Semanario de Prensa Libre • No. 82 • 29 de Enero de 2006    


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Claroscuro

Viajando con el enemigo
Más que como clientes, los pasajeros son tratados como reos camino al paredón.

Por: Gemma Gil Flores

Uno asume con templanza que una vez que pisa Estados Unidos será tratado como un criminal potencial. Son las normas de la casa. Así que tampoco te sorprendes cuando —violando todas las leyes de la probabilidad — eres seleccionada al azar, una vez más, para ser sometida a una inspección minuciosa. “¡Caramba!”, piensas “con lo que me sonríen los hados ya podía tocarme alguna vez la lotería”.

A partir de ahí, ya se sabe: detector de metales, manoseo, equipajes destripados, regalos abiertos, ropa interior expuesta en público, algodones que se deslizan por tus objetos personales y que luego son introducidos en una máquina para ser analizados (“¿en busca de qué?”, te preguntas, “¿restos de estupefacientes?, ¿explosivos”).

Pura rutina. Lo que te ocasiona más ardor de estómago son las aeromozas, esas muchachas que aparecen en todos los manuales de idiomas del mundo siempre con una simpática gorrita cruzada sobre la frente y una sonrisa pintada con crayón.

Despegamos desde Miami rumbo a Guatemala. Hay turbulencias. La señal de mantener abrochado el cinturón de seguridad se mantiene encendida, pero una señora se dirige hacia el baño. La aeromoza le grita, sin rabia contenida, que se siente. Inmediately. Me inclino a pensar que la pasajera no está incurriendo en una manifestación anarquista, sino que no entiende inglés, por eso no se sienta. La camarera del avión lo interpreta de otra manera porque sigue escupiendo improperios con la carótida hinchada por la indignación. La señora, en plan rebelde, no se sienta. Por fin, un rayo de luz cruza la niebla de la cólera y la azafata opta por cruzar la nave a grandes zancadas y contárselo al capitán, quien con acento cubano soluciona la situación solicitando a la insurrecta, en español, que se siente.

El resto del vuelo transcurre sin incidentes… Al menos hasta el momento del aterrizaje. Un hombre comete la atrocidad de levantarse antes de que hayamos llegado a la puerta de desembarque. No debe hacerlo por su propia seguridad, pero antes de que nadie se lo pueda advertir, una de ellas se ha lanzado a su cuello gritando como un mono aullador. Literalmente, espeluznante. La aeromoza aparece brincando por el pasillo, moviendo sus brazos en airados movimientos preneardenthales y tumba al pasajero con un limpio movimiento de rubgy.

Cuando definitivamente paramos, la señora sentada junto a mí, una anciana de Escuintla que ha viajado a Miami para visitar a su hijo inmigrante, me pide temerosa que, por favor, le haga de traductora para solicitar una silla de ruedas con la cual abandonar al aeropuerto. Cumplida mi buena acción del día, recojo mi equipaje de mano y salgo por el pasillo. En el último momento, me giro hacia ella. No ha apartado su mirada de mí. Lo leo en sus ojos: nunca me perdonará que la esté abandonando a manos de esos dos bulldogs con cuerpo de mujer.

 
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