Semanario de Prensa Libre • No. 83 • 5 de Febrero de 2006    


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Punto final

Los adanes de Evo
Un error de cálculo o un exceso de confianza harían de Bolivia un calco de los Balcanes.

Por Alexander Sequén-Mónchez

Evo Morales, presidente de Bolivia. Al racista no le ajusta el disfraz de demócrata. De cerca o de lejos (siempre desde la derecha) no faltan los que murmuran cómo habrá hecho un indio para tomar el poder. Que si su español, que si sus suéteres raídos, que si le falta educación... Llegó ruidosamente. De los sembradíos de coca a la agitación urbana. De la masa en que su rostro era nada a la excesiva publicidad que husmea la fanfarrona influencia “espiritual” debida a Fidel Castro o Hugo Chávez. A nadie le importa si el pueblo boliviano obtuvo la posibilidad de lograr un cambio, importa cómo se van a tejer y destejer los hilos ideológicos con Cuba o Venezuela. Cunde el temor de un “bloque socialista” y CNN viaja a sacarle una pésima entrevista, en la que Lucía Newmann casi pierde el decoro con tal de dictarle frases comprometedoras que Morales se rehusaba a pronunciar.

Por otro lado, la izquierda (lo que queda de ella) se congratula, y en Guatemala comienzan a alucinar con un indígena que también pide un minuto de silencio por la memoria del Che Guevara. Permítame pincharle el globo a los dos bandos, al que vaticina una réplica andina del castrismo y al que apuesta por una reedición del fenómeno en suelo nacional. Esquematicemos un poco: el embrión que produjo el ascenso de Evo, antiguo líder sindical del ramo cocalero, está plagado de contingencias. En principio, según las elecciones de 2002, la Presidencia de Sánchez de Losada estaría vigente. Sin embargo, la sociedad civil lo defenestró en 2003; entonces, el vicepresidente Carlos Mesa toma la estafeta sin saber que correría la misma suerte. Después de su renuncia y de una serie de convulsiones cívicas, tuvo que ocupar el puesto Eduardo Rodríguez, de la Corte Suprema.

De Evo se recuerda esta consigna: “¡Viva la coca, mueran los yanquis!”; patriotismo trasnochado aparte, aludía a la presión estadounidenses para prohibir el cultivo de esta hoja, cuya erradicación se cuenta más que en ganancias policiales en pérdidas económicas: US$500 millones, un vacío que amplió la precariedad estatal boliviana. Contrario a lo que pueda pensarse, el liderazgo de Morales no deviene de la unidad ideológica, es decir de su aplicación granítica: es una carambola social. Fue perfilándose con el apoyo oenegista, afincado en discursos reivindicativos que generalizan, mediante ofertas desproporcionadas, un valor básico de todo ejercicio gubernamental: la probidad.

Lo prometió en quechua: Ama Sua, Ama Lulla, Ama Kella. No robaré, no mentiré, trabajaré. Si medita el impacto de las provocaciones gratuitas, tendría un lustro para desarrollar su programa. Es aquí donde surgen mis dudas. Primero, los sectores que le sirvieron de plataforma son exageradamente heterogéneos; su cohesión es transitoria y puntual: ganar las elecciones. Y ya muestran achaques de intoxicación triunfalista. Segundo, carece de un equipo que pueda prescindir del populismo y encarar las circunstancias con visión responsable. Ambos factores corren el riesgo de confluir como pólvora con el fuego. La tirantez permanente; al no sentirse satisfechos, darán paso a una oposición de descontento y sabotaje. Son muy altas las expectativas y todavía más altas las chances de ingobernabilidad.

¿Despenalizar la siembra de la coca? ¿Confrontar a las mulitinacionales Petrobras y Pepsol-YPF? ¿Poner en práctica la reforma constitucional que permita la federalización del país? ¿Y la ansiada salida al mar? En estas cuatro preguntas se juega el futuro de Bolivia y, en parte, el de América Latina. Su victoria fue aplaudida por la guerrilla colombiana, un signo nada alentador que refleja la complacencia del narcotráfico. Muchos intereses dependen del cultivo de la coca. Si a la economía local le urge la creación de riqueza, el crimen internacional se frota las manos ante la opción de fortalecerse. Es aquí donde Estados Unidos apretará —hipócritamente, se sabe— cuando su sociedad representa la mayor demanda de droga. Otro tanto sucede con la nacionalización de los hidrocarburos: miremos a donde queramos se estaría perturbando el corporativismo estadounidense.

Pueda que Evo recalcitre la retórica antiimperialista y que, siguiendo el modelo chino, privatice las explotaciones mineras. No descarto esa sorpresa. Pueda que abra los ojos y dimensione su fuerza real, o bien que ceda al radicalismo chavista. Pronto deberá resolver esa ambigüedad entre hechos y palabras. El peligro surge en sus dos últimas promesas: la federalización y la apertura portuaria. Un error de cálculo o un exceso de confianza harían de Bolivia un calco de los Balcanes. Una mezcla fratricida entre lo étnico y lo territorial. Allí está la provincia de Santa Cruz, dispuesta a ensayar sus ambiciones separatistas. De romper la unidad estaríamos oyendo tambores de guerra. Igual y desastroso ruido si fracasa en las discusiones limítrofes con Chile. Éste país declara —un tanto cínicamente— estar conforme con sus fronteras, y es imposible que pierda en la diplomacia. ¿Quién del lado de Bolivia podría equilibrar esa negociación? Será un tercer país —aupado por Chávez— el que zanje la disputa política y la metamorfosee en un asunto militar. Perú es la pieza clave. El Perú hipotético del nacionalista Ollanta Humala. ¿La Paz será la guerra?

El éxito del Movimiento Al Socialismo deviene del cíclico tiro por la culata a la hegemonía estadounidense; revisando los casos de Guatemala (1954) y Chile (1973), sabemos cómo hace la Casa Blanca para restablecer el orden. Se aproximan tensiones y sería útil que el izquierdismo nostálgico comprendiera que a la política le importa un comino si Evo Morales acata la etiqueta y el protocolo, si habla quechua y no inglés, le compete, en cambio, poner a prueba la verosimilitud de los ofrecimientos que gritó ungido en sus 15 minutos de fama. Hay que ser realistas: a quienes añoran que Evo les convide la manzana socialista, adelante, muerdan el polvo.

 
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