Semanario de Prensa Libre • No. 101 • 11 de Junio de 2006

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Punto final

Los políticos ignoran la vergüenza
La gerontocracia es una dolencia propia del sadomasoquismo latinoamericano.

Por Alexander Sequén-Mónchez
Ilustración: Juan Fernando Rodríguez

Mal carma el de los guatemaltecos: tropezar con el pasado como si fuese una absoluta novedad. Tantos engaños y somos incapaces de instituir un cementerio político. Sólo por la misericordia de la biología, Estrada Cabrera e Ydígoras Fuentes no se han vuelto a postular; de lo contrario, seguimos soportando el descaro que creímos un punto visto en la historia.

Recuerdo la alegría cuando ganaron su puesto en el Congreso de la República los ex presidentes Vinicio Cerezo y Ramiro de León Carpio. A los optimistas les pareció que había llegado la hora de la experiencia, de la realpolitik. Sí, cómo no. La única “experiencia” de la que pueden vanagloriarse nuestros políticos es la del cretinismo.

Pues Cerezo habrá salvado a la Democracia Cristiana (DC) de desaparecer, y qué lástima, porque si algún partido merece, al igual que ocurrió con el MLN, la muerte civil, es la DC. Su responsabilidad en el atraso que padecemos no es una mancha que pueda lavarse y, según atestiguo, recordarse. Hicieron ridículos memorables como aquel en que Manuel Colom Argueta y René de León Schlotter, peleados entre sí, fueron “elegidos” candidatos a la presidencia simultáneamente, o cuando Cerezo tomó el avión hace tres décadas para convencer a Ríos Montt de aceptar “los designios de su pueblo”. A eso añadamos el desastroso gobierno que desempeñaron. Claro, el sector privado saboteó la reforma fiscal, y la sección de inteligencia militar patrocinaba el crimen y el narcotráfico, pero al primer obstáculo se cruzaron de brazos, y el presidente, clasemediero de la zona 8, compró su yate y cambió la pelota raída y popular, por la hueca y selecta del golf. Pobrecitos: se refugiaron en la corrupción.

De entre esas momias resurge Alfonso Cabrera, quien fuera diputado, canciller y no sé qué otro cargo para el cual no estaba preparado. Desde entonces, no ha crecido un palmo intelectual, sustituyó la guayabera por suéteres que hacen suponer que estamos frente a un hombre de su casa, de su mediocre biblioteca y de sus muchos negocios. Hipócrita e improvisada figura mediática. A pie juntillas sigue las huellas de Cerezo y de no pocos sinvergüenzas que, probando las mieles de la Presidencia, del ministerio, de la embajada, del micrófono, retornan con ínfulas de que saben cómo funciona la compleja máquina del poder. ¿Es posible que reparen lo que descompusieron?

Yo no doy un centavo por ellos. Y no me jacto: me entristezco. Los cuadros que mueven al país son los mismos protagonistas de la guerra. Demagogos de izquierda y derecha, civiles y militares, remozan sus votos para que el Estado siga siendo la gran vaca lechera que mantiene sus vicios. Los partidos políticos han sido incapaces de producir liderazgos frescos, al fin aptos y limpios de duda. Uno que otro y a la sombra de patriarcados lamentables.

Hay un resorte sicológico que activa estas resurrecciones. Desde que el mundo es mundo, el hombre tiene sed de poder. Y es peor cuando ha delinquido en sus manjares: la granadera, el taconazo, la adulación, la plata fácil y mal habida, los obsequios estrafalarios, los viajes, la prensa a favor o en contra, la fotografía, la última palabra, la importancia implícita. Quien haya dormido en esa cama —y acompañado— querrá volver a toda costa. No importa el trago amargo de una nueva candidatura.

El pellejo es transparente cuando no de concreto: tolerarán lo que deban tolerar con tal de entrar. Ramiro de León Carpio, procurador, se ufanaba de luchar contra las violaciones a los derechos humanos cometidas por el Ejército, puesto de presidente frotaba, solemne y castrense, la varita (¿habrá creído que era mágica?) que simbolizaba sus calidades de Comandante General. Y Alfonso Portillo que despotricaba contra el capitalismo —su discurso es literalmente una “casa de citas”—, de gobernante desfalcó el erario para regalar y regalarse Rolex, Harley Davison y casas carretera a El Salvador.

De modo que semejantes resurgimientos implican un golpe al futuro. A estos reyes de las páginas amarillas (en los dos sentidos: en el que se alquilan o venden, y en cuanto al maltrato causado por el tiempo), tendríamos que despreciarlos sin tregua. Pero el afán de lucro y la vanidad no se pierden con la vejez. Veamos si no los ejemplos de Óscar Arias, en Costa Rica, y Alan García, en Perú, evidencias carcamales de que la gerontocracia es una dolencia propia del sadomasoquismo latinoamericano.


   

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