Con "B" de burocracia
Veinte llamadas infructuosas y un “vuelva usted mañana,
seño” exaspera a más de un periodista.
Por: Claudia Munaiz
Al final cuelgas el teléfono con enojo, como
si el utensilio tuviese la culpa de que el funcionario ‘X’ te
haya mandado a paseo con extrema educación.
Todo empieza con una asignación, por la cual uno debe mover todos los
hilos para conseguir unos datos o una versión que, si hay suerte, será publicada
al día siguiente. Eso, si no te dice el portavoz del ministerio tal que
el señor fulano de tal “está reunido, pero mañana
con mucho gusto le atenderá”.
“Lo que pasa es que la noticia sale mañana y las cifras
las necesito ahora mismo”, pides con timidez y precaución.
No vaya a ser que tu exigencia se la tomen a mal. En ese caso,
estás perdido y sentenciado. Te arriesgas a que esa supuesta
reunión se alargue durante un mes, con evasivas y negativas.
Si eso ocurre, se pueden desplegar unas sutiles amenazas. “Disculpe,
me faltan las estadísticas de su banco. Son las únicas
que me quedan. La otra entidad ya me las dio”, solicitas
con voz firme y tono suave, para amansar a las fieras.
“La semana que viene las tendremos reunidas y se las haremos
llegar”, contestan. Al otro lado del hilo telefónico
te muerdes los labios para no emitir improperios. “Me urgen
los datos”, imploras.
En un abrir y cerrar de ojos, la relacionista pública ‘X’ ha
colgado. Ni siquiera le hace honor a su puesto. Te llevas las manos
a la cabeza y caes en la cuenta de que ni siquiera te pidió un
número de contacto ni el correo electrónico. No tiene
la menor intención (o posibilidad) de hacer su trabajo.
No pierdes la esperanza. Esquivas como puedes la premura informativa.
Un día es un día y la paciencia es una virtud, y
en este caso, un don.
Voz tan amigable como sea posible: “Buenos días, ¿se
acuerda de mí?, le llamé ayer para solicitarle unos
datos, ¿se recuerda?”, preguntas.
“El señor ‘C’ está reunido”,
insiste la mujer. “Llame en 15 minutos o media hora”.
Por supuesto, vuelves a marcar el número, que ya conoces
de memoria. “Lo siento, salió a almorzar”, indica
una voz, cuya dueña no tiene la culpa de que su jefe nos
de largas. Pero cuando sientes que te están tomando el pelo,
el enfado llega directamente a la oficina de tan ocupado funcionario,
a quien se le da una hora de rigor para que coma. Ni un minuto
más. Repites la llamada y con ironía preguntas: “¿Ya
llegó Don ‘D’?”. La enviada de la burocracia,
contesta, esta vez avergonzada que “sí vino, pero
se fue al baño”.
“Bueno —piensas— los nervios ya los perdí.
Y es ahí cuando empiezas a redactar la noticia sin la versión
del susodicho. “Tras múltiples llamadas al señor ‘F’,
no fue posible obtener su versión. Cuando salga del sanitario
tal vez se digne a contestar”. Al día siguiente, es
muy probable que insistan en publicar una aclaración e incluso
alegarán que nunca se les consultó. |