Semanario de Prensa Libre • No. 79 • 8 de Enero de 2006    


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D cultura

A lo largo del agua
La llamada Placa de Leyden es una evidencia del intenso comercio maya en la costa del Caribe.

Por Sébastien Perrot-Minnot
Foto Carlos Sebastián

Izabal, 1864. Al sureste de la punta de Manabique, el ingeniero holandés Van Braam trabaja para una empresa guatemalteca comercializando la madera de la caoba. Ello lo lleva a excavar un canal que unirá los ríos La Graciosa y San Francisco del Mar. Durante esta árdua labor, realizada bajo un duro calor tropical, con el acoso de los zancudos y la amenaza de las enfermedades, los trabajadores destruyen un montículo que resulta estar lleno de sorpresas: adentro se hallan fragmentos de vasijas, campanitas de cobre y una hermosa placa de jade, pulida y grabada, de 21.6 cm de largo y 8 cm de ancho. El equipo de Van Braam acaba de hacer, sin quererlo, uno de los hallazgos más destacados de la arqueología maya.

Debajo de la exhuberante vegetación tropical de la ribera del río Dulce se aprecian las piedras que conformaban el muro de una terraza de Miramar.

La “Placa de Leyden”, exhibida desde 1903 en el museo etnográfico de esta ciudad holandesa, representa, en una cara, a un soberano maya, y en la otra, una inscripción jeroglífica, que corresponde a una fecha de la “cuenta larga maya”. El personaje principal (que parece ser un gobernante de Tikal), lleva un fastuoso traje y domina a un cautivo atado de las manos. La inscripción de la Placa de Leyden comprende una fecha que corresponde al 17 de septiembre del año 320 d. C., día del entronamiento del soberano. Se trata de una de las más tempranas inscripciones calendáricas mayas.

Lamentablemente, no se sabe mucho de la procedencia exacta de la placa. En 1937, el arqueólogo estadounidense Sylvanus Morley, y su esposa Frances, recorrieron en lancha el canal excavado por Van Braam, en la búsqueda de los restos del montículo precolombino. En un punto, una leve elevación de las orillas del canal parecía indicar la antigua presencia del montículo; no obstante, la pequeña excavación practicada por los Morley no reveló ningún vestigio prehispánico. Como Van Braam reportó la presencia de campanitas de cobre, se puede inferir que la estructura que contenía la “Placa de Leyden” estuvo en uso en el período Postclásico (1000-1524 d. C.).

¿Cómo un objeto grabado en el siglo 4, probablemente en Petén, pudo haberse encontrado en un sitio de Izabal ocupado en el Postclásico? Podemos suponer que la Placa de Leyden fue traída a las tierras caribeñas por el comercio marítimo maya.

Éste apareció en el Preclásico (1800 a. C.-200 d. C.), pero alcanzó su auge en el Postclásico. A lo largo de la costa caribeña de Yucatán y Centroamérica se comercializaban especialmente la sal, el cacao, la obsidiana, el jade, el algodón, las plumas y los esclavos. Los Mayas transportaban sus mercancías en canoa, y el negocio se hacía por canje o con algún tipo de “moneda” (cacao, concha, etc.), y a veces, en el marco de verdaderas ferias. Entre los principales puertos de la costa caribeña maya, podemos citar Tulum (uno de los sitios mayas más visitados en la actualidad, situado en la península de Yucatán), San Miguel (en la isla Cozumel, México), Ichpaatun (México), Cerros (Belice) y Nito (Guatemala).

Pueblo de mercaderes

Ubicado cerca de la desembocadura del Río Dulce, Nito fue visitado por el conquistador Hernán Cortés en 1524. El gobernador de la Nueva España habla de Nito como de un “pueblo donde los mercaderes tenían almacenes y ocupaban todo un barrio”, y donde se hacía comercio “con todas partes”. Como lo indica la antropóloga Anne Chapman, el golfo de Honduras era un “puente de conexión entre Mesoamérica y Centroamérica”. Además, la estratégica ubicación de Nito permitía aprovechar el comercio que transitaba por los ríos Dulce, Polochic, Motagua y Sarstún.

Nito se podría identificar con el sitio arqueológico de Miramar, situado cerca de Livingston. Explorado por el arqueólogo estadounidense Edwin Shook en los años 1940, el sitio fue mapeado y excavado en 1993, en el marco del Proyecto del Atlas Arqueológico de Izabal, dirigido por Richard Bronson.

Las ruinas, que se extienden en 800 metros en la ribera sur de la desembocadura del Río Dulce, yacen en terrazas con muros de contención, y comprenden grupos de plataformas distribuidos alrededor de plazas, una cancha de juego de pelota y un montículo cónico de 3 metros de alto. Fueron encontradas aquí grandes cantidades de cerámica, así como navajas de obsidiana, puntas del mismo material y de pedernal, objetos domésticos de piedra y un fragmento de estela. La ocupación prehispánica del sitio abarca del Preclásico Tardío (500 a. C. 200 d. C.) hasta el Postclásico.

Miramar tenía conexiones con sitios de Belice, Petén, el Valle del Motagua, Honduras y las tierras altas mayas. Como lo expresan los arqueólogos Vinicio García y Juan Luis Velásquez, “es de suma importancia la ubicación estratégica (de Miramar) que hace pensar en un punto de control tanto comercial como político”.

La Placa de Leyden viajó de Petén hasta Izabal, probablemente gracias al intenso comercio marítimo maya. Sin embargo, su mayor viaje lo hizo a finales del siglo 19, tras su hallazgo, cuando la mandaron al corazón de Europa, donde sigue dando testimonio del genio de los antiguos Mayas.

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