¿Ostras o caracoles?
Como en el diálogo entre Craso y Antonino, en Espartaco,
la homosexualidad siempre ha estado presente en la historia
del cine.
Por Gemma Gil Flores
Para algunos críticos, Brokeback Mountain (En terreno vedado) es la película
del año. Tres Globos de Oro, la dirección del oscarizado Ang Lee
(Tigre y Dragón, 2000) y un sólido guión basado en la novela
homónima de la ganadora del Pulitzer Annie Proulx vendrían a confirmarlo.
Para otros, esta historia de amor entre un ranchero de Wyoming y un cowboy de
rodeos no es más que un western gay que abandera la última moda
de Hollywood: el gusto por los temas homosexuales.
Mientras seguidores y detractores se afanan en discutir
si ésta es, o no, una historia tan universal como el amor,
su estreno ha hecho correr ríos de tinta. Pero, ¿por
qué tanta atención?, ¿acaso la homosexualidad
o el lesbianismo son argumentos nuevos en el cine?

Brokeback Mountain
Clasificada como western gay, la película de Ang
Lee ha despertado un animado debate: ¿es lo homosexual
la última moda en Hollywood? |
De bufones y villanos
Corría el año 1895 cuando se grabó a dos hombres
bailando abrazados en el marco de un Edison Experimental Film.
Eran los albores del séptimo arte, y la homosexualidad ya
nunca abandonaría la pantalla.
En los años 30, la figura del gay, estereotipado como un
hombre afeminado e histriónico, fue empleada como un recurso
cómico. En este contexto, dos películas con protagonistas
femeninas destacaron como una tolerante excepción.
En Marruecos (1930), la diva de la ambigüedad, Marlene Dietrich,
irrumpía en escena vestida de frac para robar un beso de
una joven y lanzar una flor a Gary Cooper.
Por otro lado, en La Reina Cristina de Suecia (1933),
Hollywood colocó a Greta Garbo en la piel de una soberana lesbiana.
Aunque las preferencias del personaje histórico nunca se
mostraron abiertamente, los guionistas pusieron en boca de una
Garbo vestida de hombre algunas líneas provocadoras. Por
ejemplo, cuando el jefe del gabinete amonesta a la reina porque
no quiere casarse, le dice: “Pero, majestad, no podéis
morir solterona”, a lo que la soberana contesta: “No
tengo esa intención, canciller. Moriré solterón”. No obstante, tales muestras de tolerancia tenían los días
contados. El Código Hays (1934) se iba a encargar de devolver
la moralidad a las pantallas. Los besos con los labios abiertos,
los abrazos apasionados o cualquier tipo de desnudo fueron terminantemente
prohibidos. Ni qué decir de los personajes que mostrasen
signos de una “sexualidad perversa”.
Así, aunque gays y lesbianas no desaparecieron de la gran
pantalla, la moralidad imperante propició que apareciesen
camuflados, como el actor gay Sal Mineo, en Rebelde sin causa (1955).
Además, para que no quedara duda sobre cuál era la
opción correcta, se comenzó a dotar de rasgos homosexuales
a aquellos personajes en los que se quería acentuar su manifiesta
degeneración o crueldad. Valgan como ejemplo el engañoso
Joel El Cairo (Peter Lorre), en El halcón Maltés
(1941), o la neurótica Amy North (Lauren Bacall), en Young
man with a horn (1950).
Entre líneas
En los años 50 y 60, Hollywood tuvo que aprender a decir
sin palabras. Gore Vidal, uno de los guionistas de Ben-Hur (1959),
lo confirmaba en el documental El celuloide oculto (1995), al rememorar
la discusión que mantuvo con el director William Wyler para
enfocar la historia hacia una relación de amor no correspondida
entre Messala (Stephen Boyd) y Ben Hur (Charlton Heston). Aunque
Wyler tenía sus dudas, la película se grabó dejando
abierta la insinuación sobre una pasión imposible
entre el romano y el protagonista de la epopeya.
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Censurado
La
escena suprimida en Espartaco (Stanley Kubrick, 1960) transcurre
mientras el esclavo Antonino da un baño a su señor,
Craso.
Craso: ¿Comes ostras?
Antonino: Cuando las tengo, señor.
Craso: ¿Comes caracoles?
Antonino: No, señor.
Craso: ¿Consideras moral comer
ostras e inmoral comer caracoles?
Antonino: No, señor.
Craso: Por supuesto que no, es una
cuestión de gustos, ¿verdad?
Antonino: Sí, señor.
Craso: Y gusto no es lo mismo que apetito,
y por tanto no es una cuestión de moralidad.
Antonino: Se podría discutir,
señor.
Craso: Mi toga, Antonino. Mis gustos
incluyen los caracoles y las ostras. |
Los subtextos abundaban y jugaban al equívoco, dejando la
interpretación a la libre imaginación del espectador.
Así, por ejemplo, en Río Rojo (1948), Montgomery
Clift, otro actor gay, y John Ireland, mantenían la siguiente
conversación acerca de un símbolo tan fálico
como la pistola: “Sólo hay dos cosas más bonitas
que un arma: un reloj suizo y una mujer”. La réplica
de uno de los vaqueros es lo bastante ambigua: “¿Has
tenido un reloj suizo?”
No obstante, cuando los diálogos o las imágenes se
hacían demasiado explícitas, la tijera del censor
no tardaba en asomar. Es lo que ocurrió con Espartaco (1960).
La escena en que Antonino (Tony Curtis) masajeaba en el baño
a un desnudo Craso (Laurence Olivier) fue suprimida, y es que quienes
puedan ver la escena en la edición de DVD advertirán
que el diálogo sobre la preferencia de comer ostras o caracoles
no tenía desperdicio. Lo mismo ocurrió con La gata sobre el tejado de zinc (1958),
a la que se mutiló hasta que no quedara asomo de duda. La
forma en que Brick Pollitt (Paul Newman) repudiaba a su esposa
(una espectacular Elizabeth Taylor) no tenía nada que ver
con la “pasión” que sentía por Skipper,
su amigo fallecido.
Los 70 abren
las puertas
La revolución sexual de los 70 marcó el inicio del
cambio. Para empezar, la Organización Mundial de la Salud
eliminó de su lista de enfermedades mentales la homosexualidad.
El cambio social encontró su eco en ese espejo llamado mundo
cinematográfico. Así, mientras fuera de Hollywood,
Luchino Visconti presentaba su Muerte en Venecia (1971) —el
drama de un compositor alemán que llega a la ciudad de los
canales para morir consumido por la enfermedad y el amor hacia
un adolescente—, en la meca del cine se rodaba Cabaret (1972) —una
de las primeras películas con un personaje homosexual al
que no se enjuicia moralmente— y, en México, Arturo
Ripstein daba vida a El lugar sin límites (1977) con un
travesti como protagonista.
Se había abierto la veda, en
los años siguientes
las salas se llenarían con películas como El beso
de la mujer araña (Babenco, 1985), La ley del deseo (Almodóvar,
1986), Philadelphia (Demme, 1993), M. Butterfly (Cronenberg,
1993), Boys don’t Cry (Peirce, 1999) o la misma Brokeback
Mountain. Una vez más la homosexualidad latente había
cambiado de cara para adaptarse a los nuevos tiempos. |