Los arcos de San Jerónimo
Perdidos en el tiempo, los arcos del acueducto
de San Jerónimo, Baja Verapaz,
muestran su grandeza a los ojos de los visitantes.
Por Francisco Mauricio Martínez
Foto Carlos Sebastián
Algunos permanecen sepultados, mientras que otros
soberbiamente dejan ver sus curvaturas sobre la verde vegetación
y los cultivos de los campesinos de la región. Los vestigios
de los 124 arcos del acueducto que durante la época colonial
llevó el agua al a la hacienda San Jerónimo, Baja
Verapaz, permanecen olvidados por el tiempo y los guatemaltecos.
Cualquiera que visite el lugar, lo primero que podría pensar es que
está frente a una réplica de los arcos del acueducto de la Culebra,
ubicado en la zona 13. Pocos saben que en el perímetro de la cabecera
municipal de San Jerónimo aún se conservan los restos de esta
gigantesca obra, construida en el siglo XVI por los frailes dominicos.

Los edificios donde funcionó el
trapiche
de San Jerónimo aún se conservan en las orillas del pueblo
del mismo nombre
en Baja Verapaz. |
Estos arcos de medio punto tienen una extensión de aproximadamente 700
metros y a través de ellos los religiosos españoles canalizaron
el agua desde las montañas de las Verapaces, hasta la hacienda. Posteriormente,
aprovecharon este recurso y lo utilizaron para movilizar la maquinaria del
trapiche.
En la construcción de esta obra de calicanto está la huella de
los frailes dominicos, quienes se asentaron en la región de las Verapaces
desde la época de La Conquista. Se cree que el encargado de iniciar estos
trabajos fue fray Francisco Gallegos, pero, al parecer, fue concluida por el
administrador de la hacienda en esa época, fray Joseph Ramírez
en 1679.
Para conocer esta joya de la ingeniería colonial no se requiere mucho
esfuerzo y tiempo. Basta con tomar la carretera que conduce al Atlántico
y buscar la ruta que lleva a Salamá, Baja Verapaz. Al nada más
llegar al kilómetro 152, ya se pueden observar las primeras construcciones
que anuncian la población de San Jerónimo.
La mano de fray Bartolomé
La expansión económica española del siglo XVI es la semilla
de la historia de estas ruinas. Todo se inicia cuando el rey Carlos V decide,
en 1549, construir un ingenio azucarero en dicha región. Los religiosos
no tardaron en encontrar en el valle de San Jerónimo (se escribía
con G en esos tiempos) el lugar ideal para sus proyectos.
Fue así como los frailes Bartolomé de las Casas, Pedro de Angulo
y Rodrigo de Ladrada fundaron entre 1549 y 1560, la hacienda. Cuatro décadas
después, en 1601, se cumplieron al pie de la letra los deseos del monarca
español cuando se fundó el primer ingenio azucarero de Centro América.
El proyecto de los dominicos casi fue exclusivo de la Época Colonial,
ya que 8 años después de la Independencia, en 1829, fueron obligados
a abandonar la administración de la hacienda. Esto se debió a que
el gobierno Liberal de esos años ordenó la expulsión de
todas las órdenes religiosas.
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Esclavitud
La mano de obra de esclavos originarios
de Guinea le dio vida a esta hacienda durante los primeros años.
- A finales del siglo XVI, posiblemente en 1575,
llegó a San Jerónimo el primer grupo de esclavos originarios
de Guinea.
- Estos esclavos llegaron procedentes de Jamaica
y la mayoría de hombres tenían 14 años, mientras
que las mujeres 13. Todos tenían buena salud y estatura.
- Entre el grupo venían albañiles.
herreros, adoberos, fundidores, ladrilleros y hasta músicos.
- El grupo predominante fue el de los albañiles,
pues en 1619 eran 85, en 1631, 150 y en 1770 el número llegaba
a 700 procedentes de Jamaica.
- Las mujeres esclavas eran las encargadas de
confeccionar la ropa, la cual consistía en un sola prenda
que le llamaban exquiposones.
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A partir de este suceso el destino de la finca tomó un giro muy diferente,
y su periodo de decadencia principió cuando pasó a formar parte
del patrimonio del Estado. A partir de 1832 estas tierras principiaron un incierto
camino (estuvieron en varias manos) cuando el gobierno las dejó, inicialmente,
a cargo de José Basilio Porras, Marcial Benet y Carlos Antonio Meany. Los años dorados
En sus buenos años el ingenio fue considerado como uno de los más
productivos de América Latina, debido a su avanzada maquinaria. “Con
el trabajo de apenas dos hombre, en cuatro o seis minutos este salón de
secado del azúcar era cubierto con el tejado corredizo, único en
su género” relata el obispo Pedro Cortez y Larraz en uno de sus
escritos.
El religioso se refería al techo construido por fray Rafael Luján,
quien por este trabajo es considerado como pionero en el uso de la energía
solar.
La producción de azúcar, la cual era enviada en su mayoría
a España, fue, inicialmente, de 600 arrobas (7.5 toneladas) mensuales,
es decir 90 toneladas al año. Sin embargo, se cree que debido a la desarrollada
maquinaria que tenía el ingenio, su producción se incrementó con
el paso de los años, pero no se tienen registros.
La pujanza de esta hacienda, hoy cabecera del municipio
de San Jerónimo,
llegó a tal grado que en la finca se produjo tabaco, trigo,
papa y uva, la cual era utilizada para extraer vino. Además,
hubo crianza de ganado vacuno y equino, el cual era utilizado como
medio de transporte. “Los caballos...
son los mejores de todo el país”, afirmó en 1625
el fraile irlandés Thomas Gage.
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