Semanario de Prensa Libre • No. 83 • 5 de Febrero de 2006    


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D viaje

El camino del Inca
Cuatro días de recorrido por el corazón de los Andes peruanos para descubrir Machu Picchu, la última ciudad perdida del imperio.

Texto y foto Gemma Gil Flores

Es como seguir un sendero abierto a través de las nubes, por eso aunque hay muchas formas de llegar hasta Machu Picchu (Perú), ninguna se puede comparar con recorrer a pie los 39 kilómetros que separan esta ciudad de Cuzco, la capital donde el Hijo del Sol gobernaba el vasto imperio inca.

El recorrido requiere de cuatro días y tres noches —sólo de ida, el regreso se realiza en tren — , en los que se transita por los pronunciados desniveles de la antigua calzada prehispánica. Unas jornadas en que la energía de Machu Picchu irá calando en el espíritu del viajero.

La magia emana de las imponentes montañas nevadas, de las delicadas orquídeas salvajes, de los observatorios astronómicos, de las terrazas agrícolas robadas a la montaña y de las piedras milenarias que conforman el camino, las mismas por las que corrían los chasquis, aquellos raudos mensajeros capaces de conseguir que un mensaje viajara 200 kilómetros en un día.

El camino parte del kilómetro 88 del ferrocarril, ubicado a 2 mil metros sobre el nivel del mar y el primer día de ruta transcurre por un suave sendero por el Valle Sagrado.

La segunda jornada es la más dura, ya que se ha de ascender hasta 4 mil dos cientos metros para salvar el Paso de la Mujer Muerta. El esfuerzo físico merece la pena y hasta parece poco ante la sensación de caminar sobre la cima del mundo. La disminución de oxígeno probablemente se deje sentir en forma de pesadez en las piernas y la cabeza. Es el soroche, o mal de altura, que los campesinos locales combaten a base de mate y hoja de coca.

Las escalinatas empedradas y los sitios arqueológicos como el de Runkuracay, un tambo o posada para que descansaran los chasquis, constituyen algunos de los principales atractivos del tercer día. Al final de esta etapa, el viajero puede disfrutar de la única zona de acampada equipada con duchas y sanitarios. Todo un lujo en la austeridad de un recorrido que es casi como un viaje en el tiempo. La ocasión no es para menos. A la mañana siguiente, llega el anhelado momento de contemplar Machu Picchu.

En la mochila
En Cuzco hay numerosas agencias donde contratar los servicios de un guía.

- Los paquetes turísticos incluyen el alquiler de carpas, sacos de dormir y equipo de acampada, que son transportados por un grupo de porteadores. Los objetos personales corren a cargo del viajero, por lo que conviene llevar un equipaje ligero.

- La estación seca transcurre de abril a octubre, pero incluso en esas fechas es difícil evadir la lluvia, por lo que una capa de agua es imprescindible. Las temperaturas oscilan notablemente. El sol del mediodía puede ser implacable, pero en las noches el mercurio puede marcar varios grados bajo cero, por lo que es fundamental llevar tanto protector solar como una prenda de abrigo.

- Algunos tramos rebasan los 4 mil metros de altitud. Ante el mal de altura lo mejor es no forzar el ritmo y beber mucha agua.

La ciudad sagrada

El día comienza temprano. A las cuatro de la mañana es necesario reemprender la marcha hasta La Puerta del Sol y esperar allí a que el amanecer alumbre a nuestros pies, irreal, como una maqueta, el último reducto perdido de los Incas; una ciudadela que, tras la conquista española, permaneció cuatro siglos oculta entre precipicios.

Desdeñoso al abismo que lo rodea,el conjunto se yergue en la cresta de los Andes, al abrigo de Machu Picchu (la montaña vieja), con sus muros de piedra como prendidos del cielo.

Ignorando todo tipo de verosimilitud histórica, es inevitable imaginar cómo debió ser la fascinación que sintió Hiram Bingham en 1911, cuando encontró las soberbias ruinas con la ayuda de unos campesinos locales.

Una vez en las ruinas, el viajero descubrirá que la ciudad se divide en tres sectores: el barrio sagrado, el barrio popular y el de los sacerdotes y la nobleza, que sorprenden tanto por la pulcritud de sus paredes, edificadas sin necesidad de argamasa, como por su mera existencia a dos mil 400 metros de altitud.

El pueblo inca no conocía la rueda, razón de más para admirar su pericia, pero ¿cuál era el propósito que les condujo a edificar la ciudadela sobre aquellas pendientes casi imposibles?

Se carece de evidencias definitivas, aunque las hipótesis indican que Machu Picchu pudo ser una llacta, es decir un asentamiento ubicado en una ruta imperial para controlar y administrar las regiones conquistadas. Pero Machu Picchu no pudo ser una llacta más. Algunos estudiosos apuntan a que debió ser el más hermoso de los refugios para los nobles en caso de ataque.

Quizás así, fue o quizá la verdad no se sabrá nunca, en todo caso, no importa, porque hay lugares donde nos basta con el poder hipnótico de su misterio.

 
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