Presto non troppo
En fin, la educación
Puntos para un debate, Parte II
Por Paulo Alvarado
presto_non_troppo@yahoo.com
Advertidos, entonces, de que el objetivo auténtico de la educación
escolar no consiste en cuadrar al alumnado dentro de un determinado esquema socio-económico,
hemos de convenir en que sí es imprescindible modernizar el sistema educativo
nacional.
Dicha modernización no comienza con los estudiantes, sino con los maestros,
y tampoco comienza con cuadrar a éstos dentro de un modelo administrativo
y de gestión. En primera instancia, se trata de dignificar la profesión
del docente. Aquí no hay más que un camino: es preciso remunerar
apropiadamente su trabajo. Eso jamás se va a cubrir con incentivos o bonos
o readecuaciones ocasionales ni debiera depender de negociaciones entre el ministerio
y el magisterio. Tiene que ser una política de Estado que se le pague
bien a todo maestro, sin que éste tenga que requerirlo ni participar en
movilizaciones, por demás inefectivas e insensatas. Los recursos existen,
más que sobradamente; la vergüenza guatemalteca es que se destinan
a instituciones totalmente ajenas al proyecto de construir una nación
y que no tienen ninguna razón de ser, ni en supuestas condiciones de guerra,
ni mucho menos en tiempos de paz.
En otras palabras, el servicio que presta un docente no debiera
ser sólo
una vocación romántica al magisterio, sino asimismo un empleo materialmente
bien retribuido. Cumplir con esta condición le dará al Gobierno
un argumento válido para exigir la profesionalización del personal
docente y su continuada actualización, que de otro modo carecen de sentido
práctico, en especial para quienes ya no están en condiciones de
invertir tiempo y esfuerzo en una carrera universitaria. Éste es el nivel
académico que Guatemala necesita hasta del último maestro en la última
aldea.
Al mismo tiempo, es primordial que las ventajas de la llevada y
traída “inamovilidad” establecida
en el decreto 1485 se vean superadas por un sistema nacional de educación,
salud y seguridad que ya no dé lugar a que los maestros (ni cualesquiera
otros empleados públicos) se refugien en disposiciones históricamente
importantes, pero que con el tiempo se han vuelto demasiado fáciles de
manipular en aras de la haraganería, la corrupción y la mediocridad.
Está claro que un sistema tal tendrá que ser la proyección
de toda una sociedad, no sólo la de una parte del aparato ministerial.
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