Visiones y dimensiones
Durante décadas,
cinco pintores de
Quetzaltenango se han mantenido cercanos por el arte y abriendo
espacios a sus propuestas.
Por
Ingrid Roldán Martínez
Foto Carlos Sebastián
El entorno quetzalteco, las vivencias de su pueblo son elementos inmersos en
la obra de Rolando Aguilar, Carlo Marco Castillo, Alfredo García, Rolando
Pisquiy y Rolando Sánchez. Todos nacieron en esa ciudad y desde allí han
proyectado su arte. Iniciaron su formación en los talleres de pintura
que organizaba la Casa de la Cultura de Quetzaltenango. Después continuaron
con reuniones periódicas. Se integraron primero como Grupo Cuatro y después
en Nuevas Dimensiones. Hoy se les conoce como los fundadores de la escuela quetzalteca.
Cada uno ha mantenido la independencia creativa. Han expuesto juntos en muchas
oportunidades, la última fue en Londres en el 2003, la próxima
será el 24 de enero en el Centro Cultural del Instituto Guatemalteco Americano.
Visión común
A finales de la década de 1970 y principios de 1980, el
ambiente cultural de Xela era muy limitado. “Una de las razones
por las cuales este grupo se empezó a abrir paso fue que
no sólo tratamos de hacer pinturas y reproducir cuadros
sino que empezamos a entrar a una concienciación de lo que
era el arte, la cultura”, cuenta Rolando Sánchez.
Sus primeras reuniones fueron en un estudio del Pasaje Enríquez,
en el Centro Histórico de Xela. “Lo que menos hacíamos
era pintar, regularmente nos reuníamos para leer algún
libro, criticar algunas acciones. Esencialmente y fundamentalmente
era crecer a un nivel crítico e intelectual, eso fue cambiando
el criterio de nuestras propuestas”, agrega. Fue así como
surgió Grupo Cuatro, en 1982.
En esta primera etapa se reunían Sánchez, Castillo,
García y Francisco Vela, este último no siguió con
su carrera de pintor. Cercanos a ellos trabajaban Aguilar y Pisquiy.
Establecieron contacto con artistas de la capital, como Elmar Rojas,
Efraín Recinos, Luis Díaz y Marco Augusto Quiroa
y en Quetzaltenango con Adrián Inés Chávez,
quien los orientó desde el punto de vista antropológico.
Continuaron comunicándose, pero cada uno hizo su obra en
solitario. Tiempo después volvieron a reunirse, esta vez
su visión era la de Nuevas Dimensiones de Quetzaltenango.
El propósito era ambicioso: querían cambiar los conceptos
de la plástica guatemalteca. Abrirse paso no fue fácil. “Yo
creo que llegamos justamente en el momento en que Guatemala estaba
pasando una crisis plástica y artística como la que
pasa hoy. Había un espacio que nadie estaba cubriendo. No
había surgido otro movimiento, otra generación. Allí es
donde encajamos nosotros” afirma Sánchez.
Distintas procedencias
Una de las vivencias que influyó en el tipo de obra de Rolando
Pisquiy fue su experiencia como maestro rural. “Veía
la miseria en la que vivían las familias”, recuerda.
Los cuadros que pintó en esa época reflejaban esa
situación social. Incluso hizo una serie relacionada con
la masacre de Panzós, la cual nunca expuso.
De esta obra cuenta que había personas interesadas en comprarla
pero cuando la buscó no la encontró. Su madre le
dijo que ella la había tirado al horno donde hacía
pan y le explicó que lo hizo por no comprometerlo, por salvarle
la vida. “Yo sentí desgarrarme por dentro cuando supe
cómo habían terminado mis cuadros”, dice.
En la medida en que su obra empezó a ser reconocida y a
ganar premios, Pisquiy se retiró de su labor como maestro
y se dedicó de lleno a la plástica. Hizo viajes a
Europa y desde entonces ha participado en ferias de arte y exposiciones
en varios países. Rolando Aguilar empezó su formación en artes plásticas en
1970, con el maestro Rafael Mora. En el año 1976 conoció al pintor
Rolando Ixquiac Xicará que llegó a vivir a Quetzaltenango. Cuenta
que los pintores sentían ciertas reservas en cuanto al ambiente cultural
capitalino. “Todos tenían miedo a la crítica. Yo diría
que lo criticaban tanto a uno que tendía a bajar la guardia y muchos dejaron
la carrera por esto”, dice.
Fue en ese punto que la orientación de Ixquiac Xicará fue determinante.
Le hizo ver que dedicarse al arte es algo serio y le insistió en que buscara
libros para enriquecer su formación. “Una de las primeras preguntas
que me hacía era: ¿para qué quiere pintar?” y agrega
que: “Ixquiac me decía: 'para pintar tiene que leer, sino lee nunca
va a poder hacer algo realmente importante’”. Aguilar siguió el consejo y además, desde 1979 ha hecho labor docente
en formar a otros pintores. Con el maestro Zipacná de León presentó un
proyecto para fundar las primeras tres escuelas regionales de arte: la de Cobán,
la de Chiquimula y la de Quetzaltenango. Además, fundó un grupo
de danza maya hace 18 años.
Alfredo García empezó haciendo caricaturas, después figura
humana, naturaleza muerta, pero lo sedujo el paisaje. Entre 1979 y 1980 cambió a
una nueva propuesta. Buscaba que el paisaje “se leyera rápido, por
lo tanto había que abreviar, simplificar los elementos. Con la simplificación
venía implícito un estilo”, explica.
Paralelo hace otro tipo de obra. Ha pintado series como la titulada Teclas
para una marimba, Huracán Mitch, una serie de muros y Los comeluz. Esta última
es sobre un personaje que se alimenta de la luz y su estela es la oscuridad.
La serie Los XX se remonta a la época en la que trabajó en una
funeraria. “Me di cuenta de la miseria humana, de la grandeza humana. Allí se
terminan ricos, pobres, feos, altos, de todo”, dice, “lo que para
unos significaba dolor y tristeza, para nosotros significaba trabajo”.
Carlo Marco Castillo empezó a involucrarse en la plástica cuando
tenía catorce años. Por esa época también se involucró en
el teatro. En 1977 conoció a Zipacná de León. Él
lo apoyó en exposiciones importantes de la capital como El óleo
en Guatemala en el siglo 20 y exposiciones en el extranjero. En 1979 empezó a
reunirse con frecuencia con Ixquiac Xicará. “En el sentido de formación,
yo a lo que le debo más es a la investigación y a la experimentación,
a pesar de reconocer la influencia de los maestros Rafael Mora, Zipacná de
León y algunos otros”, dice. Durante algún tiempo participó con
el grupo Imaginaria. “Yo creo que nosotros somos una generación que está siendo
testigo de cambios totalmente drásticos en la cultura”, afirma, “algunas
de las subculturas y situaciones que se daban cuando éramos niños
afortunadamente cambiaron o desaparecieron”.
Vive contento en Quetzaltenango, de la que dice: “La ciudad entera es nuestro
jardín”.
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