Semanario de Prensa Libre • No. 83 • 5 de Febrero de 2006    


   Portada
   Editorial
   Opinión
   Cartas
   D todo un poco
   Claroscuro
   D frente
   D mascota
   D portafolio
   D ecología
   D fondo
   D historia
   D mundo
   D cultura
   D farándula
   D viaje
   Punto final
   D archivo
   Directorio


Claroscuro

Latinoamericano
Medio día de Álvaro Uribe detrás de los ojos de un guatemalteco con bolígrafo y libreta.

Por: Martín Rodríguez Pellecer

Cuando entró en el Patio de la Paz tenía un aspecto más bien de caricatura, como de niño malcriado a quien su mamá le puso el saco y que quería terminar el acto cuanto antes para quitarse la corbata e ir a jugar. Si yo hubiera tenido que adivinar entre todos los presentes sobre un tablero, no lo hubiera señalado a él como presidente de Colombia, menos como un presidente que ha hecho recuperar la autoridad del Estado en muchos rincones de un país con la guerra más larga del continente y en donde se produce y trafica más cocaína en el mundo; y que además ganaría hoy la reelección con 65 por ciento de los votos, 40 puntos delante del siguiente aspirante.

“Niños, sean juiciosos y sueñen con Guatemala y nuestra América”, “compatriotas guatemaltecos”, “vamos a construir un gasoducto”, “Colombia apoya la entrada de Guatemala al Consejo de Seguridad”, “Cada vez que vea esta Orden del Quetzal, miraré al cielo y dirigiré una humilde oración para que haya felicidad en esta tierra de Guatemala”. Se fue con un acuerdo para un TLC más social, un gasoducto para surtir a Guatemala de petróleo venezolano, una comisión para cooperación antinarcótica.

Uribe dijo todas las frases que yo quería escuchar y firmó los acuerdos que esperaba de un presidente colombiano en mi Palacio Nacional de la Cultura.

No puedo juzgar si es buen o mal presidente, es tarea de los colombianos; pero Uribe —con su porte de droopi y su corazón de derecha aunque diga que él no lo es— es un retrato de un líder que hace confiar a pueblos.

Con presidentes que sueñan, prometen y cumplen, que hablan con confianza en sí mismos y la contagian, con compatriotas colombianos que quieren tanto a su país como quieren a sus madres y con alumnas de la escuela República de Colombia que después de escuchar a Uribito recordaron que tienen que cambiar Guatemala, uno se siente más latinoamericano.

Uribe tiene algo, el amor por su país, la firmeza, el acento paisa... Uribe tiene algo en lo que dice que dan ganas de levantarse de la silla, dejar la libreta y el bolígrafo y seguirlo y abandonar el conformismo y las tibiezas para cambiar un país.

Quizás si cierro los ojos fuerte, me concentro y lo repito cien veces, los Uribes, las Bachelets o los Zapateros que tienen 15 años hoy y son guatemaltecos no se dejan machucar los sueños y en el 2025, llegarán a Colombia y un joven bogotano con bolígrafo y libreta escriba un claroscuro porque un guatemalteco lo hizo sentir latinoamericano.

 
© Copyright 2004 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.
revistad@prensalibre.com.gt
www.prensalibre.com