Presto non troppo
Por la patria
¿Dar la vida, o la muerte?
Por Paulo Alvarado
presto_non_troppo@yahoo.com
Se ha enfriado la polémica en torno a lo que hacían ocho soldados
guatemaltecos en el centro de África, al momento de morir en un operativo
militar hace varias semanas.
Los que quisieron comentar al respecto ya preguntaron por qué y para qué se
les envió a miles de kilómetros de Guatemala; los que debieron
atajar la pregunta respondieron con explicaciones oficiales, o con rodeos, o
sencillamente guardaron silencio. Pocos quedan que aún se interesen en
lo que ahora es una noticia pasada de moda. Los deudos recibieron banderas, medallas,
discursos y abrazos, a más de un ofrecimiento presidencial que se acerca
a Q500 mil anuales, a repartir entre ocho familias mientras los hijos de los
caídos sean menores de edad.
Mas, ¿qué sucede con los que nunca viajarán al ecuador africano? ¿Cuál
es el destino de los tantísimos que se quedan en Guatemala, y no precisamente
en destacamentos militares? ¿Tienen que esperar sus hijos a que mueran
para que alguien les preste atención y, cuando mueran, será que
la recibirán? ¿Qué sucede con los que dan su vida (no su
muerte) por este país, en la cultura, en la educación, en el arte,
en la ciencia?
Es fácil convertir en héroe a quien fallece lejos de casa y rendirle
homenaje póstumo a quien no puede asistir a una ceremonia. Pero, por duro
que suene, antes de considerar la tragedia individual que enluta a las familias
de los milicianos guatemaltecos, debiéramos reflexionar sobre el sinsentido
de una supuesta "misión de paz" en la que se envía a
hombres dignos de mejor destino, a morir por razones que no tienen nada que ver
con las necesidades de su patria y —se precisa de honestidad para reconocerlo— con
la paz de ningún país. Ya sentenciaba Aristóteles en su
Política: “¡Qué flagelo más terrible, el de
la injusticia con las armas a la mano!”.
No es de esa manera que vamos a construir la justicia, ni la paz,
ni la coexistencia armoniosa entre los seres humanos. Si verdaderamente
pretendemos salir a la calle a cualquier hora del día o de la noche, en cualquier parte de nuestra
tierra, sin correr el fácil riesgo de morir también nosotros (cosa
que no por cotidiana se ha vuelto menos indignante e inaceptable), ¿por
qué nos empeñamos en apoyar y en elogiar a la muerte obtusa? ¿Por
qué no apoyamos y elogiamos aquello que sí nos da razones para
vivir: la cultura, la educación, el arte, la ciencia?
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