Presto non troppo
Nueve año de cine
El Ícaro
Por Paulo Alvarado
presto_non_troppo@yahoo.com
La primera exhibición pública de una película se remonta
a 1895, en Francia, con la puesta a punto del cinematógrafo de los hermanos
Lumière (que permitió no sólo la captación de las
imágenes, sino también su adecuada proyección a los espectadores).
Ese cine originario llegó a Guatemala temprano, pero tendrían que
pasar décadas antes de que dejara de servir meramente para el registro
oficial de algunos incidentes de nuestra historia y no sería sino hasta
mediados del siglo XX que surgirían los primeros micrometrajes nacionales
de ficción. Esos esfuerzos, esporádicos y de corto aliento, contrastan
rudamente con toda la industria cinematográfica que florece en México
y, desde luego, en Estados Unidos y Europa, o en tierras tan alejadas de la nuestra
como Japón, Australia e India (país que, dicho sea de paso, es
el mayor productor de películas del mundo). Hasta los años 90,
son pocas las cintas guatemaltecas que sobresalen, siempre en calidad de hitos
aislados. El auge de nuestro cine no se da sino en el cambio de milenio,
en gran parte debido a la relativa democratización tecnológica que permiten la
filmación, el procesamiento y la edición digitales, en comparación
con los procedimientos análogos y el celuloide.
Desde 1997 un testigo
protagónico de esta metamorfosis es el Festival Internacional de Cine Ícaro,
con sede en Guatemala. Animado infatigablemente por Elías Jiménez
y Rafael Rosal, personajes comprometidos de hace tiempo con la cinematografía
local e impulsores principales de la productora Casa Comal, el festival ha brindado
la ocasión de apreciar películas de todo el mundo: cine y televisión;
cortometrajes, medianos y largos; ficción y documental; foros, talleres
y conferencias; y especialmente, la nueva producción guatemalteca y centroamericana.
Las ediciones más recientes incluso se han visto encabezadas por títulos
como La casa de enfrente, Las Cruces: poblado próximo y VIP: la otra casa,
todas ellas generadoras de polémica y de un bienvenido debate sobre el
futuro de nuestro cine.
Tal como el mito griego de donde toma su nombre, y a nueve años de haber
abierto este camino, el Ícaro ha alzado el vuelo. Necesariamente, le falta
mucho por recorrer antes de que corra riesgo de acercarse más de la cuenta
al sol. Pero, al momento actual, este festival ya es el identificante del nuevo
cine guatemalteco.
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