Semanario de Prensa Libre • No. 85 • 19 de Febrero de 2006    


   Portada
   Editorial
   Opinión
   Cartas
   D todo un poco
   Claroscuro
   D frente
   D enfoque
   D portafolio
   D historia
   D fondo
   D arte
   D mundo
   D cultura
   D farándula
   D viaje
   Punto final
   D archivo
   Directorio


D farándula

¿Ostras o caracoles?
Como en el diálogo entre Craso y Antonino, en Espartaco, la homosexualidad siempre ha estado presente en la historia del cine.

Por Gemma Gil Flores

Para algunos críticos, Brokeback Mountain (En terreno vedado) es la película del año. Tres Globos de Oro, la dirección del oscarizado Ang Lee (Tigre y Dragón, 2000) y un sólido guión basado en la novela homónima de la ganadora del Pulitzer Annie Proulx vendrían a confirmarlo. Para otros, esta historia de amor entre un ranchero de Wyoming y un cowboy de rodeos no es más que un western gay que abandera la última moda de Hollywood: el gusto por los temas homosexuales.

Mientras seguidores y detractores se afanan en discutir si ésta es, o no, una historia tan universal como el amor, su estreno ha hecho correr ríos de tinta. Pero, ¿por qué tanta atención?, ¿acaso la homosexualidad o el lesbianismo son argumentos nuevos en el cine?

Brokeback Mountain
Clasificada como western gay, la película de Ang Lee ha despertado un animado debate: ¿es lo homosexual la última moda en Hollywood?

De bufones y villanos

Corría el año 1895 cuando se grabó a dos hombres bailando abrazados en el marco de un Edison Experimental Film. Eran los albores del séptimo arte, y la homosexualidad ya nunca abandonaría la pantalla.

En los años 30, la figura del gay, estereotipado como un hombre afeminado e histriónico, fue empleada como un recurso cómico. En este contexto, dos películas con protagonistas femeninas destacaron como una tolerante excepción.

En Marruecos (1930), la diva de la ambigüedad, Marlene Dietrich, irrumpía en escena vestida de frac para robar un beso de una joven y lanzar una flor a Gary Cooper.

Por otro lado, en La Reina Cristina de Suecia (1933), Hollywood colocó a Greta Garbo en la piel de una soberana lesbiana. Aunque las preferencias del personaje histórico nunca se mostraron abiertamente, los guionistas pusieron en boca de una Garbo vestida de hombre algunas líneas provocadoras. Por ejemplo, cuando el jefe del gabinete amonesta a la reina porque no quiere casarse, le dice: “Pero, majestad, no podéis morir solterona”, a lo que la soberana contesta: “No tengo esa intención, canciller. Moriré solterón”.

No obstante, tales muestras de tolerancia tenían los días contados. El Código Hays (1934) se iba a encargar de devolver la moralidad a las pantallas. Los besos con los labios abiertos, los abrazos apasionados o cualquier tipo de desnudo fueron terminantemente prohibidos. Ni qué decir de los personajes que mostrasen signos de una “sexualidad perversa”.

Así, aunque gays y lesbianas no desaparecieron de la gran pantalla, la moralidad imperante propició que apareciesen camuflados, como el actor gay Sal Mineo, en Rebelde sin causa (1955). Además, para que no quedara duda sobre cuál era la opción correcta, se comenzó a dotar de rasgos homosexuales a aquellos personajes en los que se quería acentuar su manifiesta degeneración o crueldad. Valgan como ejemplo el engañoso Joel El Cairo (Peter Lorre), en El halcón Maltés (1941), o la neurótica Amy North (Lauren Bacall), en Young man with a horn (1950).

Entre líneas

En los años 50 y 60, Hollywood tuvo que aprender a decir sin palabras. Gore Vidal, uno de los guionistas de Ben-Hur (1959), lo confirmaba en el documental El celuloide oculto (1995), al rememorar la discusión que mantuvo con el director William Wyler para enfocar la historia hacia una relación de amor no correspondida entre Messala (Stephen Boyd) y Ben Hur (Charlton Heston). Aunque Wyler tenía sus dudas, la película se grabó dejando abierta la insinuación sobre una pasión imposible entre el romano y el protagonista de la epopeya.

Censurado
La escena suprimida en Espartaco (Stanley Kubrick, 1960) transcurre mientras el esclavo Antonino da un baño a su señor, Craso.

Craso: ¿Comes ostras?
Antonino: Cuando las tengo, señor.

Craso: ¿Comes caracoles?

Antonino: No, señor.

Craso: ¿Consideras moral comer ostras e inmoral comer caracoles?

Antonino: No, señor.

Craso: Por supuesto que no, es una cuestión de gustos, ¿verdad?

Antonino: Sí, señor.

Craso: Y gusto no es lo mismo que apetito, y por tanto no es una cuestión de moralidad.

Antonino: Se podría discutir, señor.

Craso: Mi toga, Antonino. Mis gustos incluyen los caracoles y las ostras.

Los subtextos abundaban y jugaban al equívoco, dejando la interpretación a la libre imaginación del espectador. Así, por ejemplo, en Río Rojo (1948), Montgomery Clift, otro actor gay, y John Ireland, mantenían la siguiente conversación acerca de un símbolo tan fálico como la pistola: “Sólo hay dos cosas más bonitas que un arma: un reloj suizo y una mujer”. La réplica de uno de los vaqueros es lo bastante ambigua: “¿Has tenido un reloj suizo?”

No obstante, cuando los diálogos o las imágenes se hacían demasiado explícitas, la tijera del censor no tardaba en asomar. Es lo que ocurrió con Espartaco (1960). La escena en que Antonino (Tony Curtis) masajeaba en el baño a un desnudo Craso (Laurence Olivier) fue suprimida, y es que quienes puedan ver la escena en la edición de DVD advertirán que el diálogo sobre la preferencia de comer ostras o caracoles no tenía desperdicio.

Lo mismo ocurrió con La gata sobre el tejado de zinc (1958), a la que se mutiló hasta que no quedara asomo de duda. La forma en que Brick Pollitt (Paul Newman) repudiaba a su esposa (una espectacular Elizabeth Taylor) no tenía nada que ver con la “pasión” que sentía por Skipper, su amigo fallecido.

Los 70 abren las puertas

La revolución sexual de los 70 marcó el inicio del cambio. Para empezar, la Organización Mundial de la Salud eliminó de su lista de enfermedades mentales la homosexualidad. El cambio social encontró su eco en ese espejo llamado mundo cinematográfico. Así, mientras fuera de Hollywood, Luchino Visconti presentaba su Muerte en Venecia (1971) —el drama de un compositor alemán que llega a la ciudad de los canales para morir consumido por la enfermedad y el amor hacia un adolescente—, en la meca del cine se rodaba Cabaret (1972) —una de las primeras películas con un personaje homosexual al que no se enjuicia moralmente— y, en México, Arturo Ripstein daba vida a El lugar sin límites (1977) con un travesti como protagonista.

Se había abierto la veda, en los años siguientes las salas se llenarían con películas como El beso de la mujer araña (Babenco, 1985), La ley del deseo (Almodóvar, 1986), Philadelphia (Demme, 1993), M. Butterfly (Cronenberg, 1993), Boys don’t Cry (Peirce, 1999) o la misma Brokeback Mountain. Una vez más la homosexualidad latente había cambiado de cara para adaptarse a los nuevos tiempos.

 
© Copyright 2004 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.
revistad@prensalibre.com.gt
www.prensalibre.com