La aptitud de tener actitud
Lo que nos falta como nación no es identidad sino comunidad.
Por Carlos Seijas
Ilustración Juan Fernando Rodríguez
¿Qué es la actitud? Primero, el diccionario
de la RAE: “Actitud: Postura del cuerpo humano, especialmente
cuando es determinada por los movimientos del ánimo o expresa
algo con eficacia; postura de un animal cuando por algún
motivo llama la atención; disposición de ánimo
manifestada de algún modo”.
Veamos ahora su etimología, el término castellano “actitud” proviene
del latín vulgar actitudo. El afijo itud designa el “hacer-hacer”,
que es propio de la actitud: lo que hace hacer. Ya que sería una historia
muy larga y poco interesante, no entraré a contar cómo dicho término
cayó en las manos de los psicólogos, quienes definen la actitud
como “la predisposición hacia los fenómenos reales o imaginarios
y que representa tanto una orientación hacia, o de alejamiento de, un
objeto, concepto o situación, como la presteza para reaccionar de una
manera determinada ante aquellos objetos, conceptos o situaciones relacionados
entre sí”.
Lo peculiar de tomarlo de la psicología
es que quienes más
lo han trabajado son los psicólogos norteamericanos, por
lo que se hace necesario acudir a la lengua de Shakespeare para
comprender qué es para los anglosajones: Attitude viene
del latín aptitudin, que lo hace sinónimo de aptitud,
que para nosotros en más bien una habilidad.
Luego de esta larga vuelta lingüística, ¿qué es
al fin de cuentas actitud? Una actitud es una actitud y punto,
que sea buena o mala será una interpretación de quien
quiera juzgarla. La actitud conlleva a una predisposición.
He de ahí que suele decirse que el problema de Guatemala
es la actitud del guatemalteco.
¿Qué actitud? Me
imagino, como suele decirse, mala y negativa ante todo lo que ocurre,
resumido en que la hierba siempre es mejor en el jardín
del vecino. De ahí que se dilapiden millones de dineros
en contratar motivadores para cambiar la actitud de los trabajadores.
Sucede que estos motivadores, cual bicarbonato sódico, hacen
que su público suba cual espuma efervescente y termine convertido
en polvo. Además hay que agregar que en nuestra desmemoriada
patria, presidente tras presidente, burócrata tras burócrata,
directivo tras directivo, se dicen los mismos chistes, se repiten
las mismas historias, se cumple el eterno retorno. Guatemala es
una nación que ni siquiera es nuestra. Me gusta decir que
una de las ventajas de Guatemala es que no hay Guatemala; léase
no hay una Guatemala: hay muchas, y eso es algo que no valoramos,
siempre queremos ver en la diversidad un defecto más que
una virtud.
Lo que nos falta como nación no es identidad, sino comunidad. Ese mentado
cambio de actitud reside en un no-cambio de actitud y la asunción de la
responsabilidad de construir una Tierra del Maíz nuestra, propia y no
ajena, no vendida ni explotada, labrada con nuestro trabajo, construida desde
el apostar por los otros que al fin de cuentas somos nosotros mismos.
Esto me evoca una cita de la monumental Antígona que reza: “¿Cuándo
vamos a dejar esta actitud de sumisión y vamos a empezar a actuar como
lo que somos, miembros y parte integrante de esta sociedad que no nos gusta y
que sólo nosotros podemos cambiar? Espero que sea pronto, o al menos lo
suficiente para que quede algo que valga la pena salvar”.
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