Thor Janson
“Sin bosques, ¿qué haremos?”
Es un fotógrafo errante que detesta las ciudades, que
no teme a los huracanes y que ama (como a ninguna otra criatura)
al quetzal.
Por Gerardo Jiménez y Gustavo Montenegro
Se resiste a vivir en un mundo en el que no haya animales salvajes,
pero de hecho piensa que, en un planeta en el que no haya bosques
ni respeto a la naturaleza (“así como vamos” describe), ningún humano podrá subsistir.
Thor Janson estudiaba Medicina en San Francisco a principios de
la década
de 1970, pero no era feliz. Iba a ser médico, como su padre, pero ¿qué quería
hacer realmente? “Medicina planetaria”, explica, en la cumbre de
una reserva forestal de Sacatepéquez en donde se hospeda, lejos de la
ciudad, porque las detesta. “Es un medio totalmente antinatural de vida,
por eso no paso por ellas. Casi no viajo en avión para no tener que ir
a aeropuertos. Viajo en mi yate terrestre”, cuenta el fotógrafo,
al referirse a su camión con cabina que es casa, oficina y laboratorio.

“Cuando uno ve a un
quetzal macho con la luz suave de la mañana, aprecia
un color tan rico e intenso que no puede existir algo igual”. |
¿Cómo llegó a Guatemala?
Por casualidad. Estudiaba Medicina en San Francisco. Bueno, traté, porque
mi padre era médico, pero no me sentí feliz. No tenía mucho
dinero, pero tenía una moto Honda 350 y en el verano de 1973 decidí ir
al sur, sin rumbo. Cuando comencé a viajar, ya nunca pude parar.
¿Cuándo llega por primera
vez?
Fue como un mes de viaje. Primero fui a México D.F. Oí que iba
a haber una Conferencia Mundial de Ecología, una de las primeras que hubo.
Después fui hacia Oaxaca y eventualmente llegué a Guatemala. Conocí el
lago de Atitlán y alquilé un cuarto en Jucanyá, al otro
lado del río; pero todo era muy distinto: no había puente, sólo
un tronco grande. Me sentí muy bien con la gente. Se me quitó la
presión que tenía antes, cuando trataba de seguir un camino que
realmente no era el mío.
¿Y ya tomaba fotografías?
No tanto. Conseguí una cámara Pentax, de las viejas, con lentes
de rosca, muy buena. Pero no estaba tomando muchas fotos. Además, tenía
la intención de seguir a Sudamérica.
¿Y hasta dónde llegó?
Sólo a Panamá, porque allí encontré un velero de
un inglés que iba con su familia hasta Australia y oí que buscaban
tripulantes. La idea de viajar por toda la Polinesia era tan fabulosa que ya
ni pregunté por qué perdió a toda su tripulación
en Panamá. Desarmamos la moto y la llevamos. Pasamos a Ecuador y queríamos
permiso para ir a las islas Galápagos. No nos lo dieron, pero igual el
capitán decidió pasar por ahí. En ese tiempo no había
turismo allí tampoco. Todo el mundo en 30 años ha cambiado demasiado.
La Guatemala que conoció, ¿en qué ha
cambiado?
Mucho. Una vez salimos de Belice hacia Petén y acampamos en medio de la
carretera. Nadie pasaba por allí en días. Los bosques estaban enteros.
¿Cuánto tiempo duró el viaje en el barco del inglés?
Unos seis meses. Visitamos las islas más lejanas de la Polinesia. Fue
muy interesante, porque en ese tiempo no había sistema de posición
por satélite (GPS, en inglés) y había que guiarse por el
sol y las estrellas.
¿Y no pasaron alguna tormenta?
Claro que sí. Fueron como tres y un huracán.
A todo esto, ¿supo por qué el capitán se quedó sin
tripulantes?
En tierra, el capitán era muy amable, pero en alta mar se volvía
completamente loco y violento. A veces tenía que ser físicamente
controlado. Lo amarrábamos en su cabina, porque agarraba el arpón
y nos perseguía, para matarnos. En la Polinesia renunciaron otros tripulantes.
¿Y usted no se bajó?
Cuando llegamos a Nueva Zelanda, un oficial de Migración preguntó: “¿Alguien
piensa quedarse?”. “Yo”, dije y me bajé, con 15 dólares
en el bolsillo.
¿Pensaba entonces ya en publicar libros de fotografías?
Pues no. De hecho me arrepiento porque tomé pocas fotos de aquellas islas
y hoy serían casi históricas.
¿Volvió a su país?
Sí, con todo y moto, pero en el aeropuerto de Estados Unidos pensé que
no me iba a quedar mucho tiempo. Decidí que quería volver a Guatemala.
¿Por qué Guatemala?
No era definitivo regresar a quedarme, sólo quería seguir viajando.
Llegué poco después del terremoto de 1976 y trabajé ayudando
en algunas construcciones de Chimaltenango y con la parroquia de San Lucas Tolimán,
Sololá. También hice una travesía en un bote de vela, desde
Nueva York hasta Río Dulce. Fueron cuatro mil kilómetros.
El mundo de Thor
> Nacido en Chicago, Illinois,
en 1953, llegó por primera vez a Guatemala en
1973, pero regresa en 1976.
> Invitado por el biólogo
Mario Dary, Thor empieza a fotografiar manatíes
en Izabal, lo cual es el antecedente para la fundación
del Biotopo Chocón-Machacas, dedicado a conservar
a este mamífero.
> Asimismo, empieza a fotografiar
animales salvajes, entre los cuales dedica especial atención
al quetzal.
> Ha publicado libros fotográficos
sobre ecología, pero también sobre estampas
indígenas, sitios arqueológicos y paisajes,
no sólo de Guatemala, sino de Chiapas, Belice,
Honduras y algunas islas del Caribe.
> Trabaja actualmente en un nuevo
libro con fotografías del quetzal y en un proyecto
de educación ecológica multimedia e itinerante.
> Thor dice que nunca ha tomado
un curso de fotografía, porque no lo ve con un
fin estético, sino sólo como una herramienta
para ayudar a conservar el planeta. |
¿Viajó solo?
Me acompañó un amigo. Era un bote sólo de dos plazas. En
alta mar se necesita siempre alguien despierto. Mi amigo tenía experiencia
como marinero, pero quedó espantado cuando nos atrapó un huracán
en el Caribe. En cambio a mí, me encantó. Izé la vela pequeña,
especial para tormenta y eché el ancla a media profundidad para mantener
el bote en posición. Allí, en medio de la tormenta me dije: “¿Por
qué me gusta tanto esto? Podría estar en casa viendo la televisión”.
Hay una línea muy fina entre el valor y la locura, creo.
En ese 1976, ¿la fotografía
ya era parte esencial de su vida?
Todavía no, pero conocí a Édgar
Bauer, encargado de proteger el lago de Atitlán. Vi que
había necesidad de hacer medicina planetaria,
es decir, hacer algo por la ecología. Él me
recomendó hablar
con Mario Dary (biólogo), quien me recomendó buscar
e investigar sobre el manatí de Izabal, que nunca
había
sido estudiado. Inicialmente era un trabajo más bien
académico el del manatí, pero al
ver que estaban destruyendo el hábitat, decidí ser
más bien
activista ecológico, mostrar a la gente los daños
al ecosistema y así empiezo a publicar fotos. Mi primer
artículo fue con (el
naturalista) Jorge Ibarra, quien publicaba una revista. Después
salió un
artículo grande en el diario El Imparcial.
También publicó en la Revista
Domingo, de Prensa Libre...
Fueron otros de los
primeros trabajos. Dos veces me dieron la portada del diario,
una por el manatí y otra por el Autosafari Chapín.
Yo hacía fotos, no por pasatiempo, sino para educación
ambiental. Hicimos docenas de artículos para una revista
de niños que se llamaba Chiquirín, de la editorial
de Irene Piedrasanta. Después llegué con ellos, les
mostré otros materiales, suficientes para hacer un libro
que se llamó Animales de Centro América en Peligro.
Ese era un libro con buenas anécdotas, aunque ahora es difícil
encontrarlo...
Bueno, actualmente, Julio Piedra Santa tiene los originales.
De hecho, tiene el control del libro, que ha sido totalmente
rediseñado. ¿Van
a reeditarlo?
Así dice él, que va a salir, que va a salir, pero no ha salido.
Sería un buen aporte para los niños de ahora, pero a saber cuándo
lo van a publicar.
¿Cuántos libros más
ha publicado?
Como 15. Mi deseo era mostrar la belleza que estaba en
peligro, salvar a los animales salvajes, aunque en el
fondo lo que hay que salvar son los bosques. Si no hay
bosques, ¿qué importa?
¿Sigue siendo un activista?
Sí, estamos formando un grupo de amigos que se llama Naturaleza Relámpago
Verde para producir materiales de tan buena calidad que puedan conmover a la
gente y convencerla de que no es bueno destruir los bosques, aunque con los huracanes,
el cambio climático y los desastres, cada vez hay más gente que
se da cuenta por sí sola.
¿Vive permanentemente en
Guatemala?
Soy un aventurero profesional. Me mantengo entre Chiapas,
Belice y Honduras, y además estoy en un proyecto de música: voy a producir un disco
de reggae con artistas de Jamaica. Pareciera que no está relacionado,
pero sí, porque las letras tienen mensaje ecológico. También
voy a lanzar un programa de radio a nivel mundial y estoy haciendo dos libros:
otro sobre el quetzal (ha hecho dos antes) y otro sobre el Corredor Biológico
de Centroamérica. En Guatemala estoy sólo unos tres o cuatro meses
al año.
¿Cómo es una jornada
de trabajo para fotografiar quetzales?
Para conocer su vida, nos fuimos a un lugar perdido en
la sierra de Alta Verapaz. Construí un escondite cerca de un nido del quetzal. El árbol estaba
en un barranco y yo en una orilla, casi al nivel del nido. Yo llevaba mi termo
de café y pasaba todo el día, por tres semanas, y observaba el
nido, su actividad, sin salir del escondite. En enero descubrimos otro lugar
para fotografiar al quetzal, también en las verapaces.
¿Y cuántas fotos le
ha tomado al quetzal?
Cientos, miles, pero al final uso pocas. De todos modos,
si logro una foto buena en un día estoy feliz, porque sólo con verlo es algo increíble.
Es una de las criaturas más maravillosas. Cuando uno ve a un quetzal macho
con la luz suave de la mañana, aprecia un color tan rico e intenso que
no puede existir algo igual. Por eso nunca me canso. Este animal es mágico,
tiene una presencia única, poderosa. Es una tristeza que sus bosques estén
siendo talados o quemados.
¿Cómo financia sus
proyectos?
Con la venta de libros. Nunca en mi vida he recibido financiamiento.
No me gusta depender ni recibir órdenes.
¿No será por eso que
le fascina tanto el quetzal, porque necesita ser libre,
igual que usted?
(Ríe) Saber. Tal vez. Lo que sí puedo decir es que me preocupa
mucho el peligro de desaparición en la que está el ser humano.
El problema ecológico es grave, muy grave. Estamos como en el Titanic:
las últimas catástrofes son como el iceberg con el que estamos
chocando.
¿Y será que todavía
se puede cambiar el rumbo?
Saber. Pero yo no quiero vivir en un mundo donde no hay
lugares salvajes. El hombre cree que todo puede manipularlo,
pero la biósfera nosotros no la
hicimos, Dios y la naturaleza la hicieron, ¿quién puede reproducirla? |