Semanario de Prensa Libre • No. 80 • 15 de Enero de 2006    


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D cultura

Visiones y dimensiones
Durante décadas, cinco pintores de Quetzaltenango se han mantenido cercanos por el arte y abriendo espacios a sus propuestas.

Por Ingrid Roldán Martínez
Foto Carlos Sebastián

El entorno quetzalteco, las vivencias de su pueblo son elementos inmersos en la obra de Rolando Aguilar, Carlo Marco Castillo, Alfredo García, Rolando Pisquiy y Rolando Sánchez. Todos nacieron en esa ciudad y desde allí han proyectado su arte. Iniciaron su formación en los talleres de pintura que organizaba la Casa de la Cultura de Quetzaltenango. Después continuaron con reuniones periódicas. Se integraron primero como Grupo Cuatro y después en Nuevas Dimensiones. Hoy se les conoce como los fundadores de la escuela quetzalteca. Cada uno ha mantenido la independencia creativa. Han expuesto juntos en muchas oportunidades, la última fue en Londres en el 2003, la próxima será el 24 de enero en el Centro Cultural del Instituto Guatemalteco Americano.

Visión común

A finales de la década de 1970 y principios de 1980, el ambiente cultural de Xela era muy limitado. “Una de las razones por las cuales este grupo se empezó a abrir paso fue que no sólo tratamos de hacer pinturas y reproducir cuadros sino que empezamos a entrar a una concienciación de lo que era el arte, la cultura”, cuenta Rolando Sánchez.

Sus primeras reuniones fueron en un estudio del Pasaje Enríquez, en el Centro Histórico de Xela. “Lo que menos hacíamos era pintar, regularmente nos reuníamos para leer algún libro, criticar algunas acciones. Esencialmente y fundamentalmente era crecer a un nivel crítico e intelectual, eso fue cambiando el criterio de nuestras propuestas”, agrega. Fue así como surgió Grupo Cuatro, en 1982.

En esta primera etapa se reunían Sánchez, Castillo, García y Francisco Vela, este último no siguió con su carrera de pintor. Cercanos a ellos trabajaban Aguilar y Pisquiy. Establecieron contacto con artistas de la capital, como Elmar Rojas, Efraín Recinos, Luis Díaz y Marco Augusto Quiroa y en Quetzaltenango con Adrián Inés Chávez, quien los orientó desde el punto de vista antropológico.

Continuaron comunicándose, pero cada uno hizo su obra en solitario. Tiempo después volvieron a reunirse, esta vez su visión era la de Nuevas Dimensiones de Quetzaltenango. El propósito era ambicioso: querían cambiar los conceptos de la plástica guatemalteca. Abrirse paso no fue fácil. “Yo creo que llegamos justamente en el momento en que Guatemala estaba pasando una crisis plástica y artística como la que pasa hoy. Había un espacio que nadie estaba cubriendo. No había surgido otro movimiento, otra generación. Allí es donde encajamos nosotros” afirma Sánchez.

Distintas procedencias

Una de las vivencias que influyó en el tipo de obra de Rolando Pisquiy fue su experiencia como maestro rural. “Veía la miseria en la que vivían las familias”, recuerda. Los cuadros que pintó en esa época reflejaban esa situación social. Incluso hizo una serie relacionada con la masacre de Panzós, la cual nunca expuso.

De esta obra cuenta que había personas interesadas en comprarla pero cuando la buscó no la encontró. Su madre le dijo que ella la había tirado al horno donde hacía pan y le explicó que lo hizo por no comprometerlo, por salvarle la vida. “Yo sentí desgarrarme por dentro cuando supe cómo habían terminado mis cuadros”, dice.

En la medida en que su obra empezó a ser reconocida y a ganar premios, Pisquiy se retiró de su labor como maestro y se dedicó de lleno a la plástica. Hizo viajes a Europa y desde entonces ha participado en ferias de arte y exposiciones en varios países.

Rolando Aguilar empezó su formación en artes plásticas en 1970, con el maestro Rafael Mora. En el año 1976 conoció al pintor Rolando Ixquiac Xicará que llegó a vivir a Quetzaltenango. Cuenta que los pintores sentían ciertas reservas en cuanto al ambiente cultural capitalino. “Todos tenían miedo a la crítica. Yo diría que lo criticaban tanto a uno que tendía a bajar la guardia y muchos dejaron la carrera por esto”, dice.

Fue en ese punto que la orientación de Ixquiac Xicará fue determinante. Le hizo ver que dedicarse al arte es algo serio y le insistió en que buscara libros para enriquecer su formación. “Una de las primeras preguntas que me hacía era: ¿para qué quiere pintar?” y agrega que: “Ixquiac me decía: 'para pintar tiene que leer, sino lee nunca va a poder hacer algo realmente importante’”.

Aguilar siguió el consejo y además, desde 1979 ha hecho labor docente en formar a otros pintores. Con el maestro Zipacná de León presentó un proyecto para fundar las primeras tres escuelas regionales de arte: la de Cobán, la de Chiquimula y la de Quetzaltenango. Además, fundó un grupo de danza maya hace 18 años.

Alfredo García empezó haciendo caricaturas, después figura humana, naturaleza muerta, pero lo sedujo el paisaje. Entre 1979 y 1980 cambió a una nueva propuesta. Buscaba que el paisaje “se leyera rápido, por lo tanto había que abreviar, simplificar los elementos. Con la simplificación venía implícito un estilo”, explica.

Paralelo hace otro tipo de obra. Ha pintado series como la titulada Teclas para una marimba, Huracán Mitch, una serie de muros y Los comeluz. Esta última es sobre un personaje que se alimenta de la luz y su estela es la oscuridad. La serie Los XX se remonta a la época en la que trabajó en una funeraria. “Me di cuenta de la miseria humana, de la grandeza humana. Allí se terminan ricos, pobres, feos, altos, de todo”, dice, “lo que para unos significaba dolor y tristeza, para nosotros significaba trabajo”.

Carlo Marco Castillo empezó a involucrarse en la plástica cuando tenía catorce años. Por esa época también se involucró en el teatro. En 1977 conoció a Zipacná de León. Él lo apoyó en exposiciones importantes de la capital como El óleo en Guatemala en el siglo 20 y exposiciones en el extranjero. En 1979 empezó a reunirse con frecuencia con Ixquiac Xicará. “En el sentido de formación, yo a lo que le debo más es a la investigación y a la experimentación, a pesar de reconocer la influencia de los maestros Rafael Mora, Zipacná de León y algunos otros”, dice. Durante algún tiempo participó con el grupo Imaginaria.

“Yo creo que nosotros somos una generación que está siendo testigo de cambios totalmente drásticos en la cultura”, afirma, “algunas de las subculturas y situaciones que se daban cuando éramos niños afortunadamente cambiaron o desaparecieron”.

Vive contento en Quetzaltenango, de la que dice: “La ciudad entera es nuestro jardín”.

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