Jaime Viñals:
En la cima, dan ganas de llorar y gritar
La cúspide de las montañas produce sentimientos
encontrados. Uno de estos es parecido a lo que siente la persona
que mensualmente, durante 20 años, ha estado pagando su casa el día
que firma las escrituras como legítimo dueño, indica Viñals.
Por Francisco Mauricio Martínez
Foto Jaime Viñals
Cuando Jaime Viñals leyó una invitación
para subir el volcán Tajumulco, en 1988, el nombre del monte
Everest sólo lo había escuchado en sus clases de
geografía. Seis años después estaba prendido
en el lomo de este coloso tratando de llegar a su cima y la respuesta
del nevado fue: ¡No! Dos años después lo intentó nuevamente
y la respuesta fue la misma. Sin embargo, hace cuatro años
por fin venció a esta montaña y la escaló en
tres meses.
Hoy, después de haber escalado las montañas más altas
del mundo, Viñals cuenta que su inicio en el montañismo fue “curioso
y casual”, cuando, en 1988, estudiaba Biología en la Universidad
de San Carlos. En ese año un grupo que se llamaba De Cumbre a Cumbre,
invitó, a través de la Prensa, a subir volcanes. “Con unos
amigos nos fuimos a jalón al Tajumulco y lo subimos, lo cual me impactó de
tal manera que cambió el curso de mi vida.

“En la vida las cosas
no siempre se logran en el primer intento.”
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¿Y después del Tajumulco?
Me apasioné por subir montañas, sin descuidar los
estudios en la Usac, y principié a acompañar a
los del grupo y, a la vez, a los integrantes de la Federación
Nacional de Andinismo con quienes me involucré. Salía
con los dos, porque creí que esa era la mejor forma de
aprender a subir montañas.
Afuera del país, ¿cuál
fue su primera aventura?
La primera experiencia fue en 1988 en El Salvador en los volcanes
de Santa Ana, Izalco y San Marcelino. Con De Cumbre a Cumbre
tuve la oportunidad de ir a Nicaragua, Costa Rica y Panamá,
y en 1989 conocí el hielo y la nieve en el volcán
Popocatépetl de México.
Y las cumbres de Europa, Asia…
En 1992 tuve la suerte de ir a Italia y subí el Mont Blanc,
que es la cumbre más alta de la parte occidental de Europa,
con un grupo de italianos muy experimentados de quienes aprendí mucho
del estilo alpino. Yo había sido andinista, que se refiere
sólo a los Andes, y ahora iba a aprender alpinismo, que
es escalar los Alpes.
En 1993 tuve la gran suerte de que vino a Guatemala una japonesa
que se llama Junko Tabei, que fue la primera mujer del mundo
en subir el Everest en 1975. La embajada de ese país me
contactó para subir el Tajumulco y yo no tenía
la menor idea de quién era ella. Al subir el volcán
me contó lo que había hecho y yo le conté que
yo había estado en los Alpes y los Andes, pero que jamás
había tenido la oportunidad de ir a los Himalayas. Ella
contactó un grupo de sherpas (etnia que habita a 100 kilómetros
de la falda de la cumbre) y en 1993 estuve durante cuatro meses
escalando dos cumbres de más de 7 mil metros de altura
en condiciones muy difíciles que era algo que nadie, que
no fuera sherpa, había hecho antes. Por subir como lo
hacían los sherpas en el siglo XIX, el rey de Nepal, asesinado
en 2001, me dio la orden del Gran Buda.
Y el Everest…
Lo anterior fue publicado en algunas revistas especializadas,
principalmente de Francia, y lo leyó un señor de
Nueva Zelanda que se llamaba Rusell Brice, quien estaba organizando
una expedición al Everest, en 1994, por una ruta nueva
y le faltaba un representante de América Latina. Se lo
conté a las pocas empresas que me apoyaban en ese entonces
y en ese año hice mi primer intento. ¿Cuál ha sido su experiencia más
peligrosa?
Han habido muchas, pero en el 2001 al principiar a bajar el Everest,
a 8 mil metros de altura, debido al rescate de unas personas
se nos agotó el oxígeno suplementario y junto a
un amigo que se llama Andy Lakpass estuvimos a la intemperie.
La noche la pasamos tirados entre rocas y hielo, sin tienda de
campaña, comida, agua y oxígeno, con sólo
lo que llevábamos puesto y rodeados de cadáveres
de personas que en otros años no tuvieron la suerte de
salir de ahí.
Mi amigo sufrió congelaciones serias en las manos, pies
y la cara. Después le amputaron los dos pulgares y parte
de la nariz, pero los dos sobrevivimos y gracias a Dios lo puedo
contar hoy.
¿Alguna vez ha sentido deseos de
regresarse a mitad de la cumbre?
Si, por supuesto. Para subir el Everest lo intenté 3 veces.
La primera fue en 1994 cuando hubo varios accidentes que le costaron
la vida a varias personas, debido al mal clima y tomamos la decisión
de regresar.
En el segundo intento, que fue en 1999, caí en una grieta
y me fracturé varias costillas, y tampoco llegué a
la cima. En la vida las cosas no siempre se logran en el primer
intento. La montaña que más veces me ha dicho no
es el Everest, pero hace cuatro años si la pude escalar
en tres meses.
Cuando esta en las cumbres, ¿ha
implorado a Dios?
Yo soy profundamente creyente y siempre he dicho que Dios
está dentro
de uno mismo, es lo que llamamos espíritu o alma, pero
vivimos en un ambiente donde hay muchos distractores, como por
ejemplo: música, tráfico y trabajo, lo cual no
nos deja tener tiempo para escuchar nuestro interior y a Dios
cuando nos habla. En esos lugares no existen tantos distractores,
entonces hay una comunión, por lo menos para mi, muy fuerte
con Dios.
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La agenda
Esquiar
8 mil kilómetros en el polo Sur y Norte es la agenda
pendiente del montañista.
- Para la travesía del Norte
debe recorrer más de 4 mil kilómetros y
empezar en la península de Terranova, en el norte
de Canadá.
- Este recorrido debe hacerlo en
tres etapas. Primero ir en un trineo jalado por perros,
luego él debe jalar el trineo y por último
esquiar y caminar con zapatos para nieve.
- Lo tiene previsto para el invierno
del 2007, cuando el océano Ártico está congelado
y se puede cruzar de esa manera.
- En el Polo Sur la historia es similar
y el punto de partida sería las costas de la Antártida.
- Esta aventura, junto a escalar
la cima más alta de cada uno de los continentes,
lo cual ya realizó, constituyen los retos más
grandes de los montañistas. |
¿Qué siente al estar en
la cima?
Es una conjunción de sentimientos. Por un lado, una gran
alegría y satisfacción por alcanzar el objetivo
propuesto y por el otro, un vacío instantáneo,
porque uno dice: Tanto esfuerzo y sacrificio por llegar a este
lugar, ya estoy aquí y ¿ahora qué? También
se siente temor porque uno está consciente de que el 90
por ciento de muertes en alta montaña ocurren cuando uno
está bajando. Otro sentimiento es de relajamiento, porque
ya no hay que seguir escalando. Esto es como lo que le sucede
al que pasa pagando mensualmente, durante 20 años, su
casa, el día que firma las escrituras como legítimo
dueño. Este momento tarda como 10 segundos, pero la alegría,
satisfacción y nostalgia que se siente en la alta montaña
se multiplica, debido al paisaje tan espectacular. Dan ganas
de llorar y gritar aunque no haya energía para hacerlo.
¿Cómo es la alimentación en esos días?
Es comida deshidratada, como por ejemplo, frutas secas y sopas
instantáneas, porque nunca se congelan debido a que no
tienen líquidos y además no pesan ni ocupan espacio
y poseen un porcentaje nutritivo aceptable. Normalmente comemos
una vez al día, por eso bajamos mucho de peso, ya que
en la montaña todos los días hay desgaste. Cuando
subí al Everest, por ejemplo, pesaba 200 libras y al bajar,
146. Por eso, antes de iniciar una expedición, subo de
peso para enfrentar el desgaste, pero no lo hago al azar, sino
que tengo personas que me asesoran en cuestiones de simetría
muscular.
Y una noche, ¿cómo se pasa
en la cumbre?
Depende. Si es en hielo, construimos una plataforma en
la pendiente que estamos, donde quepa horizontalmente la
tienda de campaña.
Luego construimos un muro con bloques de hielo alrededor de la
campaña, por aquello de las fuertes ventiscas, y ya dentro
de la tienda ponemos una pequeña estufa que utiliza una
mezcla de gas propano y butano, porque a 4 mil metros de altura
es difícil que haya combustión. Con esto derretimos
el hielo para tener agua, lo cual es como una terapia de tiempo,
porque para obtener un litro de agua se necesita entre 30 y 40
minutos. Hay que estar echando hielo o nieve, ver cómo
se derrite y echarla en un termo.
Usamos linternas que tienen baterías alcalinas con una
extensión que va pegada a una parte de nuestro cuerpo,
para que el calor guarde la energía de las baterías.
Usamos celdas solares para recargar estas baterías. Tenemos
nuestros sleeping (bolsas de dormir) y platicamos un poco. Generalmente,
después de que se pone el sol ya estamos metidos en la
tienda de campaña, porque las temperaturas bajan muy bruscamente,
en cuestión de media hora.
¿Ha vivido el peligro de las avalanchas?
Por supuesto. Son la principal causa de muerte en alta montaña
y ocurren por muchos factores. La principal es la sobreacumulación
de nieve en ciertas zonas de mucha pendiente, y cuando hay un
cambio brusco de temperatura durante el día, se derriten
ciertas partes y producen inestabilidad en toneladas. Cuando
se desprende no se detiene, va arrastrando más nieve y
se escucha un estallido impresionante, parece un terremoto. Lo
que hacemos los montañistas con experiencia, antes de
caminar, es estudiar la topografía de la montaña,
es decir, sus paredes y son muy evidentes los puntos donde se
acumula nieve. En esos casos siempre escalamos por la madrugada,
porque hace más frío y está más congelado,
entonces, la probabilidad de que se desprenda el bloque de nieve
es menor.
Además, hay técnicas para tratar de sobrevivir
a una avalancha, lo cual no siempre es posible. Yo tuve amigos
que murieron durante estos aludes y he ayudado en rescate, también
he sido arrastrado por avalanchas pequeñas.
¿Qué es lo que más extraña
cuando esta en las cumbres?
Comida caliente y normal. Sentarme
en una silla, tener un techo, bañarme y la familia, por
supuesto. El clima de Guatemala es algo que extraño, porque
es maravilloso, es como el paraíso. Aquí nunca
tenemos ni calores ni fríos
extremos.
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