Semanario de Prensa Libre • No. 81 • 22 de Enero de 2006    


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En busca de raíces
Unas 70 familias de Livingston, Izabal, se identifican como descendientes de inmigrantes hindúes que llegaron al país hace siglo y medio.

Por Sebastien Perrot-Minnot / Gustavo Adolfo Montenegro
Foto Carlos Sebastián

Cuando el visitante se aproxima a la aldea Crique Chino, a la orilla del río Dulce, a unos dos kilómetros del centro urbano de Livingston, Izabal, la impresión inicial es que se trata de otra aldea más de indígenas q’eqchi’es, que pueblan los alrededores. Sin embargo, en estas chozas de caña y palma viven familias de coolies o descendientes de hindúes que llegaron a Centroamérica hace aproximadamente 140 años, y viajaron desde las colonias inglesas de Jamaica, Trinidad y Guyana.

Fue hasta la década de 1990 que los hindúes empezaron a casarse con personas de las etnias k’ekchí y ladina.

Ciertamente, los pobladores no tienen clara cuál fue la ruta desde Asia pero están seguros de que sus más cercanos antepasados llegaron primero a Belice, en 1860, de donde algunos se desplazaron hacia el sur, hasta territorio guatemalteco.

Cabe recordar que hasta 1948, India fue una colonia británica, de donde salieron muchos obreros en busca de oportunidades, sobre todo después de la abolición de la esclavitud, en el siglo XIX. Precisamente de esta circunstancia provino la palabra coolie, de origen hindi, que define a un “obrero bastante activo”, aunque en opinión de Rony Guha Dutta, presidente de la Cámara de Comercio Guatemala-India, la connotación era mucho más dura: “Los actuales habitantes hindúes de Livingston no son coolies, puesto que esa palabra definía a esclavos o trabajadores forzados, cosa que ellos no son en la actualidad”, dice.

Lo cierto es que hacia fines del siglo 19, los hindúes se incorporaron al duro trabajo en las plantaciones de caña y se asentaron, en gran número, sobre la parte media y sur de Belice, que hoy los reconoce claramente como una de las identidades étnicas que pueblan su territorio.

En el lado guatemalteco, la comunidad hindú de Livingston está conformada, básicamente, por unas 500 personas, agrupadas en 72 familias que se dedican a la pesca y la agricultura. La mayoría habitan en Crique Chino, aunque algunos de sus miembros se han desplazado a otros departamentos, como Zacapa y Jalapa, o emigrado a Estados Unidos.

“Al parecer llegaron a esta región porque sus antepasados buscaron lugares que no estuvieran tan densamente poblados, para poder pescar mejor”, explica Walder Véliz, del Comité de Turismo de Livingston, quien trabaja en el montaje de un museo regional, en el que incluirá la presencia hindú. “Ellos mantienen su identidad, a pesar de que han dejado atrás algunos elementos como la indumentaria o la religión: Algunos son católicos, aunque la mayoría asiste a la iglesia del “Séptimo Día”, agrega Véliz.

Buenos vecinos

No fue sino a partir de la década de 1980 que fueron posibles los matrimonios de hindúes con indígenas o ladinos, sobre todo para evitar problemas genéticos por consanguinidad. Sin embargo, fue esa ausencia de mezcla étnica, durante décadas, lo que conservó los definidos rasgos faciales que les caracterizan y que ahora constituyen un elemento motivador para querer exaltar su identidad.

Los pescadores de Crique Chino cuentan que los habitantes de aldeas cercanas los identifican fácilmente debido a su fisonomía, aunque no se quejan de discriminación alguna.

“Son morenos, pero de un moreno distinto a los afrocaribeños; igualmente sus facciones se distinguen”, describe Gloria López, secretaria del consulado ad honorem de la India, que participó en una visita a la comunidad, a mediados de 2005.

“Lo sorprendente es que en un municipio tan pequeño como Livingston, puedan convivir en armonía diferentes culturas: los garífuna, los kékchies, los ladinos y los hindúes”, opina Elena Suppal, descendiente de los primeros inmigrantes, que labora en la municipalidad local y que además impulsa mejoras para la comunidad, entre ellas una revaloración de sus raíces culturales, que aún son perceptibles en algunos aspectos cotidianos como la gastronomía o la forma de educar a los hijos. En ese sentido, la experiencia de ancianos como Abelino Colman, de 78 años, resulta muy valiosa, pues aún recuerda anécdotas de sus abuelos así como algunos vocablos en idioma hindi.

Buenos vecinos
“Mi mamá es hindú y mi papá de Chiquimula”, cuenta Angélica Méndez, una activista social que ha organizado una red de pescadores que integra a garífunas, kekchíes, ladinos e hindúes.

Esta solidaridad no implica negación de las raíces, señala Méndez: “Estamos echándole ganas para rescatar nuestra cultura. Por mucho tiempo estuvimos en el canasto de los no indígenas, pero a pesar de los cambios, nos sentimos hindúes”, agrega.

Parte de ese despertar fue debido al trabajo efectuado por una fundación llamada Bala Bala: “Fue un proyecto referente a las cuatro culturas de Livingston, que empezó hace unos 8 años.

Se hizo una investigación y definimos que existía una minoría hindú que se asumían ladinos, pero realmente no lo son”, refiere Cristina Gutiérrez, quien aclara que lejos de provocar divisionismo o rivalidades entre etnias, el proyecto ha fomentado un enriquecimiento cultural.

Bien lo dijo Angélica Méndez: “Creemos que lo que nos hace diferente es lo que enriquece a nuestro municipio, pues todos nos apoyamos”.

“Esperamos que el Gobierno nos reconozca como comunidad y como guatemaltecos, por eso estamos trabajando muy fuerte para fortalecer nuestra identidad”, dijo por vía telefónica, Elena Suppal, de la Oficina de la Mujer de la municipalidad local.

La voz de los abuelos

Los hindúes guatemaltecos ya no hablan el hindi, aunque continúan utilizando, entre ellos un dialecto del inglés, heredado por generaciones. La comunicadora social Eugenia Aldana trabajó su tesis de licenciatura sobre la relación intercultural en Livingston. En su investigación señala que los primeros hindúes “al llegar a Jamaica adoptaron el inglés creole, que se define como un inglés adulterado”. Entrevistó a varias personas que confirmaron la existencia de aquel idioma, pero que era usado casi sólo en el ámbito familiar, sobre todo por las personas de avanzada edad. Lo más importante de dicho estudio fue resaltar que conforme se adaptaron a la comunidad, los hindúes de Livingston fueron paulatinamente ignorados: “Su presencia en el país es casi desconocida por la mayoría de la población guatemalteca. Incluso, el grupo se encuentra excluido dentro del marco de los acuerdos de paz”, escribió Aldana.

Poco estudio

El antropólogo italiano Azzo Ghidinelli, quien publicó un estudio de Caribes Negros de Livingston en 1972, menciona brevemente a los hindúes: “Los coolies son de ascendencia hindú, hablan un inglés muy adulterado y viven en la costa del río Dulce”, anotó.

El caso es que varios indicadores culturales como idioma, vestuario y costumbres se han perdido por diversos factores, pero ello no necesariamente implica que no tengan intención de recuperarlos: “Cuando se realizan actos cívicos en la escuela, a mi niña, por sus facciones, siempre le piden que represente a la etnia hindú; sin embargo, es muy poco lo que sabemos de esa herencia. No conocemos el vestuario o los bailes tradicionales”, dice Amanda Ibarra, guatemalteca ladina, que formó una familia con un guatemalteco hindú, Elder Colman, quien se dedica a la pesca artesanal.

Hace tres años, el proyecto Bala Bala, apoyado por la Embajada de Canadá en Guatemala, hizo un estudio y un censo de la población hindú en Guatemala. Elena Suppal tuvo un papel prominente en dicho proyecto, que de alguna manera sembró nuevas esperanzas a la orilla del Río Dulce.

 

Nuevas esperanzas
La comunidad hindú quiere ser reconocida y valorada

En julio de 2005, la Cámara de Comercio Guatemala-India organizó una visita a la comunidad Crique Chino. Les llevaron algunos documentos sobre India y les presentaron películas hindúes. “Por poco y se suspende la proyección, pues no había electricidad. Afortunadamente, una agencia bancaria de Livingston prestó su planta eléctrica”, cuenta Rony Guha, presidente de la Cámara, quien piensa promover talleres de capacitación artesanal y un programa de enriquecimiento cultural para los pobladores. “Para mí fue motivo de orgullo saber de esta comunidad”, aseguró Guha.

Durante la misma visita fueron entrevistadas varias cabezas de familia, para obtener datos fidedignos sobre su ascendencia y lazos consanguíneos. “Una de las peticiones de las personas fue conseguir una bandera de la India, así como más películas, libros y música”, refiere Gloria López, del consulado ad honorem de la India en Guatemala.

Otro de los proyectos que beneficiarán a la comunidad hindú es el área que les será dedicada en el Museo de las Culturas de Livingston, próximo a ser inaugurado. “Esperamos que esté listo para cuando llegue el Gabinete Móvil de Gobierno, para que el presidente Óscar Berger sepa de la presencia de los hindúes”, dijo Walder Véliz, de la comisión de Turismo.

Sin embargo, la lucha por el reconocimiento apenas empieza: “Nos hace falta contar con una escuela de secundaria permanente, pues cerraron la que había y si un joven de Livingston quiere estudiar, tiene que ir, en lancha, hasta Puerto Barrios”, señaló Elder Colman, pescador artesanal de ascendencia hindú.

 
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