Los nuevos rojo, blanco y azul
Una política de
democratización en el Medio Oriente sin una política
energética
diferente es una pérdida de tiempo, dinero
y, lo que es más importante, de vidas de jóvenes.
Por Thomas L. Fridman
Al entrar al 2006, ya nos encontramos
en problemas, dentro y fuera del país. Estamos en problemas
porque nos dirigen derrotistas; peleles, en realidad. Lo que es
tan inquietante sobre el presidente George Bush y Dick Cheney es
que hablan rudo sobre la necesidad de invadir a Irak, torturar
sospechosos de terrorismo, y llevar a cabo espionaje interno, todo
para defender nuestra forma de vivir y promover la democracia en
todo el mundo.
Sin embargo, cuando se trata de lo que en realidad es el tema más importante
en las políticas interna y exterior de Estados Unidos hoy en día —que
seamos autosuficientes e independientes en energéticos, y ambientalmente
verdes—, lo ridiculizan como algo en lo que sólo los liberales,
ecólatras y mariquitas creen posible o necesario.
Lo siento pero ser verde, centrar al país en una mayor eficiencia energética
y en la conservación, no son cuestiones de afeminados. En realidad,
es algo que requiere una mentalidad más ruda, y que es la cosa geoestratégica,
a favor del crecimiento, y patriota que podemos hacer. Vivir como verdes no
es para mariquitas. Apegarse al petróleo, y decir, básicamente,
que un país que puede duplicar la velocidad de los microchips cada 18
meses de alguna forma es incapaz de innovar su camino a la independencia energética:
eso es para mariquitas, derrotistas y personas que están listas para
ver cómo se erosionan los valores estadounidenses dentro y fuera del
país.
Vivir verde no sólo es “una virtud personal”, como dice
Cheney. Es un imperativo de seguridad nacional.
Hoy en día, la mayor amenaza contra Estados Unidos y sus valores no
son ni el comunismo, ni el autoritarismo ni el islamismo. Es el petrolismo.
Petrolismo es mi término para denominar las prácticas antidemocráticas
para gobernar que corrompen —en los Estados petroleros, desde Rusia hasta
Nigeria e Irán— que resultan de un largo período de 60
dólares el barril de petróleo. El petrolismo es la política
de usar los ingresos del petróleo para sobornar los propios ciudadanos
con subsidios y empleos gubernamentales, utilizar las exportaciones de petróleo
y gas para intimidar o comprar a los enemigos que se tienen, y usar las ganancias
del petróleo para construir las propias fuerzas nacionales de seguridad
y ejército para mantenerse resguardado en el poder, sin ninguna transparencia
ni sistema de controles y equilibrios.
Cuando los líderes de un país pueden practicar el petrolismo,
nunca tienen que tocar la energía y creatividad de su pueblo, simplemente
tienen que tocar un pozo petrolero. Y, por tanto, la política en un
Estado petrolista no construye una sociedad ni un sistema educativo que maximice
la capacidad de su pueblo para innovar, exportar y competir. Se trata sencillamente
de quién controla el petróleo.
En Estados petrolistas como Rusia, Irán, Venezuela y Sudán, la
gente se enriquece por estar en el gobierno y chuparse la hacienda pública
hasta secarla, así es que nunca quieren ceder el poder. En Estados no
petrolistas como Taiwán, Singapur y Corea, la gente se enriquece permaneciendo
fuera del gobierno y construyendo empresas verdaderas.
Nuestra glotonería energética fomenta y fortalece diversos tipos
de regímenes petrolistas. Envalentona el petrolismo autoritario en Rusia,
Venezuela, Nigeria, Sudán y el centro de Asia. Da poder al petrolismo
islamista de Sudán, Irán y Arabia Saudita. Incluso, ayuda a sostener
el comunismo en la Cuba de Castro, que sobrevive en la actualidad, en parte,
gracias al petróleo barato de Venezuela. La mayoría de estos
regímenes petrolistas se habrían colapsado hace mucho tiempo,
ya que han resultado ser extremadamente incapaces de proporcionar un futuro
moderno a sus pueblos, pero se salvaron por nuestros excesos energéticos.
Sin importar lo que suceda en Irak, no podemos secar los pantanos
del autoritarismo y del islamismo violento en el Medio Oriente,
sin también agotar nuestro
consumo de petróleo, y de ese modo hacer que baje el precio del crudo.
Una política de democratización en el Medio Oriente sin una política
energética diferente dentro del país es una pérdida de
tiempo, dinero y, lo que es más importante, de vidas de nuestros jóvenes.
Y eso se debe a que hay una gran diferencia entre lo que estos
regímenes
malos pueden hacer con 20 dólares el barril, en comparación con
los actuales 60 dólares el barril de petróleo. No es ningún
accidente que la era de las reformas en Rusia con Boris Yeltsin y en Irán
con Mohammad Khatami coincidiera con precios bajos del petróleo. Cuando
volvieron a dispararse los precios, se reafirmaron los autoritarios petrolistas
en ambas sociedades.
Necesitamos un Presidente y un Congreso que tengan agallas no sólo para
invadir Irak, sino para imponer un impuesto a la gasolina e inspirar el conservacionismo
en el país. Eso requiere una verdadera política energética
con incentivos a largo plazo para las energías renovables —eólica,
solar, biocombustibles— en lugar del bienestar para las compañías
petroleras e intereses especiales que se hizo pasar el año anterior
como un proyecto de ley energética.
Ya fue suficiente toda esta sandez Bush-Cheney de que la conservación,
la eficiencia energética y el ambientalismo son un pasatiempo que no
podemos darnos el lujo de tener. No puedo pensar en algo más cobarde
o no estadounidense. Los patriotas verdaderos, los verdaderos defensores de
la propagación de la democracia en todo el mundo, viven verde.
El verde es los nuevos rojo, blanco
y azul.
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