Semanario de Prensa Libre • No. 81 • 22 de Enero de 2006    


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Punto final

Los pinceles del inicio
Fuerza en el trazo... Excentricidad vital... Visión... De lo plano a la veladura, del espeso subjetivismo a la transparencia abstracta... La pintura de Marlov Barrios irradia alma sobre la materia.

Por Alexánder Sequén-Mónchez

¿La pintura contemporánea? Un coro de voces horrendas. Grita satisfecha y bien pagada por la publicidad. Con semejante ruido no diferenciamos la televisión de esas falsificaciones telares que pasan por arte. Aunque parezca la gran hora de la galería, lo es contrariamente del museo. Sólo allí tiene sentido pararse frente a una pared.
Hasta en eso Guatemala está a la moda. El que ambiciona “pintar” se vale del calco fotográfico y del alucinamiento plagiario. Basta y sobra redundar en torno a la fórmula mediática. Actuar la desfachatez del “genio”. Complacientes obtienen padrinazgos y, mejor aún: ofertas (a la larga atroces para su talento). Metidos en los vaivenes del comercio, muy pocos respetan el oficio. Y dorándose ellos mismos la píldora, montan sus muestras acá o en Japón. No es la mayoría: pestañean excepciones, sea en la quietud de la madurez o en el versátil fogonazo de los principiantes.

Existe un grupo que ha conseguido espacios notables. De la beca al premio, del catálogo a la concesión estatal de un taller. Luz pública y seguimiento por parte de coleccionistas y curadores. Se llaman La Torana y ninguno de sus integrantes cumplió los treinta. Engañosamente distintos, guardan matices radicales que habrán de mostrarse cuadro a cuadro. De ellos, el más joven, acaso el más cromático, ha ido sugiriendo una sensibilidad irregular y borrascosa. Su trabajo crispa las relaciones —entre visuales y anímicas— del lápiz con el color, practicando una serie de contrastes muchas veces inconsecuentes por convencionales. Cuando Marlov Barrios deja de lado la crayonada, el territorio se vuelve enigmático. Cotejando su transcurrir, hallamos una creciente responsabilidad en el aprendizaje. Mérito y alivio: un artista, sea cual fuere el ámbito en que oscile o se apuntale, está obligado a batallar, arrebatando sus oídos a los cantos de sirena.

Pienso que la preocupación por el color, propiciará en Marlov ritmos cristalizados. Ahora saca de sí una memoria tan imberbe como precoz, algo abultada con la tradición que ha de romper en la medida que afiance voz y manejo, también discurso. Los motivos pictóricos son, en general, un desliz que comparte La Torana. Y digo desliz porque echar mano de una imaginaria frescamente trillada, no constituye una reinvención ni de los objetos ni de los avatares cotidianos. La recurrencia —como si asistiéramos a una escena teatral en que manda la utilería— de muebles y otras maderas, bicicletas y demás fetiches que la banalidad urbana se apropia, con afán naif, de tal o cual pintura falsa. Claro: gringos y europeos vienen a comprar lo exótico; buscan souvenirs. En el momento que anhelen el arte-Arte, tendrán con ser la muchedumbre que recorra el Louvre o la Tate Gallery.

En Marlov aflora el peligro de los símbolos trucados. Tatuar una creación con trivialidades es regodearse en la debilidad. Renegar del recurso técnico y de la nitidez imaginativa. Cuando pinta corazones escolares sobre o debajo de la impresión que pretende trasladar, deja que un gesto —jactancioso e indisciplinado— atraiga una atención que desmerece todo propósito. En lugar de acabar el dibujo con rigor, prefiere apartarse, abandonándonos al esqueleto, al boceto, que nada le favorece. Su gusto por la cuadrícula es base temática, sólida y magnética, aunque minimizar esos grafismos que en conjunto rayan y empalabran estorbosamente, aportaría significación.

Está dicho que admira el rasgo de Ramírez Amaya para delinear manos o zapatillas grotescas. Tampoco escapa al simplismo caricaturesco de José Luis Cuevas: sombras, engendros, caprichos. Late, además, el tributo a un Basquiat común y corriente, devorado por el copyright y la infantil gana de repetirse. A un pintor cuya influencia se reduce a este triple modelo, disparejo en su esencia, pero extrañamente equivalente en su “facilismo”, sólo debe empujársele a la puerta de salida, porque sus ojos necesitan respirar otros aires. Y la experiencia del pintor no va y viene de la mano, que es arresto y ejercicio, sino de la vista: el cara a cara con los cuadros determinantes, asidua contemplación benigna. Marlov tendría que poner un pie lo más lejos que pueda de este país. La despavorida conciencia de ser guatemalteco es congénita. Requiere, sin embargo, la aventura universal para extenderse estéticamente. Lo opuesto representaría pintar como si los pinceles debutaran a cada rato.

Fuerza en el trazo. Excentricidad vital. Visión. De lo plano a la veladura, del espeso subjetivismo a la transparencia abstracta. Pintar grande no es pintar en grande. Todavía. Porque si me preguntan qué intuyo en nuestro futuro plástico, tendría que dar el nombre de Marlov Barrios. Y con él, la sincera impresión de estar al inicio de un periplo descollante. Desprovista de frivolidades, su pintura irradia alma sobre la materia. Que el lienzo roto pese en la balanza y que sus encarnaciones merezcan un muro.

 
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