En la era de la cesárea
Cada año nacen 400 mil guatemaltecos. De quienes vienen al mundo en hospitales,
al menos un tercio lo hará mediante una cesárea o incisión
quirúrgica, que en muchos de los casos resulta innecesaria y costosa.
Por: Gemma Gil Flores
Foto: Carlos Sebastián
En algunos centros públicos
como el Hospital Roosevelt casi 50 por ciento de los nacimientos
atendidos en 2005 se produjeron por cesárea, a pesar de
que, según la Organización Mundial de la Salud
(OMS), no hay motivos para que este tipo de intervención
quirúrgica supere al 15 por ciento de casos en ningún
país del mundo.
En Guatemala, al igual que en Estados Unidos y buena parte de
América
Latina, se ha impuesto una tendencia a abusar de la cesárea: una práctica
ideada para resolver casos complicados, como una mala colocación del bebé o
una desproporción entre la capacidad de dilatación de la madre
y el tamaño de la cabeza del niño.

Doña Martina González
examina a Francisca Vicente, una futura madre a quien
ella misma trajo al mundo hace 17 años.
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“Cuando yo empecé, hace 10 años, aquí sólo
se practicaba un 26 por ciento de cesáreas”, explica
Hermes Vanegas, subdirector del Hospital de Gineco-Obstetricia
del Instituto Guatemalteco de la Seguridad Social (IGSS), institución
que el año pasado practicó esta cirugía
en 32 de cada 100 casos, una cifra que duplica la recomendación
de la OMS. Sin embargo el galeno justifica el aumento: “Está sustentado
en las mejoras tecnológicas; por ejemplo, los monitores
fetales nos permiten detectar cambios en la frecuencia cardíaca
del bebé y si el latido se debilita, se opta inmediatamente
por la cesárea”.
Curiosamente, las cifras globales sobre nacimientos, proporcionadas
por el Ministerio de Salud Pública, refieren que en el
país se practica sólo un 15 por ciento de cesáreas,
la misma cifra recomendada por la OMS, aunque en los hospitales,
es decir, en la vida real, tal cifra se queda corta.
En opinión de Vanegas, el terreno ganado por la intervención quirúrgica
no sólo se ha visto impulsado por las avances electrónicos, sino
también por el temor a las demandas médico-legales y, en el caso
del sector privado, también por el incentivo económico.
Una aseguradora paga a un ginecólogo-obstetra alrededor de Q1 mil 200
quetzales menos por un parto vaginal que por una cesárea, proceso este último
que, además, es más rápido, por lo que facilita la productividad
laboral para el galeno.
Para evitar que el factor monetario actúe como aliciente, la Asociación
Pro Bienestar de la Familia (Aprofam) ha establecido un protocolo para que los
honorarios de sus médicos no varíen en función del método
empleado para facilitar el alumbramiento. Sin embargo, las estadísticas
de Aprofam también exceden la recomendación de la OMS y se sitúan
en un 23 por ciento de cesáreas en el caso de las primerizas.
Desde el punto de vista del doctor Eduardo Cáceres, director del centro
quirúrgico de la organización, esa cifra se explica por diversos
factores. “Por un lado, es verdad que los médicos hemos ido deteriorando
nuestra formación clínica, que consiste en aprender a escuchar
lo que el cuerpo y el paciente nos dice, y hemos depositado toda nuestra confianza
en las máquinas, pero, por otro lado, la actitud social hacia la maternidad
ha cambiado para mal y se ha perdido la seguridad en la mujer para afrontar un
momento cúspide de su feminidad. Se nos ha convencido de que el parto
es algo dramático, que puede conducir a la muerte y no tiene por que ser
así. Sin embargo, yo he visto mujeres que sonríen al traer a sus
hijos al mundo”, indica.
Evitando el dolor
Las peticiones de la futura madre y su familia para que se acorte
el trámite
del dolor son otra de las causas de los altos índices de cesáreas
y, eso, a pesar de que este tipo de intervención se puede infectar, ocasionar
hemorragias o hernias, amén de un doloroso período postoperatorio.
Pero, ¿se trata sólo de que las nuevas madres no soportan el padecimiento
como lo hicieron sus madres y sus abuelas? No necesariamente.
Myriam Chicas ha pasado por la experiencia de tres nacimientos.
Todos en una clínica privada. Su primer hijo venía con el cordón umbilical
alrededor del cuello, de modo que para garantizar la seguridad del niño
se le practicó una cesárea. Durante el segundo embarazo, su médica
le indicó que obligatoriamente tenía que volver a practicársele
una cirugía. “Me dijo que para ella era más fácil
programar una cesárea a una hora y un día específico y aquello
no me gustó porque para mí era evidente que sólo buscaba
su comodidad y busqué otro médico”, cita Chicas. Su segunda
hija nació sin complicaciones por parto vaginal. Intervencionismo
“Los médicos son muy dados a intervenir. La partera
hace más una labor de acompañamiento”, explica
Graciela Cruz Orellana, miembro de la Asociación de Parteras
Profesionales y perteneciente a una de las últimas generaciones
egresadas de la Escuela de Comadronas, clausurada desde 1955. “Nosotras
estábamos formadas para atender partos normales y derivar
a los médicos los casos complicados”, explica esta
mujer que ha dedicado 40 años de su vida a traer guatemaltecos
al mundo y se lamenta de que no se afronte una actitud más
natural hacia el parto. Y es que la cesárea no es la única
forma de intervenir.
Desde la década de 1970, en buena parte del mundo, la
episiotomía (incisión, generalmente lateral, que
se practica en la vulva para facilitar la salida del bebé y
evitar desgarros en el perineo) se ha convertido en una práctica
rutinaria. Por ejemplo, el IGSS lo efectúa en el 90 por
ciento de sus partos, y no se le puede acusar de imponer una
costumbre inusual. En países como España, esta
incisión se practica casi en el 100 por cien de los casos
atendidos en los hospitales públicos.
“La episiotomía se lleva a cabo para evitar que
se produzcan desgarros hacia la vejiga o el ano”, aclara
el médico Eduardo Cáceres, quien, en todo caso,
puntualiza que eso no significa que se deba aplicar siempre,
sino sólo cuando la dilatación no sea suficiente.
Lo que pocas madres saben es que una de cada 10 mujeres,
tras ser objeto de una episiotomía, no puede volver a mantener relaciones sexuales placenteras
con penetración, razón por la cual Mardsen Wagner, ex director
del Departamento de Salud Materno Infantil de la OMS, señala que nunca
debería ser practicada en más del 20 por ciento de los partos.
Proceso natural
“Estamos hechas para parir y no necesitamos tanta intervención”,
opina la bailarina Cecilia Dougherty, madre de tres hijos. “Hay gente que
quiere saber que su hijo nacerá el jueves a las tres de la tarde y lo
programa todo. También hay personas que tienen mucho miedo al dolor, pero
yo prefería algo más natural. Por mi trabajo, estoy acostumbrada
a escuchar mi propio cuerpo y aunque el parto duele, la sensación es poderosa
y maravillosa. Sientes que tu cuerpo toma el control, experimentas una plenitud
absoluta como mujer y dejas que la naturaleza haga su trabajo. Para mí el
médico te debe acompañar, pero tú eres la protagonista”,
agrega.
Dougherty optó por tener a sus dos últimos hijos con un parto en
agua, una modalidad que ofrece ventajas como la relajación que proporciona
el agua caliente, la libertad de movimientos para la paciente, que puede adoptar
la postura que le resulte más cómoda, y una transición menos
traumática para el recién nacido. “Ninguno de mis dos hijos
lloraron al nacer”, apunta Dougherty.
El médico que atendió el nacimiento de su última hija fue
Luis Sanjosé, uno de los pocos especialistas que atiende partos en agua
en Guatemala y un partidario declarado de respetar los procesos naturales y recurrir
a las operaciones quirúrgicas como última alternativa.“El
desgaste para uno como galeno es mucho mayor porque acompaña a la paciente
todo el tiempo que necesite y espera para que los tejidos se estiren los suficiente”,
apunta este facultativo quien cuenta que algunos de sus colegas lo miran con
recelo por hacer, lo que ellos denominan “cosas de parteras”.
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Un poco de historia
Partería profesional en Guatemala
- La Escuela de Comadronas nació en 1895,
adscrita a la Faculta de Medicina de la Universidad de San Carlos de
Guatemala, y llegó a contar con un programa de estudios de tres
años en los que se impartían materias como anatomía,
fisiología, higiene, obstetricia o enfermería quirúrgica.
- A pesar de que la Escuela desempeñó un
papel importante en una época en la que Guatemala carecía
de ginecólogos obstetras, la aparición de los primeros
médicos licenciados y los problemas económicos obligaron
a su cierre en 1955. Según señala la investigadora estadounidense
Elizabeth Quinn, tal decadencia de la partería estuvo influenciada
por el modelo estadounidense, que se enfocaba en la especialización
médica y en un mayor intervencionismo durante el momento del
parto.
- Bajo estos criterios se fundó, en diciembre
de 1955, la maternidad del Hospital Roosevelt.
- Paradójicamente, el mismo año que
se cerraba la Escuela de Comadronas de Guatemala, única en Centroamérica,
el hospital afiliado a la Universidad de Columbia en Nueva York, se
convertía en el primer centro norteamericano en aceptar a parteras
profesionales entre su personal.
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En manos de la comadrona “La visión de la comadrona es la de alguien que vive en el campo
y no sabe leer, pero no de personas formadas que se desarrollan en un entorno
urbano”, explica la investigadora estadounidense Elizabeth Quinn.
La partería profesional desempeña un papel muy importante en lugares
como Holanda, uno de los países con menor índice de mortalidad
materno-infantil. Allí entre el 30 y el 40 por ciento de los nacimientos
se producen en el hogar gracias, entre otras razones, a la existencia de una
buena red hospitalaria y vial que facilita un rápido traslado a un centro
hospitalario en situación de emergencia.
La infraestructura hospitalaria de Guatemala poco
tiene que ver con la de Holanda, pero los médicos consultados señalan que el 70 por ciento de los
casos con complicaciones se pueden detectar durante los exámenes prenatales
y, dado que es inviable que todos los partos del país sean atendidos por
personal médico, un adecuado sistema de parteras profesionales, como las
del pequeño país europeo, podría funcionar como
modelo. Ese es, precisamente, el sueño de la Asociación de Parteras Profesionales,
una organización de veteranas comadronas tituladas por la antigua Escuela
de Comadronas que denuncia, con razón, que ni todo el mundo puede acceder
por cuestiones geográficas a un médico, ni todo el mundo se lo
puede costear. Entonces, ¿por qué no volver a instituir dicha escuela?
Según el Índice de Desarrollo Humano (IDH) del PNUD, sólo
41 por ciento de los nacimientos en Guatemala recibe atención de personal
especializado. Esto ayuda a explicar por qué el país registra la
mayor tasa de mortalidad materno-infantil de toda Centroamérica: unas
240 mujeres fallecen por cada 100 mil nacidos vivos. Los departamentos de Alta
Verapaz, Sololá, Huehuetenango y Petén registran la mayor tasa
de madres fallecidas al parir.
Por aparte, las estadísticas del Instituto Nacional de Estadística
evidencian que al menos 14 mil nacimientos al año se producen sin ningún
tipo de asistencia, ni siquiera de comadronas empíricas.
Comadrona por necesidad
Martina González, de la aldea Pachaj, en Totonicapán, se vio convertida
sin pretenderlo en la partera de su comunidad debido precisamente a uno de esos
casos.
“Yo no sabía nada, sólo había visto nacer a mis hijos,
pero unos vecinos me llamaron. Cuando llegué, la señora llevaba
dos días y medio de parto. Era su séptimo hijo. La tenían
sobre paja, en el suelo. Lo único que se me ocurrió fue acostarla
en una cama limpia, pedir que nos dejaran a solas, que trajeran paños
limpios, hilo nuevo y que le pidieran al sastre su tijera para hervirla. A los
quince minutos nació una niña. Hoy tiene 22 años”,
relata. Doña Tina, como la conoce su gente,, decidió entonces prepararse
mejor y acudir al Centro de Salud a recibir capacitación. A lo largo de
casi un cuarto de siglo de labor ha mantenido despierto su deseo de aprendizaje
y el año pasado siguió un curso de formación en Ixmucané,
una organización de parteras profesionales estadounidenses que defiende
la necesidad de incorporar a la comadrona al sistema.
“A los ocho meses yo ya sé si
el bebé está en posición,
si no está bien colocado le digo
a la familia que le tendrán que
hacer cesárea y si detecto una complicación
durante el parto mando a la mamá al
Centro de Salud inmediatamente", explica
doña
Tina, quien, sin embargo, es consciente
de que no todas las comadronas respetan
estas mismas precauciones. Unas por ignorancia,
otras por miedo y desconfianza a lo desconocido,
pero, seguramente casi todas porque el
sistema hospitalario se está olvidando
de que traer un hijo a este mundo no es
un proceso mecánico,
sino un acto íntimo y sobre todo, sagrado.
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