botas del charro. A Antonio Rodas no le falta ni la pistola
en el cinto, pero una de verdad, no como las de plástico
con las que juegan los niños en la puerta de la sede de
la organización en Tecpán, Chimaltenango.
En 1981 estaba jugando al baloncesto cuando una bomba de la guerrilla
mató a 10 de sus primos. Desde entonces ha tenido muy claras
sus filias y sus fobias. De 1982 a 1988 fue miembro del ejército.
Paralelamente, y hasta 1994, fue patrullero. “La gente nos
quería porque les protegíamos”, declara.
De las acusaciones contra las antiguas patrullas no quiere ni oír
hablar. El Remhi señala que el 25 por ciento de las violaciones
contra los derechos humanos fueron protagonizadas por los grupos
paramilitares, bien en actuaciones en solitario, bien en connivencia
con los militares, pero para Rodas se trata de un esfuerzo de difamación.
“Al ejercito le debemos la paz”, agrega. Como en otras
ocasiones, este año celebrará el alto el fuego quemando
cohetes. Y eso a pesar de que en esta década no todo han
sido buenas noticias: “Tenemos mucha inseguridad. Cuando
el ejército estaba en las calles no había mareros
ni gente vagando”.
La juventud blindada
Anabella Giracca y la mirada urbana
“Muchos de mis amigos vivían en un
mundo de fantasía sin saber de las masacres que padecían
los pueblos indígenas. Los medios de comunicación
nos brindaban una información sesgada. Éramos una
generación a la que tenían blindada”, explica
Anabella Giracca, directora de Edumaya y de la Cátedra UNESCO
de Comunicación. “Las nuevas generaciones no conocen
la historia. Ese es el blindaje actual. Sólo saben que hubo
un conflicto que ocurrió en la montaña, en un lugar
que les queda lejos del corazón. La guerra es ese mito que
existió en un campo lejano que no queremos hacer parte de
nuestra realidad”, continúa.
Diez inviernos después del día en que ella dio la
bienvenida a la paz celebrando en el Parque Central, siente que
Guatemala tiene “un estado que ha aceptado ser racista y
desigual” y que la paz se está construyendo sin hacer
los esfuerzos necesarios para combatir las causas que ocasionaron
el conflicto. Ilustra sus palabras con las estadísticas
del acceso a la educación de la infancia maya: de cada 100
niños que comienzan la escuela primaria, 19 son indígenas,
y de éstos sólo uno logra llegar a la universidad.
Aún así todavía hay una razón poderosa
para recordar las esperanzas de aquel 29 de diciembre de 1996: “la
juventud” dice Giracca. La mitad de la población de
Guatemala tiene menos de 18 años, si ellos aprehenden que “la
diversidad interétnica es un valor, entonces podemos ser
optimistas”.
Después del regreso
Édgar Cardona, refugiado en México
“Yo no me quiero sentir derrotado, estoy vivo
y tengo ideales. Se firmó la paz, pero no se dan las condiciones
sociales para que haya paz. El escenario de lucha ha cambiado de
las armas a la política. Por eso quiero vivir críticamente
dentro del modelo consumista y quiero fortalecer mi conciencia
frente a un gobierno que nos invita a olvidar nuestra memoria histórica”,
dice Édgar Cardona.
En 1981, cuando abandonó Guatemala para convertirse en uno del medio millón
de refugiados que huyeron a México aún no había cumplido
cinco años. En la Navidad de 1993, su padre, que era representante de
las Comisiones Permanentes, decidió que había llegado el momento
de volver. Sus compañeros mexicanos de la escuela no entendían
por qué iba a regresar, pero para Édgarl su deber era volver a
esa patria desconocida para luchar por el cambio social. En Campeche había
aprendido la fortaleza que se deriva de la unión. Por eso, desde el día
que esperó en La Aurora la llegada de los representantes de la URNG que
venían a firmar la paz se ha dedicado a la educación popular desde
distintas ONGs y formaciones sindicales. “El 29 de diciembre no es un día
para celebrar, si no para recordar y reflexionar por qué estamos tan divididos
cuando queda tanto por hacer”, concluye.
La década de la búsqueda
María González, abuela de
cinco nietos desaparecidos
Diez años más tarde, María
González no sabe “por qué se estaban peleando”.
Sentada en el salón de su casa, en la aldea Chimazat, Chimaltenango,
pasa revista a la memoria de su vida: a su trabajo en la finca
de café, al día en que tuvo que salir huyendo al
monte “porque según el ejército” su familia
era parte de la guerrilla y a cómo regresó tres días
más tarde para recoger los cadáveres de sus nueras
e iniciar la búsqueda de sus nietos.
Habla sin aspavientos ni sentimentalismos, quizá sea la
paciencia cultivada durante 70 años. Como nunca recibió enseñanza
formal, lo de delimitar el tiempo con números se le antoja
imposible o, más bien, inservible: el tiempo se delimita
con hechos y los hechos son que desde los días de “la
bulla” ella ha estado buscando.
En su larga travesía, descubrió que algunos de sus
nietos habían sido llevados a ciudad de Guatemala. Durante
dos años no dejó de viajar a la capital, mostrando
al chofer del autobús el mismo papel con una dirección
escrita que ella no podía leer. La perseverancia la llevó a
recuperar a tres de sus nietas en un centro de acogida. A una cuarta,
la vio casualmente, siendo aún una niña, mientras
vendía panela con la mujer a la que había sido entregada,
pero no logró recuperarla hasta 15 años después
(en 2003).
María aún no sabe qué pasó con su quinto
nieto: un varón que tenía nueve meses el día
que “un militar del destacamento de San Martín Jilotepeque
se lo regaló a una ladina”. ¿Qué significan
los acuerdos de paz para ella? Que los tiempos están más
tranquilos, que el dinero alcanza para menos y que sigue teniendo
un desaparecido al que ya no sabe si espera encontrar. La esperanza,
a veces, es tan incompresible como el empeño en tachonar
el tiempo con fechas.
Está permitido soñar
Los retornados
de La Lupita,
un modelo de desarrollo
Los retornados de la comunidad de Guadalupe, cariñosamente
llamada La Lupita, son un ejemplo modélico de desarrollo.
Aunque, cuando en 1995 regresaron de México para instalarse
en una finca de 14.5 caballerías en Mazatenango, ni el gobierno
ni sus vecinos los recibieron con los brazos abiertos. “Decían
que éramos revoltosos y que ésta no había
sido zona de guerra. No querían que viniéramos a
vivir en medio de los finqueros”, cuenta Eusebio Gómez,
uno de los primeros vecinos en llegar. Por eso se sienten muy orgullosos
del camino que han recorrido. “Hemos sacado un 10 ante el
gobierno. El pago de la tierra vencía en 2010, pero nosotros
terminamos hace dos años. Aunque no lo crean, aquí hay
gente trabajadora”, dice el ch’orti’ Luis López,
socio de la cooperativa local.
Actualmente, La Lupita tiene una población de 130 familias
que poseen la tierra en una fórmula mixta de propiedad colectiva
y privada: 86 hectáreas son parte de un proyecto comunal
de mango de exportación, y el resto está dividido
en parcelas individuales donde se cultiva limón persa, ajonjolí,
okra y maíz. El consenso en la forma de gestión de
tierra es un notable logro en una comunidad donde conviven nueve
etnias, pero como expresa Francisco Ortiz, de ascendencia mam “Aquí somos
guadalupanos, una gran familia”.
“En México hubo una reconfiguración mental. Aprendieron a
convertir las diferencias en fortalezas, y la condición de retornado y
campesino pobre ha primado sobre otro tipo de identidad”, analiza Camlin
Fuentes, quien desde la FLACSO está investigando el modélico desarrollo
de estos retornados.
Once años después de su llegada a lo que era una planicie de pasto
dedicada a la ganadería, la comunidad florece a la sombra de los árboles,
se estructura en amplias calles de terracería, cuenta con un puesto de
salud y con una escuela donde se imparte hasta tercero básico. Bajo el
implacable sol del trópico el lugar emana una optimista sensación
de limpieza y orden. ¿A qué se debe este éxito?
“Mucha de esta gente venía de formaciones cooperativas. Más
tarde, en los campamentos de refugiados, las circunstancias les obligaron a organizarse
y ahí se dieron cuenta de que esa era la estrategia para salir adelante.
Aprendieron a negociar, debatir y luchar conjuntamente”, continúa
Fuentes.
Tan conscientes son de que la unión hace la fuerza que desde que llegaron
no han parado de coordinarse con los asentamientos vecinos para lograr, por ejemplo,
la llegada de la corriente eléctrica. “Aún nos faltan muchas
cosas, como un sistema de agua potable y una carretera de asfalto para sacar
nuestro productos sin intermediarios, pero lo que hemos logrado no es resultado
de los acuerdos de paz. Todo lo que tenemos es nuestro propio sudor”, explica
Luis López.
La comunidad admite que en la última década la situación
ha mejorado, pero como cuestiona Luis Ortiz : “La discriminación
y la violencia siguen. Fíjese el número de mujeres que matan cada
año. ¿eso es paz?”. La elección del ejemplo no es
casual. En La Lupita el respeto a los derechos de género es otro principio
fundamental. Desde la asociación Madre Tierra, que tras el paso de la
tormenta Stan gestiona proyectos de ayuda por Q3 millones, se ha logrado concienciar
a los varones de la igualdad con sus esposas. Además, se ha conseguido
disminuir la violencia intrafamiliar y se ha conseguido que la media de hijos
por mujer no supere los cuatro niños. “Les costó un poco,
pero ya han entendido que podemos hacer las mismas cosas que ellos”, afirma
con satisfacción Simona Pérez. Es evidente que en esta comunidad
el anhelo de un futuro más justo forma parte de la realidad.
Las mismas causas por las que luchar
Sebastián, ex combatiente de la Organización
del Pueblo en Armas (ORPA)
Al ser preguntado por qué prefiere no revelar
su identidad este antropólogo y ex guerrillero se refiere
a “un ejercicio de prudencia”. A una década
de la firma de la paz, el mayor logro le parece el cese del fuego
y la desactivación de la persecución política. “Pero
la impunidad y los aparatos de represión continúan
intactos, si no ¿quién está llevando a cabo
la guerra social contra los jóvenes de la calle?”.
Era un joven citadino de clase media alta cuando decidió irse
a la montaña. Creía en la necesidad de luchar contra
la discriminación y las desigualdades sociales del país,
y 10 años más tarde de lo que le parece un “simulacro
de paz” sigue creyendo en lo mismo. “El balance de
este tiempo es una especie de esquizofrenia social, porque la estructura
económica no se va a transformar, pero tampoco tiene la
capacidad de sacar a Guatemala del subdesarrollo”, opina.
Sin embargo, Sebastián también identifica razones para el optimismo: “los
pueblos mayas y su maravillosa fuente de conocimientos, la voluntad de los jóvenes
y las luchas latinoamericanas demuestran que tenemos algo que aportar y que somos
algo más que pueblos sometidos”. |