Los pinceles del inicio
Fuerza en el trazo... Excentricidad
vital... Visión... De lo plano a la veladura, del espeso subjetivismo
a la transparencia abstracta... La pintura de Marlov Barrios irradia
alma sobre la materia.
Por Alexánder Sequén-Mónchez
¿La pintura contemporánea? Un coro de voces horrendas.
Grita satisfecha y bien pagada por la publicidad. Con semejante
ruido no diferenciamos la televisión de esas falsificaciones
telares que pasan por arte. Aunque parezca la gran hora de la galería,
lo es contrariamente del museo. Sólo allí tiene sentido
pararse frente a una pared.
Hasta en eso Guatemala está a la moda. El que ambiciona “pintar” se
vale del calco fotográfico y del alucinamiento plagiario.
Basta y sobra redundar en torno a la fórmula mediática.
Actuar la desfachatez del “genio”. Complacientes obtienen
padrinazgos y, mejor aún: ofertas (a la larga atroces para
su talento). Metidos en los vaivenes del comercio, muy pocos respetan
el oficio. Y dorándose ellos mismos la píldora, montan
sus muestras acá o en Japón. No es la mayoría:
pestañean excepciones, sea en la quietud de la madurez o
en el versátil fogonazo de los principiantes.
Existe un grupo que ha conseguido espacios notables. De la beca
al premio, del catálogo a la concesión estatal de
un taller. Luz pública y seguimiento por parte de coleccionistas
y curadores. Se llaman La Torana y ninguno de sus integrantes cumplió los
treinta. Engañosamente distintos, guardan matices radicales
que habrán de mostrarse cuadro a cuadro. De ellos, el más
joven, acaso el más cromático, ha ido sugiriendo
una sensibilidad irregular y borrascosa. Su trabajo crispa las
relaciones —entre visuales y anímicas— del lápiz
con el color, practicando una serie de contrastes muchas veces
inconsecuentes por convencionales. Cuando Marlov Barrios deja de
lado la crayonada, el territorio se vuelve enigmático. Cotejando
su transcurrir, hallamos una creciente responsabilidad en el aprendizaje.
Mérito y alivio: un artista, sea cual fuere el ámbito
en que oscile o se apuntale, está obligado a batallar, arrebatando
sus oídos a los cantos de sirena.
Pienso que la preocupación por el color, propiciará en
Marlov ritmos cristalizados. Ahora saca de sí una memoria
tan imberbe como precoz, algo abultada con la tradición
que ha de romper en la medida que afiance voz y manejo, también
discurso. Los motivos pictóricos son, en general, un desliz
que comparte La Torana. Y digo desliz porque echar mano de una
imaginaria frescamente trillada, no constituye una reinvención
ni de los objetos ni de los avatares cotidianos. La recurrencia —como
si asistiéramos a una escena teatral en que manda la utilería— de
muebles y otras maderas, bicicletas y demás fetiches que
la banalidad urbana se apropia, con afán naif, de tal o
cual pintura falsa. Claro: gringos y europeos vienen a comprar
lo exótico; buscan souvenirs. En el momento que anhelen
el arte-Arte, tendrán con ser la muchedumbre que recorra
el Louvre o la Tate Gallery.
En Marlov aflora el peligro de los símbolos trucados. Tatuar
una creación con trivialidades es regodearse en la debilidad.
Renegar del recurso técnico y de la nitidez imaginativa.
Cuando pinta corazones escolares sobre o debajo de la impresión
que pretende trasladar, deja que un gesto —jactancioso e
indisciplinado— atraiga una atención que desmerece
todo propósito. En lugar de acabar el dibujo con rigor,
prefiere apartarse, abandonándonos al esqueleto, al boceto,
que nada le favorece. Su gusto por la cuadrícula es base
temática, sólida y magnética, aunque minimizar
esos grafismos que en conjunto rayan y empalabran estorbosamente,
aportaría significación.
Está dicho que admira el rasgo de Ramírez Amaya para
delinear manos o zapatillas grotescas. Tampoco escapa al simplismo
caricaturesco de José Luis Cuevas: sombras, engendros, caprichos.
Late, además, el tributo a un Basquiat común y corriente,
devorado por el copyright y la infantil gana de repetirse. A un
pintor cuya influencia se reduce a este triple modelo, disparejo
en su esencia, pero extrañamente equivalente en su “facilismo”,
sólo debe empujársele a la puerta de salida, porque
sus ojos necesitan respirar otros aires. Y la experiencia del pintor
no va y viene de la mano, que es arresto y ejercicio, sino de la
vista: el cara a cara con los cuadros determinantes, asidua contemplación
benigna. Marlov tendría que poner un pie lo más lejos
que pueda de este país. La despavorida conciencia de ser
guatemalteco es congénita. Requiere, sin embargo, la aventura
universal para extenderse estéticamente. Lo opuesto representaría
pintar como si los pinceles debutaran a cada rato.
Fuerza en el trazo. Excentricidad vital. Visión. De lo plano
a la veladura, del espeso subjetivismo a la transparencia abstracta.
Pintar grande no es pintar en grande. Todavía. Porque si
me preguntan qué intuyo en nuestro futuro plástico,
tendría que dar el nombre de Marlov Barrios. Y con él,
la sincera impresión de estar al inicio de un periplo descollante.
Desprovista de frivolidades, su pintura irradia alma sobre la materia.
Que el lienzo roto pese en la balanza y que sus encarnaciones merezcan
un muro. |