El solitario en sus dominios
A 30 años de la muerte de César Brañas.
Por AlexÁnder Sequén-Mónchez
Foto: Biblioteca César Brañas
Por primera y última vez en París. 1928: recibe clases del idioma
con mademoiselle Briussel, quien afirma que Monsieur Brañás es “la
creme des hommes”. Un elogio que el escritor rescataba en medio de una
bohemia a la que retornará jamás. Para que un guatemalteco le de
la vuelta al mundo, basta con que cruce la frontera. O abra bien los ojos cuando
sueña. Rara coincidencia en que el ABC de nuestra literatura se codea,
juvenil y fraterna, fuera del país. Asturias, Brañas y Cardoza
arden tecleando un punto de partida. De los tres, sólo uno renunciará de
por vida a esa libertad que nos convierte en extranjeros y lúcidos. Pero
antes de volver anotará el juicio más acendrado y profético
sobre su generación. Allí, cimentando las bases de la gloria ajena,
cavará su propia oscuridad: “...El que no emigra, calla, o cae,
es decir, adula. Todo desciende de nivel. El periodismo en mantillas, entregado
a manos ruines, es cátedra de mentira y retablo de ditirambos. Pocos,
naturalmente con máxima honra, se salvan de esta situación, de
este naufragio de una patria atormentada”.

En plena década del sesenta. Bastón
y sombrero. Camina de su casa a
El Imparcial. |
El que pudo
ser, no fue. César Brañas regresó a
Guatemala para siempre, ahogando su talento en un vaso de agua.
Si en la distancia tuvo el ánimo de recriminar la dictadura
de Manuel Estrada Cabrera, en la proximidad peligrosa atestiguó,
silencioso, los desmanes de Jorge Ubico, las simas de la Revolución
y la inquina ultracatólica de sus compatriotas; conoció,
en fin, el autoritarismo militar y la guerra fratricida. Preso
en su ancla atroz, debió inventarse una sordera para respirar
y escribir. Demasiado notorio para ser un fantasma, poco dado
a la confesión como para saber que a ese hombre lo devoraban
sus demonios. Dueño de una desconfianza absoluta, fingía
el número que le correspondía públicamente,
secretando frustración y amargura.
Mientras Miguel Ángel
Asturias ambicionaba publicar hasta en las servilletas del Café Floré,
Brañas
pagaba sus ediciones —tirajes de ochenta a trescientos
ejemplares fuera de comercio—. Si Luis Cardoza y Aragón
lisonjeaba un prólogo a Ramón Gómez de la
Serna, Brañas dedicaba su tiempo a consolidar el éxito
de los demás.
Ciertamente, es Brañas quien nunca
experimentó los gozos editoriales, el abrazo de Neruda
o Picasso, la ola de estudiosos, la fama. ¿Retraimiento
o sincero desprecio? Eso junto y las piedras que carga en el
zapato cualquier medroso.
Universos paralelos, contradictorios: por una
parte, César
Brañas representaba al intelectual bien portado, al vecino
ejemplar, al letrado que se aparta de los juegos conspirativos,
y por otra, la cara privada, el alter ego se redimía para
denostar a los poderosos. Y tenía razón: el cinismo
es la única máscara antigás que puede usar
el guatemalteco para resistir. Brañas y la Revolución
El contexto en que surge el Diario de un aprendiz de cínico
en 1945, es singular: supuestamente, lo redactó previó al
triunfo de la Revolución de Octubre, gesta en la que Brañas,
a pesar de haber firmado la exigencia de renuncia contra Jorge
Ubico, no tuvo ninguna participación política como
la mayoría de sus contemporáneos. Atrincherado
en El Imparcial, mantuvo una actitud distante, aunque colaboradora.
Ya Eliseo Martínez Zelada, en la Revista de Guatemala,
1945, había deslizado una diatriba en la que, sin rodeos,
cuestiona las simpatías revolucionarias de César
Brañas. El argumento es alimentado con mala leche, desacreditándolo
mediante puyas ideológicas, y lo logra: Brañas
se sentirá traicionado privándose de cualquier
aporte personal. No dio su brazo a torcer ni ante Cardoza, quien
se duele en una carta desde Bogotá: “Yo he lamentado
muchísimo que la Revista fundada por mí no tenga
hasta la fecha colaboración tuya. Recuerdo dos notas sobre
tus libros, las dos en plan polémico. Me las explico como
resultado del medio, pero son limpias, firmadas...” En
efecto, la segunda paliza que le propinan a Brañas se
debe a Otto Raúl González, 1946, y a su ruda descalificación
de los sonetos de El lecho de Procusto.
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Los rasgos
César Brañas nació en Antigua Guatemala
en 1899. Esta piedra angular del periodismo literario
de nuestro país nunca contrajo matrimonio ni tuvo
hijos. Alejado de los honores y el reconocimiento, falleció pocos
días después del terremoto de 1976, legándole
al país una obra secreta y una de las mejores
bibliotecas de Latinoamérica.
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Volvamos a Martínez Zelada: “El cínico, aún
el aprendiz, para merecer su nombre, habría de ser alguien
que dijese la verdad cruda, aliteraria. No convencional y favorable
a su clase, a su grupo de amigos, a su empresa comercial, a su
partido político inconfesado pero existente...” Y
no podía faltar el lugar común de entonces: “Porque
esa verdad burguesa y pseudo-cínica, en labios natural
y absolutamente burgueses, no tiene ni el más leve asomo
de cínica, ni color algunos de iniciación al cinismo.
Es dialéctica pura apostada en el esquinero del pensamiento
literariamente, socialmente, burgués”. La prueba en la que basa las acusaciones es un trozo del diario: “Yo
soy un alma de antiguo régimen; no podría precisar
de cuál, porque en todos los de mi país hubiera
pensado, sucesivamente, lo mismo; mi nostalgia es más
lejana, más entrañada mi extranjería en
la tierra, mas no sé cómo denominarla. Y mis definiciones
han sido siempre provisionales e inhábilmente aproximativas
nada más”. Para Martínez Zelada esta es la
confesión de clase; acierta cuando suma y resta épocas
para concluir que entre 1939 y 1941, “¿quién
hablaba de antiguo régimen...?” No por dejar de
sufrir a Ubico se añorarían los sadismos de Estrada
Cabrera. Tiene razón el detractor, pero se apoya en tierra
floja, ya que cualquier escritor imbuido de humanismo francés
como Brañas, utilizaría estos términos para
referirse a realidades más complejas.
El mejor de los cinismos logrados consistió en escamotear
sus dudas y malquerencias a propósito de quienes sucedieron
a Ponce Vaides. No es una cuestión netamente ideológica,
sino un escepticismo digamos moral: le preocupa que el triunfalismo
reinante vaya adoptando los rasgos monstruosos de la dictadura.
Pone el dedo en llagas acordes a todo poder: la represión
sustentada en los nuevos malos y los buenos nuevos. El cínico
oficia de aguafiestas y demerita presuntas hazañas: “¡Cómo
nos ufanamos del gran valor que hemos tenido, en tal o cual ocasión
inopinada en que actuamos en grupo! Un disturbio, una rechifla,
una pedrea, un incidente en que participamos como elemento de
una muchedumbre cualquiera, nos engrandece a nuestros ojos como
ningún callado heroísmo. Imaginamos que el efecto
multiplicado de la acción de todos, nos corresponde con
su íntegro mérito. Fuera de ilusión psicológica,
se trata de una simple ilusión aritmética...”
Más allá de los dobleces ideológicos, el
Diario de una aprendiz de cínico engloba los derroteros
morales que amplificará en entregas posteriores, asumiendo
la persuasión mefistofélica contra la virtud, el
matrimonio y la amistad; y la quejumbrosa defensa del solitario.
Dirá, encantado: “No te asombres de los vicios de
los otros: tú también puedes tenerlos, si perseveras”.
O esta otra incitación bella por innoble: “Adula
cuanto puedas. Es fácil que te crean, y entonces dirán
que tienes talento. Pero no te quedes en los suburbios de la
adulación. Un buen adulador debe hacer prodigios con la
adulación”. ¿Que cuál es la llave
para abrirse camino en Guatemala? Según la experiencia
de Brañas, enviciarse hipócritamente, adular hasta
el hartazgo y no salirse del rebaño ni de broma: “Comparte
todos los prejuicios de tu ciudad y de los tuyos. Serás
respetado”.
El más duro de los aprendizajes
El 22 de febrero de 1977, un año exacto después
de la muerte de César Brañas, El Imparcial empezó a
publicar, de manera continua, una serie que acabó el 15
de marzo. Aquel texto lleva un título particularmente
llamativo: Depresión y resentimiento. ¿Era, acaso,
el nombre dado por Brañas? Nunca se aclaró. David
Vela, cuyo “César Brañas: cuartillas inéditas.
Dudas, explicaciones y sutilezas”, fue dado a conocer primero
como artículo y luego como prólogo, afirma al descuido: “...Estas
cuartillas se encontraron entre sus papeles; no sabemos si él
las hubiera publicado pero lo merecen, y es lástima que,
al parecer, el ensayo... esté inconcluso”.
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Bibliografía
- Poesía:
Viento negro (elegía paternal), 1938.
Figuras en la arena, 1941.
Raíz desnuda, 1952.
- Prosa:
Diario de un aprendiz de cínico, 1945.
Diario de un aprendiz de tímido, 1956.
Ocios y ejercicios, 1958.
Diario de un aprendiz de viejo, 1962.
Diario de un aprendiz de ausente, 1967.
Diario de un aprendiz de recalcitrante, 1971.
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Seguro que el antigüeño
hubiera preferido dejar en la sombra estas páginas.
No obstante, leyéndolas
una y otra vez, comprendemos que abandonó el acostumbrado
monólogo para intentar una voluntad dialogal. Precisa
conceder una que otra confesión, siempre entorno al oficio
de escritor. Luego de algunos rodeos, más o menos despersonalizados,
acomete en la última parte un ejercicio fiscalizador y
reprobatorio de su tránsito literario. Explica su inferioridad
en analogía silenciosa con otros miembros destacados de
su generación. De los dieciséis capítulos
de que se compone Depresión y resentimiento, apenas es
en el doce que Brañas asume su biografía como eje
de las reflexiones, agrias a ratos, francas en todo momento. Hay
una honesta inspección de los motivos que, según
Brañas, impidieron su realización intelectual: “En
la modesta medida en que pudiere considerárseme un escritor, ¿tendré derecho
a considerarme un escritor frustrado y anidar en mí el
resentimiento habitual derivado de la frustración? Para
responder lealmente a esta inquietadora interrogación,
habría de precisar las metas que me hubiere fijado y
el grado de aproximación conseguido. Pero advierto con
desasosiego que yo no me propuse nunca metas...” Añade
con certera conciencia que “sólo en lejanas y
contadas circunstancias” ha puesto “ilusión” en
su trabajo.
¿Derrotismo? ¿Justificación?
No podemos ser más duros de lo que Brañas ha
sido con él.
Palabras hirientes al fin y al cabo: “...No puedo jactarme
de inmunidad al resentimiento, ni de no sentirme presionado,
muchos días de mi vida, por el torcedor de la frustración,
por la conciencia, lúcida, aguzada, de haber hecho sólo
cosas insignificantes y perecederas de inmediato; de no haber
intentado obras de relieve, avezarme al estudio o la investigación,
procurar destacarme, lanzarme a la lucha por el renombre o
la alta remuneración (que no siempre se aparejan) encarnizadamente
en el medio en que tocó actuar o con más gallardía,
en el extranjero, donde se labran los pedestales más
firmes...”
Brillante y huraño, atormentado por demonios insuperables,
prefirió la soledad al protagonismo, la amargura a cualquier
forma de consagración. Vida y obra ratifican el infierno
de la palabra en los desiertos nacionales. Brañas se
dedicó a trazar los signos enigmáticos de su
itinerario. Lo personal y lo horrorosamente colectivo, el asco
y la soberbia, consignados en una sintaxis entre poética
y aforística, un discurso que pulió el idioma
con tormentosa lucidez. Había sangrado en un poema:
Que sordo y ciego a la miseria huyo
y mi canto egoísta no interpreta
ansia sin voz y rebelión secreta
de triste multitud de que me excluyo...
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