Semanario de Prensa Libre • No. 82 • 29 de Enero de 2006    


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El enigma del Sub
Llegó, cantó dos himnos, se sentó, escuchó quejas de la población chiapaneca y dio su discurso.

Por Claudia Munaiz
Foto Emerson Díaz

No vayan a creer que le vimos el rostro. ¿Dónde estaría la emoción del evento si no fuera por el halo de misterio que rodea al sub comandante Marcos, ahora auto denominado Delegado Zero, en honor al militante nicaragüense de izquierda de finales de los 70? No se han detenido a pensar ¿qué bomba mediática significaría que los mexicanos tuvieran ante sí a un candidato presidencial encapuchado, sin rostro, sin confirmada identidad, camuflado tras un pasamontañas, su inconfundible vestuario durante más de diez años? “Yo le voy al tapado”, dirían algunos.

Sub comandante Marcos

Pero en política, todo o casi todo es cuestión de imagen, estilo y carisma. Sea quien sea, no hay duda de que Marcos es un excelente orador, lo cual le daría puntos en el debate pre electoral, en el de campaña y en el de ejercicio del poder. Lo de la dialéctica y la retórica le otorga ventaja. No así en el plano semiológico. El revolucionario, en Huixtla, Chiapas, escuchó el descontento de la población. Después, habló. Imposible saber si estaba preocupado, si sonreía o si se aburría después de tres horas de quejas ininterrumpidas. Difícil resultó notar sonrojo en sus mejillas o ironía en las comisuras de sus labios. Saber si tiene un lunar que imprime carácter o que le resta elegancia, si usa barba marxista, o patillas sesenteras...

El zero a la izquierda

El sub no vive en la clandestinidad, no. No lo hace porque no se esconde, lo único que esconde es su rostro... Sólo se le ven los ojos color miel, muy penetrantes, los cuales, como periodistas de Prensa Libre, tuvimos la oportunidad de observar de cerca durante el recorrido de Marcos por la sierra y costa chiapanecas. Por eso, ante las preguntas de muchos compañeros: “¿Y cómo es él, le vieron la cara?”, contestamos que no, que “el portavoz de los zapatistas nunca se quita la máscara, pero sí habla, con seguridad, con esa agradable tonalidad de profesor de escuela”.

Su presencia se impone al lado de la de sus compañeros, de cuerpos menudos. Luce buen aspecto y se intuye que es de buen comer. Sus manos son hermosas y toma con delicadeza la pipa, la cual confiere el toque clandestino a una reunión que se sabía pública. Algunas jovencitas retrataban al hombre sin rostro, embriagadas con el humo del tabaco.

Así se creó el ambiente y la atmósfera perfecta. La comitiva zapatista de la “Otra campaña”, encabezada por él, llegó, cantó el himno del movimiento, primero, el de su patria, después. ¡Viva Zapata y Viva México! A menos de un metro de distancia, el pueblo vitoreaba a la leyenda. Las bases de apoyo de la costa azteca, formaron una hilera de manos unidas para protegerle. A algunos les convenció; a otros no tanto. Los titulares de algún diario local fueron: “Marcos: un farsante”, otros afirmaron “Marcos escucha al pueblo”, o “Las autoridades se robaron la ayuda, dice Marcos”.

Lo que sí está claro es que el portavoz del movimiento no mintió nunca a quienes veían a un líder, a un posible candidato o a un farsante. No. “No les puedo ofrecer la ayuda que las autoridades no les da; lo que queremos es que se unan a la lucha contra el capitalismo, los gobiernos opresores y los ricos, que son nuestros enemigos”, pidió el sub. Claro, ahí no había ni ricos ni Gobierno, sino gente del pueblo que se dirigía al zapatista clamando por la ayuda que aún no ha llegado después del huracán Stan.

Para unos, Marcos es su “Zero a la izquierda”. Para otros; un “cero a la izquierda”. Leyenda o farsante, lo cierto es que el sub comandante mexicano aseguró que no aspira a ser presidente. Por lo menos, no hasta que se desvele el enigma de su identidad y cuando, además de su discurso, el pueblo se pueda enamorar de un ser tangible por quien poder votar.

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