Viajando con el enemigo
Más que como clientes, los
pasajeros son
tratados como reos camino al paredón.
Por: Gemma Gil Flores
Uno asume con templanza que una vez que pisa Estados
Unidos será tratado como un criminal potencial. Son las
normas de la casa. Así que tampoco te sorprendes cuando —violando
todas las leyes de la probabilidad — eres seleccionada al
azar, una vez más, para ser sometida a una inspección
minuciosa. “¡Caramba!”, piensas “con lo
que me sonríen los hados ya podía tocarme alguna
vez la lotería”.
A partir de ahí, ya se sabe: detector de metales, manoseo,
equipajes destripados, regalos abiertos, ropa interior expuesta
en público, algodones que se deslizan por tus objetos personales
y que luego son introducidos en una máquina para ser analizados
(“¿en busca de qué?”, te preguntas, “¿restos
de estupefacientes?, ¿explosivos”).
Pura rutina. Lo que te ocasiona más ardor de estómago son las aeromozas,
esas muchachas que aparecen en todos los manuales de idiomas del mundo siempre
con una simpática gorrita cruzada sobre la frente y una sonrisa pintada
con crayón.
Despegamos desde Miami rumbo a Guatemala. Hay turbulencias. La
señal de
mantener abrochado el cinturón de seguridad se mantiene encendida, pero
una señora se dirige hacia el baño. La aeromoza le grita, sin rabia
contenida, que se siente. Inmediately. Me inclino a pensar que la pasajera no
está incurriendo en una manifestación anarquista, sino que no entiende
inglés, por eso no se sienta. La camarera del avión lo interpreta
de otra manera porque sigue escupiendo improperios con la carótida hinchada
por la indignación. La señora, en plan rebelde, no se sienta. Por
fin, un rayo de luz cruza la niebla de la cólera y la azafata opta por
cruzar la nave a grandes zancadas y contárselo al capitán, quien
con acento cubano soluciona la situación solicitando a la insurrecta,
en español, que se siente.
El resto del vuelo transcurre sin incidentes… Al menos hasta el momento
del aterrizaje. Un hombre comete la atrocidad de levantarse antes de que hayamos
llegado a la puerta de desembarque. No debe hacerlo por su propia seguridad,
pero antes de que nadie se lo pueda advertir, una de ellas se ha lanzado a su
cuello gritando como un mono aullador. Literalmente, espeluznante. La aeromoza
aparece brincando por el pasillo, moviendo sus brazos en airados movimientos
preneardenthales y tumba al pasajero con un limpio movimiento de rubgy.
Cuando definitivamente paramos, la señora sentada junto a mí, una
anciana de Escuintla que ha viajado a Miami para visitar a su hijo inmigrante,
me pide temerosa que, por favor, le haga de traductora para solicitar una silla
de ruedas con la cual abandonar al aeropuerto. Cumplida mi buena acción
del día, recojo mi equipaje de mano y salgo por el pasillo. En el último
momento, me giro hacia ella. No ha apartado su mirada de mí. Lo leo en
sus ojos: nunca me perdonará que la esté abandonando a manos de
esos dos bulldogs con cuerpo de mujer. |