Semanario de Prensa Libre • No. 101 • 11 de Junio de 2006

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D frente

Thor Janson
“Sin bosques, ¿qué haremos?”
Es un fotógrafo errante que detesta las ciudades, que no teme a los huracanes y que ama (como a ninguna otra criatura) al quetzal.

Por Gerardo Jiménez y Gustavo Montenegro

Se resiste a vivir en un mundo en el que no haya animales salvajes, pero de hecho piensa que, en un planeta en el que no haya bosques ni respeto a la naturaleza (“así como vamos” describe), ningún humano podrá subsistir.

Thor Janson estudiaba Medicina en San Francisco a principios de la década de 1970, pero no era feliz. Iba a ser médico, como su padre, pero ¿qué quería hacer realmente? “Medicina planetaria”, explica, en la cumbre de una reserva forestal de Sacatepéquez en donde se hospeda, lejos de la ciudad, porque las detesta. “Es un medio totalmente antinatural de vida, por eso no paso por ellas. Casi no viajo en avión para no tener que ir a aeropuertos. Viajo en mi yate terrestre”, cuenta el fotógrafo, al referirse a su camión con cabina que es casa, oficina y laboratorio.

“Cuando uno ve a un quetzal macho con la luz suave de la mañana, aprecia un color tan rico e intenso que no puede existir algo igual”.

¿Cómo llegó a Guatemala?

Por casualidad. Estudiaba Medicina en San Francisco. Bueno, traté, porque mi padre era médico, pero no me sentí feliz. No tenía mucho dinero, pero tenía una moto Honda 350 y en el verano de 1973 decidí ir al sur, sin rumbo. Cuando comencé a viajar, ya nunca pude parar.

¿Cuándo llega por primera vez?

Fue como un mes de viaje. Primero fui a México D.F. Oí que iba a haber una Conferencia Mundial de Ecología, una de las primeras que hubo. Después fui hacia Oaxaca y eventualmente llegué a Guatemala. Conocí el lago de Atitlán y alquilé un cuarto en Jucanyá, al otro lado del río; pero todo era muy distinto: no había puente, sólo un tronco grande. Me sentí muy bien con la gente. Se me quitó la presión que tenía antes, cuando trataba de seguir un camino que realmente no era el mío.

¿Y ya tomaba fotografías?

No tanto. Conseguí una cámara Pentax, de las viejas, con lentes de rosca, muy buena. Pero no estaba tomando muchas fotos. Además, tenía la intención de seguir a Sudamérica.

¿Y hasta dónde llegó?

Sólo a Panamá, porque allí encontré un velero de un inglés que iba con su familia hasta Australia y oí que buscaban tripulantes. La idea de viajar por toda la Polinesia era tan fabulosa que ya ni pregunté por qué perdió a toda su tripulación en Panamá. Desarmamos la moto y la llevamos. Pasamos a Ecuador y queríamos permiso para ir a las islas Galápagos. No nos lo dieron, pero igual el capitán decidió pasar por ahí. En ese tiempo no había turismo allí tampoco. Todo el mundo en 30 años ha cambiado demasiado.

La Guatemala que conoció, ¿en qué ha cambiado?

Mucho. Una vez salimos de Belice hacia Petén y acampamos en medio de la carretera. Nadie pasaba por allí en días. Los bosques estaban enteros.

¿Cuánto tiempo duró el viaje en el barco del inglés?

Unos seis meses. Visitamos las islas más lejanas de la Polinesia. Fue muy interesante, porque en ese tiempo no había sistema de posición por satélite (GPS, en inglés) y había que guiarse por el sol y las estrellas.

¿Y no pasaron alguna tormenta?

Claro que sí. Fueron como tres y un huracán.

A todo esto, ¿supo por qué el capitán se quedó sin tripulantes?

En tierra, el capitán era muy amable, pero en alta mar se volvía completamente loco y violento. A veces tenía que ser físicamente controlado. Lo amarrábamos en su cabina, porque agarraba el arpón y nos perseguía, para matarnos. En la Polinesia renunciaron otros tripulantes.

¿Y usted no se bajó?

Cuando llegamos a Nueva Zelanda, un oficial de Migración preguntó: “¿Alguien piensa quedarse?”. “Yo”, dije y me bajé, con 15 dólares en el bolsillo.

¿Pensaba entonces ya en publicar libros de fotografías?

Pues no. De hecho me arrepiento porque tomé pocas fotos de aquellas islas y hoy serían casi históricas.

¿Volvió a su país?

Sí, con todo y moto, pero en el aeropuerto de Estados Unidos pensé que no me iba a quedar mucho tiempo. Decidí que quería volver a Guatemala.

¿Por qué Guatemala?

No era definitivo regresar a quedarme, sólo quería seguir viajando. Llegué poco después del terremoto de 1976 y trabajé ayudando en algunas construcciones de Chimaltenango y con la parroquia de San Lucas Tolimán, Sololá. También hice una travesía en un bote de vela, desde Nueva York hasta Río Dulce. Fueron cuatro mil kilómetros.

El mundo de Thor
> Nacido en Chicago, Illinois, en 1953, llegó por primera vez a Guatemala en 1973, pero regresa en 1976.

> Invitado por el biólogo Mario Dary, Thor empieza a fotografiar manatíes en Izabal, lo cual es el antecedente para la fundación del Biotopo Chocón-Machacas, dedicado a conservar a este mamífero.

> Asimismo, empieza a fotografiar animales salvajes, entre los cuales dedica especial atención al quetzal.

> Ha publicado libros fotográficos sobre ecología, pero también sobre estampas indígenas, sitios arqueológicos y paisajes, no sólo de Guatemala, sino de Chiapas, Belice, Honduras y algunas islas del Caribe.

> Trabaja actualmente en un nuevo libro con fotografías del quetzal y en un proyecto de educación ecológica multimedia e itinerante.

> Thor dice que nunca ha tomado un curso de fotografía, porque no lo ve con un fin estético, sino sólo como una herramienta para ayudar a conservar el planeta.

¿Viajó solo?

Me acompañó un amigo. Era un bote sólo de dos plazas. En alta mar se necesita siempre alguien despierto. Mi amigo tenía experiencia como marinero, pero quedó espantado cuando nos atrapó un huracán en el Caribe. En cambio a mí, me encantó. Izé la vela pequeña, especial para tormenta y eché el ancla a media profundidad para mantener el bote en posición. Allí, en medio de la tormenta me dije: “¿Por qué me gusta tanto esto? Podría estar en casa viendo la televisión”. Hay una línea muy fina entre el valor y la locura, creo.

En ese 1976, ¿la fotografía ya era parte esencial de su vida?

Todavía no, pero conocí a Édgar Bauer, encargado de proteger el lago de Atitlán. Vi que había necesidad de hacer medicina planetaria, es decir, hacer algo por la ecología. Él me recomendó hablar con Mario Dary (biólogo), quien me recomendó buscar e investigar sobre el manatí de Izabal, que nunca había sido estudiado. Inicialmente era un trabajo más bien académico el del manatí, pero al ver que estaban destruyendo el hábitat, decidí ser más bien activista ecológico, mostrar a la gente los daños al ecosistema y así empiezo a publicar fotos. Mi primer artículo fue con (el naturalista) Jorge Ibarra, quien publicaba una revista. Después salió un artículo grande en el diario El Imparcial.

También publicó en la Revista Domingo, de Prensa Libre...

Fueron otros de los primeros trabajos. Dos veces me dieron la portada del diario, una por el manatí y otra por el Autosafari Chapín. Yo hacía fotos, no por pasatiempo, sino para educación ambiental. Hicimos docenas de artículos para una revista de niños que se llamaba Chiquirín, de la editorial de Irene Piedrasanta. Después llegué con ellos, les mostré otros materiales, suficientes para hacer un libro que se llamó Animales de Centro América en Peligro.

Ese era un libro con buenas anécdotas, aunque ahora es difícil encontrarlo...

Bueno, actualmente, Julio Piedra Santa tiene los originales. De hecho, tiene el control del libro, que ha sido totalmente rediseñado.

¿Van a reeditarlo?

Así dice él, que va a salir, que va a salir, pero no ha salido. Sería un buen aporte para los niños de ahora, pero a saber cuándo lo van a publicar.

¿Cuántos libros más ha publicado?

Como 15. Mi deseo era mostrar la belleza que estaba en peligro, salvar a los animales salvajes, aunque en el fondo lo que hay que salvar son los bosques. Si no hay bosques, ¿qué importa?

¿Sigue siendo un activista?

Sí, estamos formando un grupo de amigos que se llama Naturaleza Relámpago Verde para producir materiales de tan buena calidad que puedan conmover a la gente y convencerla de que no es bueno destruir los bosques, aunque con los huracanes, el cambio climático y los desastres, cada vez hay más gente que se da cuenta por sí sola.

¿Vive permanentemente en Guatemala?

Soy un aventurero profesional. Me mantengo entre Chiapas, Belice y Honduras, y además estoy en un proyecto de música: voy a producir un disco de reggae con artistas de Jamaica. Pareciera que no está relacionado, pero sí, porque las letras tienen mensaje ecológico. También voy a lanzar un programa de radio a nivel mundial y estoy haciendo dos libros: otro sobre el quetzal (ha hecho dos antes) y otro sobre el Corredor Biológico de Centroamérica. En Guatemala estoy sólo unos tres o cuatro meses al año.

¿Cómo es una jornada de trabajo para fotografiar quetzales?

Para conocer su vida, nos fuimos a un lugar perdido en la sierra de Alta Verapaz. Construí un escondite cerca de un nido del quetzal. El árbol estaba en un barranco y yo en una orilla, casi al nivel del nido. Yo llevaba mi termo de café y pasaba todo el día, por tres semanas, y observaba el nido, su actividad, sin salir del escondite. En enero descubrimos otro lugar para fotografiar al quetzal, también en las verapaces.

¿Y cuántas fotos le ha tomado al quetzal?

Cientos, miles, pero al final uso pocas. De todos modos, si logro una foto buena en un día estoy feliz, porque sólo con verlo es algo increíble. Es una de las criaturas más maravillosas. Cuando uno ve a un quetzal macho con la luz suave de la mañana, aprecia un color tan rico e intenso que no puede existir algo igual. Por eso nunca me canso. Este animal es mágico, tiene una presencia única, poderosa. Es una tristeza que sus bosques estén siendo talados o quemados.

¿Cómo financia sus proyectos?

Con la venta de libros. Nunca en mi vida he recibido financiamiento. No me gusta depender ni recibir órdenes.

¿No será por eso que le fascina tanto el quetzal, porque necesita ser libre, igual que usted?

(Ríe) Saber. Tal vez. Lo que sí puedo decir es que me preocupa mucho el peligro de desaparición en la que está el ser humano. El problema ecológico es grave, muy grave. Estamos como en el Titanic: las últimas catástrofes son como el iceberg con el que estamos chocando.

¿Y será que todavía se puede cambiar el rumbo?

Saber. Pero yo no quiero vivir en un mundo donde no hay lugares salvajes. El hombre cree que todo puede manipularlo, pero la biósfera nosotros no la hicimos, Dios y la naturaleza la hicieron, ¿quién puede reproducirla?


   

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