Atropello al peatón
Al peatón se le exige movilizarse
al antojo de los demás,
debiendo cubrir distancias en las que nada garantiza su seguridad.
Rodeado por los zumbidos que van y que vienen, debe calcular tiempo
y distancia para llegar al otro lado.
Por Alexánder Sequén-Mónchez
¿Se ha preguntado cuántos guatemaltecos mueren atropellados
al año? Por lo menos uno diariamente. Sabemos la historia:
por pereza o descuido, se cruzan la calle y los pesca un carro.
Pero, encogiéndonos de hombros, ni siquiera hacemos el esfuerzo
de dimensionar el problema. Muchas de las personas que pierden
la vida al tantear un toreo difícil y fatal, decidieron
correr ése y no otro riesgo. En una palabra, eligieron que
los embistiera una masa metálica a sufrir un asalto. El
resto, conminado por la prisa y la contingencia cotidianas -el
trabajo que espera, el bus que los deja-, también optaron
por no subir la pasarela.
El atropellamiento es un fenómeno aterrador. Implica, en
esencia, el primer contacto que experimentan la mayoría
de niños con la muerte. Claro que ya descubrieron, frente
a una pantalla de televisión o de videojuegos, de qué se
trata el instinto animal: matar o morir. Allí mal aprenden
a expresar los impulsos destructivos. Pero, como dije, se trata
de una práctica virtual, aunque nada inocente. Sin embargo,
tengan por seguro que, cuando vayan en los vehículos de
sus padres, tarde o temprano sentirán un descenso drástico
de la velocidad. ¿La razón? El cuerpo desparramado
de un ser humano. Cubierto o no con la manta, la escena produce
escalofríos. Ésa ha sido la puerta menos indicada
para saber cuán frágil es la vida.
Da la impresión que esta clase de sucesos se multiplican
impunemente. Algo debe proyectarse para frenarlos. Haría
bien la municipalidad en tomar cartas en el asunto. ¿Cómo? ¿Acaso
no basta con sembrar cercas de alambre en medio de la carretera?
Es obvio el error de centrar una respuesta institucional en la
peregrina idea de que, tapando el paso, forzaremos al atrevido
a subir las gradas. De hecho, tanto el peatón como el conductor
encarnan polos de una urbanidad neurótica, en la que todo
se lleva al límite: la paciencia, la tolerancia, la celeridad.
A pie o frente a un volante, transmitimos el miedo y la urgencia:
los gestos agresivos, casi siempre motivados por banalidades. Si
este comportamiento logra imponerse sin reticencia o respeto mínimo,
habremos llegado a una época de auténtico caos. Volvamos al atropellamiento. Entre el peatón y el conductor,
es el primero quien carga sobre sus espaldas la energía
negativa de la aprensión y la angustia. Se le exige movilizarse
al antojo de los demás, debiendo cubrir distancias en las
que nada garantiza su seguridad. Ya en el arriate, rodeado por
los zumbidos que van y que vienen, debe calcular tiempo y distancia
para llegar al otro lado. Y por lo común, no lo intenta
solo: le acompañan sus hijos. Podríamos cerrar el
capítulo indicando que la irresponsabilidad individual no
atañe al interés de terceros. Esto es un yerro que
sigue costando vidas que, arrojadas contra el asfalto, se extinguen
inútilmente. Sumado a la tragedia familiar, cada atropellamiento
pone su peligrosa cuota en la excesiva ansiedad capitalina. Filas
de filas, sirenas, morbo, una compleja dosis de inhumanidad que
apuramos sin protesta.
Sugiero el diseño de una campaña de comunicación. ¿El
propósito? Ubicar en la conciencia general algún
grado de alerta respecto a las proporciones que está adquiriendo
el atropellamiento. Con obtener en un plazo razonable una reducción
de su número, mucho se habrá abonado en beneficio
de la convivencia. El detalle de que la fuerza policial de la municipalidad
subraye “tránsito”, no significa que sus tareas
estén orientadas al trato exclusivo con el transporte público
y privado. Es indispensable que se retome el valor de las cuestiones
peatonales: exigir el cumplimiento de los pasos de cebra, indicándole
al conductor la obligación que tiene de maniobrar civilizadamente
su vehículo; limpiar y proteger las pasarelas, lo cual evitará que
uno corra peligros innecesarios por temor a la delincuencia. Recordemos,
no obstante, que entre los atropellados hay una cifra significativa
de ancianos. A su edad, y a otras con achaques o limitaciones físicas
similares, ascender a través de una estructura metálica
con sus veintitantos escalones, equivale a remontar el Everest.
Esta observación debería ponernos creativos.
Un buen proyecto para este año es que Tu muni demuestre
interés y asuma sus obligaciones en el campo de la seguridad
ciudadana. No requerimos que, desarmados, persigan criminales.
Apenas que contribuyan a salvar vidas por partida doble: que equis
se convierta en cadáver y que ye lo haga en homicida. Las
organizaciones edilicias de primer orden se enfocan prioritariamente
al respecto. Hay, por lo visto, un desafío que encarar.
Palabras mayores y distintas son esas que, desde otra óptica
del atropellamiento, nos desnudan como individuos y como sociedad:
quien arrolla, con culpa o sin ella, sólo detendrá la
marcha si, como “buen cristiano”, sabe que su auxilio
es vital, o si como “buen ciudadano”, está convencido
de que asomarse a los límites de la justicia guatemalteca
no es lanzarse al vacío. |