Semanario de Prensa Libre • No. 87 • 5 de Marzo de 2006    


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D cultura

Presto non troppo
Por la patria
¿Dar la vida, o la muerte?

Por Paulo Alvarado
presto_non_troppo@yahoo.com

Se ha enfriado la polémica en torno a lo que hacían ocho soldados guatemaltecos en el centro de África, al momento de morir en un operativo militar hace varias semanas.
Los que quisieron comentar al respecto ya preguntaron por qué y para qué se les envió a miles de kilómetros de Guatemala; los que debieron atajar la pregunta respondieron con explicaciones oficiales, o con rodeos, o sencillamente guardaron silencio. Pocos quedan que aún se interesen en lo que ahora es una noticia pasada de moda. Los deudos recibieron banderas, medallas, discursos y abrazos, a más de un ofrecimiento presidencial que se acerca a Q500 mil anuales, a repartir entre ocho familias mientras los hijos de los caídos sean menores de edad.

Mas, ¿qué sucede con los que nunca viajarán al ecuador africano? ¿Cuál es el destino de los tantísimos que se quedan en Guatemala, y no precisamente en destacamentos militares? ¿Tienen que esperar sus hijos a que mueran para que alguien les preste atención y, cuando mueran, será que la recibirán? ¿Qué sucede con los que dan su vida (no su muerte) por este país, en la cultura, en la educación, en el arte, en la ciencia?

Es fácil convertir en héroe a quien fallece lejos de casa y rendirle homenaje póstumo a quien no puede asistir a una ceremonia. Pero, por duro que suene, antes de considerar la tragedia individual que enluta a las familias de los milicianos guatemaltecos, debiéramos reflexionar sobre el sinsentido de una supuesta "misión de paz" en la que se envía a hombres dignos de mejor destino, a morir por razones que no tienen nada que ver con las necesidades de su patria y —se precisa de honestidad para reconocerlo— con la paz de ningún país. Ya sentenciaba Aristóteles en su Política: “¡Qué flagelo más terrible, el de la injusticia con las armas a la mano!”.

No es de esa manera que vamos a construir la justicia, ni la paz, ni la coexistencia armoniosa entre los seres humanos. Si verdaderamente pretendemos salir a la calle a cualquier hora del día o de la noche, en cualquier parte de nuestra tierra, sin correr el fácil riesgo de morir también nosotros (cosa que no por cotidiana se ha vuelto menos indignante e inaceptable), ¿por qué nos empeñamos en apoyar y en elogiar a la muerte obtusa? ¿Por qué no apoyamos y elogiamos aquello que sí nos da razones para vivir: la cultura, la educación, el arte, la ciencia?

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