Semanario de Prensa Libre • No. 81 • 22 de Enero de 2006    


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D frente

Harris Whitbeck:
"Soy tremendamente curioso"
Harris Whitbeck ha recorrido buena parte del mundo como corresponsal de CNN, pero sus ojos nunca se han apartado de Guatemala.

Texto y foto: Ingrid Roldán Martínez

Su rostro ha aparecido en las pantallas de televisión de todo el mundo, debido a su trabajo como corresponsal de la cadena estadounidense de noticias CNN. Por su labor ha recibido varios reconocimientos; el más reciente de ellos es el Alfred I. DuPont-Columbia Award, de la Universidad de Columbia, que está al mismo nivel del Pulitzer que se otorga a la prensa escrita. Whitbeck continúa con su trabajo como corresponsal y viaja a donde lo envíen, pero parte siempre desde Guatemala, a donde regresó a vivir hace más o menos un año. Ahora está por lanzar un programa de televisión sobre guatemaltecos destacados que lo ha llevado a recorrer todo el país.

“Generalmente no creo en los políticos, creo en la gente que tiene proyectos de nación”

¿Cómo surgió la idea de hacer el programa de televisión “Entrémosle a Guate”?

Fue una idea que tanto Ana (Carlos) como yo habíamos venido desarrollando independientemente. Conozco a Ana desde hace años. Había trabajado a su lado pero nunca con ella en el mismo proyecto y siempre había querido hacerlo. Cuando yo estaba en Afganistán y en Irak, ella me escribía y me decía: no seas bruto, regresate, hagamos algo por el país. Yo ya estaba con la inquietud de que quería no dejar por completo lo que hago en el extranjero pero sí buscar la forma de estar un poco más conectado con Guatemala. Logré negociar un contrato con CNN en el cual me permiten radicar aquí y viajar desde acá cuando hay misiones periodísticas alrededor del mundo. Ha sido maravilloso porque me han dado toda la libertad y el tiempo para estar aquí. Regresé a vivir a Guatemala hace como un año. Con Ana empezamos a ver cómo desarrollábamos Entrémosle a Guate, francamente porque me cansé de venir a deprimirme cada vez que venía de vacaciones. Me deprimía porque estaba rodeado de un pesimismo constante. No entendía por qué en Guatemala, teniendo los recursos que tiene, la belleza natural que tiene, la gente no es feliz, no se siente orgullosa.

¿En su opinión por que no estamos orgullosos de Guatemala?

He viajado muchísimo a Colombia, por trabajo. Es el país de América Latina donde más he viajado y me he maravillado ante la forma con que los colombianos han provocado una amor propio a pesar de todo lo que han pasado: las cuatro o cinco décadas de guerra civil, el narcotráfico, la corrupción, la violencia... Y los colombianos son felices. De hecho salió una encuesta que demostró que los colombianos son los más felices de América Latina o algo así, no recuerdo exactamente, pero me dije: si esa gente puede, por qué no nosotros. En Colombia, todos los días, a las seis de la tarde escuchás el himno nacional en las radios y no es por obligación, es porque les gusta hacerlo. En Colombia se puso de moda Para Colombia y traté de agarrar un poco este modelo para poner de moda a Guatemala, en Guatemala.

¿Cree que con 12 programas realmente va a poder tener el impacto que quiere lograr?

No sé, vamos a ver cómo nos va. Tenemos fondos para 12 programas. Yo tengo la esperanza de que la respuesta sea tal que surja el apoyo para hacer más.

Usted ha dicho que ha visto lo mejor y lo pero del ser humano ¿qué es lo peor que ha visto?

(Hace una pausa, piensa unos minutos) Es bien difícil. En Afganistán, las tropas de la Alianza del Norte se manejaban en tanques, era una guerra de tanques. Cada tanque tenía su “niño del tanque”, tank boy, de ocho o nueve años de edad, que eran básicamente los sirvientes: mantenían al tanque limpio, les servían en todo a los combatientes, pero eran niños que a veces eran raptados de los pueblos para ser convertidos en tank boys. Además de convertirlos en soldados, en guerreros, eran objeto de abuso sexual. Para mí eso era la encarnación del mal.

¿Eran combatientes afganos?

Sí, los combatientes afganos. ¡Fuerte, fuerte!, eran expresiones de terrible maldad.

¿Cómo ser humano, de qué manera le ha cambiado el ser periodista?

Yo creo que ha reafirmado mi fe en el ser humano porque, por cada cosa mala que ves, o en cada situación mala hay ejemplos muy claros de fuerzas del bien en acción. Una de las historias que hice, que fue por lo que dieron el premio (Alfred I. DuPont-Columbia Award) se llamaba Rescate y redención y lo hice en el sudeste de Sri Lanka. La historia era de un templo budista de una zona Tamil, en la cual, hace como diez años unos 30 monjes fueron objeto de una masacre perpetrada por separatistas Tamil. Pasa el tsunami y todos los tamil que estaban en la zona se fueron a refugiar al templo budista porque era el único edificio que quedaba en pie. Pude hablar con el monje y le dije ¿dónde está la lección aquí? Era una lección muy clara y simple. Pasé un día entero con ese monje y él me decía el tsunami vino a lavar la sangre de mis hermanos masacrados, el tsunami vino a lavar las heridas y yo le doy de comer a este tamil, a este enemigo. Fue una historia muy linda de la redención. Este tipo de historias te cambian en el sentido de que te reafirman lo buena que puede ser la gente si quiere serlo.

¿Cuál ha sido su sensación de ver escenas como lo que quedó después de tsunami? ¿Cómo se prepara para vivir eso?

Yo soy tremendamente curioso. Me fascina estar en la primera fila, me fascina estar en lugares donde otros no pueden estar, eso lo admito, es tal vez un poco egocentrista decirlo. Soy un gran estudiante de la naturaleza humana. Para mí estar en situaciones como una guerra o un desastre natural es ver al ser humano en su máxima expresión, su máximo nivel de intensidad. Ves lo mejor y lo peor, se me hace muy interesante. Si el periodismo contribuye a que cambien las cosas o si mis historias contribuyen a que cambien las vidas de las personas que estoy cubriendo, magnífico, absolutamente magnífico, pero gran parte de mi motivación no es esa.

¿O sea que no hay tal preparación previa?

No. Hay miedo, por supuesto. Cuando me fui a Afganistán iba aterrado. Recuerdo que volé de México a París y de allí a Moscú. Cada hora en los aviones diferentes me estaba alejando más de lo mío, de lo que conocía y me estaba acercando más y más a esa guerra. Cuando llegamos a la frontera entre Tayikistán y Afganistán me dijeron que el helicóptero que, se suponía, iba a volar sobre los montes Hindu Kush a Kabul donde iba instalarme cómodamente en el hotel Intercontinental, no iba a llegar porque había comenzado la última ofensiva contra los talibanes en Kabul y para llegar tendría que irme a caballo, cruzar los Hindu Kush a caballo como un gran explorador. Me dio mucho miedo.

¿Tomó esa ruta?

Sí, claro. Porque por otro lado quería llegar a ver eso y dije: ¡ya comenzó la ofensiva y no voy a llegar! Alquilé 54 caballos para llevar todo el equipo, una productora sudafricana, un camarógrafo y un consultor de seguridad que teníamos. Pasamos cinco días cruzando los Hindu Kush. La nieve llegaba a la panza de los caballos. El caballo me botó tres o cuatro veces. Preferí bajarme del caballo y caminar. La nieve me llegaba hasta aquí (se señala el torso) y los aldeanos que iban con nosotros se mataban de la risa y decían: este gringo loco por qué no se sube al caballo si para eso lo tiene. Pasaban los (aviones) V-52 gringos y se oían explosiones. Era absolutamente aterrador, pero absolutamente fascinante.

Perfil
Harris Whitbeck nació en Guatemala. En mayo del años pasado cumplió 40 de edad.

- Tiene una licenciatura en Estudios Internacionales del Washington College en Chestertown, EE.UU. y una maestría en Periodismo de la Universidad de Columbia en Nueva York.

- Habla español, inglés y francés.

- Como corresponsal para CNN, desde 1991, trabaja para CNN en Español, CNN International y CNN/U.S.

- Algunas de las noticias que ha cubierto son: la guerra en Iraq, el atentado al Pentágono en Washington D.C. el 11 de septiembre, la invasión estadounidense a Haití, la rebelión en Chiapas, varias visitas del Papa Juan Pablo II a América Latina y la toma de la embajada de Japón en Lima.

- El premio Dupont-Columbia, que le otorgaron este año es considerado el más prestigioso para la radio y televisión en Estados Unidos.

¿Se ha sentido en peligro de muerte?

El año pasado, curiosamente en Brasil. No fue ni en Irak ni en Afganistán ni nada. Estaba cubriendo la historia más liviana que he hecho en mi vida. Era sobre un campeonato de surfing que hacen en un río del Amazonas pero que sale al Atlántico. Dos veces al año hay una marea que entra del mar al río, sube y forma una ola que dura como una hora. La ola se llama La Pororoca. Para los surfistas es un sueño. Pero en ese río hay caimanes, pirañas y candirús, unos pececitos que se meten en la uretra del hombre, dolorosísimo. La ola en sí es muy peligrosa por las corrientes. Estaba en un campamento de los surfistas y el día que me tocaba irme de allí, una lancha me iba a sacar a una finca cercana donde había una avioneta para Manaos y volar a Río de Janeiro para regresar a casa. Íbamos a medio río y se apagó el motor de la lancha. La corriente nos empezó a arrastrar hacia la boca del mar, conocida localmente como el cementerio de las embarcaciones. No había absolutamente nada que hacer, estuvimos siete horas a la deriva, acercándonos a la boca del mar. Yo tenía un teléfono satelital pero se le había agotsado la batería por no ponerlo a cargar la noche anterior, aún así logré sacar una llamada a Atlanta. Al final, cómo nos salvamos fue divertido. Cuando el piloto en la finca se dio cuenta de que no llegábamos se fue a sobrevolar. Vio lo que estaba pasando, pero él no tenía comunicación por radio con el campamento, entonces escribió una nota en un papel, la enrolló y la metió en una botella, sobrevoló el campamento dos veces para llamar la atención y tiró la botella. Los que estaban en el campamento vieron la nota, se dieron cuenta y sacaron una lancha para rescatarnos.

¿Qué lo hace volver los ojos a Guatemala de nuevo?

La tierra siempre llama. Yo amo profundamente a Guatemala, mi familia está aquí, la siguiente generación de mi familia está creciendo, quiero sentirme parte de ella otra vez.

¿Cuáles de sus expectativas sobre Guatemala se han cumplido?

Por lo menos ya vivimos en una democracia, por más cuestionada que pueda ser. Por lo menos ya salimos de esa era terrible que vivió Guatemala que a todos nos tocó de alguna manera. Poco a poco siento que la gente está empezando a tomar el control de su propio destino.

¿Cuáles quedan pendientes?

Quiero una Guatemala que esté orgullosa de sí misma, que crea en sí misma. Hay ejemplos muy claros en este programa de televisión, que se los vamos a demostrar, pero falta que sea un sentir natural del colectivo, no algo que sólo sea moda.

¿Cómo ve a Guatemala en el contexto latinoamericano?

Veo que si no se pone las pilas se va a quedar atrás. El TLC es una realidad nos guste o no. Si es una realidad hay que asumirlo y aplicarlo de la manera que sea más provechosa para el país. De repente no veo que nos hayamos puesto las pilas lo suficiente en ese sentido. Siempre hay oportunidades de desarrollo que podrían se mejor aprovechadas. El turismo, ¡todos dicen que el turismo!, es una gran esperanza. Claro, han aumentado las cifras, pero no he visto la implementación de una política sostenida de turismo en el país.

¿Cómo describe al guatemalteco actual?

Como algo que está a punto de surgir, que tiene todo el potencial para surgir, pero falta ese empujoncito. Ahí está y se está dando cuenta de que tiene ese potencial.

¿Qué la haría surgir?

Creer que puede.

¿Participaría en política?

He conocido muchos políticos. Mi papá es político. Hemos tenido buenas discusiones con él. Mi papá dice que se vacunó en contra de los políticos, aunque está metido en proyectos de gobierno. Yo generalmente no creo en los políticos, creo en la gente que tiene proyectos de nación. Yo tengo un proyecto de nación que es éste y si esto es hacer política, estoy haciendo política, pero ya meterme a buscar un cargo público no está entre mis planes.

 
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