Semanario de Prensa Libre • No. 107 • 23 de Julio de 2006

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Punto final

El pluralismo islámico

Por Alexander Sequén-Mónchez

Es inevitable comparar al personaje de Mahfuz con el señor Scrooge de Charles Dickens. Hay la misma avaricia y la misma especulación egoísta del tiempo. Nada tiene más valor que sus propósitos, y su asilamiento es el único medio para amasar fortuna y poder. Sin embargo, el reflejo que existe entre uno y otro se desvanece prontamente. Scrooge adora al dios-dinero: su fin es la acumulación de capital, centavo tras centavo. En el extremo, Uzmán Bayyumi adora el poder en sí mismo. Está interesado en volverse rico, de ser posible, en la medida que pueda granjearse el reconocimiento social. Dickens enfoca la miseria humana de la ambición. Mahfuz, los errores demenciales de la lucha por la ascensión. Y algo más: la historia que se da en Egipto tiene un trasfondo religioso.

Un señor muy respetable transcurre linealmente a través de 38 capítulos breves. Desde la tercera persona se nos va informando el origen y las aspiraciones de un jovencísimo Uzmán Bayyumi condenado a empezar de cero. Estando en el octavo escalafón del funcionariado egipcio, está orgulloso de participar en el gobierno. Esa dicha tiene que ver con la negación de su origen. Le avergüenza ser el hijo de un carretero y vivir en un barrio pobre. Quiere trascender y por eso le ha dado prioridad absoluta al planeamiento calculador. De hecho, trazó lo que llama su “programa de trabajo y de vida”. Ahí no cabe el deleite pasajero, sino el cumplimiento del deber, el estudio, la ampliación cultural y la estricta observación religiosa, pero teniendo a la mano cualquier táctica, accidental o pensada, para hacerse de espacios.

La trama podría volverse un lugar común: no olvidemos que se trata de un hombre abriéndose paso contra las injusticias de la vida. Se salva porque Nahfuz hace ver que “el funcionariado es un ladrillo en el edificio del Estado y el Estado es un soplo del espíritu de Dios encarnado en la tierra”. Esta situación ubica al personaje en un afán legítimo, al menos religiosamente. Así, el sueño de Bayyumi es la trascendencia al servicio de sus creencias y de su gobierno. Lo que el escritor deja entrever es la separación tajante entre lo humano y lo divino: no por integrarse a la burocracia estatal se está rindiendo un tributo a Alá, no porque exista una estructura de poder semejante, los hombres que la conduzcan han sido nombrados según el destino y la voluntad religiosa. Por eso, uno de los temas que subyace en el libro es la actitud conservadora ante las reivindicaciones revolucionarias. Bayyumi detesta la discusión política, sobre todo si pone en duda el sistema del que forma parte.

Bayyumi desea con todas sus fuerzas llegar a ejercer el poder. No quiere ser un empleado gris y montonero, quiere ir escalando a su propio ritmo y según su esfuerzo. El problema moral que enhebra Mahfuz es la pérdida de escrúpulos y la reiterada autojustificación en el discurso religioso. Bayyumi pone de su parte: estudia Derecho por las noches, lee cuanto libro puede en la biblioteca y practica incesantemente sus dotes para la traducción. Aún así, somete sus apetitos carnales, emocionales, a caudales mezquinos. Esto lo arropa con un trato hipócrita y servil hacia sus superiores. Considera indispensable dejarse descubrir por ellos y ser útil sin importar que su ayuda no sea remunerada. Cada paso está inscrito en su ascensión burocrática.

El gran dilema es cuánta vida debe reprimir en nombre de los sueños. Bayummi deja pasar el amor juvenil y el de madurez, guarda las apariencias y aumenta el grado de su sacrificio ahorrando todo el dinero que recibe. Piensa en casarse pero estratégicamente. Tiene que ser con alguna hija importante que le abra la puerta al máximo escalón. Esa posibilidad nunca se cumple. Ha debido remontar por sus propios medios, tortuosamente, atenido a los vaivenes de la política. Él, que no se ampara en ninguna familia poderosa, ha ido subiendo del octavo al séptimo grado —¡siete años!—, del séptimo al sexto, del sexto al quinto, y así hasta dejar atrás y frustradas sus palpitaciones humanas. Renuncia al amor y a la amistad. Sólo puede confiar en la máscara que lleva puesta.

Bayyumi siente al cabo del tiempo una terrible ausencia que es pérdida. Su conocimiento del poder y la lentitud para convertir a sus compañeros de trabajo en subordinados ha dado contra la pared: es poco probable que alcance el nivel máximo. Ha sido traicionado en la medida que traiciona él mismo. Aquella convicción asceta del camino a la felicidad individual se ha transformado en un solitario paraje, cohabitado únicamente por una prostituta —Qadriyya—, a quien paga el uso de sus placeres. En este aspecto, Mahfuz forja una ironía terrible: Bayyumi, que pasó del tímido bozo a la cabellera canada, se dio el lujo de despreciar y manipular los corazones de varias mujeres. Temeroso de perder la oportunidad de resarcir sus errores en el matrimonio, no tiene más camino que el ridículo: intenta halagar —y peor aún: seducir— a jóvenes. Su compañera en los oficios religiosos no sería ninguna dama acaudalada, error de cálculo, sino la mujer que visitó a oscuras y a prisa durante toda su vida.

Mentimos si aceptamos la moraleja como contrapunto de la historia: el malo tiene al fin su merecido. Ciertamente, Bayyumi está a punto de perderlo todo: la salud, el trabajo, el amor, la vida. ¿Sirvió de algo sacralizar el trabajo? ¿Es demasiada la dignidad que se pierde? La respuesta a estas dos preguntas es no, como tampoco es cierto que nos hagamos “respetables” irrespetando nuestra naturaleza. La felicidad carece de sentido si suprimimos nuestra verdad compartida. Un sueño logrado es un poder duradero, siempre y cuando no postergue la libertad. ¡Cuántos Bayyumis alrededor!


   

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