Semanario de Prensa Libre • No. 128 • 17 de Diciembre de 2006

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D fondo

A una década de la Firma
El 29 de diciembre se cumplen 10 años de los acuerdos que pusieron fin a 36 años de conflicto armado

Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián

Se conmemoran 10 años del alto el fuego permanente. Un tiempo en el que Guatemala ha optado por un sistema formalmente democrático y ha logrado incrementar levemente su índice de desarrollo humano. Sin embargo, aún quedan muchas cuentas pendientes, al menos así lo sienten los protagonistas de las siguientes siete historias. Siete perfiles que dibujan el mosaico de esta década de paz.

 

Las víctimas del ejército
Olegario Villagrán, ex militar y discapacitado

Cuando le recriminan el papel del ejército en el conflicto, Olegario Villagrán no niega las conclusiones publicadas por el proyecto de Remhi: el 90.53 por ciento de las violaciones de los derechos humanos fueron responsabilidad oficial, pero, como señala, una guerra es una guerra. “El 10 por ciento las cometió la izquierda… algún guerrillero puso la bomba que me dejó sin pierna y nadie lo señala con el dedo”, se defiende Villagrán en tono conciliador.

Olegario Villagrán (centro), Víctor Aguilar (izq.) y Juan González, en la sede de Adegua.

Tras reincorporarse a la vida civil en 1987, formó una familia, montó un taller de zapatero y se alzó como representante de la Asociación de Discapacitados del Ejército de Guatemala (Adegua). Obtener una pensión para los ex soldados con minusvalías ha sido su lucha durante la última década. Es lo menos que pueden reclamar a un Estado al que entregaron su juventud y su ingenuidad. Al menos él pensaba que cumplía con su deber con la patria cuando a los 18 años dejó San Marcos para unirse al ejército. En definitiva, “era cuestión de tiempo que unos u otros te agarraran”.

Con el paso de los años ha asumido que todos fueron “utilizados” por la derecha o por la izquierda. “Éramos campesinos contra campesinos, defendiendo los intereses económicos de los que siempre han explotado a los pobres”, dice. A su lado, su compañero Víctor Hugo Aguilar interviene: “Cuando me uní al ejército, me mandaron a cuidar fincas, estaba allí protegiendo al finquero, al rico. Yo tenía 16 años y recuerdo que en un momento hasta me pregunté si era verdad que existía la guerrilla. Después tuve oportunidad de descubrir que sí. Me balearon un fémur”.

Ninguno de los miembros de la organización va a conmemorar este décimo aniversario. Sus ojos prefieren mirar a enero de 2007, cuando esperan que el congreso responda a su solicitud de revisar el caso de los más de mil compañeros discapacitados que no reciben pensión.

 

La visión militarista
Antonio Rodas, ex patrullero

Parece la encarnación de la canción Las botas del charro. A Antonio Rodas no le falta ni la pistola en el cinto, pero una de verdad, no como las de plástico con las que juegan los niños en la puerta de la sede de la organización en Tecpán, Chimaltenango.

En 1981 estaba jugando al baloncesto cuando una bomba de la guerrilla mató a 10 de sus primos. Desde entonces ha tenido muy claras sus filias y sus fobias. De 1982 a 1988 fue miembro del ejército. Paralelamente, y hasta 1994, fue patrullero. “La gente nos quería porque les protegíamos”, declara.

De las acusaciones contra las antiguas patrullas no quiere ni oír hablar. El Remhi señala que el 25 por ciento de las violaciones contra los derechos humanos fueron protagonizadas por los grupos paramilitares, bien en actuaciones en solitario, bien en connivencia con los militares, pero para Rodas se trata de un esfuerzo de difamación.

“Al ejercito le debemos la paz”, agrega. Como en otras ocasiones, este año celebrará el alto el fuego quemando cohetes. Y eso a pesar de que en esta década no todo han sido buenas noticias: “Tenemos mucha inseguridad. Cuando el ejército estaba en las calles no había mareros ni gente vagando”.

 

La juventud blindada
Anabella Giracca y la mirada urbana

“Muchos de mis amigos vivían en un mundo de fantasía sin saber de las masacres que padecían los pueblos indígenas. Los medios de comunicación nos brindaban una información sesgada. Éramos una generación a la que tenían blindada”, explica Anabella Giracca, directora de Edumaya y de la Cátedra UNESCO de Comunicación. “Las nuevas generaciones no conocen la historia. Ese es el blindaje actual. Sólo saben que hubo un conflicto que ocurrió en la montaña, en un lugar que les queda lejos del corazón. La guerra es ese mito que existió en un campo lejano que no queremos hacer parte de nuestra realidad”, continúa.

Diez inviernos después del día en que ella dio la bienvenida a la paz celebrando en el Parque Central, siente que Guatemala tiene “un estado que ha aceptado ser racista y desigual” y que la paz se está construyendo sin hacer los esfuerzos necesarios para combatir las causas que ocasionaron el conflicto. Ilustra sus palabras con las estadísticas del acceso a la educación de la infancia maya: de cada 100 niños que comienzan la escuela primaria, 19 son indígenas, y de éstos sólo uno logra llegar a la universidad.

Aún así todavía hay una razón poderosa para recordar las esperanzas de aquel 29 de diciembre de 1996: “la juventud” dice Giracca. La mitad de la población de Guatemala tiene menos de 18 años, si ellos aprehenden que “la diversidad interétnica es un valor, entonces podemos ser optimistas”.

 

Después del regreso
Édgar Cardona, refugiado en México

“Yo no me quiero sentir derrotado, estoy vivo y tengo ideales. Se firmó la paz, pero no se dan las condiciones sociales para que haya paz. El escenario de lucha ha cambiado de las armas a la política. Por eso quiero vivir críticamente dentro del modelo consumista y quiero fortalecer mi conciencia frente a un gobierno que nos invita a olvidar nuestra memoria histórica”, dice Édgar Cardona.

En 1981, cuando abandonó Guatemala para convertirse en uno del medio millón de refugiados que huyeron a México aún no había cumplido cinco años. En la Navidad de 1993, su padre, que era representante de las Comisiones Permanentes, decidió que había llegado el momento de volver. Sus compañeros mexicanos de la escuela no entendían por qué iba a regresar, pero para Édgarl su deber era volver a esa patria desconocida para luchar por el cambio social. En Campeche había aprendido la fortaleza que se deriva de la unión. Por eso, desde el día que esperó en La Aurora la llegada de los representantes de la URNG que venían a firmar la paz se ha dedicado a la educación popular desde distintas ONGs y formaciones sindicales. “El 29 de diciembre no es un día para celebrar, si no para recordar y reflexionar por qué estamos tan divididos cuando queda tanto por hacer”, concluye.

 

La década de la búsqueda
María González, abuela de cinco nietos desaparecidos

Diez años más tarde, María González no sabe “por qué se estaban peleando”. Sentada en el salón de su casa, en la aldea Chimazat, Chimaltenango, pasa revista a la memoria de su vida: a su trabajo en la finca de café, al día en que tuvo que salir huyendo al monte “porque según el ejército” su familia era parte de la guerrilla y a cómo regresó tres días más tarde para recoger los cadáveres de sus nueras e iniciar la búsqueda de sus nietos.

Habla sin aspavientos ni sentimentalismos, quizá sea la paciencia cultivada durante 70 años. Como nunca recibió enseñanza formal, lo de delimitar el tiempo con números se le antoja imposible o, más bien, inservible: el tiempo se delimita con hechos y los hechos son que desde los días de “la bulla” ella ha estado buscando.

En su larga travesía, descubrió que algunos de sus nietos habían sido llevados a ciudad de Guatemala. Durante dos años no dejó de viajar a la capital, mostrando al chofer del autobús el mismo papel con una dirección escrita que ella no podía leer. La perseverancia la llevó a recuperar a tres de sus nietas en un centro de acogida. A una cuarta, la vio casualmente, siendo aún una niña, mientras vendía panela con la mujer a la que había sido entregada, pero no logró recuperarla hasta 15 años después (en 2003).

María aún no sabe qué pasó con su quinto nieto: un varón que tenía nueve meses el día que “un militar del destacamento de San Martín Jilotepeque se lo regaló a una ladina”. ¿Qué significan los acuerdos de paz para ella? Que los tiempos están más tranquilos, que el dinero alcanza para menos y que sigue teniendo un desaparecido al que ya no sabe si espera encontrar. La esperanza, a veces, es tan incompresible como el empeño en tachonar el tiempo con fechas.

 

Está permitido soñar
Los retornados de La Lupita, un modelo de desarrollo

Los retornados de la comunidad de Guadalupe, cariñosamente llamada La Lupita, son un ejemplo modélico de desarrollo. Aunque, cuando en 1995 regresaron de México para instalarse en una finca de 14.5 caballerías en Mazatenango, ni el gobierno ni sus vecinos los recibieron con los brazos abiertos. “Decían que éramos revoltosos y que ésta no había sido zona de guerra. No querían que viniéramos a vivir en medio de los finqueros”, cuenta Eusebio Gómez, uno de los primeros vecinos en llegar. Por eso se sienten muy orgullosos del camino que han recorrido. “Hemos sacado un 10 ante el gobierno. El pago de la tierra vencía en 2010, pero nosotros terminamos hace dos años. Aunque no lo crean, aquí hay gente trabajadora”, dice el ch’orti’ Luis López, socio de la cooperativa local.

Actualmente, La Lupita tiene una población de 130 familias que poseen la tierra en una fórmula mixta de propiedad colectiva y privada: 86 hectáreas son parte de un proyecto comunal de mango de exportación, y el resto está dividido en parcelas individuales donde se cultiva limón persa, ajonjolí, okra y maíz. El consenso en la forma de gestión de tierra es un notable logro en una comunidad donde conviven nueve etnias, pero como expresa Francisco Ortiz, de ascendencia mam “Aquí somos guadalupanos, una gran familia”.

“En México hubo una reconfiguración mental. Aprendieron a convertir las diferencias en fortalezas, y la condición de retornado y campesino pobre ha primado sobre otro tipo de identidad”, analiza Camlin Fuentes, quien desde la FLACSO está investigando el modélico desarrollo de estos retornados.

Once años después de su llegada a lo que era una planicie de pasto dedicada a la ganadería, la comunidad florece a la sombra de los árboles, se estructura en amplias calles de terracería, cuenta con un puesto de salud y con una escuela donde se imparte hasta tercero básico. Bajo el implacable sol del trópico el lugar emana una optimista sensación de limpieza y orden. ¿A qué se debe este éxito?

“Mucha de esta gente venía de formaciones cooperativas. Más tarde, en los campamentos de refugiados, las circunstancias les obligaron a organizarse y ahí se dieron cuenta de que esa era la estrategia para salir adelante. Aprendieron a negociar, debatir y luchar conjuntamente”, continúa Fuentes.

Tan conscientes son de que la unión hace la fuerza que desde que llegaron no han parado de coordinarse con los asentamientos vecinos para lograr, por ejemplo, la llegada de la corriente eléctrica. “Aún nos faltan muchas cosas, como un sistema de agua potable y una carretera de asfalto para sacar nuestro productos sin intermediarios, pero lo que hemos logrado no es resultado de los acuerdos de paz. Todo lo que tenemos es nuestro propio sudor”, explica Luis López.

La comunidad admite que en la última década la situación ha mejorado, pero como cuestiona Luis Ortiz : “La discriminación y la violencia siguen. Fíjese el número de mujeres que matan cada año. ¿eso es paz?”. La elección del ejemplo no es casual. En La Lupita el respeto a los derechos de género es otro principio fundamental. Desde la asociación Madre Tierra, que tras el paso de la tormenta Stan gestiona proyectos de ayuda por Q3 millones, se ha logrado concienciar a los varones de la igualdad con sus esposas. Además, se ha conseguido disminuir la violencia intrafamiliar y se ha conseguido que la media de hijos por mujer no supere los cuatro niños. “Les costó un poco, pero ya han entendido que podemos hacer las mismas cosas que ellos”, afirma con satisfacción Simona Pérez. Es evidente que en esta comunidad el anhelo de un futuro más justo forma parte de la realidad.

 

Las mismas causas por las que luchar
Sebastián, ex combatiente de la Organización del Pueblo en Armas (ORPA)

Al ser preguntado por qué prefiere no revelar su identidad este antropólogo y ex guerrillero se refiere a “un ejercicio de prudencia”. A una década de la firma de la paz, el mayor logro le parece el cese del fuego y la desactivación de la persecución política. “Pero la impunidad y los aparatos de represión continúan intactos, si no ¿quién está llevando a cabo la guerra social contra los jóvenes de la calle?”.

Era un joven citadino de clase media alta cuando decidió irse a la montaña. Creía en la necesidad de luchar contra la discriminación y las desigualdades sociales del país, y 10 años más tarde de lo que le parece un “simulacro de paz” sigue creyendo en lo mismo. “El balance de este tiempo es una especie de esquizofrenia social, porque la estructura económica no se va a transformar, pero tampoco tiene la capacidad de sacar a Guatemala del subdesarrollo”, opina.

Sin embargo, Sebastián también identifica razones para el optimismo: “los pueblos mayas y su maravillosa fuente de conocimientos, la voluntad de los jóvenes y las luchas latinoamericanas demuestran que tenemos algo que aportar y que somos algo más que pueblos sometidos”.


   

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