Semanario de Prensa Libre • No. 79 • 8 de Enero de 2006    


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Punto final

Atropello al peatón
Al peatón se le exige movilizarse al antojo de los demás, debiendo cubrir distancias en las que nada garantiza su seguridad. Rodeado por los zumbidos que van y que vienen, debe calcular tiempo y distancia para llegar al otro lado.

Por Alexánder Sequén-Mónchez

¿Se ha preguntado cuántos guatemaltecos mueren atropellados al año? Por lo menos uno diariamente. Sabemos la historia: por pereza o descuido, se cruzan la calle y los pesca un carro. Pero, encogiéndonos de hombros, ni siquiera hacemos el esfuerzo de dimensionar el problema. Muchas de las personas que pierden la vida al tantear un toreo difícil y fatal, decidieron correr ése y no otro riesgo. En una palabra, eligieron que los embistiera una masa metálica a sufrir un asalto. El resto, conminado por la prisa y la contingencia cotidianas -el trabajo que espera, el bus que los deja-, también optaron por no subir la pasarela.

El atropellamiento es un fenómeno aterrador. Implica, en esencia, el primer contacto que experimentan la mayoría de niños con la muerte. Claro que ya descubrieron, frente a una pantalla de televisión o de videojuegos, de qué se trata el instinto animal: matar o morir. Allí mal aprenden a expresar los impulsos destructivos. Pero, como dije, se trata de una práctica virtual, aunque nada inocente. Sin embargo, tengan por seguro que, cuando vayan en los vehículos de sus padres, tarde o temprano sentirán un descenso drástico de la velocidad. ¿La razón? El cuerpo desparramado de un ser humano. Cubierto o no con la manta, la escena produce escalofríos. Ésa ha sido la puerta menos indicada para saber cuán frágil es la vida.

Da la impresión que esta clase de sucesos se multiplican impunemente. Algo debe proyectarse para frenarlos. Haría bien la municipalidad en tomar cartas en el asunto. ¿Cómo? ¿Acaso no basta con sembrar cercas de alambre en medio de la carretera? Es obvio el error de centrar una respuesta institucional en la peregrina idea de que, tapando el paso, forzaremos al atrevido a subir las gradas. De hecho, tanto el peatón como el conductor encarnan polos de una urbanidad neurótica, en la que todo se lleva al límite: la paciencia, la tolerancia, la celeridad. A pie o frente a un volante, transmitimos el miedo y la urgencia: los gestos agresivos, casi siempre motivados por banalidades. Si este comportamiento logra imponerse sin reticencia o respeto mínimo, habremos llegado a una época de auténtico caos.

Volvamos al atropellamiento. Entre el peatón y el conductor, es el primero quien carga sobre sus espaldas la energía negativa de la aprensión y la angustia. Se le exige movilizarse al antojo de los demás, debiendo cubrir distancias en las que nada garantiza su seguridad. Ya en el arriate, rodeado por los zumbidos que van y que vienen, debe calcular tiempo y distancia para llegar al otro lado. Y por lo común, no lo intenta solo: le acompañan sus hijos. Podríamos cerrar el capítulo indicando que la irresponsabilidad individual no atañe al interés de terceros. Esto es un yerro que sigue costando vidas que, arrojadas contra el asfalto, se extinguen inútilmente. Sumado a la tragedia familiar, cada atropellamiento pone su peligrosa cuota en la excesiva ansiedad capitalina. Filas de filas, sirenas, morbo, una compleja dosis de inhumanidad que apuramos sin protesta.

Sugiero el diseño de una campaña de comunicación. ¿El propósito? Ubicar en la conciencia general algún grado de alerta respecto a las proporciones que está adquiriendo el atropellamiento. Con obtener en un plazo razonable una reducción de su número, mucho se habrá abonado en beneficio de la convivencia. El detalle de que la fuerza policial de la municipalidad subraye “tránsito”, no significa que sus tareas estén orientadas al trato exclusivo con el transporte público y privado. Es indispensable que se retome el valor de las cuestiones peatonales: exigir el cumplimiento de los pasos de cebra, indicándole al conductor la obligación que tiene de maniobrar civilizadamente su vehículo; limpiar y proteger las pasarelas, lo cual evitará que uno corra peligros innecesarios por temor a la delincuencia. Recordemos, no obstante, que entre los atropellados hay una cifra significativa de ancianos. A su edad, y a otras con achaques o limitaciones físicas similares, ascender a través de una estructura metálica con sus veintitantos escalones, equivale a remontar el Everest. Esta observación debería ponernos creativos.

Un buen proyecto para este año es que Tu muni demuestre interés y asuma sus obligaciones en el campo de la seguridad ciudadana. No requerimos que, desarmados, persigan criminales. Apenas que contribuyan a salvar vidas por partida doble: que equis se convierta en cadáver y que ye lo haga en homicida. Las organizaciones edilicias de primer orden se enfocan prioritariamente al respecto. Hay, por lo visto, un desafío que encarar. Palabras mayores y distintas son esas que, desde otra óptica del atropellamiento, nos desnudan como individuos y como sociedad: quien arrolla, con culpa o sin ella, sólo detendrá la marcha si, como “buen cristiano”, sabe que su auxilio es vital, o si como “buen ciudadano”, está convencido de que asomarse a los límites de la justicia guatemalteca no es lanzarse al vacío.

 
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