La dulce vida
Sus estanterías han mostrado los mismos productos desde hace más
de 30 años, pero su gusto nunca pasará de moda.
Por Julieta Sandoval
Foto Carlos Sebastián
Eran de esos lugares donde a todos les gustaba llegar cada tarde. Sus muebles,
de fuerte madera con vitrinas, sostenían frascos inmensos en donde podía
admirarse una gran variedad de los dulces típicos. Éstos llamaban
la atención (o más bien el gusto) del transeúnte, quien
se paraba a contemplarlos y movido por su dulce aroma los compraba. Muchos negocios
cambiaron su mobiliario por algo más moderno, pero en otros el tiempo
se detuvo.

“Los dulces que se venden
son elaborados
aún
con las recetas antiguas”
Ana
María Morales,
propietaria de “San Carlos” |
Los años pasaron, la ciudad
creció, pero en una parte
de ella, en el Centro Histórico, aún se encuentran
pequeñas tiendas que llevan 40, 50, y más años,
vendiendo los dulces tradicionales de Guatemala, originarios de
diferentes regiones: Antigua Guatemala, Tecpán, Mixco y
ciertos barrios de la capital.
Algunas dulcerías eran además punto de reunión
para tomar un café o chocolate acompañado de churros
cubiertos de azúcar. En la esquina de la 8a. avenida y 9a.
calle aún se encuentra uno de estos negocios: tiene 40 años
de estar ahí. Rosa de Rosas cuenta que fue un español
quien lo fundó, pero después pasó a la familia
de su esposo, aunque actualmente es ella quien lo administra. Todos los días, a las 6 de la mañana, se elaboran
los churros, con una receta que no ha cambiado para nada en cuatro
décadas. Claro que las cifras de producción han bajado
considerablemente con el correr del tiempo. Antes se hacían
hasta 15 mil churros, mientras ahora sólo unos 800.
A la venta de estos bocadillos se agregan los dulces: canillitas
de leche, espumillas, mazapán, dulce de coco, pepita, tapitas,
higos en dulce, sólo por mencionar algunos.
Amarga realidad
En décadas no han surgido muchas novedades de golosinas
y sólo se han dado algunas variaciones de las ya existentes
como las “botellitas” con almíbar, que desaparecieron
por un tiempo y cuando volvieron al mercado eran de forma plana.
Varios dulces tradicionales han ido desapareciendo
de las vitrinas, generalmente porque quienes los elaboraban han
fallecido y con ellos la tradición se perdió.
Lucía de León atiende en la dulcería de la
8a. avenida y 10a. calle. Cuenta que, desde hace cuatro años
no venden más “zapotillos”, “yemitas de
huevo” y “salporitas” pues falleció la
señora que los fabricaba. Ana María Morales, propietaria de la dulcería “San
Carlos”, en la 11 avenida y 9a. calle, cuenta que entre los
dulces que ya no son elaborados están las ostias, que fueron
sustituidas por las obleas fabricadas con máquina. Tampoco
venden ya los “besitos”, los “matagusanos”,
el “ojo de venado”, el “huevo chimbo” y
muy difícilmente encuentran las bolitas de miel o los dulces “quiebradientes”.
“El mazapán de cuadrito, la tablita de leche y el bocadillo pueden
desaparecer pues la señora que los fabrica tiene 80 años y su familia
no tiene interés en continuar con el negocio”, agrega Morales.
En “San Carlos” el tiempo se congeló hace unos 50 años,
pues aún posee buena parte del mobiliario original. Sin embargo, su propietaria
ha introducido algunos cambios, como el dejar de ser venta exclusiva de dulces.
Ahora se despachan refacciones y almuerzos. “Eso sí, todo típico
guatemalteco”, dice.
El caso de doña Ana María no es único; la mayoría
de propietarios de negocios de dulcería tradiconal ha tenido que modificar
sus listas de productos, pues ya no es tan rentable como antes.
Uno de los establecimientos más antiguos es “El Divino Rostro”,
que abrió sus puertas en 1938 en la 14 calle y 7a. avenida y aún
deleita a quienes pasan diariamente por ese lugar. María Eugenia Reyes,
la dueña, dice que las ventas continúan porque ya tiene una clientela
establecida.
Las épocas de mejores ventas varían pues para unos es en Semana
Santa y para otros el fin de año, lo cual se explica por la visita de
muchos guatemaltecos residentes en el extranjero, quienes no se resisten a llevarse
algo del sabor de Guatemala. Sin embargo, se trata de un patrimonio cultural
que se encuentra cada vez en mayor peligro de perderse, enmedio de tantos dulces
industriales importados y transeúntes que no se detienen a ver lo que
hay tras el cristal. |