Abusos especiales
Un análisis de la realidad a través de la no realidad de cuatro películas recientemente estrenadas.
Por Sergio Muñoz-Bata
Ilustración Juan Fernando Rodríguez
Hace tiempo alguien me dijo que para aprender la
historia de la Francia del siglo 19 había que leer a Balzac.
Tenía razón. La recreación que Balzac hizo
de su siglo en una gran comedia humana no tiene par en los textos
históricos. Y no es que el arte imite a la realidad sino
que la expresa de manera más elocuente.
Evoco a Balzac porque este año ha sido particularmente rico en películas
inspiradas en sucesos reales que se entreveran con decisiones secretas de la
administración de George W. Bush en su lucha contra el terrorismo, que
una vez develadas por la prensa nacional deberían obligar a la reflexión ética.
De entre las muchas películas del año que tratan temas sociales
voy a referirme solamente a cuatro. En primer lugar a la espléndida Good
night, and good luck porque creo que el mensaje del periodista televisivo Edward
R. Murrow tiene actualidad. La película narra ese momento estelar en la
vida profesional de Murrow y su equipo en el que deciden enfrentarse al siniestro
senador Joseph McCarthy, cuyo celo anticomunista destruía vidas y reputaciones
de gente talentosa trabajando en el gobierno y en Hollywood. Una frase que Murrow
pronuncia para explicar su postura lo explica todo: “no podemos defender
la libertad en el extranjero, si la abandonamos en casa”.
En Münich, estrenada apenas esta semana, Steven Spielberg cuestiona la dudosa
satisfacción que da la venganza por más justa que parezca. “Algún
día —dijo la Primera Ministra Golda Meir— perdonaremos a los árabes
por matar a nuestros hijos pero nunca por haberlos hecho asesinos”. Spielberg
nos muestra cómo la utilización del asesinato como arma política
degrada moralmente a los individuos y a las naciones que lo practican.
Syriana dirigida por el estadounidense Stephen Gaghan y Paradise
Now del palestino Hany Abu-Assad, nos iluminan sobre dos temas
centrales de la política
del Medio Oriente: las brutales batallas por el petróleo y las razones
detrás de esa gran sinrazón que es el atentado suicida.
Si bien la mayoría de mis películas favoritas tuvieron éxito
crítico, ningún triunfó en la taquilla. En esta época
en la que los ojos de Hollywood están fijos en los jóvenes, es
difícil competir con la Guerra de las Galaxias o con Harry Potter.
Admito que ninguna de mis favoritas se relaciona directamente con
las políticas
o acciones de la administración de Bush. Pero no puedo evitar pensar en
Murrow cuando leo en el New York Times que, en un lamentable e innecesario abuso
de poder, el presidente autorizó la más vasta operación
de espionaje doméstico en la historia de este país sin solicitar
autorización judicial previa.
Tampoco puedo dejar de relacionar las dos películas sobre el Medio Oriente
con los reportes de prensa que denuncian las maneras en las que esta administración
ha encarado la lucha contra el terrorismo. Los paralelismos con la nota del Washington
Post, que reveló que la CIA mantiene prisiones secretas en varios países,
son inevitables, tanto como la siembra de artículos de propaganda militar
estadounidense en periódicos iraquíes, publicados por Los Angeles
Times: un engaño que subvierte el declarado propósito democratizador
de Bush, por Los Angeles Times.
Yo no sé si el presidente ya vio mis películas favoritas. Ojalá que
las viera y se cuestionara la moral de sus acciones en la manera que Spielberg
lo hace en Münich.
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