Los políticos ignoran la vergüenza
La gerontocracia
es una dolencia propia del sadomasoquismo latinoamericano.
Por Alexander Sequén-Mónchez
Ilustración: Juan Fernando Rodríguez
Mal carma el de los guatemaltecos: tropezar con el pasado como
si fuese una absoluta novedad. Tantos engaños y somos incapaces de instituir un cementerio
político. Sólo por la misericordia de la biología, Estrada
Cabrera e Ydígoras Fuentes no se han vuelto a postular; de lo contrario,
seguimos soportando el descaro que creímos un punto visto en la historia.
Recuerdo la alegría cuando ganaron su puesto
en el Congreso de la República los ex presidentes Vinicio
Cerezo y Ramiro de León Carpio. A los optimistas les pareció que
había llegado la hora de la experiencia, de la realpolitik.
Sí, cómo no. La única “experiencia” de
la que pueden vanagloriarse nuestros políticos es la del
cretinismo.

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Pues Cerezo habrá salvado a la Democracia Cristiana (DC)
de desaparecer, y qué lástima, porque si algún
partido merece, al igual que ocurrió con el MLN, la muerte
civil, es la DC. Su responsabilidad en el atraso que padecemos
no es una mancha que pueda lavarse y, según atestiguo, recordarse.
Hicieron ridículos memorables como aquel en que Manuel Colom
Argueta y René de León Schlotter, peleados entre
sí, fueron “elegidos” candidatos a la presidencia
simultáneamente, o cuando Cerezo tomó el avión
hace tres décadas para convencer a Ríos Montt de
aceptar “los designios de su pueblo”. A eso añadamos
el desastroso gobierno que desempeñaron. Claro, el sector
privado saboteó la reforma fiscal, y la sección de
inteligencia militar patrocinaba el crimen y el narcotráfico,
pero al primer obstáculo se cruzaron de brazos, y el presidente,
clasemediero de la zona 8, compró su yate y cambió la
pelota raída y popular, por la hueca y selecta del golf.
Pobrecitos: se refugiaron en la corrupción.
De entre esas momias resurge Alfonso Cabrera, quien fuera diputado,
canciller y no sé qué otro cargo para el cual no
estaba preparado. Desde entonces, no ha crecido un palmo intelectual,
sustituyó la guayabera por suéteres que hacen suponer
que estamos frente a un hombre de su casa, de su mediocre biblioteca
y de sus muchos negocios. Hipócrita e improvisada figura
mediática. A pie juntillas sigue las huellas de Cerezo y
de no pocos sinvergüenzas que, probando las mieles de la Presidencia,
del ministerio, de la embajada, del micrófono, retornan
con ínfulas de que saben cómo funciona la compleja
máquina del poder. ¿Es posible que reparen lo que
descompusieron?
Yo no doy un centavo por ellos. Y no me jacto: me entristezco.
Los cuadros que mueven al país son los mismos protagonistas
de la guerra. Demagogos de izquierda y derecha, civiles y militares,
remozan sus votos para que el Estado siga siendo la gran vaca lechera
que mantiene sus vicios. Los partidos políticos han sido
incapaces de producir liderazgos frescos, al fin aptos y limpios
de duda. Uno que otro y a la sombra de patriarcados lamentables.
Hay un resorte sicológico que activa estas resurrecciones.
Desde que el mundo es mundo, el hombre tiene sed de poder. Y es
peor cuando ha delinquido en sus manjares: la granadera, el taconazo,
la adulación, la plata fácil y mal habida, los obsequios
estrafalarios, los viajes, la prensa a favor o en contra, la fotografía,
la última palabra, la importancia implícita. Quien
haya dormido en esa cama —y acompañado— querrá volver
a toda costa. No importa el trago amargo de una nueva candidatura.
El pellejo es transparente cuando no de concreto: tolerarán
lo que deban tolerar con tal de entrar. Ramiro de León Carpio,
procurador, se ufanaba de luchar contra las violaciones a los derechos
humanos cometidas por el Ejército, puesto de presidente
frotaba, solemne y castrense, la varita (¿habrá creído
que era mágica?) que simbolizaba sus calidades de Comandante
General. Y Alfonso Portillo que despotricaba contra el capitalismo —su
discurso es literalmente una “casa de citas”—,
de gobernante desfalcó el erario para regalar y regalarse
Rolex, Harley Davison y casas carretera a El Salvador.
De modo que semejantes resurgimientos
implican un golpe al futuro. A estos reyes de las páginas
amarillas (en los dos sentidos: en el que se alquilan o venden,
y en cuanto al maltrato causado por el tiempo), tendríamos
que despreciarlos sin tregua. Pero el afán de lucro y la
vanidad no se pierden con la vejez. Veamos si no los ejemplos de Óscar
Arias, en Costa Rica, y Alan García, en Perú, evidencias
carcamales de que la gerontocracia es una dolencia propia del sadomasoquismo
latinoamericano.
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