Semanario de Prensa Libre • No. 84 • 12 de Febrero de 2006    


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Esclavitud en nuestro tiempo
El tráfico sexual es uno de los problemas que ha empeorado por todo el mundo, a medida que la delincuencia organizada, la movilidad cada vez mayor y la expansión de los mercados han convertido la carne pubescente en un producto comerciable en escala internacional.

Por Nicholas D. Kristof

Calcuta, India.- Los historiadores reflexionarán, confundidos, respecto de la forma en que nuestro siglo 21 tolera la esclavitud de más de un millón de menores en burdeles a lo largo de todo el mundo. Tan solo la India pudiera tener medio millón de menores de edad en sus burdeles, lo cual es más que cualquier otro país del mundo.

Si se visita el distrito de burdeles de casi cualquier ciudad en la India, es posible conocer adolescentes de 14 años de edad que han sido secuestradas de las calles, o drogadas, o que les ofrecieron empleos como sirvientas, y después fueron vendidas a un mundo del que, a menudo, escapan solamente muriendo de sida.

En el pasado, cuando he escrito acerca de la “esclavitud sexual”, desde Camboya, he percibido que los lectores asumen que el término es una hipérbole. Comprueben sí aún piensan lo mismo después de escuchar la historia de Geeta Ghosh (hay un videoclip de Geeta en Internet, en: www.nytimes.com/kristof).

Geeta creció en una aldea de la India rural y estudió apenas dos meses de escuela; al igual que muchas de las jovencitas que son objeto del tráfico humano, ella es analfabeta. Su propia familia abusó de ella, pero a la edad de once años encontró refugio con la tía de su mejor amiga.

A lo largo de un año, “Tiíta” cuidó de Geeta con una calidez que ella nunca había encontrado en casa. Entonces, un día, cuando Geeta contaba 12 años —pero aún era una niñita en términos físicos, que no había alcanzado la pubertad— la tía se la llevó a un salón de belleza. “Te ves un poco fea, así que, ¿porqué no probar verse mejor?”, sugirió la tiíta.

Después, dicha tía la encerró en una habitación a prueba de ruido en un burdel, junto con un hombre árabe que había comprado su virginidad. “Yo me sentía en verdad aterrada de ver a este hombre gigantesco frente a mí”, recuerda Geeta, agregando: “Lloré mucho y me eché a sus pies, suplicando”.

“El me arrancó el vestido, y las violaciones continuaron de la misma forma durante un mes. El me obligaba a dormir desnuda junto a él, y bebía mucho, y también me hacía mucho daño”.

Después de eso, la propietaria del burdel la ofreció en venta a diario, durante cinco años; y sólo después de ocho meses como prostituta fue que ella maduró en la medida suficiente para que tuviera su primer periodo menstrual. La dueña del burdel la mantuvo confinada en el sitio durante los tres primeros años, golpeándola con palos y amenazándola con un cuchillo para advertirle qué ocurriría si ella trataba de escapar.

“En la casa había un gran tubo para el drenaje”, recuerda Geeta. “La madama dijo, Si alguna vez tratas de escapar, nosotros te vamos a cortar en pedacitos y vamos a lanzar los pedazos por este drenaje”.

Después de tres años, a Geeta le daban permiso de salir al pedazo de calle frente al burdel. Pero si bien agentes de policía a veces pasaban caminando por ahí, ella dice que no habría tenido ningún sentido correr hacia ellos: la madama les pagaba jugosos sobornos, así que ellos sencillamente la habrían devuelto al burdel.

Un conductor de taxi visitaba a Geeta de manera regular, y con el tiempo fue creando una relación estrecha. “Quizás no era amor, pero él era simpático”, dijo. Finalmente, él le ayudó a escapar del burdel, y ahora ambos están casados y tienen cuatro hijos.

En los cinco años transcurridos desde que Geeta fue encarcelada en el burdel, ella nunca recibió dinero alguno. Cada rupia que ella ganaba iba a parar a manos de su dueño.

Yo visité la humilde vivienda de una sola habitación donde Geeta y su familia viven actualmente, en una barriada de Calcuta. El hogar es del tamaño de un vestidor estadounidense, ocupado en su mayoría por una cama sostenida sobre ladrillos. Tres de los niños duermen sobre la cama, y los padres y el hijo menor debajo de ella. La barriada es miserable, y el canal de drenaje en la cercanía a veces inunda su casa —pero Geeta está feliz, porque es libre.

A lo largo de toda India y del mundo, aún se encierra a jovencitas en burdeles, como en el caso de Geeta. De hecho, el tráfico sexual es uno de los problemas que, todo parece indicarlo, ha empeorado por todo el mundo, a medida que la delincuencia organizada, la movilidad cada vez mayor y la expansión de los mercados han convertido la carne pubescente en un producto comerciable en escala internacional.

Más aún, el temor al sida ha fomentado mercados para jovencitas vírgenes y niñas incluso más jóvenes, de quienes los clientes piensan que tienen menos probabilidades de ser portadoras del VIH.

The Lancet, revista británica de medicina, ha estimado: “Se piensa que el número de menores que son prostituidos va en aumento y podría incluso ascender a 10 millones”.

Por supuesto, no todas pueden ser tildadas realmente de “esclavas”. Existe un flujo continuo de coerción entre prostitutas menores de edad, que se extiende desde las adolescentes mayores, que eligen la prostitución, hasta niñas de 10 años de edad, las cuales son secuestradas de las calles y encerradas en jaulas.

c. 2006 - The New York Times News Service

 
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