En busca de raíces
Unas 70 familias de Livingston, Izabal, se identifican como descendientes de
inmigrantes hindúes que llegaron al
país hace siglo y medio.
Por Sebastien Perrot-Minnot /
Gustavo Adolfo Montenegro
Foto Carlos Sebastián
Cuando el visitante se aproxima a
la aldea Crique Chino, a la orilla del río Dulce, a unos
dos kilómetros del centro urbano de Livingston, Izabal,
la impresión inicial es que se trata de otra aldea más
de indígenas q’eqchi’es, que pueblan los alrededores.
Sin embargo, en estas chozas de caña y palma viven familias
de coolies o descendientes de hindúes que llegaron a Centroamérica
hace aproximadamente 140 años, y viajaron desde las colonias
inglesas de Jamaica, Trinidad y Guyana.

Fue hasta la década de 1990
que los hindúes empezaron a casarse con personas
de las etnias k’ekchí y ladina.
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Ciertamente, los pobladores no tienen clara cuál fue la
ruta desde Asia pero están seguros de que sus más
cercanos antepasados llegaron primero a Belice, en 1860, de donde
algunos se desplazaron hacia el sur, hasta territorio guatemalteco.
Cabe recordar que hasta 1948, India
fue una colonia británica,
de donde salieron muchos obreros en busca de oportunidades, sobre
todo después de la abolición de la esclavitud,
en el siglo XIX. Precisamente de esta circunstancia provino la
palabra coolie, de origen hindi, que define a un “obrero
bastante activo”, aunque en opinión de Rony Guha
Dutta, presidente de la Cámara de Comercio Guatemala-India,
la connotación era mucho más dura: “Los actuales
habitantes hindúes de Livingston no son coolies, puesto
que esa palabra definía a esclavos o trabajadores forzados,
cosa que ellos no son en la actualidad”, dice. Lo cierto es que hacia fines del siglo 19, los hindúes se incorporaron
al duro trabajo en las plantaciones de caña y se asentaron, en gran número,
sobre la parte media y sur de Belice, que hoy los reconoce claramente como una
de las identidades étnicas que pueblan su territorio.
En el lado guatemalteco, la comunidad hindú de Livingston está conformada,
básicamente, por unas 500 personas, agrupadas en 72 familias que se dedican
a la pesca y la agricultura. La mayoría habitan en Crique Chino, aunque
algunos de sus miembros se han desplazado a otros departamentos, como Zacapa
y Jalapa, o emigrado a Estados Unidos.
“Al parecer llegaron a esta región porque sus antepasados buscaron
lugares que no estuvieran tan densamente poblados, para poder pescar mejor”,
explica Walder Véliz, del Comité de Turismo de Livingston, quien
trabaja en el montaje de un museo regional, en el que incluirá la presencia
hindú. “Ellos mantienen su identidad, a pesar de que han dejado
atrás algunos elementos como la indumentaria o la religión: Algunos
son católicos, aunque la mayoría asiste a la iglesia del “Séptimo
Día”, agrega Véliz.
Buenos vecinos
No fue sino a partir de la década de 1980 que fueron posibles los matrimonios
de hindúes con indígenas o ladinos, sobre todo para evitar problemas
genéticos por consanguinidad. Sin embargo, fue esa ausencia de mezcla étnica,
durante décadas, lo que conservó los definidos rasgos faciales
que les caracterizan y que ahora constituyen un elemento motivador para querer
exaltar su identidad.
Los pescadores de Crique Chino cuentan que los habitantes de aldeas
cercanas los identifican fácilmente debido a su fisonomía, aunque no se
quejan de discriminación alguna.
“Son morenos, pero de un moreno
distinto a los afrocaribeños; igualmente
sus facciones se distinguen”, describe Gloria López, secretaria
del consulado ad honorem de la India, que participó en una visita
a la comunidad, a mediados de 2005.
“Lo sorprendente es que en un municipio tan pequeño como Livingston,
puedan convivir en armonía diferentes culturas: los garífuna, los
kékchies, los ladinos y los hindúes”, opina Elena Suppal,
descendiente de los primeros inmigrantes, que labora en la municipalidad local
y que además impulsa mejoras para la comunidad, entre ellas una revaloración
de sus raíces culturales, que aún son perceptibles en algunos aspectos
cotidianos como la gastronomía o la forma de educar a los hijos. En ese
sentido, la experiencia de ancianos como Abelino Colman, de 78 años, resulta
muy valiosa, pues aún recuerda anécdotas de sus abuelos así como
algunos vocablos en idioma hindi.
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Buenos vecinos
“Mi mamá es hindú y
mi papá de Chiquimula”, cuenta Angélica
Méndez, una activista social que ha organizado una
red de pescadores que integra a garífunas, kekchíes,
ladinos e hindúes.
Esta solidaridad no implica negación
de las raíces, señala Méndez: “Estamos
echándole ganas para rescatar nuestra cultura. Por
mucho tiempo estuvimos en el canasto de los no indígenas,
pero a pesar de los cambios, nos sentimos hindúes”,
agrega.
Parte de ese despertar fue debido al
trabajo efectuado por una fundación llamada Bala
Bala: “Fue un proyecto referente a las cuatro culturas
de Livingston, que empezó hace unos 8 años.
Se hizo una investigación y definimos
que existía una minoría hindú que
se asumían ladinos, pero realmente no lo son”,
refiere Cristina Gutiérrez, quien aclara que lejos
de provocar divisionismo o rivalidades entre etnias, el
proyecto ha fomentado un enriquecimiento cultural.
Bien lo dijo Angélica Méndez: “Creemos
que lo que nos hace diferente es lo que enriquece a nuestro
municipio, pues todos nos apoyamos”.
“Esperamos que el Gobierno nos
reconozca como comunidad y como guatemaltecos, por eso
estamos trabajando muy fuerte para fortalecer nuestra identidad”,
dijo por vía telefónica, Elena Suppal, de
la Oficina de la Mujer de la municipalidad local. |
La voz de los abuelos Los hindúes guatemaltecos ya no hablan el hindi, aunque continúan
utilizando, entre ellos un dialecto del inglés, heredado por generaciones.
La comunicadora social Eugenia Aldana trabajó su tesis de licenciatura
sobre la relación intercultural en Livingston. En su investigación
señala que los primeros hindúes “al llegar a Jamaica adoptaron
el inglés creole, que se define como un inglés adulterado”.
Entrevistó a varias personas que confirmaron la existencia de aquel idioma,
pero que era usado casi sólo en el ámbito familiar, sobre todo
por las personas de avanzada edad. Lo más importante de dicho estudio
fue resaltar que conforme se adaptaron a la comunidad, los hindúes de
Livingston fueron paulatinamente ignorados: “Su presencia en el país
es casi desconocida por la mayoría de la población guatemalteca.
Incluso, el grupo se encuentra excluido dentro del marco de los acuerdos de paz”,
escribió Aldana.
Poco estudio
El antropólogo italiano Azzo Ghidinelli, quien publicó un estudio
de Caribes Negros de Livingston en 1972, menciona brevemente a los hindúes: “Los
coolies son de ascendencia hindú, hablan un inglés muy adulterado
y viven en la costa del río Dulce”, anotó.
El caso es que varios indicadores culturales como idioma, vestuario
y costumbres se han perdido por diversos factores, pero ello
no necesariamente implica que no tengan intención de recuperarlos: “Cuando se realizan actos cívicos
en la escuela, a mi niña, por sus facciones, siempre le piden que represente
a la etnia hindú; sin embargo, es muy poco lo que sabemos de esa herencia.
No conocemos el vestuario o los bailes tradicionales”, dice Amanda Ibarra,
guatemalteca ladina, que formó una familia con un guatemalteco hindú,
Elder Colman, quien se dedica a la pesca artesanal.
Hace tres años, el proyecto Bala Bala, apoyado por la Embajada de Canadá en
Guatemala, hizo un estudio y un censo de la población hindú en
Guatemala. Elena Suppal tuvo un papel prominente en dicho proyecto, que de alguna
manera sembró nuevas esperanzas a la orilla del Río Dulce.
Nuevas esperanzas
La comunidad hindú quiere ser
reconocida y valorada
En julio de 2005, la Cámara
de Comercio Guatemala-India organizó una visita a la comunidad
Crique Chino. Les llevaron algunos documentos sobre India y les
presentaron películas hindúes. “Por poco
y se suspende la proyección, pues no había electricidad.
Afortunadamente, una agencia bancaria de Livingston prestó su
planta eléctrica”, cuenta Rony Guha, presidente
de la Cámara, quien piensa promover talleres de capacitación
artesanal y un programa de enriquecimiento cultural para los
pobladores. “Para mí fue motivo de orgullo saber
de esta comunidad”, aseguró Guha.
Durante la misma visita fueron entrevistadas
varias cabezas de familia, para obtener datos fidedignos sobre
su ascendencia y lazos consanguíneos. “Una de las
peticiones de las personas fue conseguir una bandera de la India,
así como
más películas, libros y música”, refiere
Gloria López, del consulado ad honorem de la India en
Guatemala.
Otro de los proyectos que beneficiarán a la comunidad
hindú es el área que les será dedicada en
el Museo de las Culturas de Livingston, próximo a ser
inaugurado. “Esperamos que esté listo para cuando
llegue el Gabinete Móvil de Gobierno, para que el presidente Óscar
Berger sepa de la presencia de los hindúes”, dijo
Walder Véliz, de la comisión de Turismo. Sin embargo, la lucha
por el reconocimiento apenas empieza: “Nos hace falta contar
con una escuela de secundaria permanente, pues cerraron la que
había y si un joven de Livingston
quiere estudiar, tiene que ir, en lancha, hasta Puerto Barrios”,
señaló Elder Colman, pescador artesanal de ascendencia
hindú.
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