A lo largo del agua
La llamada Placa de Leyden es una evidencia del intenso comercio
maya en la costa del Caribe.
Por
Sébastien Perrot-Minnot
Foto Carlos Sebastián
Izabal, 1864. Al sureste de la punta
de Manabique, el ingeniero holandés Van Braam trabaja para
una empresa guatemalteca comercializando la madera de la caoba.
Ello lo lleva a excavar un canal que unirá los ríos
La Graciosa y San Francisco del Mar. Durante esta árdua
labor, realizada bajo un duro calor tropical, con el acoso de los
zancudos y la amenaza de las enfermedades, los trabajadores destruyen
un montículo que resulta estar lleno de sorpresas: adentro
se hallan fragmentos de vasijas, campanitas de cobre y una hermosa
placa de jade, pulida y grabada, de 21.6 cm de largo y 8 cm de
ancho. El equipo de Van Braam acaba de hacer, sin quererlo, uno
de los hallazgos más destacados de la arqueología
maya.

Debajo de la exhuberante vegetación
tropical de la ribera del río Dulce se aprecian
las piedras que conformaban el muro de una terraza de Miramar.
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La “Placa de Leyden”, exhibida desde 1903 en el museo etnográfico
de esta ciudad holandesa, representa, en una cara, a un soberano maya, y en la
otra, una inscripción jeroglífica, que corresponde a una fecha
de la “cuenta larga maya”. El personaje principal (que parece ser
un gobernante de Tikal), lleva un fastuoso traje y domina a un cautivo atado
de las manos. La inscripción de la Placa de Leyden comprende una fecha
que corresponde al 17 de septiembre del año 320 d. C., día del
entronamiento del soberano. Se trata de una de las más tempranas inscripciones
calendáricas mayas.
Lamentablemente, no se sabe mucho de la procedencia exacta de la
placa. En 1937, el arqueólogo estadounidense Sylvanus Morley, y su esposa Frances, recorrieron
en lancha el canal excavado por Van Braam, en la búsqueda de los restos
del montículo precolombino. En un punto, una leve elevación de
las orillas del canal parecía indicar la antigua presencia del montículo;
no obstante, la pequeña excavación practicada por los Morley no
reveló ningún vestigio prehispánico. Como Van Braam reportó la
presencia de campanitas de cobre, se puede inferir que la estructura que contenía
la “Placa de Leyden” estuvo en uso en el período Postclásico
(1000-1524 d. C.).
¿Cómo un objeto grabado en el siglo 4, probablemente en Petén,
pudo haberse encontrado en un sitio de Izabal ocupado en el Postclásico?
Podemos suponer que la Placa de Leyden fue traída a las tierras caribeñas
por el comercio marítimo maya.
Éste apareció en el Preclásico (1800 a. C.-200 d. C.), pero
alcanzó su auge en el Postclásico. A lo largo de la costa caribeña
de Yucatán y Centroamérica se comercializaban especialmente la
sal, el cacao, la obsidiana, el jade, el algodón, las plumas y los esclavos.
Los Mayas transportaban sus mercancías en canoa, y el negocio se hacía
por canje o con algún tipo de “moneda” (cacao, concha, etc.),
y a veces, en el marco de verdaderas ferias. Entre los principales puertos de
la costa caribeña maya, podemos citar Tulum (uno de los sitios mayas más
visitados en la actualidad, situado en la península de Yucatán),
San Miguel (en la isla Cozumel, México), Ichpaatun (México), Cerros
(Belice) y Nito (Guatemala). Pueblo de mercaderes
Ubicado cerca de la desembocadura del Río Dulce, Nito
fue visitado por el conquistador Hernán Cortés en
1524. El gobernador de la Nueva España habla de Nito como
de un “pueblo donde los mercaderes tenían almacenes
y ocupaban todo un barrio”, y donde se hacía comercio “con
todas partes”. Como lo indica la antropóloga Anne
Chapman, el golfo de Honduras era un “puente de conexión
entre Mesoamérica y Centroamérica”. Además,
la estratégica ubicación de Nito permitía
aprovechar el comercio que transitaba por los ríos Dulce,
Polochic, Motagua y Sarstún.
Nito se podría identificar con el sitio arqueológico de Miramar,
situado cerca de Livingston. Explorado por el arqueólogo estadounidense
Edwin Shook en los años 1940, el sitio fue mapeado y excavado en 1993,
en el marco del Proyecto del Atlas Arqueológico de Izabal, dirigido
por Richard Bronson.
Las ruinas, que se extienden en 800
metros en la ribera sur de la desembocadura del Río Dulce,
yacen en terrazas con muros de contención, y comprenden
grupos de plataformas distribuidos alrededor de plazas, una cancha de juego
de pelota y un montículo cónico de 3 metros de alto. Fueron
encontradas aquí grandes cantidades de cerámica, así como
navajas de obsidiana, puntas del mismo material y de pedernal, objetos domésticos
de piedra y un fragmento de estela. La ocupación prehispánica
del sitio abarca del Preclásico Tardío (500 a. C. 200 d. C.)
hasta el Postclásico.
Miramar tenía conexiones con sitios de Belice, Petén, el Valle
del Motagua, Honduras y las tierras altas mayas. Como lo expresan los arqueólogos
Vinicio García y Juan Luis Velásquez, “es de suma importancia
la ubicación estratégica (de Miramar) que hace pensar en un punto
de control tanto comercial como político”.
La Placa de Leyden viajó de Petén hasta Izabal, probablemente
gracias al intenso comercio marítimo maya. Sin embargo, su mayor viaje
lo hizo a finales del siglo 19, tras su hallazgo, cuando la mandaron al corazón
de Europa, donde sigue dando testimonio del genio de los antiguos Mayas.
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