El pluralismo islámico
Por Alexander Sequén-Mónchez
Es inevitable comparar al personaje de Mahfuz con
el señor Scrooge de Charles Dickens. Hay la misma avaricia
y la misma especulación egoísta del tiempo. Nada
tiene más valor que sus propósitos, y su asilamiento
es el único medio para amasar fortuna y poder. Sin embargo,
el reflejo que existe entre uno y otro se desvanece prontamente.
Scrooge adora al dios-dinero: su fin es la acumulación de
capital, centavo tras centavo. En el extremo, Uzmán Bayyumi
adora el poder en sí mismo. Está interesado en volverse
rico, de ser posible, en la medida que pueda granjearse el reconocimiento
social. Dickens enfoca la miseria humana de la ambición.
Mahfuz, los errores demenciales de la lucha por la ascensión.
Y algo más: la historia que se da en Egipto tiene un trasfondo
religioso.

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Un señor
muy respetable transcurre linealmente a través
de 38 capítulos breves. Desde la tercera persona se nos
va informando el origen y las aspiraciones de un jovencísimo
Uzmán Bayyumi condenado a empezar de cero. Estando en el
octavo escalafón del funcionariado egipcio, está orgulloso
de participar en el gobierno. Esa dicha tiene que ver con la negación
de su origen. Le avergüenza ser el hijo de un carretero y
vivir en un barrio pobre. Quiere trascender y por eso le ha dado
prioridad absoluta al planeamiento calculador. De hecho, trazó lo
que llama su “programa de trabajo y de vida”. Ahí no
cabe el deleite pasajero, sino el cumplimiento del deber, el estudio,
la ampliación cultural y la estricta observación
religiosa, pero teniendo a la mano cualquier táctica, accidental
o pensada, para hacerse de espacios.
La trama podría volverse un lugar común: no olvidemos
que se trata de un hombre abriéndose paso contra las injusticias
de la vida. Se salva porque Nahfuz hace ver que “el funcionariado
es un ladrillo en el edificio del Estado y el Estado es un soplo
del espíritu de Dios encarnado en la tierra”. Esta
situación ubica al personaje en un afán legítimo,
al menos religiosamente. Así, el sueño de Bayyumi
es la trascendencia al servicio de sus creencias y de su gobierno.
Lo que el escritor deja entrever es la separación tajante
entre lo humano y lo divino: no por integrarse a la burocracia
estatal se está rindiendo un tributo a Alá, no porque
exista una estructura de poder semejante, los hombres que la conduzcan
han sido nombrados según el destino y la voluntad religiosa.
Por eso, uno de los temas que subyace en el libro es la actitud
conservadora ante las reivindicaciones revolucionarias. Bayyumi
detesta la discusión política, sobre todo si pone
en duda el sistema del que forma parte.
Bayyumi desea con todas sus fuerzas llegar a ejercer el poder.
No quiere ser un empleado gris y montonero, quiere ir escalando
a su propio ritmo y según su esfuerzo. El problema moral
que enhebra Mahfuz es la pérdida de escrúpulos y
la reiterada autojustificación en el discurso religioso.
Bayyumi pone de su parte: estudia Derecho por las noches, lee cuanto
libro puede en la biblioteca y practica incesantemente sus dotes
para la traducción. Aún así, somete sus apetitos
carnales, emocionales, a caudales mezquinos. Esto lo arropa con
un trato hipócrita y servil hacia sus superiores. Considera
indispensable dejarse descubrir por ellos y ser útil sin
importar que su ayuda no sea remunerada. Cada paso está inscrito
en su ascensión burocrática.
El gran dilema es cuánta vida debe reprimir en nombre de
los sueños. Bayummi deja pasar el amor juvenil y el de madurez,
guarda las apariencias y aumenta el grado de su sacrificio ahorrando
todo el dinero que recibe. Piensa en casarse pero estratégicamente.
Tiene que ser con alguna hija importante que le abra la puerta
al máximo escalón. Esa posibilidad nunca se cumple.
Ha debido remontar por sus propios medios, tortuosamente, atenido
a los vaivenes de la política. Él, que no se ampara
en ninguna familia poderosa, ha ido subiendo del octavo al séptimo
grado —¡siete años!—, del séptimo
al sexto, del sexto al quinto, y así hasta dejar atrás
y frustradas sus palpitaciones humanas. Renuncia al amor y a la
amistad. Sólo puede confiar en la máscara que lleva
puesta.
Bayyumi siente al cabo del tiempo una terrible ausencia que es
pérdida. Su conocimiento del poder y la lentitud para convertir
a sus compañeros de trabajo en subordinados ha dado contra
la pared: es poco probable que alcance el nivel máximo.
Ha sido traicionado en la medida que traiciona él mismo.
Aquella convicción asceta del camino a la felicidad individual
se ha transformado en un solitario paraje, cohabitado únicamente
por una prostituta —Qadriyya—, a quien paga el uso
de sus placeres. En este aspecto, Mahfuz forja una ironía
terrible: Bayyumi, que pasó del tímido bozo a la
cabellera canada, se dio el lujo de despreciar y manipular los
corazones de varias mujeres. Temeroso de perder la oportunidad
de resarcir sus errores en el matrimonio, no tiene más camino
que el ridículo: intenta halagar —y peor aún:
seducir— a jóvenes. Su compañera en los oficios
religiosos no sería ninguna dama acaudalada, error de cálculo,
sino la mujer que visitó a oscuras y a prisa durante toda
su vida.
Mentimos si aceptamos la moraleja como contrapunto de la historia:
el malo tiene al fin su merecido. Ciertamente, Bayyumi está a
punto de perderlo todo: la salud, el trabajo, el amor, la vida. ¿Sirvió de
algo sacralizar el trabajo? ¿Es demasiada la dignidad que
se pierde? La respuesta a estas dos preguntas es no, como tampoco
es cierto que nos hagamos “respetables” irrespetando
nuestra naturaleza. La felicidad carece de sentido si suprimimos
nuestra verdad compartida. Un sueño logrado es un poder
duradero, siempre y cuando no postergue la libertad. ¡Cuántos
Bayyumis alrededor! |