Semanario de Prensa Libre • No. 80 • 15 de Enero de 2006    


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Claroscuro

Los chuchos de Alaska
Agazapados, a la orilla de la carretera, un grupo de perros arriesga la vida por un hueso, un pan o una tortilla.

Por: Francisco Mauricio Martínez

En sus historias perrunas, seguramente no está algún momento en el cual hayan salido a trotar por las mañanas a la par de su amo. Mucho menos que, alguna vez, su agudo olfato haya sentido la fragancia del champú o las tijeras del peluquero canino.

Por el contrario, quizá nunca han tenido un nombre y, a lo sumo, los llaman “canelo o negro” como muchos otros perros que deambulan por los sembradillos de maíz o frijol entre las montañas del occidente del país.

Cualquiera que viaje a Huehuetenango, Quetzaltenango, San Marcos o Totonicapán, por la carretera Interamericana, a la altura de la cuesta de Alaska, puede observar decenas de hambrientos canes, sentados a la orilla de la carretera, a la espera de que los pasajeros de los autobuses extraurbanos o cualquier vehículo particular lancen por las ventanillas restos de comida. Huesos, tortillas o panes pueden formar parte del manjar canino.

Sin embargo, la recompensa no siempre es disfrutar este festín, pues algunas veces, los cuerpos de muchos de ellos han quedado sin vida, bajo las llantas de los mismos vehículos que les proporcionan lo mínimo para seguir con vida.

Este drama canino no es nada nuevo, pues la “costumbre” de arrojarles comida a los famélicos canes data de hace unos 15 años. Narciso Sirín, habitante del caserío Chanoj, Alaska, cuenta que desde comienzos de la década de 1990 los pilotos de los autobuses extraurbanos empezaron a acostumbrar a estos perros a recibir restos de comida.

“Antes eran pocos, pero ahora todos vienen, porque saben que aquí encuentran comida”, indica Sirín. El sonido de las bocina y de los motores es suficiente para que todos se apresten a coger el mejor bocado.

Se podría pensar que el estatus de estos perros es de “callejeros”, pero no es del todo cierto, pues según el campesino, todos tienen propietario, pero el hambre los motiva a abandonar durante el día a sus amos. Eso sí “en la noche regresan para cuidar las casas”, dice el labriego.

Esta “costumbre” les ha permite sobrevivir a estos animales, pero no los ha alejado del todo de la muerte, pues muchas veces impulsados por el hambre, se lanzan a rescatar un hueso o tortilla a media carretera y terminan aplastados por las llantas de algún vehículo.

A raíz de esto, no es raro observar cadáveres de perros sobre el pavimento. “A veces pareciera que los choferes lo hacen por maldad, pero a saber... pobrecitos los animales”, dice Victorino Siguantay, otro vecino de la comunidad.

 
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