Semanario de Prensa Libre • No. 84 • 12 de Febrero de 2006    


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D ensayo

El solitario en sus dominios
A 30 años de la muerte de César Brañas.

Por AlexÁnder Sequén-Mónchez
Foto: Biblioteca César Brañas

Por primera y última vez en París. 1928: recibe clases del idioma con mademoiselle Briussel, quien afirma que Monsieur Brañás es “la creme des hommes”. Un elogio que el escritor rescataba en medio de una bohemia a la que retornará jamás. Para que un guatemalteco le de la vuelta al mundo, basta con que cruce la frontera. O abra bien los ojos cuando sueña. Rara coincidencia en que el ABC de nuestra literatura se codea, juvenil y fraterna, fuera del país. Asturias, Brañas y Cardoza arden tecleando un punto de partida. De los tres, sólo uno renunciará de por vida a esa libertad que nos convierte en extranjeros y lúcidos. Pero antes de volver anotará el juicio más acendrado y profético sobre su generación. Allí, cimentando las bases de la gloria ajena, cavará su propia oscuridad: “...El que no emigra, calla, o cae, es decir, adula. Todo desciende de nivel. El periodismo en mantillas, entregado a manos ruines, es cátedra de mentira y retablo de ditirambos. Pocos, naturalmente con máxima honra, se salvan de esta situación, de este naufragio de una patria atormentada”.

En plena década del sesenta. Bastón y sombrero. Camina de su casa a El Imparcial.

El que pudo ser, no fue. César Brañas regresó a Guatemala para siempre, ahogando su talento en un vaso de agua. Si en la distancia tuvo el ánimo de recriminar la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, en la proximidad peligrosa atestiguó, silencioso, los desmanes de Jorge Ubico, las simas de la Revolución y la inquina ultracatólica de sus compatriotas; conoció, en fin, el autoritarismo militar y la guerra fratricida. Preso en su ancla atroz, debió inventarse una sordera para respirar y escribir. Demasiado notorio para ser un fantasma, poco dado a la confesión como para saber que a ese hombre lo devoraban sus demonios. Dueño de una desconfianza absoluta, fingía el número que le correspondía públicamente, secretando frustración y amargura.

Mientras Miguel Ángel Asturias ambicionaba publicar hasta en las servilletas del Café Floré, Brañas pagaba sus ediciones —tirajes de ochenta a trescientos ejemplares fuera de comercio—. Si Luis Cardoza y Aragón lisonjeaba un prólogo a Ramón Gómez de la Serna, Brañas dedicaba su tiempo a consolidar el éxito de los demás.

Ciertamente, es Brañas quien nunca experimentó los gozos editoriales, el abrazo de Neruda o Picasso, la ola de estudiosos, la fama. ¿Retraimiento o sincero desprecio? Eso junto y las piedras que carga en el zapato cualquier medroso.

Universos paralelos, contradictorios: por una parte, César Brañas representaba al intelectual bien portado, al vecino ejemplar, al letrado que se aparta de los juegos conspirativos, y por otra, la cara privada, el alter ego se redimía para denostar a los poderosos. Y tenía razón: el cinismo es la única máscara antigás que puede usar el guatemalteco para resistir.

Brañas y la Revolución

El contexto en que surge el Diario de un aprendiz de cínico en 1945, es singular: supuestamente, lo redactó previó al triunfo de la Revolución de Octubre, gesta en la que Brañas, a pesar de haber firmado la exigencia de renuncia contra Jorge Ubico, no tuvo ninguna participación política como la mayoría de sus contemporáneos. Atrincherado en El Imparcial, mantuvo una actitud distante, aunque colaboradora. Ya Eliseo Martínez Zelada, en la Revista de Guatemala, 1945, había deslizado una diatriba en la que, sin rodeos, cuestiona las simpatías revolucionarias de César Brañas. El argumento es alimentado con mala leche, desacreditándolo mediante puyas ideológicas, y lo logra: Brañas se sentirá traicionado privándose de cualquier aporte personal. No dio su brazo a torcer ni ante Cardoza, quien se duele en una carta desde Bogotá: “Yo he lamentado muchísimo que la Revista fundada por mí no tenga hasta la fecha colaboración tuya. Recuerdo dos notas sobre tus libros, las dos en plan polémico. Me las explico como resultado del medio, pero son limpias, firmadas...” En efecto, la segunda paliza que le propinan a Brañas se debe a Otto Raúl González, 1946, y a su ruda descalificación de los sonetos de El lecho de Procusto.

Los rasgos
César Brañas nació en Antigua Guatemala en 1899. Esta piedra angular del periodismo literario de nuestro país nunca contrajo matrimonio ni tuvo hijos. Alejado de los honores y el reconocimiento, falleció pocos días después del terremoto de 1976, legándole al país una obra secreta y una de las mejores bibliotecas de Latinoamérica.

Volvamos a Martínez Zelada: “El cínico, aún el aprendiz, para merecer su nombre, habría de ser alguien que dijese la verdad cruda, aliteraria. No convencional y favorable a su clase, a su grupo de amigos, a su empresa comercial, a su partido político inconfesado pero existente...” Y no podía faltar el lugar común de entonces: “Porque esa verdad burguesa y pseudo-cínica, en labios natural y absolutamente burgueses, no tiene ni el más leve asomo de cínica, ni color algunos de iniciación al cinismo. Es dialéctica pura apostada en el esquinero del pensamiento literariamente, socialmente, burgués”.

La prueba en la que basa las acusaciones es un trozo del diario: “Yo soy un alma de antiguo régimen; no podría precisar de cuál, porque en todos los de mi país hubiera pensado, sucesivamente, lo mismo; mi nostalgia es más lejana, más entrañada mi extranjería en la tierra, mas no sé cómo denominarla. Y mis definiciones han sido siempre provisionales e inhábilmente aproximativas nada más”. Para Martínez Zelada esta es la confesión de clase; acierta cuando suma y resta épocas para concluir que entre 1939 y 1941, “¿quién hablaba de antiguo régimen...?” No por dejar de sufrir a Ubico se añorarían los sadismos de Estrada Cabrera. Tiene razón el detractor, pero se apoya en tierra floja, ya que cualquier escritor imbuido de humanismo francés como Brañas, utilizaría estos términos para referirse a realidades más complejas.

El mejor de los cinismos logrados consistió en escamotear sus dudas y malquerencias a propósito de quienes sucedieron a Ponce Vaides. No es una cuestión netamente ideológica, sino un escepticismo digamos moral: le preocupa que el triunfalismo reinante vaya adoptando los rasgos monstruosos de la dictadura. Pone el dedo en llagas acordes a todo poder: la represión sustentada en los nuevos malos y los buenos nuevos. El cínico oficia de aguafiestas y demerita presuntas hazañas: “¡Cómo nos ufanamos del gran valor que hemos tenido, en tal o cual ocasión inopinada en que actuamos en grupo! Un disturbio, una rechifla, una pedrea, un incidente en que participamos como elemento de una muchedumbre cualquiera, nos engrandece a nuestros ojos como ningún callado heroísmo. Imaginamos que el efecto multiplicado de la acción de todos, nos corresponde con su íntegro mérito. Fuera de ilusión psicológica, se trata de una simple ilusión aritmética...”

Más allá de los dobleces ideológicos, el Diario de una aprendiz de cínico engloba los derroteros morales que amplificará en entregas posteriores, asumiendo la persuasión mefistofélica contra la virtud, el matrimonio y la amistad; y la quejumbrosa defensa del solitario. Dirá, encantado: “No te asombres de los vicios de los otros: tú también puedes tenerlos, si perseveras”. O esta otra incitación bella por innoble: “Adula cuanto puedas. Es fácil que te crean, y entonces dirán que tienes talento. Pero no te quedes en los suburbios de la adulación. Un buen adulador debe hacer prodigios con la adulación”. ¿Que cuál es la llave para abrirse camino en Guatemala? Según la experiencia de Brañas, enviciarse hipócritamente, adular hasta el hartazgo y no salirse del rebaño ni de broma: “Comparte todos los prejuicios de tu ciudad y de los tuyos. Serás respetado”.

El más duro de los aprendizajes

El 22 de febrero de 1977, un año exacto después de la muerte de César Brañas, El Imparcial empezó a publicar, de manera continua, una serie que acabó el 15 de marzo. Aquel texto lleva un título particularmente llamativo: Depresión y resentimiento. ¿Era, acaso, el nombre dado por Brañas? Nunca se aclaró. David Vela, cuyo “César Brañas: cuartillas inéditas. Dudas, explicaciones y sutilezas”, fue dado a conocer primero como artículo y luego como prólogo, afirma al descuido: “...Estas cuartillas se encontraron entre sus papeles; no sabemos si él las hubiera publicado pero lo merecen, y es lástima que, al parecer, el ensayo... esté inconcluso”.

Bibliografía
- Poesía:
Viento negro (elegía paternal), 1938.
Figuras en la arena, 1941.
Raíz desnuda, 1952.

- Prosa:
Diario de un aprendiz de cínico, 1945.
Diario de un aprendiz de tímido, 1956.
Ocios y ejercicios, 1958.
Diario de un aprendiz de viejo, 1962.
Diario de un aprendiz de ausente, 1967.
Diario de un aprendiz de recalcitrante, 1971.

Seguro que el antigüeño hubiera preferido dejar en la sombra estas páginas. No obstante, leyéndolas una y otra vez, comprendemos que abandonó el acostumbrado monólogo para intentar una voluntad dialogal. Precisa conceder una que otra confesión, siempre entorno al oficio de escritor. Luego de algunos rodeos, más o menos despersonalizados, acomete en la última parte un ejercicio fiscalizador y reprobatorio de su tránsito literario. Explica su inferioridad en analogía silenciosa con otros miembros destacados de su generación. De los dieciséis capítulos de que se compone Depresión y resentimiento, apenas es en el doce que Brañas asume su biografía como eje de las reflexiones, agrias a ratos, francas en todo momento.

Hay una honesta inspección de los motivos que, según Brañas, impidieron su realización intelectual: “En la modesta medida en que pudiere considerárseme un escritor, ¿tendré derecho a considerarme un escritor frustrado y anidar en mí el resentimiento habitual derivado de la frustración? Para responder lealmente a esta inquietadora interrogación, habría de precisar las metas que me hubiere fijado y el grado de aproximación conseguido. Pero advierto con desasosiego que yo no me propuse nunca metas...” Añade con certera conciencia que “sólo en lejanas y contadas circunstancias” ha puesto “ilusión” en su trabajo.

¿Derrotismo? ¿Justificación? No podemos ser más duros de lo que Brañas ha sido con él. Palabras hirientes al fin y al cabo: “...No puedo jactarme de inmunidad al resentimiento, ni de no sentirme presionado, muchos días de mi vida, por el torcedor de la frustración, por la conciencia, lúcida, aguzada, de haber hecho sólo cosas insignificantes y perecederas de inmediato; de no haber intentado obras de relieve, avezarme al estudio o la investigación, procurar destacarme, lanzarme a la lucha por el renombre o la alta remuneración (que no siempre se aparejan) encarnizadamente en el medio en que tocó actuar o con más gallardía, en el extranjero, donde se labran los pedestales más firmes...”

Brillante y huraño, atormentado por demonios insuperables, prefirió la soledad al protagonismo, la amargura a cualquier forma de consagración. Vida y obra ratifican el infierno de la palabra en los desiertos nacionales. Brañas se dedicó a trazar los signos enigmáticos de su itinerario. Lo personal y lo horrorosamente colectivo, el asco y la soberbia, consignados en una sintaxis entre poética y aforística, un discurso que pulió el idioma con tormentosa lucidez. Había sangrado en un poema:

Que sordo y ciego a la miseria huyo
y mi canto egoísta no interpreta
ansia sin voz y rebelión secreta
de triste multitud de que me excluyo...

 
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