Semanario de Prensa Libre • No. 84 • 12 de Febrero de 2006    


   Portada
   Editorial
   Opinión
   Cartas
   D todo un poco
   Claroscuro
   D frente
   D registros
   D portafolio
   D reportaje
   D fondo
   D mundo
   D cultura
   D ensayo
   D farándula
   D viaje
   Punto final
   D archivo
   Directorio


D viaje

Los arcos de San Jerónimo
Perdidos en el tiempo, los arcos del acueducto de San Jerónimo, Baja Verapaz, muestran su grandeza a los ojos de los visitantes.

Por Francisco Mauricio Martínez
Foto Carlos Sebastián

Algunos permanecen sepultados, mientras que otros soberbiamente dejan ver sus curvaturas sobre la verde vegetación y los cultivos de los campesinos de la región. Los vestigios de los 124 arcos del acueducto que durante la época colonial llevó el agua al a la hacienda San Jerónimo, Baja Verapaz, permanecen olvidados por el tiempo y los guatemaltecos.

Cualquiera que visite el lugar, lo primero que podría pensar es que está frente a una réplica de los arcos del acueducto de la Culebra, ubicado en la zona 13. Pocos saben que en el perímetro de la cabecera municipal de San Jerónimo aún se conservan los restos de esta gigantesca obra, construida en el siglo XVI por los frailes dominicos.

Los edificios donde funcionó el trapiche
de San Jerónimo aún se conservan en las orillas del pueblo del mismo nombre
en Baja Verapaz.

Estos arcos de medio punto tienen una extensión de aproximadamente 700 metros y a través de ellos los religiosos españoles canalizaron el agua desde las montañas de las Verapaces, hasta la hacienda. Posteriormente, aprovecharon este recurso y lo utilizaron para movilizar la maquinaria del trapiche.

En la construcción de esta obra de calicanto está la huella de los frailes dominicos, quienes se asentaron en la región de las Verapaces desde la época de La Conquista. Se cree que el encargado de iniciar estos trabajos fue fray Francisco Gallegos, pero, al parecer, fue concluida por el administrador de la hacienda en esa época, fray Joseph Ramírez en 1679.

Para conocer esta joya de la ingeniería colonial no se requiere mucho esfuerzo y tiempo. Basta con tomar la carretera que conduce al Atlántico y buscar la ruta que lleva a Salamá, Baja Verapaz. Al nada más llegar al kilómetro 152, ya se pueden observar las primeras construcciones que anuncian la población de San Jerónimo.

La mano de fray Bartolomé

La expansión económica española del siglo XVI es la semilla de la historia de estas ruinas. Todo se inicia cuando el rey Carlos V decide, en 1549, construir un ingenio azucarero en dicha región. Los religiosos no tardaron en encontrar en el valle de San Jerónimo (se escribía con G en esos tiempos) el lugar ideal para sus proyectos.

Fue así como los frailes Bartolomé de las Casas, Pedro de Angulo y Rodrigo de Ladrada fundaron entre 1549 y 1560, la hacienda. Cuatro décadas después, en 1601, se cumplieron al pie de la letra los deseos del monarca español cuando se fundó el primer ingenio azucarero de Centro América.

El proyecto de los dominicos casi fue exclusivo de la Época Colonial, ya que 8 años después de la Independencia, en 1829, fueron obligados a abandonar la administración de la hacienda. Esto se debió a que el gobierno Liberal de esos años ordenó la expulsión de todas las órdenes religiosas.

Esclavitud
La mano de obra de esclavos originarios de Guinea le dio vida a esta hacienda durante los primeros años.

- A finales del siglo XVI, posiblemente en 1575, llegó a San Jerónimo el primer grupo de esclavos originarios de Guinea.

- Estos esclavos llegaron procedentes de Jamaica y la mayoría de hombres tenían 14 años, mientras que las mujeres 13. Todos tenían buena salud y estatura.

- Entre el grupo venían albañiles. herreros, adoberos, fundidores, ladrilleros y hasta músicos.

- El grupo predominante fue el de los albañiles, pues en 1619 eran 85, en 1631, 150 y en 1770 el número llegaba a 700 procedentes de Jamaica.

- Las mujeres esclavas eran las encargadas de confeccionar la ropa, la cual consistía en un sola prenda que le llamaban exquiposones.

A partir de este suceso el destino de la finca tomó un giro muy diferente, y su periodo de decadencia principió cuando pasó a formar parte del patrimonio del Estado. A partir de 1832 estas tierras principiaron un incierto camino (estuvieron en varias manos) cuando el gobierno las dejó, inicialmente, a cargo de José Basilio Porras, Marcial Benet y Carlos Antonio Meany.

Los años dorados

En sus buenos años el ingenio fue considerado como uno de los más productivos de América Latina, debido a su avanzada maquinaria. “Con el trabajo de apenas dos hombre, en cuatro o seis minutos este salón de secado del azúcar era cubierto con el tejado corredizo, único en su género” relata el obispo Pedro Cortez y Larraz en uno de sus escritos.

El religioso se refería al techo construido por fray Rafael Luján, quien por este trabajo es considerado como pionero en el uso de la energía solar.

La producción de azúcar, la cual era enviada en su mayoría a España, fue, inicialmente, de 600 arrobas (7.5 toneladas) mensuales, es decir 90 toneladas al año. Sin embargo, se cree que debido a la desarrollada maquinaria que tenía el ingenio, su producción se incrementó con el paso de los años, pero no se tienen registros.

La pujanza de esta hacienda, hoy cabecera del municipio de San Jerónimo, llegó a tal grado que en la finca se produjo tabaco, trigo, papa y uva, la cual era utilizada para extraer vino. Además, hubo crianza de ganado vacuno y equino, el cual era utilizado como medio de transporte. “Los caballos... son los mejores de todo el país”, afirmó en 1625 el fraile irlandés Thomas Gage.

 
© Copyright 2004 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.
revistad@prensalibre.com.gt
www.prensalibre.com