Semanario de Prensa Libre • No. 81 • 22 de Enero de 2006    


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D tradición

La dulce vida
Sus estanterías han mostrado los mismos productos desde hace más de 30 años, pero su gusto nunca pasará de moda.

Por Julieta Sandoval
Foto Carlos Sebastián

Eran de esos lugares donde a todos les gustaba llegar cada tarde. Sus muebles, de fuerte madera con vitrinas, sostenían frascos inmensos en donde podía admirarse una gran variedad de los dulces típicos. Éstos llamaban la atención (o más bien el gusto) del transeúnte, quien se paraba a contemplarlos y movido por su dulce aroma los compraba. Muchos negocios cambiaron su mobiliario por algo más moderno, pero en otros el tiempo se detuvo.

“Los dulces que se venden
son elaborados aún
con las recetas antiguas”

Ana María Morales,
propietaria de “San Carlos”

Los años pasaron, la ciudad creció, pero en una parte de ella, en el Centro Histórico, aún se encuentran pequeñas tiendas que llevan 40, 50, y más años, vendiendo los dulces tradicionales de Guatemala, originarios de diferentes regiones: Antigua Guatemala, Tecpán, Mixco y ciertos barrios de la capital.

Algunas dulcerías eran además punto de reunión para tomar un café o chocolate acompañado de churros cubiertos de azúcar. En la esquina de la 8a. avenida y 9a. calle aún se encuentra uno de estos negocios: tiene 40 años de estar ahí. Rosa de Rosas cuenta que fue un español quien lo fundó, pero después pasó a la familia de su esposo, aunque actualmente es ella quien lo administra.

Todos los días, a las 6 de la mañana, se elaboran los churros, con una receta que no ha cambiado para nada en cuatro décadas. Claro que las cifras de producción han bajado considerablemente con el correr del tiempo. Antes se hacían hasta 15 mil churros, mientras ahora sólo unos 800.

A la venta de estos bocadillos se agregan los dulces: canillitas de leche, espumillas, mazapán, dulce de coco, pepita, tapitas, higos en dulce, sólo por mencionar algunos.

Amarga realidad

En décadas no han surgido muchas novedades de golosinas y sólo se han dado algunas variaciones de las ya existentes como las “botellitas” con almíbar, que desaparecieron por un tiempo y cuando volvieron al mercado eran de forma plana.

Varios dulces tradicionales han ido desapareciendo de las vitrinas, generalmente porque quienes los elaboraban han fallecido y con ellos la tradición se perdió.
Lucía de León atiende en la dulcería de la 8a. avenida y 10a. calle. Cuenta que, desde hace cuatro años no venden más “zapotillos”, “yemitas de huevo” y “salporitas” pues falleció la señora que los fabricaba.

Ana María Morales, propietaria de la dulcería “San Carlos”, en la 11 avenida y 9a. calle, cuenta que entre los dulces que ya no son elaborados están las ostias, que fueron sustituidas por las obleas fabricadas con máquina. Tampoco venden ya los “besitos”, los “matagusanos”, el “ojo de venado”, el “huevo chimbo” y muy difícilmente encuentran las bolitas de miel o los dulces “quiebradientes”.

“El mazapán de cuadrito, la tablita de leche y el bocadillo pueden desaparecer pues la señora que los fabrica tiene 80 años y su familia no tiene interés en continuar con el negocio”, agrega Morales.

En “San Carlos” el tiempo se congeló hace unos 50 años, pues aún posee buena parte del mobiliario original. Sin embargo, su propietaria ha introducido algunos cambios, como el dejar de ser venta exclusiva de dulces. Ahora se despachan refacciones y almuerzos. “Eso sí, todo típico guatemalteco”, dice.

El caso de doña Ana María no es único; la mayoría de propietarios de negocios de dulcería tradiconal ha tenido que modificar sus listas de productos, pues ya no es tan rentable como antes.

Uno de los establecimientos más antiguos es “El Divino Rostro”, que abrió sus puertas en 1938 en la 14 calle y 7a. avenida y aún deleita a quienes pasan diariamente por ese lugar. María Eugenia Reyes, la dueña, dice que las ventas continúan porque ya tiene una clientela establecida.

Las épocas de mejores ventas varían pues para unos es en Semana Santa y para otros el fin de año, lo cual se explica por la visita de muchos guatemaltecos residentes en el extranjero, quienes no se resisten a llevarse algo del sabor de Guatemala. Sin embargo, se trata de un patrimonio cultural que se encuentra cada vez en mayor peligro de perderse, enmedio de tantos dulces industriales importados y transeúntes que no se detienen a ver lo que hay tras el cristal.

 
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