Los chuchos de Alaska
Agazapados, a la orilla de la carretera, un grupo de perros arriesga la vida por
un hueso, un pan o una tortilla.
Por: Francisco Mauricio Martínez
En sus historias perrunas, seguramente no está algún
momento en el cual hayan salido a trotar por las mañanas
a la par de su amo. Mucho menos que, alguna vez, su agudo olfato
haya sentido la fragancia del champú o las tijeras del peluquero
canino.
Por el contrario, quizá nunca
han tenido un nombre y, a lo sumo, los llaman “canelo
o negro” como muchos otros perros que deambulan por los sembradillos de
maíz o frijol entre las montañas del occidente del país.
Cualquiera que viaje a Huehuetenango,
Quetzaltenango, San Marcos o Totonicapán,
por la carretera Interamericana, a la altura de la cuesta de Alaska, puede observar
decenas de hambrientos canes, sentados a la orilla de la carretera, a la espera
de que los pasajeros de los autobuses extraurbanos o cualquier vehículo
particular lancen por las ventanillas restos de comida. Huesos, tortillas o panes
pueden formar parte del manjar canino.
Sin embargo, la recompensa no siempre es disfrutar este festín, pues algunas
veces, los cuerpos de muchos de ellos han quedado sin vida, bajo las llantas
de los mismos vehículos que les proporcionan lo mínimo para seguir
con vida.
Este drama canino no es nada nuevo, pues la “costumbre” de arrojarles
comida a los famélicos canes data de hace unos 15 años. Narciso
Sirín, habitante del caserío Chanoj, Alaska, cuenta que desde comienzos
de la década de 1990 los pilotos de los autobuses extraurbanos empezaron
a acostumbrar a estos perros a recibir restos de comida.
“Antes eran pocos, pero ahora todos vienen, porque saben que aquí encuentran
comida”, indica Sirín. El sonido de las bocina y de los motores
es suficiente para que todos se apresten a coger el mejor bocado.
Se podría pensar que el estatus de estos perros es de “callejeros”,
pero no es del todo cierto, pues según el campesino, todos tienen propietario,
pero el hambre los motiva a abandonar durante el día a sus amos. Eso sí “en
la noche regresan para cuidar las casas”, dice el labriego.
Esta “costumbre” les ha permite sobrevivir a estos animales, pero
no los ha alejado del todo de la muerte, pues muchas veces impulsados por el
hambre, se lanzan a rescatar un hueso o tortilla a media carretera y terminan
aplastados por las llantas de algún vehículo.
A raíz de esto, no es raro observar cadáveres de perros sobre el
pavimento. “A veces pareciera que los choferes lo hacen por maldad, pero
a saber... pobrecitos los animales”, dice Victorino Siguantay, otro vecino
de la comunidad. |