Congoja de la errata
Nadie escapa a una de las fórmulas más tormentosas de aprender en el oficio: el error.
Por: Luis Alberto Musso
Ambrosi*
Como al hombre no le es dable vivir sin errores
nos movemos entre ellos durante toda nuestra existencia; sin embargo,
no los aceptamos y nos sentimos molestos cuando nos ocurren.
Luchar contra el destino, y esto es casi lo mismo, es para muchos
rechazar la voluntad de los dioses. Pero hasta los dioses se equivocan
pues las mitologías desbordan en narraciones colmadas de
yerros. También la historia de tiempos pretéritos
y la presente, arrastran desaciertos y las acciones de hombres
y pueblos inadvertencias y descuidos. De toda esta confusión
sólo queda algo positivo, la experiencia, resultancia o
producto entre lo proyectado y lo ocurrido. Es cosecha de verdades,
aunque sean imperfecciones o exactitudes.
Dejemos los errores para pasar a la forma de ellos que hoy nos
interesa, la errata, inventada por los hados para carcomer la conciencia
profesional de escritores e imprenteros y por cuya implacable aparición
sufren los correctores. Estos duendes traviesos se ocultan entre
las letras, palabras y frases y viven por todos los planos de las
hojas impresas si no se les ahuyenta a tiempo.
Cada errata será amarga, muy amarga por insalvable. Mas
triunfando la responsabilidad aparece el remedio: la “Fe
de erratas”, a veces “Erratas notables”. Modestas
maneras, estas dos últimas, de admitir que existen otras.
Esta hojita final no es carta de recomendación.
Los impresos españoles suelen denominar a la “tabla
de correcciones”, “tabla de humillaciones”.
La errata se llama también mentira o mosca. Si proviene
del autor, con algo de indulgencia le decimos lapsus calami.
Historiadores de la imprenta, bibliófilos, entendidos, aceptan
la errata y hasta se distraen con ella; las coleccionan y forman
libros. A este respecto es interesante la obra del austríaco
Max Sengen quien nos divierte con ejemplos de escritores famosos.
Para muestra el siguiente: “Con un ojo leía, con el
otro escribía” (A orillas del Rin de Aubrack).
Seguro ha sido que el futuro no tomó de sorpresa a los aprendices.
Bueno es entonces, repetir el proverbio latino in ardua virtus.
*Director de la Biblioteca Nacional de la República Oriental
del Uruguay.
Extractos del artículo publicado en el portal de la Editorial
Dunken:
www.dunken.com.ar/que_hacer/04edicion.asp |