Los adanes de Evo
Un error de cálculo o un exceso de confianza harían de Bolivia un calco de los Balcanes.
Por Alexander Sequén-Mónchez
Evo Morales, presidente de Bolivia. Al racista
no le ajusta el disfraz de demócrata. De cerca o de lejos (siempre desde
la derecha) no faltan los que murmuran cómo habrá hecho
un indio para tomar el poder. Que si su español, que si
sus suéteres raídos, que si le falta educación...
Llegó ruidosamente. De los sembradíos de coca a
la agitación urbana. De la masa en que su rostro era nada
a la excesiva publicidad que husmea la fanfarrona influencia “espiritual” debida
a Fidel Castro o Hugo Chávez. A nadie le importa si el
pueblo boliviano obtuvo la posibilidad de lograr un cambio, importa
cómo se van a tejer y destejer los hilos ideológicos
con Cuba o Venezuela. Cunde el temor de un “bloque socialista” y
CNN viaja a sacarle una pésima entrevista, en la que Lucía
Newmann casi pierde el decoro con tal de dictarle frases comprometedoras
que Morales se rehusaba a pronunciar.
Por otro lado, la izquierda (lo que queda de ella) se congratula,
y en Guatemala comienzan a alucinar con un indígena que también pide un minuto
de silencio por la memoria del Che Guevara. Permítame pincharle el globo
a los dos bandos, al que vaticina una réplica andina del castrismo y
al que apuesta por una reedición del fenómeno en suelo nacional.
Esquematicemos un poco: el embrión que produjo el ascenso de Evo, antiguo
líder sindical del ramo cocalero, está plagado de contingencias.
En principio, según las elecciones de 2002, la Presidencia de Sánchez
de Losada estaría vigente. Sin embargo, la sociedad civil lo defenestró en
2003; entonces, el vicepresidente Carlos Mesa toma la estafeta sin saber que
correría la misma suerte. Después de su renuncia y de una serie
de convulsiones cívicas, tuvo que ocupar el puesto Eduardo Rodríguez,
de la Corte Suprema.
De Evo se recuerda esta consigna: “¡Viva la coca, mueran los yanquis!”;
patriotismo trasnochado aparte, aludía a la presión estadounidenses
para prohibir el cultivo de esta hoja, cuya erradicación se cuenta más
que en ganancias policiales en pérdidas económicas: US$500 millones,
un vacío que amplió la precariedad estatal boliviana. Contrario
a lo que pueda pensarse, el liderazgo de Morales no deviene de la unidad ideológica,
es decir de su aplicación granítica: es una carambola social.
Fue perfilándose con el apoyo oenegista, afincado en discursos reivindicativos
que generalizan, mediante ofertas desproporcionadas, un valor básico
de todo ejercicio gubernamental: la probidad.
Lo prometió en quechua: Ama Sua, Ama Lulla, Ama Kella. No robaré,
no mentiré, trabajaré. Si medita el impacto de las provocaciones
gratuitas, tendría un lustro para desarrollar su programa. Es aquí donde
surgen mis dudas. Primero, los sectores que le sirvieron de plataforma son
exageradamente heterogéneos; su cohesión es transitoria y puntual:
ganar las elecciones. Y ya muestran achaques de intoxicación triunfalista.
Segundo, carece de un equipo que pueda prescindir del populismo y encarar las
circunstancias con visión responsable. Ambos factores corren el riesgo
de confluir como pólvora con el fuego. La tirantez permanente; al no
sentirse satisfechos, darán paso a una oposición de descontento
y sabotaje. Son muy altas las expectativas y todavía más altas
las chances de ingobernabilidad.
¿Despenalizar la siembra de la coca? ¿Confrontar a las mulitinacionales
Petrobras y Pepsol-YPF? ¿Poner en práctica la reforma constitucional
que permita la federalización del país? ¿Y la ansiada salida
al mar? En estas cuatro preguntas se juega el futuro de Bolivia y, en parte,
el de América Latina. Su victoria fue aplaudida por la guerrilla colombiana,
un signo nada alentador que refleja la complacencia del narcotráfico.
Muchos intereses dependen del cultivo de la coca. Si a la economía local
le urge la creación de riqueza, el crimen internacional se frota las manos
ante la opción de fortalecerse. Es aquí donde Estados Unidos apretará —hipócritamente,
se sabe— cuando su sociedad representa la mayor demanda de droga. Otro
tanto sucede con la nacionalización de los hidrocarburos: miremos a donde
queramos se estaría perturbando el corporativismo estadounidense.
Pueda que Evo recalcitre la retórica antiimperialista y que, siguiendo
el modelo chino, privatice las explotaciones mineras. No descarto esa sorpresa.
Pueda que abra los ojos y dimensione su fuerza real, o bien que ceda al radicalismo
chavista. Pronto deberá resolver esa ambigüedad entre hechos y
palabras. El peligro surge en sus dos últimas promesas: la federalización
y la apertura portuaria. Un error de cálculo o un exceso de confianza
harían de Bolivia un calco de los Balcanes. Una mezcla fratricida entre
lo étnico y lo territorial. Allí está la provincia de
Santa Cruz, dispuesta a ensayar sus ambiciones separatistas. De romper la unidad
estaríamos oyendo tambores de guerra. Igual y desastroso ruido si fracasa
en las discusiones limítrofes con Chile. Éste país declara —un
tanto cínicamente— estar conforme con sus fronteras, y es imposible
que pierda en la diplomacia. ¿Quién del lado de Bolivia podría
equilibrar esa negociación? Será un tercer país —aupado
por Chávez— el que zanje la disputa política y la metamorfosee
en un asunto militar. Perú es la pieza clave. El Perú hipotético
del nacionalista Ollanta Humala. ¿La Paz será la guerra?
El éxito del Movimiento Al Socialismo deviene del cíclico tiro
por la culata a la hegemonía estadounidense; revisando los casos de
Guatemala (1954) y Chile (1973), sabemos cómo hace la Casa Blanca para
restablecer el orden. Se aproximan tensiones y sería útil que
el izquierdismo nostálgico comprendiera que a la política le
importa un comino si Evo Morales acata la etiqueta y el protocolo, si habla
quechua y no inglés, le compete, en cambio, poner a prueba la verosimilitud
de los ofrecimientos que gritó ungido en sus 15 minutos de fama. Hay
que ser realistas: a quienes añoran que Evo les convide la manzana socialista,
adelante, muerdan el polvo. |