Transparencia en el cabildeo
En América Latina el cabildeo profesional funciona en pocos países, pero la tendencia va en esa dirección.
Por Sergio Muñoz Bata
Ilustración Juan Fernando Rodríguez
La confesión del super cabildero estadounidense
Jack Abramoff de haber sobornado a un congresista estadounidense
y defraudado a sus clientes y a su propia firma, marca apenas el
inicio de un escándalo de corrupción que podría
tener consecuencias graves para el partido republicano aunque positivas
para el Congreso.
El apresuramiento con el que unos doscientos congresistas estadounidenses,
en su mayoría republicanos, y el presidente George W. Bush han devuelto las
contribuciones de Abramoff o de sus clientes a sus campañas políticas
delata la profundidad del problema.
Aunque todavía es demasiado temprano para predecir las consecuencias
que el escándalo Abramoff podría tener en las elecciones
de noviembre algunas encuestas muestran que los demócratas
podrían recuperar la Cámara Baja.
Lo positivo sería que la investigación del Congreso
obligara a una reforma profunda a las leyes que regulan el cabildeo
para evitar casos egregios de corrupción como el actual.
La tarea del cabildero es intentar persuadir a las autoridades
a que hagan lo que un individuo o una organización quiere que hagan, de preferencia,
ofreciéndoles la información necesaria para normar su criterio.
Su propósito no es diferente al de un editorial en un periódico,
una defensa de los derechos de la mujer o una marcha de campesinos para dramatizar
su causa. Son actividades legítimas que se fundan en el derecho a
la libertad de expresión y consolidan la democracia contribuyendo
al debate público. En Estados Unidos, que el cabildeo casi siempre vaya ligado a contribuciones
para campañas políticas de los legisladores, a invitaciones
al teatro, a eventos deportivos, a comidas en restaurantes de lujo, a viajes
gratis ha suscitado fundadas sospechas de posible corrupción.
La práctica de la gestoría como acto de corrupción ni
es nueva ni es solo estadounidense. En la Corte Española al soborno
se le conocía como “el unto mejicano”. Siglos después,
al sugerir que no había quien resistiera un cañonazo de $50,000
pesos, el general mexicano Álvaro Obregón asumía que
la corrupción era condición irremediable de quienes carecían
del “derecho de picaporte” que abría las puertas de los
despachos de los poderosos.
Combatir los casos de corrupción derivados del cabildeo en Estados
Unidos es difícil a pesar del conjunto de normas jurídicas
que regulan sus actividades porque exige prueba de un “quid pro quo” en
el intercambio entre cabildero y autoridad.
En el caso de Abramoff la prueba podría ser más fácil
porque es él mismo quien confiesa sus crímenes y las autoridades
cuentan con documentos que muestran las pretensiones de Abramoff detrás
de cada donación. En América Latina el cabildeo profesional funciona en pocos países
pero la tendencia va en esa dirección. Para ese fin, sería
indispensable establecer un registro de cabilderos, de sus clientes, de la
duración
del proyecto, del pago al cabildero, de los legisladores involucrados y la
legislación en cuestión; trimestralmente debería publicarse
un reporte público detallando cuánto dinero se gastó,
en quién y cómo.
Una resolución satisfactoria del Affaire Abramoff podría servir
de guía a los países latinoamericanos para establecer un sistema
de cabildeo cuyo principio rector fuera la transparencia de la información.
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