Semanario de Prensa Libre • No. 81 • 22 de Enero de 2006    


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Claroscuro

Congoja de la errata
Nadie escapa a una de las fórmulas más tormentosas de aprender en el oficio: el error.

Por: Luis Alberto Musso Ambrosi*

Como al hombre no le es dable vivir sin errores nos movemos entre ellos durante toda nuestra existencia; sin embargo, no los aceptamos y nos sentimos molestos cuando nos ocurren.

Luchar contra el destino, y esto es casi lo mismo, es para muchos rechazar la voluntad de los dioses. Pero hasta los dioses se equivocan pues las mitologías desbordan en narraciones colmadas de yerros. También la historia de tiempos pretéritos y la presente, arrastran desaciertos y las acciones de hombres y pueblos inadvertencias y descuidos. De toda esta confusión sólo queda algo positivo, la experiencia, resultancia o producto entre lo proyectado y lo ocurrido. Es cosecha de verdades, aunque sean imperfecciones o exactitudes.

Dejemos los errores para pasar a la forma de ellos que hoy nos interesa, la errata, inventada por los hados para carcomer la conciencia profesional de escritores e imprenteros y por cuya implacable aparición sufren los correctores. Estos duendes traviesos se ocultan entre las letras, palabras y frases y viven por todos los planos de las hojas impresas si no se les ahuyenta a tiempo.

Cada errata será amarga, muy amarga por insalvable. Mas triunfando la responsabilidad aparece el remedio: la “Fe de erratas”, a veces “Erratas notables”. Modestas maneras, estas dos últimas, de admitir que existen otras. Esta hojita final no es carta de recomendación.

Los impresos españoles suelen denominar a la “tabla de correcciones”, “tabla de humillaciones”.

La errata se llama también mentira o mosca. Si proviene del autor, con algo de indulgencia le decimos lapsus calami.

Historiadores de la imprenta, bibliófilos, entendidos, aceptan la errata y hasta se distraen con ella; las coleccionan y forman libros. A este respecto es interesante la obra del austríaco Max Sengen quien nos divierte con ejemplos de escritores famosos. Para muestra el siguiente: “Con un ojo leía, con el otro escribía” (A orillas del Rin de Aubrack).

Seguro ha sido que el futuro no tomó de sorpresa a los aprendices. Bueno es entonces, repetir el proverbio latino in ardua virtus.

*Director de la Biblioteca Nacional de la República Oriental del Uruguay.

Extractos del artículo publicado en el portal de la Editorial Dunken:
www.dunken.com.ar/que_hacer/04edicion.asp

 
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