El enigma del Sub
Llegó, cantó dos himnos,
se sentó, escuchó quejas de la población chiapaneca
y dio su discurso.
Por Claudia Munaiz
Foto Emerson Díaz
No vayan a creer que le vimos el rostro. ¿Dónde
estaría la emoción del evento si no fuera por el
halo de misterio que rodea al sub comandante Marcos, ahora auto
denominado Delegado Zero, en honor al militante nicaragüense
de izquierda de finales de los 70? No se han detenido a pensar ¿qué bomba
mediática significaría que los mexicanos tuvieran
ante sí a un candidato presidencial encapuchado, sin rostro,
sin confirmada identidad, camuflado tras un pasamontañas,
su inconfundible vestuario durante más de diez años? “Yo
le voy al tapado”, dirían algunos.

Sub comandante Marcos |
Pero en política,
todo o casi todo es cuestión de imagen, estilo y carisma.
Sea quien sea, no hay duda de que Marcos es un excelente orador,
lo cual le daría puntos en el debate pre electoral, en el
de campaña y en el de ejercicio del poder. Lo de la dialéctica
y la retórica le otorga ventaja. No así en el plano
semiológico. El revolucionario, en Huixtla, Chiapas, escuchó el
descontento de la población. Después, habló.
Imposible saber si estaba preocupado, si sonreía o si se
aburría después de tres horas de quejas ininterrumpidas.
Difícil resultó notar sonrojo en sus mejillas o ironía
en las comisuras de sus labios. Saber si tiene un lunar que imprime
carácter o que le resta elegancia, si usa barba marxista,
o patillas sesenteras...
El zero a la izquierda
El sub no vive en la clandestinidad,
no. No lo hace porque no se esconde, lo único que esconde
es su rostro... Sólo
se le ven los ojos color miel, muy penetrantes, los cuales, como
periodistas de Prensa Libre, tuvimos la oportunidad de observar
de cerca durante el recorrido de Marcos por la sierra y costa
chiapanecas. Por eso, ante las preguntas de muchos compañeros: “¿Y
cómo es él, le vieron la cara?”, contestamos
que no, que “el portavoz de los zapatistas nunca se quita
la máscara, pero sí habla, con seguridad, con esa
agradable tonalidad de profesor de escuela”.
Su presencia
se impone al lado de la de sus compañeros, de cuerpos
menudos. Luce buen aspecto y se intuye que es de buen comer.
Sus manos son hermosas y toma con delicadeza la pipa, la cual
confiere el toque clandestino a una reunión que se sabía
pública. Algunas jovencitas retrataban al hombre sin rostro,
embriagadas con el humo del tabaco. Así se creó el
ambiente y la atmósfera perfecta. La comitiva zapatista
de la “Otra campaña”, encabezada por él,
llegó, cantó el himno del movimiento, primero,
el de su patria, después. ¡Viva Zapata y Viva México!
A menos de un metro de distancia, el pueblo vitoreaba a la leyenda.
Las bases de apoyo de la costa azteca, formaron una hilera de
manos unidas para protegerle. A algunos les convenció;
a otros no tanto. Los titulares de algún diario local
fueron: “Marcos: un farsante”, otros afirmaron “Marcos
escucha al pueblo”, o “Las autoridades se robaron
la ayuda, dice Marcos”.
Lo que sí está claro
es que el portavoz del movimiento no mintió nunca a quienes
veían a un líder, a un posible candidato o a un
farsante. No. “No les puedo ofrecer la ayuda que las autoridades
no les da; lo que queremos es que se unan a la lucha contra el
capitalismo, los gobiernos opresores y los ricos, que son nuestros
enemigos”, pidió el sub. Claro, ahí no había
ni ricos ni Gobierno, sino gente del pueblo que se dirigía
al zapatista clamando por la ayuda que aún no ha llegado
después del huracán Stan. Para unos, Marcos es su “Zero a la izquierda”. Para
otros; un “cero a la izquierda”. Leyenda o farsante,
lo cierto es que el sub comandante mexicano aseguró que
no aspira a ser presidente. Por lo menos, no hasta que se desvele
el enigma de su identidad y cuando, además de su discurso,
el pueblo se pueda enamorar de un ser tangible por quien poder
votar.
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