Semanario de Prensa Libre • No. 107 • 23 de Julio de 2006

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D frente

Amílcar Pop
“Soy un luchador incansable”
En una cafetería de la Universidad de San Carlos de Guatemala, tres abogados indígenas hablaban de los problemas de discriminación, y fue así como surgió la Asociación de Abogados y Notarios Mayas. Uno de ellos era Amílcar Pop, su actual presidente.

Por Julieta Sandoval
Foto Carlos Sebastián

Al conocer su trayectoria nadie pensaría que este abogado originario de Cobán, Alta Verapaz, tenga 28 años. Parece que conversamos con un hombre de más edad. Amílcar Pop no sólo es el presidente de la Asociación de Abogados Mayas, sino también es asesor jurídico de la Comisión Nacional contra la Discriminación Racial, catedrático universitario, creador del diplomado para la sensibilización del sector justicia sobre los derechos de los pueblos indígenas y sacerdote maya, entre otros cargos.

¿Por qué estudió abogacía?

Creo que hay una tradición en mi familia de luchar por los pueblos indígenas. Mi padre tuvo esa intención y no pudo realizarla, por diferentes circunstancias. Es pedagogo. Por eso todos sus hijos (somos ocho) nacimos con el deseo de acompañar esos procesos sociales y políticos que él tenía. Desde que recuerdo, tuve la idea de ser abogado, al igual que cinco de mis hermanos.

En una palabra, me definiría como luchador. No me canso. He sido persistente. Aprendí que no estoy solo, que si tengo derrotas u objetivos, son míos y de mi familia.

¿Cuánto han cambiado los procesos sociales y políticos desde que usted miraba a su padre trabajar en ello al día de hoy?

Los cambios han sido lentos, pero sí ha habido. Nací durante el conflicto armado, y la lucha por los derechos de los pueblos indígenas era invisible, había más un combate por la sobrevivencia. Mi padre trabajó temas importantes: el impulso del cooperativismo y formación de líderes comunitarios.

Como indígena, descubrí que la estructura más fuerte a romper o cambiar en el Estado es la jurídica. La lucha por la tierra es determinante. Recuerdo las historias que contaba mi abuelo y bisabuelo, quienes tuvieron que luchar por la propiedad y la certeza jurídica de ésta. Por ello nuestra formación familiar estuvo relacionada con temas de debilidad y frustración en la justicia, y eso hizo necesario seguir esta profesión.

Fuera del área profesional, ¿qué ha hecho?

Mi tío (Antonio) era sacerdote maya o guía espiritual. Junto a otros creó un consejo de sacerdotes. con él me formé en ello. Ellos deciden renunciar a la magia popular y reconstruir un ejercicio de espiritualidad más científico. Se logró una iniciativa fuerte. Hoy se tiene relación con consejos de la región de las verapaces.

Hace 25 años se instituyó la celebración del año nuevo maya, y desde entonces se hace en toda la región. También aparecen las mayordomías.

Soy miembro de un comité dentro del Consejo de Ancianos, y cuando me casé me entregaron la vara como sacerdote.

¿Frustraciones?

Una grande y triste fue perder un privado. Creí no merecerlo, sentí que influyó lo que hacía, porque desde el inicio del examen me dijeron que ya que yo me dedicaba a cosas de indios, me preguntarían de eso. Se me cuestionó tonteras. Por ejemplo, cómo se iba a conformar una sociedad lucrativa con dos indias que hacían güipiles, eran analfabetas y monolingües. Tenía que hacer el procedimiento legal. Esa pregunta definió que iba a perder.

Pero usted explicó todo el procedimiento legal.

Sí, expliqué todo, pero finalmente perdí. Eso me desestabilizó en los otros momentos del examen. No puedo decir que me hicieron perder. Tal vez no sumé la nota, pero vi un tinte demasiado fuerte de discriminación. En la segunda prueba logré mención honorífica. Esto me sirvió, porque mi padre decía que lo que no nos mata nos hace más fuertes.

¿Esa fue la única vez que salió mal en una nota?

Creo que fue mi único gran fracaso, porque siempre fui buen estudiante. Yo peleaba con mi papá porque a él le encantaban notas altas, y yo no era estudiante memorista. Sólo así se podía llegar a buenas notas, y yo cuestionaba a mis docentes. Esa fue una influencia sicológica de esta sociedad, porque cuando empecé a estudiar la preprimaria mi abuelo me dijo en q’eqchi’: “si vas a ir a estudiar, demuestra que puedes, pero que puedes más que los ladinos”. Eso me marcó toda la vida.
Yo tenía que ser mejor, y eso cuesta mucho, más cuando las condiciones no son las óptimas.

Trabajó por cinco años en tribunales ¿por qué renunció?

No me gustó, porque el sistema me fue decepcionando. La administración de justicia es muy frustrante en Guatemala. El único lugar en donde no hay justicia exactamente es quizá en tribunales. Es triste ver entrar a trabajadoras domésticas pelear por sus prestaciones laborales por un año o madres solteras en busca de sus pensiones alimenticias de Q100 y Q200 y que tarden en resolverlo.

¿La justicia no es justa?

No lo es. El aparato estatal no garantiza una verdadera justicia, está lleno de archivos, expedientes, memoriales que no definen la justicia. Tuve un altercado con mi jefe (un juez) porque yo salía de la oficina a las 17 horas revisando los juicios y no a las 15:30 como todos. Preguntaba qué interés tenía yo en los juicios. Eso me decepcionó mucho.

Usted inició el programa de sensibilización a operadores de justicia. ¿Se han dado cambios en la forma de pensar?

Se ha sensibilizado. Como producto de esto, la Corte Suprema de Justicia anterior produjo la primera gaceta en donde se daban las sentencias basadas en el principio de derecho de pueblos indígenas. Demostramos que un indígena puede ser juzgado por sus autoridades, que son legítimas.

Antes el Estado creía que sólo había un sistema jurídico; sin embargo, hay otro que ha sobrevivido, y que hasta en el debate de los acuerdos de paz se dan cuenta de ello.

¿Qué sistema de justicia es mejor, el indígena o el nacional?

Prefiero no hablar de cuál es mejor o peor. Hay diferencias. En el sistema nacional se aplica la pena de muerte. Es un debate nuestro que tenemos que resolver y no esperar que nos vengan a imponer de afuera. Similar situación se da con los azotes que se aplican en el sistema indígena como castigo: es una visión, una tradición. Por eso no es bueno buscar quién es mejor o peor.

El derecho indígena no es penalizador, no hay cárcel, porque todo es conciliable, hay reparación del daño. Si alguien mató, ningún sistema jurídico devolverá a la víctima, pero tiene que resarcir el daño dando alimento a los huérfanos o pedir el perdón público. El movimiento pro justicia reclama penas severas. Pero si le preguntamos a un indígena a quien le mataron a un familiar si matan al acusado, dirá que no porque él cargará en su conciencia con la muerte de otro. En vez de resolver el problema, se duplica.

Trayectoria
> Trabajó para el plan de acción forestal maya. Participó en los orígenes del Instituto de Investigaciones Mayas. Estuvo en la formación de la Asociación de Alcaldes Indígenas y el intento de la Asociación de Comerciantes Mayas de Guatemala.

> En Flacso acompañó el proceso de investigación de derechos indígenas. Aquí empezó su lucha académica de pueblos indígenas. Tiene un posgrado en derecho de pueblos indígenas. Consultor de justicia de la AID.

> Estuvo en el proyecto de defensoría indígena de la Defensoría Pública. Ahora cuenta con 10 oficinas con abogados indígenas.

> Invitado para hacer el rediseño curricular de la carrera de Derecho en la Universidad Rafael Landívar.

Bajo este sistema indígena, ¿cómo se juzgaría a los militares que busca la Audiencia Española?

Hay que entender el sistema jurídico en su propio ámbito. Es como que nos preguntáramos cómo juzgaríamos el terrorismo mundial. Depende del ámbito y de los actores.

Qué tribunal indígena puede conocer un caso cuando los indígenas que impartirán justicia fueron víctimas. No pueden ser juez y parte. Las masacres fueron políticas de Estado y la dimensión comunitaria sólo abarca donde están los miembros de la comunidad, no porque sea incapaz de resolver, sino porque el nivel de aplicación sólo comprende a sus integrantes. Es como si un juez de primera instancia de Cobán resolviera un caso de Totonicapán. La autoridad indígena resuelve sus conflictos en los ámbitos que le competen, y según la dimensión de los miembros de su colectividad.

Se dice que el movimiento indígena está dividido.

Hoy dicen que estamos divididos, pero me pregunto, ¿cuándo estuvo unido? Estamos en la construcción de una unidad, y lo estamos haciendo muy bien. Luchamos contra el sistema para que cambie. Dicen que el mundo indígena no se pone de acuerdo, pero ni el ladino lo ha hecho para las decisiones de país, que es sólo un grupo.

Dice que tenía que ser mejor que un ladino. ¿Hubiera hecho todo lo que ha logrado si hubiera sido ladino?

No lo sé, porque hay un impulso dentro de mí para la defensa de derechos de pueblos indígenas. No sé si habría trabajado en ello si no hubiera sido indígena. Abogado sí hubiera sido, porque eso lo tengo como algo inherente. Quizá estaría en un bufete en Cobán, siendo abogado de pueblo clásico —sin menospreciar—, haciendo escrituras. No me veo así, me gusta el trabajo que hago.

¿Qué le heredaría a sus hijos?

La lucha por la transformación del Estado. Guatemala no es Guatemala si no es plural. Nunca va a haber interculturalidad si los pueblos indígenas no participan en iguales condiciones.


   

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