Semanario de Prensa Libre • No. 80 • 15 de Enero de 2006    


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Punto final

Los nuevos rojo, blanco y azul
Una política de democratización en el Medio Oriente sin una política energética diferente es una pérdida de tiempo, dinero y, lo que es más importante, de vidas de jóvenes.

Por Thomas L. Fridman

Al entrar al 2006, ya nos encontramos en problemas, dentro y fuera del país. Estamos en problemas porque nos dirigen derrotistas; peleles, en realidad. Lo que es tan inquietante sobre el presidente George Bush y Dick Cheney es que hablan rudo sobre la necesidad de invadir a Irak, torturar sospechosos de terrorismo, y llevar a cabo espionaje interno, todo para defender nuestra forma de vivir y promover la democracia en todo el mundo.

Sin embargo, cuando se trata de lo que en realidad es el tema más importante en las políticas interna y exterior de Estados Unidos hoy en día —que seamos autosuficientes e independientes en energéticos, y ambientalmente verdes—, lo ridiculizan como algo en lo que sólo los liberales, ecólatras y mariquitas creen posible o necesario.

Lo siento pero ser verde, centrar al país en una mayor eficiencia energética y en la conservación, no son cuestiones de afeminados. En realidad, es algo que requiere una mentalidad más ruda, y que es la cosa geoestratégica, a favor del crecimiento, y patriota que podemos hacer. Vivir como verdes no es para mariquitas. Apegarse al petróleo, y decir, básicamente, que un país que puede duplicar la velocidad de los microchips cada 18 meses de alguna forma es incapaz de innovar su camino a la independencia energética: eso es para mariquitas, derrotistas y personas que están listas para ver cómo se erosionan los valores estadounidenses dentro y fuera del país.

Vivir verde no sólo es “una virtud personal”, como dice Cheney. Es un imperativo de seguridad nacional.

Hoy en día, la mayor amenaza contra Estados Unidos y sus valores no son ni el comunismo, ni el autoritarismo ni el islamismo. Es el petrolismo. Petrolismo es mi término para denominar las prácticas antidemocráticas para gobernar que corrompen —en los Estados petroleros, desde Rusia hasta Nigeria e Irán— que resultan de un largo período de 60 dólares el barril de petróleo. El petrolismo es la política de usar los ingresos del petróleo para sobornar los propios ciudadanos con subsidios y empleos gubernamentales, utilizar las exportaciones de petróleo y gas para intimidar o comprar a los enemigos que se tienen, y usar las ganancias del petróleo para construir las propias fuerzas nacionales de seguridad y ejército para mantenerse resguardado en el poder, sin ninguna transparencia ni sistema de controles y equilibrios.

Cuando los líderes de un país pueden practicar el petrolismo, nunca tienen que tocar la energía y creatividad de su pueblo, simplemente tienen que tocar un pozo petrolero. Y, por tanto, la política en un Estado petrolista no construye una sociedad ni un sistema educativo que maximice la capacidad de su pueblo para innovar, exportar y competir. Se trata sencillamente de quién controla el petróleo.

En Estados petrolistas como Rusia, Irán, Venezuela y Sudán, la gente se enriquece por estar en el gobierno y chuparse la hacienda pública hasta secarla, así es que nunca quieren ceder el poder. En Estados no petrolistas como Taiwán, Singapur y Corea, la gente se enriquece permaneciendo fuera del gobierno y construyendo empresas verdaderas.

Nuestra glotonería energética fomenta y fortalece diversos tipos de regímenes petrolistas. Envalentona el petrolismo autoritario en Rusia, Venezuela, Nigeria, Sudán y el centro de Asia. Da poder al petrolismo islamista de Sudán, Irán y Arabia Saudita. Incluso, ayuda a sostener el comunismo en la Cuba de Castro, que sobrevive en la actualidad, en parte, gracias al petróleo barato de Venezuela. La mayoría de estos regímenes petrolistas se habrían colapsado hace mucho tiempo, ya que han resultado ser extremadamente incapaces de proporcionar un futuro moderno a sus pueblos, pero se salvaron por nuestros excesos energéticos.

Sin importar lo que suceda en Irak, no podemos secar los pantanos del autoritarismo y del islamismo violento en el Medio Oriente, sin también agotar nuestro consumo de petróleo, y de ese modo hacer que baje el precio del crudo. Una política de democratización en el Medio Oriente sin una política energética diferente dentro del país es una pérdida de tiempo, dinero y, lo que es más importante, de vidas de nuestros jóvenes.

Y eso se debe a que hay una gran diferencia entre lo que estos regímenes malos pueden hacer con 20 dólares el barril, en comparación con los actuales 60 dólares el barril de petróleo. No es ningún accidente que la era de las reformas en Rusia con Boris Yeltsin y en Irán con Mohammad Khatami coincidiera con precios bajos del petróleo. Cuando volvieron a dispararse los precios, se reafirmaron los autoritarios petrolistas en ambas sociedades.

Necesitamos un Presidente y un Congreso que tengan agallas no sólo para invadir Irak, sino para imponer un impuesto a la gasolina e inspirar el conservacionismo en el país. Eso requiere una verdadera política energética con incentivos a largo plazo para las energías renovables —eólica, solar, biocombustibles— en lugar del bienestar para las compañías petroleras e intereses especiales que se hizo pasar el año anterior como un proyecto de ley energética.

Ya fue suficiente toda esta sandez Bush-Cheney de que la conservación, la eficiencia energética y el ambientalismo son un pasatiempo que no podemos darnos el lujo de tener. No puedo pensar en algo más cobarde o no estadounidense. Los patriotas verdaderos, los verdaderos defensores de la propagación de la democracia en todo el mundo, viven verde.

El verde es los nuevos rojo, blanco y azul.

c. 2006 - The New York Times News Service

 
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